Diario literario

Diario literario 2019, marzo (parte III)

por Alejandro Oliveros

30/03/2019

Sala de lectura de la Biblioteca Warburg, 1927.

Caracas, miércoles 21 de marzo de 2019

Versos para un equinoccio

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en la mitad podrido,
con las lluvias de abril
y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

El fragmento es de Antonio Machado y es autobiográfico. Después de la muerte de su joven esposa, al poco de casados; el poeta, “nel mezzo del cammin”, siente de nuevo la necesidad de la experiencia amorosa. Y concluye con estos versos que son una gloria del idioma:

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Tierra de gracia

La más reciente antología de poesía venezolana, preparada por tres distinguidos especialistas, incluye sesenta y siete vates que compusieron sus obras a lo largo del siglo XX y lo que va de este XXI. No sabía yo que la musa había sido tan pródiga con este país suramericano.

Valencia, lunes 25 de marzo de 2019

Aby Warburg (1866-1929)

Este año se cumplen noventa de la muerte de Aby Warburg. Aunque no fue autor de una vasta obra, apenas más de 700 páginas en la edición alemana de Getrude Bing, sus escritos no han sido los más difundidos o leídos. Sin embargo, nadie discute que han sido los más influyentes entre los críticos de arte contemporáneos. Sólo el marxismo ha marcado de tal manera la apreciación del arte por los estudiosos del XX. De las investigaciones de Warburg se desarrolló un acercamiento iconológico e iconográfico a la obra de arte que fue desarrollado por historiadores de los cinco continentes. La lista de sus continuadores es la más impresionante, e incluye a críticos como Fritz Saxl, primus inter pares por haber trabajado, lo mismo que Getrude Bing, al lado del maestro; Erwin y Gerda Panofsky, E.H. Gombrich, Rudolf y Margot Wittkower; Frederick Antal, acaso el único marxista; un poco Kenneth Clark; Nicolas Penny, Charles Hope, Nicolas Mann, Carlo Ginzburg, Martin Kemp, Leonard Barkan y tantos otros. Hasta el mismo Benjamin se interesó una vez por la metodología de Warburg, con el cual, como ha insistido George Steiner, tenía más de una inquietante afinidad. Heredero de la fortuna familiar, Aby dejó en manos de su hermano menor, Max, los asuntos del banco; y se dedicó a nutrir la que sería una de las bibliotecas más destacadas de sus tiempo, la Biblioteca Warburg; que, con sus más de 50000 volúmenes, sería milagrosamente trasladada a Londres antes de la Segunda Guerra. De la biblioteca habría de surgir el prestigioso Instituto Warburg, adscrito a la Universidad de Londres y Meca de todos los interesados en la historia del arte como algo más que la expresión de la lucha de clases en las sociedades burguesas. De no haber estado tan alienado por la ideología marxista, Georg Lukács habría sido un miembro distinguido del grupo. Las intuiciones de Warburg, como destacó Gombrich en su ensayo conmemorativo de los cien años del nacimiento del gran historiador; se orientaron, en aquellos años desconcertantes que precedieron a la Primera Guerra, a destacar las preocupantes capacidades destructivas de la psique cuando se entregaba o dejaba llevar por sus componentes irracionales. Aunque no lo vivió, presintió prematuramente el generalizado asalto a la razón que iba a signar el siglo XX. En su opinión, que parece irrefutable, era la práctica consecuente de lo que llamaba “pensamiento reflexivo” lo que podía “salvarnos de temores inconsiderados y contener nuestras reacciones instintivas. La ansiedad es el principal enemigo de este pensamiento reflexivo; toda pasión, todo impulso instintivo causa una descarga inmediata de movimiento (negativo). La codicia conduce a apoderarse; el miedo a huir. Únicamente la reflexión crea el intervalo entre estímulo y acción que diferencia al hombre civilizado de las criaturas del instinto”.

Valencia, martes 26 de marzo de 2019

Apagón

De nuevo sin energía eléctrica en todo el país. Anoche, a las 9.30 pm, comenzó la interrupción del servicio que se ha prolongado hasta hoy. Siento que avanzamos hacia una crisis permanente, hacia la situación impensada, y hasta hace poco impensable, de una ausencia absoluta de electricidad. La cual sería interrumpida por breves y aislados períodos de energía. No obstante, un “apagón” permanente es una posibilidad demasiado real como para ignorarla. Se trata, en suma, de la consumación de una de las tantas profecías del inefable Che Guevara, cuando decía que la revolución llegaría en el momento en que “lo extraordinario se convirtiera en cotidiano”. Voilà.

La muerte de Séneca. Manuel Domínguez Sánchez, 1871.

Séneca y el suicidio

Después de haber servido al emperador Nerón como senador y consejero, de haberse humillado a conciencia para recibir los favores del tirano, Séneca decide apartarse de la vida cortesana. Una decisión que lo define ante la posteridad. Retirarse de cualquier corte es un desaire para el soberano, pero hacerlo en la de Nerón era una sentencia de muerte, y antes de que le fuera impuesta prefirió quitarse la vida: “Pero Séneca supo prepararse rápidamente para la muerte. Los estoicos de la época meditaron todos sobre el suicidio, que puede ser, cuando se han agotado los demás medios, una suprema forma de libertad” (Alain Michel en Histoire de la Philosophie. La Pleiade). Los modernos exponentes del pensamiento trágico, como Sartre o Camus, fueron sus atentos lectores. En una de sus líneas más difundidas y tal vez menos entendidas, el segundo escribiría: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. El comentario del profesor Michel resume la idea que tenía la Antigüedad clásica sobre el suicidio; es decir, como la manifestación suprema de la libertad; que es como lo había entendido, antes de Séneca, Sócrates. Una limitación, sin embargo. Esta “salida” sólo es de utilidad para los no creyentes. Para los cristianos, por ejemplo, se trata de una transgresión mayor, del más capital de los pecados con la excepción de la negación misma del Creador. El que atenta contra su existencia asume un derecho que no le corresponde, sólo aquel que nos dio la vida nos puede despojar de ella. De modo que el suicidio es una posibilidad apta sólo para ateos como Sócrates y Séneca. Para los seguidores de Cristo, sólo queda esperar un poco de justicia en el más allá de los justos. Ni siquiera queda ya la posibilidad del martirio; esa forma apenas disfrazada de suicidio que tuvo que ser condenada por los Padres de la Iglesia debido a su inesperada popularidad en los tiempos del cristianismo primitivo. También han podido aplicarle la censura al mismo Cristo, quien se buscó la muerte para cumplir con la profecía. La deriva suicida, no obstante, es innata al ser humano. La causa última de esta condición es su propia fragilidad, su “inanidad” como intuyó San Buenaventura y expuso en sus Comentarios a los Cuatro Libros de las Sentencias:

La criatura porta en sí misma la inanidad; la razón es que fue hecha de la nada. En efecto, porque la criatura existe y recibió la existencia de otro que la hizo existir cuando ella no existía, por eso no es su ser y no es acto puro y por eso no puede existir sino por la presencia de aquel que le dio existencia. Y asimismo porque ha sido hecha de la nada; por eso no tiene consistencia, y porque nada inexistente se apoya en sí mismo, es necesario que se sostenga por la presencia de la Verdad. Es como si se pusiese en el aire un cuerpo pesado el cual no se sostendría.

Warburg (2)

Al azar hojeo mi Diario literario 1999 y encuentro un comentario olvidado sobre Warburg. Ahora, veinte años después, hundido en el bochorno profundo del trópico provinciano que agrava, hasta hacerlo intolerable, la oscuridad provocada por un régimen que todo lo oscurece y lo marchita, vuelvo a Aby Warburg en busca de un poco de luz. El influyente historiador conoció de cerca, como víctima de una enfermedad mental, la oscuridad del alma y la combatió con pasión y valentía. Acosado por la esquizofrenia, conocida, con razón, en una época como “demencia precoz” (el título también de uno de los libros del preterido y estupendo poeta venezolano Teófilo Tortolero), Warburg hizo de su vida una larga lucha contra la locura y sus manifestaciones perversas en la sociedad. Sus estudios sobre los rituales de lluvia entre los indios Pueblo de Norteamérica son una metáfora de esta entrega. La insurgencia de lo irracional y su negativa influencia entre los hombres ocupó una parte significativa de sus preocupaciones. Una fijación que, de acuerdo a su sobrina, Ino Warburg, definiría su conversión del judaísmo al cristianismo de su esposa Mary Hertz. El testimonio de la sobrina, recogido en el catálogo de una muestra dedicada al formidable tío, fue lo único que me quedó del viaje que realicé, a mediados de 1999, a Siena para visitar la muestra. Al presentarme a la billetería de Santa Maria della Scala, donde se realizó la exposición, un asombrado vigilante me reveló que el evento ya estaba clausurado. Cuando le reclamé, porque había leído que la apertura se prolongaría hasta el 31 de julio, fue cuando me dijo: “Ud. Tiene razón, pero se trata 31 de julio de 1998 y estamos en 1999”.

10 p.m.

Warburg ha intercedido ante sus dioses, y el servicio eléctrico acaba de ser restablecido. No me hago esperanzas, sin embargo; no creo que sea mucho lo que se prolongue esta nueva manifestación de lo extraordinario (que haya luz eléctrica) en nuestra cotidianidad.

Unas líneas de Warburg que tienen que haber estimulado al profesor E.R. Dodds cuando escribía su Lo irracional y los griegos:

Lo elemental de las formas de descarga emocional en la práctica de los indígenas (Pueblo) pueden impresionar como características del salvajismo primitivo, de las cuales Europa no conoce nada. Sin embargo, hace dos mil años, en Grecia, la propia cuna de nuestra cultura europea, las costumbres cúlticas eran frecuentes; las cuales, en crudeza y perversidad, sobrepasaban lo que he visto entre los indios.

Caracas, miércoles 27 de marzo de 2019

Lo extraordinario y lo cotidiano

En su proyecto de hacernos vivir las mismas penurias a la que han obligado a los habitantes de la isla caribeña, los invasores que nos gobiernan con más saña que gracia, prosiguen con su política de apagones programados para que, al final, nos contentemos con una miseria de luz; de la misma manera que tenemos que agradecerles los diez minutos de agua que los privilegiados recibimos cada día. Lo que era hasta ahora perfectamente cotidiano, como es contar con servicio eléctrico las 24 horas del día, se ha convertido en algo extraordinario, en caso de que sea posible.

Montaigne y Dante y el Suicidio

En The Savage God (El dios salvaje, en la edición castellana), su inteligente estudio sobre el suicidio, Al Álvarez, poeta destacado y suicida frustrado, se detiene a comentar las controversiales opiniones de Montaigne. Y cita estas líneas del ensayo sobre “Una costumbre de la isla de Ceos”:

La muerte es la receta para todos los males. Es un puerto muy seguro al que jamás se ha de temer, y sí se ha de buscar a menudo. Viene a ser lo mismo que el hombre se ponga fin a sí mismo o que sufra ese fin; que corra al encuentro de ese día o que lo espere: venga de donde venga, siempre será el suyo; por cualquier lugar que se rompa el hielo todo él estará allí, es el extremo del ovillo. La muerte más voluntaria es la más bella. La vida depende de la voluntad de otros; la muerte de la  nuestra.

Dice Álvarez: “Montaigne habla del suicidio de la manera más casual, como si se tratara de la cosa más natural del mundo. Y la autoridad que invoca no es la de la Iglesia, sino la de los clásicos; Séneca en particular. Es como si el redescubrimiento de los clásicos le hubiese devuelto a los hombres el control sobre su propia muerte”. En efecto, con el autor de los Ensayos se supera la consideración medioeval del suicidio como tabú, como transgresión suprema. Que es la manera cómo la cantó y contó Dante en el siglo XIII del Infierno, uno de los pasajes más siniestros de todo el poema. Del cadáver del suicida, como las arpías con los pobres condenados, nadie quería entenderse en los oscuros tiempos de la Edad Media. Nada de sepelios honorables, como el que dispuso Octavio Augusto con Bruto. A menudo eran mutilados y arrojados a una fosa lejos del camposanto. Un espacio considerado como el menos idóneo para aquellos que habían preferido para sí mismos la menos santa de las muertes. No muestra ninguna simpatía Dante cuando se encuentra con las sombras de tres condenados por haber escogido el “Biothanatos”, como llamó John Donne al suicidio. No obstante, sugiere Álvarez, un inquietante dejo de solidaridad parece insinuarse en el poeta florentino. No es un dislate pensar que, como todo exiliado que no puede regresar a su país so pena de ser prisionero y ejecutado, un Dante solo, incomunicado, empobrecido (sus bienes fueron incautados), alejado de la patria tierra y la familia, comiendo, cuando hay, el “pan amargo del exilio” el gran bardo haya pensado en una línea de Séneca leída en su Tebaida: “Cualquiera puede quitarle la vida a otro, pero ninguno la muerte”.

Caracas, jueves 28 de marzo de 2019

Luces y apagones

Entre opacas luces y oscuros apagones transcurre a duras penas la vida de lo que queda de esta Venezuela devastada. La población diezmada por la migración y el mundo material degradado por el abandono y la babilónica corrupción. La interrupción del servicio de electricidad, mezcla de ineficiencia y cinismo no persigue sino una degradación similar del mundo psíquico. Al final, pretenden los indeseables extranjeros antillanos que nos gobiernan, quedará un pueblo desmoralizado, poblado por lamentables marionetas más zombis que humanos. Pocas cosas pueden ser peores que esta situación.

El bosque de los suicidas. William Blake. 1824.

El séptimo círculo del infierno. Canto XIII

Los círculos, a este nivel, comienzan a agotársele a Dante. Estamos en el Séptimo de los Nueve, y la mayoría de los condenados aguardan por acomodación. La arquitectura del Infierno se ha hecho insuficiente y el poeta debe recurrir al recurso de las secciones y sub-divisiones, que llamará “recintos” o “sacos”, que en el Séptimo Círculo serán tres y en el Octavo hasta diez. En la segunda sección, o Recinto del Séptimo Círculo, el poeta lo ha reservado para los suicidas. Después de dejar atrás el fantástico territorio donde convive Minos con los aguerridos y elegantes centauros, a la cabeza de los cuales el gran Quirón, encargados de vigilar las candentes riberas del río de sangre destinado a los destinados de su tiempo, y del nuestro, Dante y Virgilio se encuentran, como en el principio del viaje, en un bosque sin senderos ni caminos, equivalente de la selva oscura donde el protagonista se perdiera y la idea del suicidio no le fuera ajena, “El follaje no era verde sino de color oscuro”. Estamos en el bosque encantado de los cuentos de hadas, poblado por brujas y lobos hambrientos. La fronda de los árboles se limita a un ramaje seco, retorcido, quebradizo, sin asomo de frutas ni floraciones, cubierto de venenosas espinas. Todavía es de noche y una visión completa del entorno no es obvia. Se le revela a Dante que en esas ramas hacen sus nidos las fétidas arpías, con su “grandes alas, cuello y rostro humanos; garras en los pies y plumas en el abultado vientre”; y, como si el horror fuera poco, “dejan escapar sus lamentos desde los extraños árboles”. Virgilio, el más elocuente de los poetas de la Antigüedad, reconoce sus limitaciones a la hora de describir aquel lugar, el propio “corazón de las tinieblas”. Dante cuenta: Yo oía por doquier terribles lamentos y no veía a nadie que los lanzara…

Una vez más, Virgilio acude en ayuda del visitante y le dice que parta una de las ramas de cualquier árbol. De nuevo Dante:

Entonces, tendí la mano hacia delante, partí una ramita de un gran endrino, y el Tronco me gritó: “Porqué me hieres? ¿No tienes ningún sentimiento piadoso? Hombres fuimos y ahora estamos convertidos en leños. Tu mano debería sentirse más compasiva aunque fuésemos almas de serpientes… Como un tizón que arde por un extremo y por el otro chirría por el hálito que lo atraviesa, así de la astilla quebrada salían juntas palabras y sangre.

 Las imágenes (arpías, árboles parlantes) las hereda el vate italiano, como tantísimas cosas, de Virgilio, que las había incluido en su Eneida. Lo nuevo en Dante es la plasticidad cinematográfica con la que presenta la suerte de estos condenados. Estamos en el núcleo del horror, aun cuando reserve para otros transgresores los círculos venideros. La exclamación del personaje fundido con el árbol maldito es desgarradora, y la visión de la ramita quebrada, de donde salen palabras y sangre, es espantosa. No menos que la incesante agresividad de las arpías, con sus largos picos siempre dañando los cuerpos convertidos en árboles de aquellos que, en vida, atentaron de manera criminal contra sus cuerpos humanos. Los suicidas de Dante, ni en su propio tiempo ni en el más allá, merecieron la consideración de la que disfrutaron en la Antigüedad greco-romana.


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