Diario literario 2019, agosto (parte I)

por Alejandro Oliveros

17/08/2019

Retrato de Paul Valéry | Fotografía de Henri Manuel | Wikimedia Commons

Sète, miércoles 7 de agosto de 2019

Este puerto del Languedoc francés fue construido por el gran arquitecto Pierre-Paul Riquet, bajo las órdenes de Luis XIV, para dar salida al mar al vital Canal du Midi que llegaría, en sus 240 kilómetros, a unir a la distante Toulouse con el Mediterráneo y que todavía se encuentra en funcionamiento; su belleza e importancia le han valido la distinción de ser considerado patrimonio mundial por la UNESCO. Sin embargo, no es eso lo que lo ha hecho conocido entre escritores y amantes de la literatura y la canción popular francesa. Lo segundo se explica porque aquí nació Georges Brassens, uno de los cantantes más queridos por los franceses, si bien no tanto por la iglesia a causa de la irreverencia de muchas de sus letras. Quien no lo conozca en profundidad por lo menos lo habrá oído cantar, o debería, su versión del poema de Aragon Il n-y-a pas d’amour hereux. Los literatos, no obstante, recuerdan a Sète por ser la ciudad natal del gran Paul Valéry, cuyo poema más notable, “El cementerio marino”, refiere la experiencia epifánica del poeta al contemplar el Mediterráneo desde la necrópolis situada en las alturas de al ciudad, con una vista estremecedora sobre el legendario mar.

Ce toit tranquile où marchent des colombes,
Entre les pins palpite, entre les tombes:
Midi le juste y compose de feux
La mer, la mer toujours recomencée.
Ô récompense après une pensée
Qu’un long regard sur le calme des dieux!

(Esta tranquila superficie donde caminan las palomas
palpita entre los pinos y las tumbas.
El mediodía produce fuegos,
El mar, el mar recomenzando siempre.
¡Qué mejor recompensa después de un pensamiento
Que una larga mirada sobre la paz de los dioses!)

Aunque el poeta vivió en Sète solamente los primeros trece años de su vida, su existencia quedó marcada, como Camus al otro lado del mare nostrum, por la experiencia mediterránea. Sète siempre lo ha considerado como suyo y, a pesar de las dificultades de su poesía, la gente lo cita y recuerda. En el mercado central, en uno de los restaurantes, los manteles individuales de papel reproducen uno de los textos más accesibles del vate:

Le vin perdu

J’ai quelque jour, dans l’Ocean,
(Mais je ne sais plus sous quels cieux),
Jeté, comme offrende au néant,
Tout un peu de vin precieux…

Qui voulut ta perle, ô liqueur?
J’obeis peut-être au devin?
Peut-être au souci de mon coeur,
Songeant au sang, versant le vin?

Sa transparence accoutumée
Après une rose fumée
Reprit aussi pure la mer…

Perdu ce vin, ivres les ondes!
J’ai vu bondir dans l’air amer
Les figures les plus profondes.

(El vino perdido

Un buen día, aunque no recuerdo bajo cuál cielo,
dejé caer, como ofrenda a la nada,
unas gotas de precioso vino
en el océano.

¿Quién anhelaba tu perla, oh, licor?
¿Acaso obedecía yo a la voluntad divina?
¿O al anhelo de mi corazón que,
al derramar el líquido, lo creía sangre?

Su transparencia de siempre,
regresaba a la mar
como una rosa perfumada.

¡El vino perdido pero ebrias las olas!
Y pude ver cómo saltaban en el amargo mar
las más profundas de las figuras.

Charmes).

Valéry, desde su más allá particular, debe estar agradecido al dueño de este discreto restaurante de mercado, el “Halles et Manger”, por recordarlo a los suyos, y hacerlo conocer a los tantos extranjeros que por aquí pasan, de una manera más eficaz y permanente que todas sus ediciones en la distante y parisina editorial Gallimard.

Sète, Sábado 10 de agosto de 2019

Vinos y literatura

Pascal Fulla es un productor de vinos digno de aparecer en un diario literario. Lo conocí con mi hermano Daniel, quien en esta ciudad hará una docena de años. Lo primero que me llamó la atención es que al mencionarle el cementerio donde está enterrado Valéry, me respondió recitando varias estrofas del gran poema: “Todos aquí nos sabemos el poema de memoria”, agregó con modestia no fingida y exagerada generosidad con sus paisanos. No sería esta la única sorpresa “literaria”. Al llegar a la cava donde produce sus vinos, en la vecina Jonquières, la única decoración en las paredes son versos de René Char en gran tamaño. “Eso es de Char, ¿verdad?” y me respondió, así, como si nada, “Es mi poeta preferido, vivía no muy lejos de aquí, en Isle sur Sorgue, en Provenza”. El nombre de su hacienda y de sus vinos se acoge a esta indeclinable obsesión con la literatura. “Más de l’Ecriture” (el equivalente en Burdeos sería “Chateau de l’Ecriture”) es como se llaman los viñedos donde se producen vinos con etiquetas como “Pensées”, un homenaje a su tocayo Blaise Pascal, “Emotions”, “Les poèmes blancs de l’Ecriture” y “Les poèmes rosés de l’Ecriture”. El logotipo de la empresa no podía ser otro: una pluma que debe ser una copia de la utilizada por Racine, mínimo. Su hija y estrecha colaboradora, y no debe ser casualidad, se llama Léa. Todos sus caldos son la expresión más ajustada de los colores, aromas y sabores del Languedoc, solares, concentrados y minerales. La segunda vez que, años después, me encontré con Pascal me favoreció con una rara edición de los poemas que escribió Valéry a sus doce años, antes de marcharse a París, donde se convertiría en el Valéry que reconoce la posteridad.

En la visita de hoy, después de comentarme su interés en la correspondencia Camus-Char, probamos sus últimas cosechas, entre ellas un estupendo “Pensées” 2012 —en homenaje al nieto Alessandro que nació ese año—, del cual nuevas botellas serían abiertas durante el almuerzo, durante el cual Pascal me sorprendería con nuevas coincidencias y afinidades. Justo cuando me proponía hablarle de José Solanes, el psiquiatra catalán exiliado después de la caída de la República española y a quien conocí, admiré y amé, Pascal me habla de su tío, catalán y también psiquiatra que, asimismo, se vendría huyendo a Francia en aquel ominoso 1939. Aquí, el tío se reencontraría con Ferenc Tosquelles, el líder de la escuela catalana de psiquiatría, la más avanzada de Europa, y juntos se irían a poner en práctica los fundamentos de lo que sería la psiquiatría moderna. El padre de Pascal se sumaría a la aventura y conocería de cerca a los ilustres visitantes, entre ellos a Eluard, quien dedicaría a su esposa (madre de Pascal) la primera edición de 1942 de Poésie et verité con esta línea tomada de un conocido poema: “Je suis né pour te connaître/Pour te nommer Liberté”. No se trataba solamente de un manicomio, Tosquelles haría de la ruinosa Saint Alban un verdadero centro cultural de vanguardia que sería visitado por artistas, poetas y refugiados políticos. No otros que Deleuze y Guattari, años después, reconocerían el papel decisivo de la experiencia en el desarrollo de la psiquiatría del siglo XX. Cuando termina su apasionante relato, le digo que es improbable que su tío y mi Solanes no hayan sido buenos amigos; al fin y al cabo, Solanes fue el asistente de Tosquelles durante los primeros años de Saint Alban, “Ah, que le monde est petit!”, nos recuerda Ana, la esposa de mi amigo “vigneron”. Pascal nació en Sète y ha vivido siempre aquí. Después de dirigir con éxito una empresa de aviación, decidió, hace veinte años, que su verdadera vocación con la literatura eran, por supuesto, los vinos. Una afortunada circunstancia que le ha regalado a los amantes del vino han sido excelentes caldos que saben a Languedoc y recuerdan a Valéry y Brassens. Aunque de madre francesa y su español dista de ser fluido, Pascal es un hijo del exilio, una condición existencial que si bien no obvia se siente cuando habla del padre. Un destino parecido espera a muchos de los hijos de los compatriotas conminados al destierro por nuestra tragedia política. Serán, en el futuro cercano, millones, tal vez, los que se refieran a Venezuela con la misma nostalgia con la que mi amigo habla de España. Sólo quiero que los dioses sean tan bondadosos con ellos como lo han sido con Pascal.


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