Perspectivas

Una providencial coincidencia

30/03/2024

Fotografía de Diego Vallenilla

La mañana del diez de diciembre de 2021 todo estaba dispuesto en el Hospital Ortopédico Infantil para recibir a Yaneiski Hernández, la trompetista que venía desde San Juan de los Morros a ofrecer un concierto sorpresa ‒como agradecimiento‒ al doctor Álex Quintero. Luego de cinco operaciones el cirujano había logrado salvarle los dedos de su mano derecha.

Mientras los músicos organizaban sillas y atriles una morena alta de amplia sonrisa se acercó, curiosa, hasta el improvisado escenario en el lobby del hospital. Dijo llamarse María. Le comentaron de qué iba el asunto y la invitaron a participar.

El concierto fue un éxito, se había corrido la voz entre empleados, pacientes y visitantes por lo que un nutrido público presenció el emotivo gesto. Al finalizar, muchas personas se acercaron a felicitar a Yaneiski, entre ellas María quien le explicó que ella también era músico: había estudiado chelo en su Güiria natal y su mayor sueño era que sus hijos pudieran disfrutar de la música a pesar de sus limitaciones. Los cuatro niños tenían discapacidades, tres de ellos con discapacidad auditiva aunque podían oír gracias a un “aparatico”. Se despidieron no sin antes intercambiar números telefónicos.

La historia de una paciente que brinda un concierto como homenaje a su médico se visualizó muchas veces en las redes sociales. Los mensajes de felicitación saturaron el Instagram de Yaneiski. Uno en particular llamó su atención: una mujer pedía ayuda para operar a su hijo sordo. Sorprendida, se preguntó qué tendría ella que ver con ese asunto; concluyó que se trataba de una equivocación. Sin embargo, esa misma noche, mientras contemplaba a sus hijos, recordó el mensaje: una madre solicitaba apoyo para que su hijo pudiera oír. Por primera vez se preguntó cómo sería un mundo en completo silencio.

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Toñito tenía aproximadamente un año cuando su madre notó que algo no estaba bien, sentía a su niño “ajeno”, como si no conectara con su alrededor. Después de muchas pruebas se confirmó su preocupación: el chico fue diagnosticado con sordera profunda. Inmediatamente, comenzó la búsqueda de tratamientos. Los expertos recomendaron implantes cocleares en ambos oídos. Un procedimiento costoso para la familia residente en Charallave cuyo único ingreso provenía de lo que el padre ganaba en su pequeña finca ubicada en El Sombrero, estado Guárico.

Fue entonces cuando Nerifred, la madre de Toñito, se volcó a la redes sociales a buscar ayuda.

Fotografía de Diego Vallenilla

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El implante coclear es un pequeño y complejo dispositivo electrónico que se coloca, mediante intervención quirúrgica, dentro de la cóclea, órgano del oído interno. Sirve para facilitar la audición a personas con sordera profunda bien sea congénita o adquirida. Por su elevado costo (unos 25.000 dólares) y escasa disponibilidad se gestiona a través de un programa denominado «Plan Nacional de Implantes Cocleares». El primer implante lo realiza en el país el entonces presidente de la Fundación Venezolana de Otología, doctor Edgar Chiossone Lares, el 10 de marzo de 1992. Fue esta institución, posteriormente a cargo del doctor Juan Armando Chiossone Kerdel, la que lideró el programa de implantes cocleares por más de veinte años en el país. En la actualidad la sede principal está en Barquisimeto a cargo del doctor José Manuel (Chema) Colmenares.*

Yaneiski decidió responder el mensaje. Fue contestado de inmediato por una sorprendida y agradecida Nerifred. La muchacha le manifestó que su historia de superación la había impresionado y pensó que quizás conocería a alguien que pudiera ayudarla. Aunque Yaneiski no sabía de ningún especialista en el área recordó a María, la morena que conoció aquella mañana en el hospital. Ella había mencionado a sus hijos sordos.

Así pues, Yaneiski llamó a María. Hablaron largamente. La chica detalló lo de sus cuatro hijos con discapacidades: la mayor de catorce años había sido diagnosticada con hipoacusia profunda y autismo; el varón ‒de trece‒ con cardiopatía e hipoacusia; la tercera, de once años, también padecía hipoacusia profunda y epilepsia, y la última, de siete, estaba siendo evaluada para descartar lupus. Las niñas podían distinguir sonidos y comunicarse porque tenían implantes cocleares. Al varón lo seleccionaron para colocarle un implante, pero los médicos optaron por no hacerlo debido al alto riesgo asociado a su cardiopatía.

Al final de la conversación María accedió gustosa a ayudar a Nerifred: tenía amplia experiencia en todo lo relacionado con los trámites para acceder al programa de implantes cocleares.

Fotografía de Diego Vallenilla

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La comunicación entre las tres mujeres no era fácil, sus dispositivos móviles eran precarios y la señal no era buena en las zonas donde vivían: Yaneiski, en San Juan de los Morros; Nerifred, en Charallave; y María, en Caricuao. Aun así, unieron esfuerzos.

El primer paso era lograr una entrevista en el Ministerio de Salud, en la que se determina si el paciente es candidato a implante. Consiguieron una fecha cercana gracias a la rápida gestión de María. El día pautado Nerifred, Toñito y María se reunieron en Plaza Venezuela, un afectuoso primer encuentro cargado de expectativas.

El licenciado Junior López revisó el caso y determinó que Toñito calificaba; sin embargo, la espera era sumamente larga. Fue entonces cuando María tuvo una idea: su hijo Aarón llevaba tiempo apuntado en la lista, pero el procedimiento para colocar el implante podría poner en riesgo su vida. Los médicos esperaban que en el período de su desarrollo el joven mejoraría; en esa etapa quizá sería seguro hacerle la operación. María preguntó al licenciado qué lugar en la lista ocupaba su hijo.

Fotografía de Diego Vallenilla

‒Tercero.

‒Cámbielo, por favor ‒pidió sin dudar‒: le cedo el puesto de mi hijo a Toñito.

Estar entre los primeros de la lista permitió que Toñito pudiera acceder al siguiente estadio: ser evaluado por el otólogo, el doctor Chema Colmenares, en Barquisimeto. El 30 de mayo de 2023 salían desde Los Teques rumbo a la capital del estado Lara. Toñito y su madre en un vehículo oficial; detrás, su padre con la hermanita del niño en el jeep que el hombre usaba en la finca.

A la mañana siguiente se dirigieron al Hospital Pediátrico Universitario Dr. Agustín Zubillaga, en donde los esperaba el equipo médico encargado de la evaluación clínica. Toñito estaba nervioso. A sus siete años era un chico corpulento. Con dificultad, las enfermeras lograron hacer las pruebas necesarias; sin embargo, las imágenes obtenidas en la tomografía resultaron de pobre calidad. Nerifred estaba preocupada, la decisión de operar dependería de los resultados obtenidos. Luego de más de media hora reunido, el equipo médico decidió: la cirugía se llevaría a cabo al día siguiente.

El 1 de junio Toñito entró al quirófano. Para anestesiarlo el propio doctor Colmenares cargó en sus brazos al “boxeador”, como lo llamaba. El procedimiento tuvo una duración aproximada de dos horas. Sin contratiempos.

Entre lágrimas, la madre agradeció al beato José Gregorio Hernández.

Al mes de haber colocado el implante se realizó el “encendido”, momento cuando se mide el éxito del procedimiento al monitorear las respuestas del paciente a diversos estímulos auditivos. Yaneiski vino desde San Juan a acompañar a Nerifred; María también estaba presente. Era la primera vez que las tres mujeres se reunían. Sentado frente a la audióloga, Toñito jugaba distraído. La madre, nerviosa, se colocó detrás del niño y comenzó a dar palmadas al aire según las indicaciones del técnico. Una, dos, tres veces. Toñito no mostraba respuesta alguna. Nerifred siguió aplaudiendo. De pronto la expresión del niño cambió: primero sorpresa, luego con curiosidad comenzó a buscar con la mirada: giró la cabeza hacia su madre que, aplaudiendo, lo veía entre lágrimas: “Ah” ‒exclamó Antonio‒. “Ah”, repitió mientras sonreía.

Habían pasado seis años desde cuando fue diagnosticado con sordera profunda. Gracias al empeño de tres madres, Toñito Miranda accedió a los sonidos del mundo.


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