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Poemas de Adam Zagajewski

por Alejandro Oliveros

Adam Zagajewski. Fotografía de Miguel Riopa | AFP

16/11/2019

(Notas y versiones de Alejandro Oliveros)

En fecha reciente, el Papel literario de El Nacional de Caracas dedicó parte de  una de sus entregas al poeta polaco Adam Zagajewski, la cual incluía algunas versiones de sus poesías. Después de numerosas revisiones, reproduzco para los lectores de Prodavinci dos poemas del polaco que aparecieron en mi Tristes cuidados. Diario literario 2002, traducidos a partir de las versiones al inglés de Clare Kavanagh y recogidas en  Without End: New and Selected Poems (Farrar 2002). Zagajewski es un poeta polaco nacido en 1945 en Lwów, actualmente Ucrania. Se residenció en Cracovia a partir de 1963 donde se graduó en la Universidad Jagellonica. A finales de los setenta fue un activo opositor a la dictadura comunista de su país. En 1982 se mudó a París y luego fue profesor en varias universidades norteamericanas. En la actualidad pasa sus días entre la ciudad francesa y Houston, en cuya universidad enseña. Los libros de Zagajewski han sido generosamente editados en castellano; primero por Pre-textos y luego Acantilado. Es buen conocedor de la poesía publicada en España y, como buen poeta, tiene a la de Antonio Machado como la mejor escrita en ese país desde el Siglo de Oro. El primero de los textos que reproducimos fue recogido en su colección Misticismo para principiantes y me parece sentir un tono machadiano en su sintaxis, imaginería y nostalgia: 

AUTORRETRATO

Entre la computadora, un lápiz y la máquina de escribir
se desliza la mitad de mi día. Pronto va a hacer medio siglo.
Vivo en ciudades extranjeras y en ocasiones hablo
con extraños de asuntos que me son ajenos.
Escucho mucha música: Bach, Mahler, Chopin, Shostakovich.
Observo tres elementos en la música: debilidad, fuerza y dolor.
El cuarto elemento no tiene nombre.
Leo a los poetas vivos y muertos que me enseñan
tenacidad, fe y orgullo. Trato de entender
a los grandes filósofos, pero generalmente sólo atrapo
migajas de su precioso pensamiento. Me gustan
las largas caminatas por las calles de París
y observar a mis semejantes, aguzados por la envidia,
la rabia o el deseo. O precisar una moneda de plata
pasando de mano en mano mientras, poco a poco,
pierde su forma redonda (el perfil del emperador se ha borrado).
A mis espaldas los árboles no expresan nada,
como no sea una verde e indiferente perfección.
Los mirlos atraviesan el campo,
esperando, pacientemente, como viudas españolas.
Ya no soy joven pero siempre hay alguien mayor.
Me gustará el sueño profundo cuando deje de existir,
y veloces paseos en bicicleta por caminos campestres
en tanto los álamos y las casas
se disuelven como cúmulos en días soleados.
En ocasiones, las pinturas en los museos me hablan
y la ironía desaparece, fugaz.
Me gusta mirar el rostro de mi esposa.
Todos los domingos llamo a mi padre
y cada quince días me reúno con los amigos
dando muestras de mi fidelidad.
Mi país se liberó de un mal. Deseo
que otra liberación se produzca.
¿Puedo ser de alguna utilidad? No lo sé.

Ciertamente no soy uno de los hijos de la mar,
como escribió Machado de sí mismo,
más bien hijo del aire, la menta y el cello.
No  todos los grandes caminos
se cruzan con la vida que, hasta ahora,
me pertenece.

Al reseñar unos libros de Zagajewski para la New York Review of Books (9.5.2002), el serbio de nacimiento, Charles Simic, expresó en pocas palabras la esencia de la afortunada lírica polaca contemporánea: “La poesía polaca tiene una rara virtud: es clara en un momento en que el experimento moderno hizo que muchos de los poemas escritos en otros países fueran difíciles, cuando no absolutamente herméticos”. Y cuando comentaba “A medianoche”, el segundo poema que reproducimos aquí, escribí en mi Diario literario 2002: “La claridad expresiva no está exenta de riesgos. El poeta distraído tiende a confundirla con la banalidad. Lo banal, como dice el diccionario de sinónimos, es lo epidérmico, lo que carece del menor interés. La estética de la banalidad confunde asunto y forma”. En el texto “A medianoche”, Zagajewski expresa con absoluta transparencia una experiencia que no tiene nada de ordinaria. Y esto no es fácil. Lo menos arduo era acudir a una expresión confusa, falsamente oracular, hermética y oscurecida. Como hace el vate efímero que, huyendo de la claridad expresiva, esconde su menguada inspiración con un lenguaje que, por oscuro, parece elevado. Lo contrario no es menos señal del abandono de la musa, cuando esconde la banalidad en una expresión que, de puro banal, resulta desconcertante y engañosa, haciendo pasar por profunda una imaginación que ni siquiera es plana.

A MEDIANOCHE

Hablamos en la cocina hasta bien entrada la noche:
la lámpara de kerosén brillaba suavemente
y los objetos, alentados por la calma,
se adelantaron en medio de la oscuridad
para decirnos sus nombres: silla, jarra, mesa.

A medianoche me dijiste sal,
y en la oscuridad vimos el cielo de agosto
recorrido por una explosión de estrellas.
El pálido resplandor de la noche infinita
temblaba encima de nosotros.

El mundo ardía en silencio,
un blanco fuego lo envolvía todo,
ciudades, iglesias, montones de heno
con perfumes de tréboles y hierbabuena. Los árboles
ardían en sus copas, viento, llamas, agua y aire.

¿Por qué es tan silenciosa la noche, si los volcanes
mantienen sus ojos abiertos y el pasado
es presente, amenazando, acechando
en su guardia, como el enebro o la  luna?
Tus labios están fríos, y la aurora también será
Una tela en una frente enfebrecida.

Parece que se refiriera a este poema Zagajewski cuando escribió: “Un poeta que lleva un diario personal lo usa para recordar lo que ya sabe”. En sus poemas, en cambio, se refiere a lo que no conoce.


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