Homenaje a López-Pedraza

Rafael López-Pedraza: una visión cósmica

Rafael López-Pedraza retratado por Josefina Núñez

21/11/2021

Con motivo de la aparición bajo el sello de la Editorial Pre-Textos de España del primer tomo de la Obra Reunida del maestro Rafael López-Pedraza, publicamos una serie de textos en honor al eminente pensador y psicoterapeuta junguiano. El volumen I contendrá los libros Hermes y sus hijos, Ansiedad cultural y Dionisos en exilio.

A Valerie y Rafael

En psiquiatría y psicología parecen existir dos corrientes bien definidas y ambas tienden a oponerse entre sí: la que cree que las enfermedades mentales o los trastornos psiquiátricos son producto de cambios en la neurobiología del cerebro –por lo que el tratamiento se basa en psicofármacos–, y la que asume que todo trastorno emocional –aunque existan cambios neuroquímicos–, puede ser tratado por medio de la palabra.

Las tensiones han ido cediendo con el tiempo, sin embargo la controversia está lejos de ser resuelta. No creo que Rafael López-Pedraza haya suscrito ninguna de ellas. Jamás negó la enfermedad mental. Incluso era admirador de los grandes psiquiatras de finales del siglo XIX y comienzos del XX, como Eugen Bleuler, Emil Kraepelin o Ludwig Binswanger, entre otros tantos, dedicados a la investigación de la clínica psiquiátrica, y de quienes solía decir de forma coloquial que, en un tiempo, cuando no existían psicofármacos, se habían internado en hospitales psiquiátricos día y noche, observando la conducta de los enfermos, sus delirios, alucinaciones, sus olores, su tacto, y extraían de ellos observaciones de valiosa factura para la clínica.

Muchos de los insights más agudos en torno a las enfermedades mentales, son producto de la exploración y detección de los mínimos cambios en la mejoría o el empeoramiento de un paciente, y de los procedimientos psicoterapéuticos empleados.

No en vano comentó muchas veces, que un terapeuta que desconociera el roce con la enfermedad mental, era como una mesa a la que le faltaba una pata. Por eso tenía en gran estima a su tutor en la clínica Zurichberg, el psiquiatra y analista junguiano, Heinrich Karl Fierz, quien era discípulo y amigo personal de Jung.

En todo caso, con respecto al debate entre quienes creen y no creen en la palabra como terapia, la repercusión tiene sus efectos en el paciente, algunas veces perniciosos, sobre todo en casos en los que la línea entre enfermedad mental y condición psíquica, es borrosa.

López solía reconocer que cualquier identificación es sinónimo de locura, y que esta podía desembocar en fanatismos. Tomar partido por los que creen que la ciencia es lo único que cura, que la palabra debe ser una técnica empírica, verificada por medio de la investigación, con la misma eficacia que la ciencia, o al contrario, por aquellos que creen que la palabra, sin el apoyo en el avance de la ciencia, casi como un ensalmo mágico, puede con todo, incluso en casos imposibles, o en patologías tan graves como la esquizofrenia, distrae de la esencia de la psicoterapia.

El campo de acción de la psicoterapia y su función, no es otro que propiciar la transformación en el ser humano en relación a las fisuras de la vida emocional, las circunstancias, las incapacidades, y los conflictos de la historia personal y colectiva que llevamos a cuestas.

Por otro lado, como bien lo expresó en una entrevista a Marina Gasparini1, al hablar sobre psicoterapia afirmó que “…ha estado contaminada por complejos, como los religiosos y los científicos, que todavía dominan en muchas personas… la psicoterapia tiene también un marco de referencia, unas formas propias”.

En esa confusión, la visión de López era que la psicoterapia era en sí misma una complejidad autónoma, independiente de cientificismos de cualquier época. En una oportunidad me refirió que imaginaba al hombre primordial, con un sufrimiento, eligiendo a alguien de la tribu para expresarle su padecimiento. En estudios antropológicos es conocido que el chamán de algunas tribus, aquel a quien todos consultan, suele ser escogido desde niño, entre los más extraños de quienes la conforman.

Valerie Heron retratada por Josefina Núñez

Encuentro

Conocí a Rafael López-Pedraza en 1974. Desde el primer momento se dirigió a mí de usted, pese a ser yo un adolescente de catorce años. Nunca lo llamé por su nombre de pila. El significado de esa distancia –de esa simetría– se mantuvo a lo largo del tiempo. Imagino que por la naturaleza de ambos, a esa distancia ocurrían nuestros procesos.

En las conversaciones, además de las palabras, había gestos, miradas sostenidas en el espacio, largos silencios, alguna observación a los árboles que se veían desde la ventana. A veces algo de música o alguna comida que Valerie preparaba para los tres. A mí me extrañaba que una inglesa me preparara caraotas, una comida tan venezolana. Por eso las comía con gusto.

De repente, de alguna imagen relatada, profería una reflexión íntima. Desde el principio intuí al ser humano que tenía enfrente, sin embargo carecía del conocimiento exacto y del significado de su persona para otros, cosa que agradezco. No sufrí admiraciones exaltadas que luego culminan en denigración; algo a lo que por cierto, él le tenía ojeriza. “No me gusta que me pongan en un altar –decía con frecuencia–. Luego te arrastran por el piso”. La amistad siempre tuvo su lugar, fue primero que nada.

La mitad de la vida de López-Pedraza ocurría en español, la otra en inglés. A horcajadas entre dos culturas. Una suerte de ansiedad entre esas formas de ver y situarse en la existencia estaba presente en su vida diaria.

Se había casado con Valerie Heron, una mujer culta de York, hija de un acaudalado empresario textil de la ciudad. En una de esas tantas conversaciones, ella comentó que el primer Cadillac que hubo en esa ciudad, le perteneció a su padre. Los fines de semana paseaban por el centro urbano; puedo imaginar a la gente sorprendida viendo aquel automóvil pasar.

De muy joven, durante la II Guerra Mundial, su padre le hace viajar a Canadá. López la conoce durante su formación junguiana en Zurich donde, para ingresar, según López, era condición sine qua non, haber tenido un fracaso en la vida. Ella también acudía a formación. Ver a alguien así en medio de la Caracas de los años setenta, era algo exótico, por decir lo menos.

López-Pedraza nunca ocultó su afecto por la cultura británica, quizá debido a que un tiempo antes de irse a Suiza padeció una crisis emocional de envergadura. En Londres se trata con Irene Claremont de Castillejo, una analista junguiana de quien en varias oportunidades confesó que le salvó la vida.

López apreciaba la manera como los británicos leían y valoraban los clásicos, el esfuerzo de sus académicos al desentrañar las múltiples versiones de los mitos, ciñéndose a las imágenes. El abordaje a culturas lejanas y ajenas, la valoración de sus raíces, la protección e incluso, la apropiación de sus legados.

En Inglaterra los automóviles se conducen por la derecha, igual sucede en algunos países que estuvieron bajo su dominio, ver en el volante lo que se tiene adelante o atrás, en el lado opuesto a como se hace en el resto de los países, crea una perspectiva diferente, quizá una amplitud de conocimiento distinta a los demás, a los ingleses les toca ver las cosas al revés, teniendo en cuenta lo contrario. Ver lo izquierdo, lo zurdo, lo que se esconde bajo sus formas, valorarlo, parece ser parte de la cultura británica. En los estudios en torno a la conducta humana, a veces toca ver las cosas al revés: permite una apreciación mas amplia de la dolencia mental en un paciente, y a su vez, posibilita descubrir la psicopatología en la actitud de alguien supuestamente sano, que luego se torna en una persona insana, o un tirano. Estas apenas, son simples intuiciones sobre su aprecio a esa cultura.

Valerie y López insistían en que debía ir a Inglaterra. Poco después de conocerlos, viajé. Volví de nuevo por su insistencia a los dieciocho años. En Londres, una amiga de Valerie me recibió en su casa y me puso en un tren directo a Cambridge el día siguiente. En una oportunidad, ya a los veinte años, me encontraba en Oxford. Él quería que le consiguiera la traducción al inglés del Asno de Oro de Apuleyo. En la librería Blackwell, la traducción no estaba disponible para la venta, de modo que me enviaron a la biblioteca de la Universidad de Oxford. Allí en el centro, en la penumbra del salón principal, con una luz diagonal que incidía sobre un libro muy grande y antiguo, se encontraba el director, vestido de toga, ensimismado en su la lectura. Hablé directo con él, le pedí el libro, o una copia, de ser posible. Fue muy cortés, pero me explicó que solo lo podían leer los alumnos de la universidad. Luego tomó el teléfono y llamó al gerente de la librería. Los gritos por enviar gente allí a buscar libros, eran a lo menos estridentes. Luego, con mucha cortesía, me acompañó fuera de la biblioteca. No sabía en ese instante que López quería ese libro para su texto: De Eros y Psique.

Psicología Arquetipal

Para los analistas junguianos del mundo, de acuerdo o no con él, Rafael López-Pedraza, fue el padre y el hijo de la Psicología Arquetipal. De ahí su estatura internacional. En una ocasión en 1979, al visitar su casa, me extendió un libro impreso, escrito en inglés. Hermes y sus hijos. No acostumbro hacer preguntas, sin embargo, ese día me solté. ¿Por qué no lo había escrito en español? Era su primer libro. Me respondió, si la distancia del tiempo no me traiciona, algo como que, para ese momento, no existía una valoración dentro de la cultura psíquica en español de ese tipo de textos.

El comentario no fue una pretensión. Puede que me equivoque, pero según lo que me permite mi oficio como psiquiatra y psicoterapeuta, luego de los años a partir de su publicación, y de la expansión de la Psicología Analítica, la estima por la aproximación de la Psicología Arquetipal como instrumento psicoterapéutico es limitada, y carece de una comprensión honda y cabal en idioma castellano.

Por esos años, a veces me encontraba a Valerie sentada al pie de una rudimentaria máquina de escribir, una Remington amarilla. Al tener el libro en mis manos, supuse que era transcribiendo y corrigiendo el producto de ese esfuerzo colosal que supuso Hermes y sus hijos. Con el tiempo ha habido traducciones, correcciones, ampliaciones, todas bajo su supervisión.

Psicoterapia

La cura por medio de la palabra tiene tanto tiempo como el hombre sobre la tierra. Y encuentros donde el intercambio en psicoterapia es curativo y transformador para paciente y terapeuta, son pocos, a cada quien le sobran dedos de la mano, si suceden. Se suelen recordar como un antes y un después.

Ese efecto terapéutico y transformador en la psique de alguien que sufre, aparece cuando se logra ver a través de los ojos del otro, sin arrancarse los propios. Ahí radica el arte de la psicoterapia y su impacto, tanto para el paciente, como en el terapeuta.

A una observación que hice al aire una vez, López me comentó que él no era ningún intelectual. Que en todo caso, era un psicoterapeuta, nada más. En la psicoterapia que López-Pedraza ejercía como oficio, el eros estaba en torno al padecimiento del otro y, por parte del terapeuta, en el reconocimiento de la propia herida. Todo conflicto o pedazo de historia personal debía bajar al cuerpo emocional, estar al amparo de los instintos, sin intelectualizaciones de ningún tipo, que en todo caso entorpecerían el libre tránsito de la emoción de quien padece.

Y tanto tenía en cuenta eso consigo mismo, que luego de un viaje al sur de los Estados Unidos, creo que a Texas, donde acudió a dictar una conferencia, después de la lectura surgió la discusión en torno al tema. Estando de vuelta junto a Valerie en el aeropuerto, cayeron en cuenta de que no habían almorzado. Se habían pasado toda la mañana sin comer y ya era media tarde. Se les había olvidado el hambre. El episodio lo retomó en una conversación y me soltó: “¿Tú sabes lo que es eso, chico? Ahí no vuelvo más”.

López tenía a la psicoterapia como un arte. En ciertas oportunidades, al referirse a su práctica, utilizaba analogías del toreo. La maestría consistía en la simetría entre paciente y terapeuta. La distancia, la órbita donde gravita el acto terapéutico, se establecía en el reconocimiento de la naturaleza emocional, la atmósfera donde sucedía; es decir, en el registro de la biología del otro, de su estructura arquetipal, de las formas bajo las cuales había sido concebida, el mito que lo trajo, en entender su inequívoca originalidad.

Era indispensable también, tener en cuenta el propio origen (el del psicoterapeuta), y su naturaleza. Que intervenga lo menos posible en el suceder del encuentro terapéutico, independientemente de las tentaciones, y de suceder, que fuera dentro del marco arquetipal registrado entre paciente y terapeuta.

A veces en supervisión, al hablar de un paciente con complejidades difíciles de tratar, decía: “Me lo pasé milímetros”, apuntando a la cercanía que se debía tener en casos complejos, sin perder tensión. El malestar del terapeuta, sus arranques de disgusto, los actos automáticos, también eran para él instrumentos terapéuticos siempre y cuando estuvieran conectados a vínculos emocionales del instante. Cada quien debía ser instrumento. Y es que si esto no sucedía, no existía técnica intelectualizada, de cualquier escuela de análisis psicodinámico, que surtiera efecto transformador en el cuerpo emocional de la persona que sufre, y por ende, en su biología. Hace falta decir que jamás escondió preocupación genuina por alguien a quien trataba.

Aula 207

Algunas mañanas tomábamos café en la panadería La Campiña. Hablábamos de cualquier aspecto referente al alma. Al ir andando, a grito en cuello, saludábamos a Manolo, el señor del periódico, un gallego muy simpático. Otros días, se aparecía por casa a las 10:00 am y seguíamos tomando café. Conversábamos de música, jazz, o música cubana. Mis padres y mis hermanos se sentaban alrededor con frecuencia. La tertulia tomaba un tono celebratorio, a la vez reflexivo. Podía volverse una fiesta.

En una oportunidad me topé con un disco de soul y lo compré. Era de un grupo llamado High Inergy. Mis hermanos y yo éramos adolescentes. Y uno de esos días, cuando daban las diez de la mañana, oíamos el You cant turn me off. De pronto sonó el timbre, nos asomamos por un hueco en la puerta (lo habíamos abierto tirando cuchillos tipo circo, con alguno de mis hermanos como figura), y ahí estaba López. Al abrirle, escuchó la música y soltó: “¡Oye chico, pero qué swing!”. Y se puso a bailar.

No sabía qué hacía él a ciencia cierta en la Escuela de Letras. Tiempo después, en alguna de nuestras caminatas o tomando vino en su casa, le mostré mi interés por asistir. “¿Tú quieres ir? Vete el viernes en la tarde”.

Eran los años ochenta. Sus seminarios en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela tenían eco. Había que llegar temprano, en la tarde. Al asomarme por la ventanilla de la sala 207, se veían pupitres agolpándose unos con otros. De un lugar mínimo, se hacía un espacio. Apenas se podía caminar entre ellos. Cada quien traía el suyo si no había suficientes.

El hervidero de gente que acudía a escucharle, era sorprendente. En el ambiente se sentía una especie de devoción. López tenía gran afán en esos seminarios, se sentía en la atmósfera, y era que aquellos mitos, herencia del mundo occidental, no eran escrituras en torno a las cuales, los académicos del mundo escarbaban múltiples versiones. Su apuesta era a que se mostraran como un cuerpo vivo, a que produjeran un eco en la psique del hombre contemporáneo.

Esas tardes de los viernes, transcurrían a pausas de frases, entre humor, silencios, sin dejar de lado cierta ironía. Una imagen aparecida de una frase sacada del Hipólito, al trasluz de su originalidad podía tomarse un largo tiempo. Decir que lo virginal, reflejado en la personalidad de Hipólito, encarnado en ese exclusivo culto a una sola diosa, Artemisa, formaba parte de la naturaleza psíquica del ser humano. Sugerir que, cuando lo virginal se consteliza al extremo en una persona, decanta hacia el sectarismo. Y si además se hace colectivo, puede dar origen a muchos de los movimientos de pureza racial que han surgido en el mundo, como el de los supremacistas blancos en EE.UU, o los supremacistas hindúes. Que esta condición psíquica en sombra, toca sus extremos y sigue siendo fuente de innumerables tragedias, como fue la del Holocausto. Tales reflexiones eran de una novedad extraordinaria. ¿Qué era lo original? Que de la imagen mítica griega, con dos y tantos milenios de historia, apareciera una conexión con la estructura del alma contemporánea y permitiera una reflexión.

En comentarios en torno al mito de Dionisos podían surgir aproximaciones al cuerpo emocional del hombre. La decadencia, el arte que existe en la decrepitud, no parecía asunto habitual en un mundo donde la vejez ha sido execrada. Para López, las formas del cuerpo emocional, de naturaleza dionisíaca, se imponían con fuerza en la segunda mitad de la vida. Emociones de fondo se mezclan con proyectos. Cronicidades, limitaciones físicas o enfermedades, le ponen ritmo a la vida, imponen su autoridad. Sin duda, esto constituye un marco de referencia para la psique.

Al hablar de los titanes, seres preolímpicos, carentes de límite, sin rituales ni cultos ni reglas de ningún tipo, sin formas, hacía referencia a lo familiar que es esta manera de conducirse en la sociedad en la que habitamos. La pérdida de contorno emocional se transforma en un poder destructivo arrasador que desprecia la naturaleza psíquica y expande su onda a todo lo que toca. Nos parecen cosas obvias, pero no lo son. De tanto en tanto ocupan la psique del hombre, la poseen, y los estragos son evidentes, es decir, son aspectos autónomos e inconscientes.

De esta manera, en aquellas tardes de viernes se desprendían reflexiones de las imágenes mitológicas que, sin literalizarse, contenían el destello de su impacto al ser expuestas y conversadas en la intimidad de un grupo que lo único que tenía en común era la asistencia, el interés puesto en lo que allí tenía lugar y el recurso emocional que cada quien experimentaba para su propia vida.

Si algo así sucedía en un ambiente académico, era producto de una originalidad no habitual, obra quizá de eso misterioso y oscuro que ocurre, y a lo que García Lorca esbozó como la aparición del duende, y sobre el que López reflexionara en su ensayo dedicado al texto de García Lorca.

Al final, todo remataba en las Cancelas, un bar español de Sabana Grande, hoy desaparecido. A su segundo piso llegaba la tropa, comía algunas tapas, discutía, bebía vino o cerveza. A la memoria vienen espectros de rostros entre cortinas de humo de cigarrillo, la atmósfera reverberante al calor de diferencias de criterios respecto a algún tema, o carcajadas que se soltaban de cuando en cuando, ante alguna ocurrencia. Todo se sujetaba por el hilo de un tiempo infinito atado a detalles reflexivos ante cualquier evento del mundo que habitamos.  Lo sagrado ahí tenía su presencia.

Rafael López-Pedraza retratado por Josefina Núñez

Sus libros

Los libros de López sorprenden desde el primero. Hermes y sus hijos (1977), su primera publicación en serio. Esta obra destila una conciencia psíquica original. Revela un pensamiento particular en torno a la naturaleza humana. El texto deja ver el trato relevante que ofrece a ciertas formas psíquicas, las cuales, en la evolución de la humanidad han sido reprimidas por el contexto moral, o eso que en nuestro tiempo llaman lo “políticamente correcto”. Lo extraordinario es que son formas que existen desde siempre. Por su naturaleza están ocultas, sin embargo son indispensables para la cultura, están implícitas en el salto, en el proceso evolutivo de la condición humana.

En el capítulo dedicado a Hermes, hay un detalle que López no deja escapar en torno al dios y lo acota como “su extraña imaginería”. Sin duda se refiere a la expresión de sus maneras, a su comportamiento inusual. En el himno homérico a Hermes, López hace referencia a esas maneras que son parte de sus atributos: tramposo, negociador, mensajero entre dioses.

Si nos quedamos aquí, y nos acercamos al dios con el monóculo de las tablas de los mandamientos, seguro tendremos a la deidad como un pillo carente de moral, un estafador sin escrúpulos. Se entiende que el lenguaje utilizado en la descripción del dios es para obtener una imagen de él; sin embargo, las sutilezas propuestas por el autor de Hermes y sus hijos, sugieren que son trazos, bosquejos por medio de los cuales nos aproximamos a las formas de lo divino. En todo caso, los asuntos de los académicos son los asuntos de los académicos. A un psicoterapeuta de a pie, lo que le interesa son las imágenes que dan expresión y contienen formas de comportamiento antiquísimas, dejadas a la sombra por su aspecto indigno, y que por la corrosión de la represión, generan expresiones patológicas en la conducta.

Cuando Apolo lo sorprende en su cuna, Hermes responde con carácter jovial. A su corta edad es astuto y precoz: le había robado el ganado. La manera engañosa con la que trata a su hermano, con argucias, retrata su proceder. A López no se le escapa una observación poco común, que aparece en el himno homérico a Hermes. Apolo lo toma en sus brazos, y es ahí cuando Hermes se expresa, esta vez con ventosidad. Lo hace con toda intención. El autor de Hermes y sus hijos refiere que esa es otra manera de expresar el augurio, diferente de la apolínea. Una forma, si se quiere indigna, afín a su naturaleza. Y López deja escapar otra de sus intuiciones al respecto: los presagios de Hermes tienen que ver con el sistema neurovegetativo. Con lo más profundo de la biología, es decir, están vinculados a las formas de expresión más instintivas de la naturaleza humana, en plano distinto al apolíneo. Se pudiera agregar: más apegado a la intuición.

Uno cree que las características de estos dioses, su cercanía a lo humano y lejanía a lo divino, son producto de la fantasía fértil de los griegos, de su inusual apego a la ficción para imaginar al hombre solo ante su destino, acompañado de estas divinidades para perderlo o salvarlo y así situar su sino en el contexto de lo sagrado. Sin embargo, les relato un perfil de vida, que encontré por casualidad.

El hombre se llama Ronnie O’Sullivan (Wordsley 1975), un desconocido. Pero en el mundo del billar o el snooker, es apodado “The Rocket”. Salta a la prensa mundial por un acontecimiento inusual. En el Open de Irlanda, llevado a cabo sin público por la covid-19, dejó intencionalmente escapar una ventosidad, oída y transmitida a todo el público. “Esquivó la culpa mirando hacia uno y otro lado, buscando un responsable. Intentó incriminar al juez, pero finalmente acabó reconociendo”. Luego de tal evento se rio y continuó jugando.

Este individuo es hijo de un asesino y una madre convicta por evasión de impuestos. Creció entre delincuentes, películas porno, casas de apuestas, excesos, alcohol, drogas. Ha luchado contra las adicciones y la depresión durante toda su vida, ha estado en rehabilitación y se ha sentado frente a un psicoterapeuta para tratar de sobrevivir a sí mismo intentando mantener su estabilidad emocional. Luego de dejar los medicamentos, se dedicó a correr. Y cuando eso no fue suficiente, se hizo voluntario como obrero en una granja de cerdos.

Debido a su precocidad y talento, fue escogido como el mejor deportista británico de 2020, por encima de Lewis Hamilton. Es escritor de dos autobiografías, tres novelas policiales, es amigo de estrellas de cine, del rock, y afirma que cuando deje el snooker, quiere aprender a ser consejero y retirarse a trabajar en el sector de salud mental.

He aquí la expresión de un individuo amparado bajo el invisible manto hermético. Su biografía carece de aspectos sublimes y su personalidad es compleja por naturaleza. Muchos tienen por común que personajes como este sujeto, desde lo “politicamente correcto” son de poco fiar y generan desconfianza, pero lo cierto es que debido a su intuición, su habilidad desarrollada en los bajos fondos, su precocidad, ha logrado salir a flote, dándole respuesta al reto de sus circunstancias. Y a pesar de su procedencia, o acaso por ella, se ha convertido en una persona respetada en la sociedad británica. Ha sido valorizado y le han concedido la Orden del Imperio Británico. Este tipo de naturaleza que toma caminos distintos para sus objetivos, de seres que parecieran unos extraviados de la vida, son de brillo esmeraldino. Si hablamos de Hermes, son aquellas a las que la deidad desvía para que encuentren su propio camino.

Y es que López-Pedraza devela que entre dioses hermanos, donde sucede el robo hermético, la relación es de desconfianza. Y añade que el robo hermético, o robo psíquico, ocurre siempre en vínculos de hermandad, en el sentido amplio de la palabra. Puede suceder, y con frecuencia aparece, en vínculos de inmediata intimidad, en personas sostenidas por lazos indelebles de mutua convivencia psíquica, física, inclusive ambas. La desconfianza, nos traslada al hombre primordial. Sucede en relaciones donde lo distinto a mí, aquello donde no me reconozco, está cerca. Se rozan sombras, aparece la intimidad de la oscuridad y los vínculos que salen de la tradicional confianza, son biológicos, emocionales, instintivos, guturales; sin embargo, son los vínculos mas “seguros” entre seres humanos. Los límites están bien establecidos y obligan al reconocimiento en cada encuentro. Es posible que el instinto de reflexión tenga aquí parte de su fuente, y surjan puentes entre lo que nos hace distintos, humanos y sagrados a la vez.

En el libro, López señala las características de Apolo. Es codicioso, está preocupado, molesto por el ganado que le ha robado su hermano. Hermes toca la lira, canta, y Apolo queda maravillado. Para obtener su indulgencia, Hermes le regala la lira en trueque. Así, Apolo se inicia en la música. Este intercambio que sucede y al que el autor le adjudica especial interés, nos refiere a un hecho, la premura del alimento, trocada en notas armónicas para mitigar el alma, el instinto domesticado. El valor de lo material e instintivo transformado en algo inasible, inmaterial, efímero como la belleza, pero indeleble a la memoria, sin lo cual no se puede vivir. Y es que lo transitorio pero imperecedero está en la certeza de cada sentido.

Estas pinceladas psíquicas que se desprenden del himno homérico a Hermes y las reflexiones del autor, pertenecen a la especie humana desde que habita la tierra: la inmanencia de lo divino y vulnerable en el hombre mortal.

En otro capítulo de Hermes y sus hijos surge esta imagen en torno al nacimiento del dios Príapo: “Afrodita dio a luz un niño monstruoso, con una lengua enorme y voluminoso vientre, una criatura excesivamente fálica, tanto que su falo se curvaba hacia atrás”. Se hace referencia a que Príapo, “padre e hijo de Hermes”2,contaba además, entre sus otros padres con –Dionisos, Adonis y Zeus–, y esa referencia imaginativa ya deja perplejo.

En la atmósfera sagrada de los mitos todo es posible, pero bajar eso a la naturaleza humana, darle los rasgos que merece cualquiera que camina por una esquina, entra en un lugar y se toma un café, o que está atado a contención por neurolépticos y reposa en cualquier institución psiquiátrica, da muestra de que la represión de lo diverso en la sociedad que habitamos, va de la mano de lo comúnmente aceptado, de aquello que con sus formas, no reta la apariencia de las reglas en lo colectivo: todo lo que es reprimido, sin conciencia validada por la psique, tiende a mostrar sus aspectos más patológicos.

No quiero decir con esto que no exista enfermedad psiquiátrica real en el ser humano, aquello que carece de formas psíquicas naturales, que lleva fracturas en la biología y cuya expresión por la sintomatología clínica está fuera del contexto de todo lo que funciona en lo individual y en lo social. Sin embargo, hay muchas formas de la naturaleza humana repudiadas en contexto por lo grotesco de su aparición en la escena cotidiana de la vida. Y aquel bajo su sino, debe recurrir a la ortopedia psíquica, para adaptarse a una sociedad que funciona ajena a él.

Hermes y sus hijos es el faro de todo lo que escribió López. Al poner el ojo en esta naturaleza, por ejemplo, Príapo, con su grotesca indignidad, su encanto esperpéntico, el autor nos dice que esas maneras pueden estar escondidas en muchas de las personas con las que nos cruzamos a diario. Y que eso es lo que hace Hermes: transformar y hacernos ver que lo grotesco e indigno también forma parte de la belleza de lo humano y de la complejidad de la diferencia. Ese ha sido uno de sus grandes aportes al entendimiento de la conducta humana.

Luego de Hermes y sus hijos vinieron otros títulos no menos importantes: Ansiedad cultural, Sobre héroes y poetas, De Eros y Psique, Artemisa e Hipólito: mito y tragedia (del cual solía decir Valerie que era un aporte importante), Dionisos en exilio, entre otros, más algunos ensayos que no pudieron ver la luz.

Pasión por la pintura

A la entrada de su apartamento, a la izquierda, sobre un pequeño mueble, había dos ladrillos intervenidos por Oswaldo Vigas. En las paredes de la pequeña sala, se podía observar un dibujo de Mateo Manaure, La tejedora de Régulo Pérez, serigrafías de Wifredo Lam, un plato de Picasso, y algunas otras pinturas que no supe identificar. Cerca de la cocina, sobre una repisa, platos y vasos de cerámica que eran de la hija de Valerie, los motivos dibujados en ellas: peces, gatos y, en un espacio apartado, encerradas por un vidrio, las obras de Jung.

Donde recibía a sus pacientes, estaba su biblioteca con clásicos griegos, estudios académicos en torno a los griegos, estudios de la obra de algunos pintores, libros de antropología, psicología analítica, y los libros de sus amigos arquetipalistas. Excepto algunos pocos, todos esos títulos escogidos sin excesos, eran en inglés. Allí también, colgando de esas paredes, había unas estampas japonesas formidables. No era coleccionista. El valor monetario no hacía que aquellas obras estuvieran suspendidas en sus paredes. Era su gravedad emocional: “Si tuviera que vender todo eso, me quedaría solo con uno”. La serigrafía, eso creo que era, tenía fondo negro, un rostro circular primordial en azul esmeraldino. El título: Eleguá. Tengo entendido que de Wilfredo Lam. Nunca lo constaté.

A Rafael López-Pedraza, por su naturaleza, le resultó incómodo “psicologizar”. Al reflexionar sobre los maestros del arte que conmovieron su existencia, la frase que acuñó: “Stick to the image, habla por sí misma y da un paso al lado, a la vera de ese camino. Su intento es a la inversa. La imagen relata algo a quien le observa. Los seres humanos han ejecutado una y mil veces las mismas imágenes que les han conmocionado, y de mil y una maneras. Las sutilezas están en la diferencia, de allí su lectura.

Caravaggio (1571-1610) fue de sus pintores predilectos. Al hablar de él, tomaba en cuenta su biografía, sus innumerables inconvenientes con la ley y sus enemigos, que lo llevaron hasta el asesinato. Luego su muerte temprana, a los 39 años, en condiciones poco usuales. Puso atención en su retrato de Medusa, la que petrifica con la mirada, y luego en su Dionisos malato, en relación a su vida y sus pinturas, donde se expresan sus conflictos, como en todo gran artista. La referencia a esas imágenes no es al azar. Para López, su Dionisos malato representaba su mórbida conexión con la naturaleza dionisíaca, tan importante en la segunda mitad de la vida, y su extraña identificación con la petrificación que provoca lo destructivo, al retratar a una Medusa, que aun hoy es aterrorizante.

De Miguel Ángel (1475-1564) ofreció una imagen del artista y su obra apegada a lo psíquico y cincelada por el mazo de la melancolía. Los borrachos, nombre con que se conoce esa pintura de Velázquez (1599-1660) entre el público, otorgaba según López poco significado a la inspiración del artista. El triunfo de Baco, que es el nombre verdadero, es el ajustado. Velázquez en su pintura rinde culto a las formas psíquicas dionisiacas, no en la borrachera de sus protagonistas, sino en la postración de lo humano ante lo que el dios representa: el cuerpo emocional. Y estas aproximaciones pertenecen a la forma en que López miró esa pintura.

Picasso (1881-1973) se convirtió en una de sus obsesiones. Por innumerables inconvenientes sus observaciones no vieron la luz. Es conocido que el periodo azul del artista fue disparado por la depresión que provocó en él el suicidio de su amigo, el pintor Carlos Casagemas. López tenía la intuición de que todos los cambios en el lenguaje pictórico del artista fueron producto de su estricta relación con su aparato instintivo y emocional. Es lamentable que muchas de sus reflexiones en torno al maestro, quedaran sin publicarse.

Para ahondar en los complejos históricos de la Alemania nazi, se sumergió en la obra de Anselm Kiefer y la mitología germánica. Tengo entendido que el artista, tuvo contacto con él y recibió el libro que publicó sobre su obra.

Profundizar en estos temas aquí, sale del contexto, pues exigen una tesis. Lo que obliga la referencia es la asociación de la imagen pictórica con las emociones vividas por los maestros y las circunstancias en que fueron concebidas. Para López, cada pintura de un artista tiene algo que decir sobre la naturaleza de la psique de aquel y las circunstancias de su vida. La traducción en lenguaje arquetipal, no es otra cosa que buscar un hilo inteligible sobre lo que se reflexiona y observa, y así ofrecer una versión psíquica que se pueda aprehender. Nunca habló de técnicas pictóricas, habló de psicopatología, que era su campo.

Rafael López-Pedraza retratado por Josefina Núñez

Últimos años

Venezuela fue su hogar, Caracas su casa. Un día me comentó cómo le vino la imagen para regresar de Suiza: “Prefiero estar tomándome un agua de coco en el Caribe, que aquí”.

La situación política del país en sus últimos años le era familiar. La había vivido en Cuba, su lugar de origen: “A mí que no me vengan a contar cómo se destruye un país”. Y al hablar del asunto, recomendaba leer Los días de la ira de Antonio Arráiz. Al tanto de todo el acontecer político (vivía en La Campiña, Caracas), lo observó como un evento histórico donde la psicopatía era la gran protagonista. “Lo que no se dan cuenta aquí, es que todos tenemos un… por dentro”

Al final de su vida, López se vio cercado por las innumerables cronicidades impuestas por la vejez, sobre todo por limitaciones motoras. Aun así, muchas veces se sobrepuso a ellas. En 2010, la Universidad Central de Venezuela le otorgó el Doctorado Honoris Causa. Fue un reconocimiento merecido al extenso recorrido: su aporte a la lectura de los clásicos y sus reflexiones concentradas en la conducta humana y arquetipal.

En ocasión de un homenaje antes de su muerte, Murray Stein, le escribió una carta:

A pesar del gran reconocimiento que has recibido en el mundo junguiano y por parte de estudiantes y amigos, eso no ha sido suficiente, ¡ni podrá serlo nunca! Rafael, tú destacas entre tus pares como una figura elevada, tan elevada en realidad, que muchas veces es difícil estimar a cabalidad tu magnitud… Tus obras, a lo largo de estos años, sin excepción, me han movido psíquicamente. Considero cada una de ellas un clásico por derecho propio. Tu genio ha consistido en no abandonar jamás tus raíces en la cultura clásica…

En 2012, en el auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación, UCV, tuvo lugar un homenaje póstumo. La organización estuvo a cargo de profesores de la Escuela de Letras de la U.C.V, miembros la Sociedad Venezolana de Analistas Junguianos (S.V.A.J), sociedad de la cual fue su principal promotor.

Aparte de su obra, su gran hechura fue su propia contextura emocional, la atmósfera física de su psique. Aquellos quienes le conocieron saben de lo que hablo. En una oportunidad me comentó: “Chico, tú no sabes cuánto me ha costado tener este cuerpo”. Era obvio que se refería a su cuerpo emocional. Quizá eso haya sido favorecido por una concesión del destino. Era un hombre hecho a sí mismo, a imagen y semejanza de su propia naturaleza.

Se es esclavo de la propia naturaleza. Se es explorador, tanto como esa naturaleza lo permita. A la vez somos tan audaces e intrépidos como lo es ella. En todo caso, así como se es esclavo, el asunto reside en la imaginación, si esta nos permite ver la profundidad de nuestra condición humana. López tenía en cuenta eso. De ahí su visión cósmica.

Algunas veces me he topado con comentarios de personas que se preguntan: ¿Qué diría López de lo que estamos viviendo?, como si de una especie de oráculo se tratara. Hay muchos mitos sobre la vida de López-Pedraza que quedaran sin saberse. Se corrió el rumor de que, antes de morir, luego de cenar, se levantó de la mesa y le hizo una pregunta a Valerie. Puedo imaginar que le respondió, si eso fue cierto. De ahí se dirigió a su cuarto, donde encontró su trascendencia.

***

Notas:

1  Güimil Eva, El País. Ronnie O’Sullivan, el héroe del billar que pasó de crecer entre delicuentes a ser el mejor deportista británico del 2020. 05 ENE 2021.

2 Kerényi, K., The Gods of the Greeks, Londres, Thames and Hudson, 1951. Referencia que hace López-Pedraza al autor en la p. 176.


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