Ensayo

El espíritu del 23 de Enero

por Ramón Escovar León

23/01/2018

Fotografía de la Biblioteca Nacional

El 23 de enero de 1958 amaneció con las calles desbordadas de gente celebrando el derrocamiento de la dictadura militar. El triunfo de la libertad no fue obra exclusiva de un grupo, sino de la acción mancomunada de quienes luchaban con vocación democrática. Al día siguiente nació la expresión “el espíritu del 23 de enero”, pues de esta jornada surgió la unidad nacional que instauró la democracia mediante un sistema electoral que respetaba los resultados.

El régimen militar sucumbió después de su último intento por legitimarse a través del plebiscito de 1957. Su error estuvo en no reconocer el descontento popular que generaba su gobierno y la represión. El general Marcos Pérez Jiménez le dijo a Agustín Blanco Muñoz en Habla el general (p. 297): “Yo no percibí ese descontento”. Y es que las dictaduras militares de América Latina siempre se han empeñado en darle la espalda a la realidad. La ficción en que viven es alimentada por los aduladores, la mentira y el deseo de perpetuarse en el poder, apoyándose en propaganda goebbeliana utilizada para manipular la verdad e inyectar odio a sus seguidores.

El espíritu democrático que nació con el 23 de enero cristalizó en un acuerdo político recogido en el Pacto de Punto Fijo, el cual dio sostén y estabilidad institucional a los gobiernos que vinieron después. No en balde, Manuel Caballero lo calificó como “el documento más importante en la historia de la República de Venezuela después de 1830” (La peste militar, p. 20). Si bien el acuerdo fue para el quinquenio 1959-1964, se proyectó en la práctica más allá de ese periodo. Así, por ejemplo, la política de pacificación la inició el presidente Raúl Leoni y la concluyó Rafael Caldera en su primera presidencia.

Al 23 de enero lo sucedieron dos intentos de golpes de Estado. El primero fue el 23 de julio de 1958, liderado por Jesús María Castro León, ministro de la Defensa de la Junta de gobierno; y el segundo, el día 7 de septiembre de 1958, encabezado por los oficiales José Ely Mendoza y Juan de Dios Moncada Vidal. Las aspiraciones militaristas acechaban el inicio de los gobiernos civiles. Para dar estabilidad y aliento al proyecto civil, Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba firmaron en la quinta “Punto Fijo, residencia del penúltimo de los nombrados, el acuerdo de gobernabilidad que giró en torno a tres ideas: 1. “Defensa de la constitucionalidad conforme al resultado electoral”; 2. “Gobierno de Unidad Nacional” y 3.“Programa mínimo común”. Estos tres objetivos se respetaron sin vacilar. De esta manera se logró una alianza que dio soporte a la naciente democracia. El respeto a los resultados electorales fue determinante en el acuerdo celebrado. Los partidos políticos hasta 1958 habían sido perseguidos y acorralados por la represión de la dictadura, pero adquirieron la madurez necesaria para entender la importancia de la unidad en la lucha por la libertad.

La cultura política de los líderes impulsores del Pacto de Punto Fijo, así como su vocación pluralista, fue determinante para darle respaldo a la democracia. Sin este acuerdo, la democracia venezolana habría sucumbido ante las amenazas en su contra, como las producidas luego de la instauración de la Revolución cubana, que se inicia con la toma del poder por parte de Fidel Castro en enero de 1959.

Como consecuencia de la Guerra Fría, Fidel Castro buscó apoyo en la Unión Soviética y de esa manera la revolución se consolidó como una dictadura marxista-leninista. La contaminación ideológica y el deseo de imitar al revolucionario cubano impulsó las guerrillas en América Latina, con su secuela de violencia, muerte y frustración. Venezuela no escapó a esta influencia, pero el movimiento castrista fue derrotado gracias a la estabilidad adquirida por el Pacto de Punto Fijo y a las habilidades políticas de Rómulo Betancourt. (El incidente de Machurucuto no pasó de ser solo un intento de invasión).

Más allá de que este pacto fue el soporte de lo que se tradujo en un sistema bipartidista, con la alternancia de Acción Democrática y Copei en el poder, el mismo dio fuerza al sistema democrático que lo inspiraba. Posteriormente, vinieron los errores que fueron minando las bases del acuerdo. La repartición del poder, el sectarismo y la exclusión socavaron lo que se había conquistado y agitó de nuevo los “demonios” del militarismo que no tardaría en regresar.

Es en este contexto que Luis Castro Leiva pronuncia su brillante discurso del 23 de enero de 1998, cuando destacó la importancia de la unidad:

“Algo me dice que a pesar de las incontables veces que lo he escuchado decir es sólo ahora, tarde en mi vida, confieso, que lo puedo enseñar. Me refiero a la importancia de la unidad y al encuentro con el orgullo en la democracia de mi nación, de mi patria”.

Esa reflexión es fundamental para entender que para salir del entrampamiento en que estamos se necesita la unidad y los acuerdos entre quienes creen en la democracia como la opción de vida para nuestro país. Cuando en la época de los gobiernos civiles se rompió ese esquema de acuerdos, se desplomó el sistema. La reconstrucción de la democracia venezolana debe ser producto de un consenso político que busque la recuperación de la paz, la economía, la salud, la seguridad, la estabilidad institucional, la separación de poderes y que elimine los prejuicios excluyentes.

Al celebrarse sesenta años de esa histórica fecha, la nueva generación de líderes políticos tiene mucho que aprender del legado de los líderes civiles que, con sus errores y aciertos, dieron estabilidad democrática a Venezuela y nos permitió vivir bajo el manto de la libertad.


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