Literatura

Retratos de Cuba; espejismos de Venezuela

Fotografía de Pedro Szekely / Flickr

24/03/2018

Hay libros que son descubrimientos. Libros que uno toma al azar en una librería sin conocer al autor, se leen algunas páginas y la nota de contratapa que en principio avala la calidad literaria de la obra. Se dirige uno a la caja y, luego de cancelar, transportará con alegría ese libro, igual que un niño con un juguete nuevo. Al llegar a casa, se coloca como un trofeo en alguno de los estantes de la biblioteca que soportan el peso y que parecieran decir ¡basta!: ya no necesitas comprar más libros, lee los que ya están acá y luego compras otros.

Al leer algunos párrafos y títulos de las crónicas de La tribu, retratos de Cuba de Carlos Martínez Álvarez, se siente ese inevitable impulso de acumulación. Se ojea la nota de contratapa escrita por Leila Guerriero: “No solo escribe sobre su país natal con una mirada exquisita sino que, además, su prosa es de una elegancia superior. En ella se mezclan un extraño dandismo caribeño y una sensibilidad que nunca cae en sensiblería”. Y estando informado de lo honesta que puede resultar esta brillante cronista argentina, se confirma el indicio, el pálpito o la intuición de la calidad de la obra que se tiene en las manos al momento de escoger en la librería y que, además, por si fuera poco, cuenta con un prólogo de Martín Caparrós: “Frases frasean, fluyen, se deleitan. De vez en cuando me encuentro con una que me despierta envidia”.

La tentación es inevitable y llevarse un libro más pareciera, en el fondo, un acto de vanidad o egocentrismo. Pero leer un libro es como haber vivido una vida o, tal vez, haber visto la vida desde los ojos y la mente de otro y, siendo uno el otro mientras dure la lectura, se llega a tener una perspectiva distinta de cosas específicas o generales, se expande el radio de acción de la linterna que ilumina la conciencia y el conocimiento.

La Tribu, retratos de Cuba consta de dieciséis crónicas escritas entre 2014 y 2016. El autor, quien estudió periodismo en La Habana, cuenta desde el punto de vista del que conoce su entorno y posee el dominio de la sutileza de lo cotidiano del lugar en el que ha nacido y vivido. Un lugar que se abandona por esas mismas circunstancias que se cuentan en las crónicas, para luego verlo al regreso con ojos de extranjero, pero sin llegar a serlo: se pertenece a un lugar, pero se observa desde la separación.

En La tribu se encuentran perfiles de personas escogidas por aquél que sabe separar lo llamativo de los estereotipos y lo esperpéntico y que, sin embargo, muestran a Cuba desde el ángulo de su realidad alterada. En el primer retrato, “Cuba Post Castro, Una aproximación”, en torno al momento en el que se empezaba a gestar el acercamiento de Estados Unidos a la isla, propiciado por Barack Obama, el autor nos anticipa, como una alusión a la famosa pregunta de Carver: “¿De qué hablamos los cubanos cuando hablamos de nosotros mismos?”, y se responde:

“Por este libro desfilan deportistas exiliados, altas figuras del arte conceptual, enfermeros internacionalistas, músicos célebres y del bajo mundo, poetas disidentes, emigrantes que atraviesan Centroamérica, prófugos del FBI, homeless y suicidas, negociantes del mercado negro (equivalente a los bachaqueros venezolanos), balseros esquizoides y los borrachos, policías y travestís de la ruidosa noche habanera”.

Martínez Álvarez menciona la muerte de Fidel y dice: “A comienzos de 2015, se rumora sobre la posible muerte de Fidel Castro, pero ahora sigue vivo, y no va a morirse hasta el final del libro”. Y así cumple su palabra el cronista cuando al cerrar un círculo que se traza, concluye el conjunto de perfiles con Un Triste (y multipilicado) Tigre, haciendo un guiño a Los Tres Tristes Tigres de Guillermo Cabrera Infante, y que trata sobre la muerte de Fidel, hecho que aborda con humor y profundidad, como todas las crónicas de este volumen. Humor cuando afirma: “Miami, económicamente próspera, en constante crecimiento, es el mayor logro urbanístico de Fidel”. Profundidad hasta el extremo opuesto del humor sobre la realidad cubana: “Fue el escudo del pueblo y luego su pueblo le valió de escudo. Mordió el corazón del país como quien muerde una fruta y lo fue chupando y ahora nos ha dejado en la semilla. La cobertura de su muerte confirma que es un gigante –la barbilla firme, el cuerpo erguido, la mirada severa– de pie sobre el teatro de operaciones de nuestros escombros”.

Esta obra está llena de imágenes evocadoras, metáforas acertadas y esclarecedoras, con un sorprendente dominio del lenguaje que el autor vierte de manera sencilla para la lectura, sin poses ni extravagancias intelectuales. Las estructuras narrativas son similares en las distintas crónicas, cabe destacar: de hecho se trata de una compilación de piezas publicadas con anterioridad en El Malpensante, El Estornudo (revista cubana independiente), Univisión Noticias o Al Jazeera, y que brindan la sensación de mantener un ritmo narrativo musical dentro de la desgarradora representación de los retratos, que son a la vez reflejo de lo que se ha convertido Venezuela o, más bien, al revés.

Un espejismo es definido como una “ilusión óptica debida a la reflexión total de la luz al atravesar capas de aire caliente de diferente densidad, lo cual provoca la percepción de la imagen invertida de objetos lejanos, como si se reflejasen en el agua”. Estos retratos de Cuba son como un espejismo (real) de Venezuela, aunque las historias y perfiles de carne y hueso parezcan un delirio debido a la reflexión total de la luz al atravesar el Mar Caribe. La Venezuela de hoy vista al revés desde Cuba como una imagen invertida, ajena y propia al mismo tiempo:

–»Me hice masajista, aprobé un curso, y cuando el gobierno me iba a enviar a Venezuela, me negaron la salida porque era posible emigrante»–, dice Boris Santiesteban, en Off Side, un personaje al que “le brincan los ojos frenéticos, presos, como dos pájaros salvajes en una jaula sin luz”.

El lector atraviesa con gozo las lecturas de los retratos de ese libro que se escoge al azar en una librería y, aparte de la calidad de la obra literaria, se pregunta si los caminos por los que lleva la elección de ese libro son sólo coincidencias o más bien intenciones lanzadas adrede. Tal vez se tenía el ánimo previo, algo masoquista, de viajar a La Habana para comprender mejor el origen de lo que se ha vivido en Venezuela, tratando al mismo tiempo de distanciarse de las consignas ideológicas, de las posturas extremas que hacen ruido, de las confrontaciones que acaparan los medios; viajar a Cuba y entender, mediante la vivencia de la lectura atenta, cómo la situación de Venezuela de los últimos años no es sólo más que un espejismo (real) de las desgracias de la vida cotidiana de los cubanos. Por sólo citar uno de los retratos, Todos los jueves es Ray, nos enteramos de la existencia del showman Ray Fernández, cuyo tema musical más conocido trata del recrudecimiento ideológico y la escasez sostenida, cuando la gente empezaba a tararear una canción que él llamó La yuca, en alegoría a la situación política y social de los cubanos:

“La jugada está apretá / todo el caney lo sabe / que no abunda el taparrabo y no alcanza el casabe / que está cara la magia / y más la medicina”.

¿Qué más representativo de la conexión entre la desgracia cubana y la desgracia venezolana que ese tubérculo? No sabemos si cubanos han fallecido por comer yuca amarga, habría que averiguar, lo que sí es cierto es que de lo “apretá” que está la juagada en Venezuela, muchas personas, víctimas del hambre, han fallecido por comer yuca amarga. Hace pocas semanas, el 15 de febrero, se reportó la muerte de seis niños y un hombre de setenta y tres años en el estado Aragua por la ingesta de yuca amarga, esto a pesar de la campaña difundida para que los venezolanos en penurias sepan distinguir la yuca amarga de la yuca dulce: “1-La diferencia más notoria es que la corteza de la yuca amarga es más gruesa que la de la yuca dulce. 2-Al momento de cocinar, la yuca dulce se ablanda más rápido que la amarga. 3-La tonalidad de la yuca dulce al estar cocinada es de color blanco, al contrario de la amarga o brava, que se torna amarillenta”. El número de fallecidos va en aumento desde el año pasado: es la desesperación extrema por la escasez, el hambre, la alucinación por la falta de calorías, proteínas: el espejismo de la situación apretá.

La tribu, retratos de Cuba permite viajar a Cuba sin gastar en pasajes ni solicitar chocantes permisos de viaje o tener que soportar la desagradable experiencia de aduana: “Los aeropuertos se han convertido en la zona de rencilla y hostilidad por antonomasia de la nación”. Ni mucho menos dejar divisas en el origen del espejismo de lo real. Hasta se puede conocer mejor con la lectura el famoso malecón, que si se hubiera visto en persona, la llamada estética del realismo socialista al leer la crónica “El malecón: la orgía de las formas”, en el que el autor nos dice:

“El mundo no debería ser un lugar en que mujeres venidas a menos, a las puertas de la vejez, tengan que recorrer la madrugada durante seis o siete horas seguidas para ganar cuatro míseros pesos (dólares)”.

Tomando esa misma frase, pero aplicada a Venezuela:

“El mundo no debería ser un lugar en que una persona, joven o a las puertas de la vejez, tenga que trabajar un mes entero para percibir unos cuatro o cinco míseros dólares de salario mínimo”.

La lectura es quizás uno de los pocos actos independientes que le quedan al ser humano. Leer un libro es un acto de libertad plena. Un reo es libre cuando lee un libro. Un venezolano o un cubano es libre cuando lee libros que le permiten vivir una vida a través de la mirada de otros, sin censura. En uno de los retratos se presenta a Rafael Alcides: “El mayor poeta vivo de Cuba, y muy probablemente el más honesto”, y que representa un contrapeso a “las vidas malgastadas en infructuosa marcha hacia ningún lugar”. Al final del perfil «Alcides, el inédito», y que sirve de conclusión de este texto perfectamente aplicable a la experiencia venezolana, espejismo (real) de Cuba, el poeta dice:

“No, yo no creo en los radicalismos, los radicalismos son estúpidos. No nos hemos dado cuenta, pero hemos vivido una gran tragedia. Treinta mil o cuarenta mil ahogados en el mar. Hoy la palabra Patria no existe. Tenemos el drama. Y la literatura, la novela, la poesía, se hacen con drama, con dolor. Esto se está acabando. Ha llegado la hora de empezar a contarlo”.


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