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Diario literario

Diario literario 2019, agosto (parte II)

por Alejandro Oliveros

24/08/2019

Georges Bressens. Fotografía de la Biblioteca Nacional de Francia

Sète, lunes 12 de agosto de 2019

Georges Brassens

Paul Valéry no es el único hijo ilustre de esta ciudad portuaria. También Jean Vilar, el legendario fundador del TNP (Théâtre Nationale Populaire), modelo de todos los Teatros Nacionales del siglo XX, incluso el venezolano, nació aquí. Como escribí hace un tiempo en otra página de estos cuadernos, a Vilar le debemos uno de los mejores montajes, en 1945, de la tragedia de T.S. Eliot Asesinato en la catedral. Además fue el creador, sin dejar el TNP, lo cual haría en 1963, del Festival de Aviñón, tal vez el más respetado de los festivales de teatro europeos. Vilar murió de manera precoz en su nativa Sète, en 1971. Sus restos acompañan a los de Valéry en el luminoso cementerio marino de esta ciudad francesa.

Con Valéry y Vilar, la trilogía de grandes nombres “setoises”, y más amado que ambos por sus paisanos, la completa Georges Brassens, el poeta y cantor descubierto por otra leyenda, la inolvidable Patachou, quien lo presentó por primera vez en su cabaret de Montmartre en 1952. Su poesía cantada, en la mejor tradición trovadoresca, villoniana, fue reconocida con el Gran Premio de Poesía de l’Academie Francaise, auspiciado por el académico y aventurero Joseph Kessel. No pocas de las canciones escritas o interpretadas por Brassens pertenecen al tesoro de la lengua francesa. Murió lejos de Sète, a los sesenta, en 1981. Consecuente con su espíritu transgresor y proletario, fue enterrado lejos del aristocrático Valéry y del intelectualizado Vilar, en el más popular pero no menos hermoso Cimitière de Py, justo a unas cuadras de donde estoy escribiendo estas líneas. Sus deseos de ser sepultado en su ciudad natal lo había dejado claro en una de sus canciones: “Suplica para ser enterrado en las playas de Sète”. Si bien no estrictamente en la playa, el camposanto de Py no se encuentra lejos del mar tranquilo por donde surcan, como palomas, los blancos veleros:

Juste au bord de la mer à deux pas des flots bleus
Creusez si c’est possible un petit trou moelleux
Une bonne petite niche
Auprès de mes amis d’enfance les dauphins
Le long de cette grève où le sable est si fin
Sur la plage de la corniche.

(Justo en la playa, a dos pasos del oleaje azul,
abran si es posible un pequeño hueco blando,
un pequeño nicho
cerca de mis amigos de infancia los delfines,
a lo largo de esta fina arena
en la costa de la Corniche).

En otra estrofa menciona a Paul Valéry y, con la debida referencia, le pide al maestro que lo perdone, a él, un humilde trovador: “Y que si sus versos son al menos mejores que los suyos / Mi cementerio sea más marino que el de él”.

Sète, martes 13 de agosto de 2019

Gentes de Sète

Los inmigrantes en Sète son una de sus tradiciones más consecuentes. Desde los pescadores del Golfo de Nápoles, que desarrollaron aquí la explotación del atún, hasta los miles de españoles que vinieron huyendo del terror franquista, y los argelinos “pied noirs”, que llegaron después de la independencia de Argelia en 1962. La edad de oro de Sète, que la había convertido en una de las ciudades más prosperas del Mediterráneo occidental hacia los años treinta, terminó, precisamente con el fin del dominio colonial francés. Hasta ese momento, Sète había monopolizado el comercio francés del vino en el Mediterráneo con el intercambio con los mercados del Líbano y Argelia. No debe ser fácil en la actualidad encontrar ciudadanos de Sète que no estén vinculados con otras nacionalidades. La abuelos maternos de Brassens, por ejemplo, habían llegado del más oscuro pueblo de la lejana basilicata; y el padre de Claude, el dueño del restaurante de la playa brasseniana que frecuento, era de Córdoba, a la que dejo en el ’39, acosado por los nacionalistas españoles, para incorporarse a la resistencia francesa (“La llaman francesa, pero en realidad eran españoles”, dice Claude), caer prisionero de los nazis y pasar cuatro años en un campo de concentración austriaco. No obstante, Sète no está signada por el  cosmopolitismo de ciudades como Niza o Marsella. Es una ciudad discreta, horizontal en sus niveles de vida, grata y bendita por la luz todavía provenzal, y el mar más azul y tranquilo.

Ismail Kadare. Fotografía de Lars Hefner | Wikimedia

Ismail Kadaré

En una entrevista reciente para Le Monde, Ismail Kadaré, el más difundido de los escritores albaneses, dijo cosas dignas de memoria, algo no siempre frecuente en las declaraciones de los autores, atentos más a los anhelos de inmortalidad que a la comunicación franca con sus lectores:

Incluso si es reconocido, el escritor nunca esta tan satisfecho como podría parecer. Porque es el único que sabe lo que en realidad quiso decir sin poderlo lograr. De la misma manera que solo él sabe cuando ahoga en su corazón el dolor por lo que no pudo lograr. Sabe que lo que escribió no es sino un fragmento. Un fragmento de lo que le hubiese gustado producir. Es consciente también de que algo ha fallado y siempre fallará, sin contar con la fatal limitación de su vida.

Fue amigo de la infancia de Enver Hoxha, tal vez el único dictador comunista que superó, con el camboyano Pol Pot, los horrores de Stalin, ante el cual el mismo Hitler aparecería disminuido:

Hoxha murió hace una treintena de años. Él y yo nacimos en la misma ciudad. Aun más, en la misma calle. Se llama la “Calle de los locos”. Y él lo era, sin duda. Recuerdo cómo sus ojos brillaban de placer con la sola idea de hacer el mal. Inventó ese escenario paranoico según el cual la pequeña Albania iba a ser atacada por las súper potencias de aquella época, pero que saldría vencedora. En cuanto a mí, como todos los albaneses, vivía inmerso en esa propaganda absurda y grotesca. A menudo me he preguntado cómo hice para no enloquecer.

A los veintitrés años, Kadaré es enviado a Moscú a estudiar literatura en el Instituto Gorky, una especie de Harvard de los estudios del realismo-socialista: “Allí pasé tres años diciéndome que tenía que hacer todo lo contrario de lo que se enseñaba en el Gorky. Shakespeare y Esquilo me salvaron del adoctrinamiento:

Después de Shakespeare descubrí a Esquilo, quien más tarde me inspiraría para Esquilo o la perdida de lo eterno. Quedé impresionado por los numerosos paralelismos que existen en el universo de la tragedia griega —una cadena de asesinatos, venganzas y contravenganzas en una incesante lucha por el poder— y el de la dictadura. De todos los trágicos, Esquilo, en el VI a.C., se dedicó a escribir y a clasificar minuciosamente todas las formas de violencia y castigo: sobre la rivalidad del deseo en Las suplicantes a la rebelión de los más pequeños en Los persas; de la muerte ritual en La Orestíada al desafío de los dioses en Prometeo… Como ve, gracias a la gran literatura tuve la suerte enorme de estar en el reino de los muertos y salir con vida.


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