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Entrevista

Marina Gasparini Lagrange: “No se puede salir del infierno sin piedad”

por Hugo Prieto

Fotografía de Andrés Kerese / RMTF

05/01/2020

La vida no le ahorra dificultades a nadie. Una madre que murió temprano, cuya imagen es la de una estrella fugaz. Sus palabras, repetidas como un mantra en la niñez, empezaron a cobrar sentido con el paso del tiempo. Así que a Marina Gasparini Lagrange no le quedó más remedio que honrarlas.

Un padre que tocaba el piano en las noches, mientras ella escuchaba detrás de una pared, sentada en el peldaño de la escalera que subía al segundo piso de la casa. Una imagen que hablaba del pertenecer, de una procedencia, de Italia.

El trasfondo era el diálogo entre la imagen pictórica y la imagen poética, lo que dicen las formas, las miradas, la necesidad de ir más allá y explorar lo invisible. Lo que nos dice la tradición, porque el presente puede ser el pasado.

Marina Gasparini Lagrange, entre 1998 y 2000, dictó la cátedra Necesidades Expresivas en la Universidad Central de Venezuela. Su obra ensayística ha sido publicada en Inglaterra, Italia, Colombia y Venezuela. Su libro Laberinto veneciano es un recorrido, en clave de diálogo, entre la imagen pictórica y la imagen poética. Actualmente, dicta cursos en Madrid y lleva adelante la alianza entre Visor y la Fundación para la Cultura Urbana, un proyecto para darle la palabra a la poesía, que es tanto como darle la palabra al alma de un país.

¿Qué representó para usted la Universidad Central de Venezuela?

Decir que fue una casa, aunque lo fue, sería decir lo que todos dicen. Desde pequeña iba con mi mamá, que era profesora en la Escuela de Sociología y mientras ella enseñaba, yo jugaba junto con mis hermanas en Tierra de Nadie, en los pasillos cubiertos. Fue un mundo que siempre estuvo presente en la casa, porque mi papá también fue profesor, pero en la Facultad de Arquitectura. Yo estudié Letras y también di clases. Fue sentir un lugar de pertenencia, que siempre había estado en mi vida. Le debo mucho de lo que soy; fue mi educación, una puerta a la curiosidad, al estudio, algo, además, muy estimulado en casa. Fueron imágenes que siempre nos rodearon como educación. Para mí, la Universidad es una referencia de vida, una manera de yo ser y de estar allá.

¿Cómo llega a la edición del libro de las obras de arte que hay en la UCV?

Cuando Roberto Ruíz fue nombrado vicerrector Académico se quiso hacer un libro sobre las obras de arte de la universidad. Se había hecho uno, en formato pequeño, pero que tuvo una impresión muy infeliz. Se quiso hacer un libro más duradero, si se quiere, y me lo encargaron, quizás por la relación que he tenido con las artes visuales, que siempre han estado presentes en mi vida. De hecho, la relación entre arte y literatura ha sido siempre el punto central de mi escritura, de mi investigación. Por otro lado, conocí a Alejandro Otero, a Miguel Arroyo, a Margot Villanueva, tuve acceso a los archivos de Villanueva, que muy generosamente me pusieron a la orden. Encargarme de ese libro fue un regalo, una bendición, una sorpresa, algo que agradezco profundamente, porque si bien el libro está agotado, le tengo especial cariño, por ser el libro de la Universidad.

Las últimas veces que he ido a la UCV me he sentido desolado y he hablado con algunas personas sobre el peligro que se cierne sobre su patrimonio artístico. ¿Tiene idea sobre el estado actual de esas obras? ¿Las alarmas han llegado a sus oídos?

Sí, las alarmas me han llegado todas. Me han hablado del deterioro, me han hablado del abandono. La gran mayoría de las obras de la universidad son mosaicos de vidrio —todo lo que es Víctor Valera, Mateo Manaure, las fachadas de las facultades, por ejemplo— mosaicos que se caen, se caen y se caen y no se reponen. Sí, sí me han hablado, y con muchísimo dolor, del deterioro de las obras de la universidad. Claro, mis referencias son de hace 30 años, y quien estaba a cargo de las obras era Eliseo Sierra, quien tenía todo cronometrado bajo estricto seguimiento y cuidado. No sé qué hacen hoy en día con eso, pero sí, las alarmas me han llegado todas. No voy a la universidad desde hace cinco años y esa vez fue un golpe en el corazón.

Su cátedra en la Escuela de Letras dejó huella. ¿Qué ocurrió cuando se fue del país? ¿Rompió con el pasado?

Me propuse continuarlo de una manera distinta. Yo me fui a vivir a Venecia por un proyecto de vida, por una decisión personal. Y fue, justamente, para seguir investigando, en una ciudad que yo he amado profundamente desde niña, en esa relación que hay entre imagen pictórica e imagen literaria. Eso es lo que he hecho, porque la imagen es una realidad muda. Es algo que se te presenta, que no tiene palabras. Es algo que está ahí. El darle palabras, y estoy hablando desde una pintura hasta la relación que tenemos con esa realidad que miramos desde afuera. Eso viene primero con la mirada. Tratar de entenderla, de darle voz, ha sido mi trabajo todos estos años.

¿Por qué contradice el precepto bíblico? ¿O acaso primero no fue la palabra?

¿Lo primero? Yo creo que cada quien tiene su manera de relacionarse con la realidad, con lo que tiene al frente, porque además está eso: la imagen es la lectura de las cosas. Y no solo hablo de obras sino de la cotidianidad. Siempre tiene una parte que está por detrás, que es lo invisible, que es el impulso, el reto de ver, precisamente, lo que hay detrás de eso y ahí es donde viene la palabra. De lo contrario, sería una descripción de lo que vemos. Y la imagen no es una descripción de lo que vemos necesariamente, sino que es intentar ir más allá: relaciones emocionales, correspondencia de lecturas que hemos hecho, donde un poco se mezcla todo y, por llamarlo de alguna manera, es la mirada oblicua, es la mirada trasversal donde las cosas se vinculan y son posibles a través de esa relación personal. Un poco lo que he hecho, lo que me ha interesado, es esa mirada íntima.

Imágenes contextualizadas en la pintura y, especialmente, en la fotografía, que reflejan una realidad. Estoy pensando en Goya, en las pinturas de las grandes batallas napoleónicas y más atrás en el cisma entre Oriente y Occidente, que tuvo un escenario decisivo en Venecia. Tampoco la imagen escapa a la política, ¿no?

La política, de alguna manera, está en todo. En las pinturas de Goya que mencionas, que son los fusilamientos del 2 y el 3 de mayo, obviamente hay un contenido político. Pero mi interés primordial radica en Manet, quien retomó esos fusilamientos; siguen siendo fusilamientos, una actitud de masacre, un poder que fusila y mata a otro, pero es la representación del poder, de la masacre y de la muerte que hace cada artista. Son los grandes temas de la vida. Y algo similar podría decir de Venecia, que en los siglos XIV y XV fue el gran poder del mundo. Claro, esas representaciones del poder son, indudablemente, políticas.

Fotografía de Andrés Kerese / RMTF

En lo que indaga, en lo que investiga, ¿qué es lo que despierta su curiosidad? ¿Qué la lleva a involucrarse con la imagen?

Las formas, los colores, los gestos, las miradas de los personajes, si los hay. Es como entrar en el cuadro por fragmentos y por secciones, es como si el cuadro hablara. Intentar darle una voz a uno de los elementos del cuadro, que van desde los colores hasta la postura de los cuerpos, pasando por las miradas. ¿Quién mira a quién? Darle una voz a eso y relacionarlo con uno, porque a mí me interesa cómo el arte, y estoy hablando de la pintura y de la poesía, cómo la imagen, sea pictórica,  sea poética, nos habla a nosotros hoy y en este momento. Y eso no es un asunto de contemporaneidad o histórico, sino justamente el poder y la fuerza de la imagen.

¿Todo eso es estética? ¿Es belleza?

No, eso es búsqueda interior. En mis ensayos lo que hay son lecturas emocionales, psicológicas, religiosas. Quienes a mí me abrieron a esas lecturas, en la Escuela de Letras, son tres de mis profesores (María Fernanda Palacios, Rafael López Pedraza y Rafael Cadenas). Los seminarios de López Pedraza, por ejemplo, giraban en torno a los griegos, a la tragedia, y era un poco darle la voz a la imagen. Como el pasado le sigue hablando al presente, como la tradición habla todavía en el presente. Por eso, precisamente, es tradición.

Realmente eres una mujer privilegiada: te encontraste con esos tres exponentes de la docencia y el arte venezolano y viviste en una era en la cual la democracia, la modernidad, era una pulsión, una ambición de los venezolanos. Lo más cerca que hemos estado de la modernidad. ¿Qué reflexión haría?

Fue un momento muy privilegiado, además, por los padres que tuve. Mi madre murió muy joven, pero fue una estrella fugaz. Fue una de las fundadoras del Conicit,  que introdujo el estudio de las ciencias en Venezuela a partir de una novedad: la perspectiva de las ciencias sociales. Y Graziano, bueno, todos lo saben. Yo crecí en esa casa. Soy hija de ellos. Viví en un momento donde pasaba de todo. Creímos que eso nos iba a durar siempre, que eso era la normalidad, pero no fue así. Eso fue un paréntesis que nos tocó vivir, porque detrás veníamos de la dictadura de Pérez Jiménez y pa’ lante fuimos a donde fuimos. Sí, fue un paréntesis, unos años de oro. Lo que fue la creación del Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber, del Ateneo de Caracas, los festivales de teatro, los conciertos en el Aula Magna de la UCV o en el Teatro Teresa Carreño. Se habla de la Venezuela saudita, pero culturalmente, pocas ciudades llegaron a tener lo que tuvo Caracas.

Sí, fue un momento excepcional. Tiene esta pulsión con la imagen y su padre, Graziano Gasparini, era un arquitecto, un estudioso de la arquitectura colonial de Venezuela y un maestro de la fotografía. ¿Su conexión con la imagen cómo se vincula con esa herencia?

Yo creo que eso se pega. En mi casa, el hecho de la pintura y de las artes plásticas siempre estuvo presente. Siempre era un diálogo que estaba en el fondo de la casa, siempre estuvieron los libros. A mí me vino como algo natural. Tuve la suerte de estar ahí. Mi mamá, quien murió muy joven, siempre nos decía: Nunca dejen de ser lo que ustedes son. Lo que ustedes hacen, háganlo a fondo y háganlo bien. Esas palabras, con el paso del tiempo, empezaron a cobrar sentido. Y a su manera, Graziano igual. Una de las cosas que más recuerdo de Graziano fue cuando vivíamos en Chuao, él tocaba el piano en las noches, y yo me sentaba en la escalera, detrás de una pared, para escucharlo. Esa imagen me habla mucho de mi padre, porque era ese Graziano que venía de Italia.

Tengo que indagar sobre su elección de vivir en Venecia. Eso de un proyecto personal no me dice nada. ¿Qué influyó? ¿El pasado familiar? ¿La riqueza de imágenes que iba a encontrar allí? Pero en el trasfondo de todo esto, digamos, ¿también influyó la búsqueda de la figura del padre?

Te lo voy a decir claramente. La primera vez que fui a Venecia fui con Graziano y yo tenía 13 años. Eso es, si quieres, anécdota, pero es así. Llegué a Venecia, a un hotel cercano a la Plaza San Marcos. Él dejó las maletas en la recepción y fuimos a la plaza. Yo, poner los pies en la plaza y echarme a llorar, fue la misma cosa . Me volteé a mirar a mi padre y le dije: Yo un día voy a vivir aquí. He tratado de entender, a lo largo de toda mi vida, el porqué de ese llanto y que fue como reconocer que una parte mía, de pertenencia, estaba ahí. El momento de irme llegó cuando me vi muy mal de los pulmones, yo fumaba muchísimo, vi las cosas chiquiticas, renuncié a la Universidad y me dije: ¿Sabes cómo es la cosa? Llegó el momento de irme a Venecia.

Me imagino que le dio continuidad a sus inquietudes, a sus estudios y, podría decirse, que el lado más luminoso llegó cuando publicó su libro Laberinto veneciano, pero hay un lado —no tan luminoso— que es el exilio, digamos, el exilio interior, íntimo, que la llevó a escribir el ensayo El reino del exilio. ¿Cómo vivió esa ambivalencia? ¿Qué mortificaciones le trajo?

El haber tomado conciencia de esa angustia y ese dolor. Ya uno no es el mismo y tampoco lo es el país que dejaste atrás. Las experiencias que has tenido afuera hacen de ti otra persona. No hay una cotidianidad que te haga vivir lo que están viviendo las personas que quieres, en mi caso, en Caracas. Eso me crea una desazón, un dolor muy grande, en el sentido de que ya no perteneces, de que hay algo que se ha roto.

Fotografía de Andrés Kerese / RMTF

Sí, justamente, escribe: “la fractura que nos permite vernos como extranjeros en un lugar que es, a la vez, propio y ajeno”.

Sí, exacto. Es eso, y en el país donde estás eres igualmente extranjero. Hay como una cierta invisibilidad. Estás afuera y estás adentro. Tienes, permanentemente, esa no pertenencia. Creo que la manera de no quebrarse es ver las condiciones, los valores, en los que uno no puede dejar de ser.

La alianza entre Visor y la Fundación para la Cultura Urbana, que tiene a su cargo, ¿cómo se inscribe en una Venezuela que empieza a vivir las consecuencias del exilio?

Su importancia radica en darle la palabra a la poesía y cuando eso ocurre se le está dando la palabra al alma de un país. Eso es lo que yo veo como hermoso, importante y relevante del proyecto. Es poner a dialogar la poesía con el tiempo que se está viviendo. A pesar de que la poesía está escrita en singular, porque es la lírica, hay un nosotros que está incluido. Hay un lugar donde reconocer, donde reconocerse uno como venezolano, es reconocer el alma. Seguramente va más allá. Pero son poetas venezolanos.

Sí, pero es un alma estrujada, sometida al sufrimiento.  

Es hablar del país a través de la poesía. Y quizás volvemos al comienzo, a la poesía como imagen literaria, que trasciende lo que es una descripción. Es una visión, una metáfora, de la realidad. El libro de Verónica Jaffé, De la metáfora fluida, es muy doloroso. Son poemas que dejan la pregunta. No hay respuestas. Y esa inquietud, creo, es lo importante de presentar, como poesía venezolana. Cuando la cotidianidad es tan imperiosa, tan dolorosa, es difícil que la poesía vaya por otro lado. ¿Cómo puedes cantar de otra manera? ¿Cómo puedes contar otra cosa que no sea esa vida fracturada que crece a partir de la muerte de un país que está cayéndose y destruyéndose continuamente?

Un amigo me dice que la única que goza en Venezuela es la muerte.

Es una frase muy dura. No sé si es un gozo, pero sí está presente de una forma muy despiadada. Si algo han dejado estos 20 años, como país, como situación de exilio, todas las dificultades infinitas que se han vivido, son dos emociones primordiales: la piedad y la compasión. A lo mejor soy ilusa, no lo sé, pero creo que el venezolano es más piadoso y más compasivo, quizás delante de esa muerte, que tu amigo dice que es la que goza. La primera palabra que le dice el personaje de Dante a Virgilio es piedad. Para salir de ese infierno, si no hay piedad, es difícil salir.

¿Por qué se fue de su amada Venecia y se radicó en Madrid?

Porque el turismo y la crisis de 2008 fueron acabando, poco a poco, con los medios de subsistencia de la ciudad (incluidos los cursos que Marina Gasparini Lagrange dictaba en la Universidad de Ca’Foscari). Venecia se volvió invivible, el turismo mató el alma de la ciudad y, antes de comenzar a odiarla, dije: Llegó el momento de irme de Venecia.

Madrid se ha convertido en el núcleo de la cultura venezolana fuera del país. ¿Cómo ha vivido ese proceso? ¿Qué le ha dejado?

Hay muchísima actividad cultural venezolana en la ciudad. A mí me descontrola, somos tantos los venezolanos que me pregunto ¿dónde estoy? Cocina, chocolatería, exposiciones de pintura, presentaciones de libros —narrativa, poesía— actividades que se mezclan, que se juntan, con la vida cultural de Madrid. Lo vivo con orgullo, porque hay mucha calidad en lo que hacemos los venezolanos. Sí, somos muchos, muchísimos.


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