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Literatura

Poemas de Luna Líquida

por Alejandro Oliveros

30/11/2019

Via Volta, Ferrara. Fotografía de Sofía Brescia | Flickr

Ferrara

Nubes de Ferrara
Zbignew Herbert

Nunca estuvo
Ferrara,
la ilustre ciudad
de los Este,
en mi itinerario
imaginario.

De su castillo
imponente
sabía que el pobre
Tasso,
enloquecido,
había allí pernoctado
con sus grillos.

No encontré
las nubes del poeta
en ese viaje,
sólo la lluvia
del invierno padano.

Como escribió
Herbert,
no pude escoger
en la vida
según he querido,
he sabido
o presentido.

Ferrara
y su oscuro gueto,
su castillo
y muros en el suelo,
serían mi destino
reiterado.
Su blanca nieve
durante varios
inviernos
estuvo siempre
de mi lado.

Las nubes de Herbert
siguen allí,
y tiene razón
el vate polaco,
son ellas
y no los astros
o las estrellas,
las que mi destino
han arreglado.

 *

Únicos

Los únicos
que saben de la vida
son los muertos.
Edipo creyó que,
ciego,
iba a entender
lo que para él
era secreto.
Sólo en el cielo
entendió,
que habría sido mejor
el silencio
que los placeres
de un reino.

Los vivos
no son suficientes,
siempre empeñados
en detener las aguas
bajo el mismo puente.
No entienden el cielo
cuando, en medio
del sueño,
como una llama
se enciende.
De la aurora a la noche
esperando una luz
que en el viento
se pierde.

Del oscuro mar
llegan los pájaros
con su misterio.
No somos Tiresias
para presentir
lo que ha sido
dispuesto.
En la arena, nuestros ojos
no adivinan
dónde queda el puerto.
Los únicos
que saben de la vida
son los muertos.

*

Cementerio marino

Entre desconocidos
huesos
y el mar siempre
nuevo,
respiro el aire transparente
de los muertos.
El bosque de tumbas protege
del tiempo
a los sepultados.
Y, en pleno mediodía,
las palomas,
bajo tierra,
pasan a su lado.

En el fondo
del acantilado,
regresan las olas
del país natal.
El rostro grave
y la voz ronca
del desterrado.
No hablan de palmeras
ni blancas arenas,
cantan la canción triste
del refugiado,
que un día
se encontraría,
sin puerto ni huesos,
entre los vivos
olvidado.

El cielo tranquilo,
de vientos azules,
refleja las lápidas
de un puerto lejano,
con otros muertos
queridos y apartados.
Cada exilio
es de la muerte un ensayo.
Aquí, en Sète,
también ensayamos,
y de Puerto Cabello,
con colas azules
y cuernos dorados,
van llegando,
cubiertos de trópico,
los hipocampos.


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