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La iglesia con cachos, y otros apuntes sobre identidad

por Manuel Vásquez-Ortega

08/12/2019

glesia de San Juan Bautista de Carora | Autor desconocido ©Archivo Fotografía Urbana

La arquitectura es un fenómeno concreto: palpable, conmensurable, finito. Paisajes, formas y funciones le dan cuerpo y sentido. No obstante, más allá de aspectos materiales, el hecho arquitectónico se conforma también de los pensamientos y creencias de aquellos quienes la construyen y la habitan. Es así como desde tiempos remotos, la arquitectura ha ayudado al hombre a dar significado a la existencia; significados que trascienden las formas (básicas, si se quiere) de lugar, recorrido y área, para hablar en términos de formas significativas.

Nuestros antepasados tuvieron plena conciencia de las posibilidades simbólicas del espacio artificial desde el momento en el que le dieron origen, es por ello que sus construcciones responden –en mayoría– a intenciones comunicativas y espirituales. Sin embargo, lejos de la envergadura y la complejidad semántica de las grandes civilizaciones occidentales antiguas y prehispánicas, la arquitectura de las tribus indígenas venezolanas se caracterizó por una austeridad en la que “todo es simple y necesario, nada sobra o se agrega” (Polito, 2004), como respuesta a la baja exigencia que el medio ambiente tropical ejercía sobre las construcciones; y es que, para autores como Mariano Picón Salas, el indígena local tenía muy poco para ofrecer al invasor: “cierta tradición alfarera y cestería, la hamaca, algunos mitos y cosmogonía”. A pesar de ello, sería éste ser aborigen quien aportaría el componente principal del proceso de mestizaje que inicia con la Conquista: su propia sangre, generadora de la mayoría étnica de la Venezuela actual, y por ende, de su cultura.

Es así como nuestro mestizaje supera la definición de un mero proceso biológico para presentarse como “una maraña compleja de silencios, resistencias e intercambios, supervivencias y olvidos surgidos de la interacción coexistencial de la diversidad en América” (Vilda, 1999), que haría que, ya para finales del siglo XVII, la mayoría de quienes pueblan el territorio venezolano no sería india, ni negra pero tampoco española, sino un individuo totalmente distinto, en el que surgen “emociones nuevas, sorpresas y regocijos, mientras asimilan el paisaje y toman posesión de la tierra”, acompañados siempre de una angustia existencial latente en una pregunta que introduce al abismo que alcanza nuestros días: ¿quiénes somos? 

Es en esta caída abismal donde radica el origen de nuestra identidad, en la que, ante una sociedad huérfana de dioses, el cristianismo sincrético responde de manera efectiva (imperativa, pero efectiva) a las necesidades espirituales de indígenas que vieron sus templos desplomarse, siendo, en muchos casos, ellos mismos quienes tendrían que ayudar a erigir los nuevos lugares de culto y símbolos de la religión dominante sobre los cimientos de los suyos. Estamos entonces ante el nacimiento mestizo de las manifestaciones artísticas coloniales, un arte “honesto y sincero que responde perfectamente al ambiente cultural en que se desarrolla” (Arellano, 1999), pero no por ello exento de lo despótico de su naturaleza.

Iglesia Matriz de San Juan Bautista de Carora | Autor desconocido

 

La arquitectura de esta época, por su parte, se caracteriza por modestas dimensiones y austeras volumetrías, cuyo tema central serán los templos de tipología basilical: planta rectangular y naves impares separadas por columnas cilíndricas, sin capillas laterales ni ábsides, repitiéndose hasta consolidarse como esquema a partir la Catedral de Coro (1583-1617) a la Catedral de Caracas (1666), e infinitas veces más a lo largo del territorio en expansión. Los alarifes y maestros constructores extranjeros serían los encargados de erigir estos nuevos lugares de adoración, en los que las técnicas y las tecnologías serán importadas del país colonizador. La fachada será el lugar en el que se concentran los esfuerzos estilísticos, en muchos casos “barroquismos” adaptados a las posibilidades locales, donde se juntan a través de la yuxtaposición una serie de códigos de diverso origen, cuyas disparidades culturales se reúnen para dejar ver “algo no occidental, no europeo (…), algo lábil, esquivo, omnipresente y contradictorio” (Vilda, 1999), que determina el carácter sincrético de un espacio conciliador de doctrinas: el templo en el que ahora se celebrarán ritos cristianos, influenciados por las costumbres de esclavos y libertos africanos o por las religiones ancestrales indígenas, estigmatizadas siempre bajo el aura de lo maligno y lo diabólico.

Venezuela cuenta con un rico repertorio de arquitectura religiosa colonial, entre las cuales destaca un caso singular ubicado en Carora, Estado Lara, imagen romántica del pasado de la ciudad y joya arquitectónica del “barroco hispanoamericano”: la Capilla del Calvario, de data del Siglo XVIII, precisamente de 1787. De pequeñas dimensiones y de planta similar a muchas otras, hasta la fecha su arquitectura no ha sufrido daños o cambios sustanciales. Pero, más allá de ocupar un lugar central en el culto religioso de la Semana Santa caroreña, ¿qué hace tan particular y rica a esta pequeña iglesia dedicada a la Santa Cruz? Una fachada que en su cúspide es rematada por “agudas aletas” (en palabras de Graziano Gasparini) que asemejan la figura de una cornamenta.

Capilla del Calvario | Autor desconocido

Un aforismo local expresa que “en Carora quien no tiene cachos, tiene cola”, pero, ¿por qué motivos se incorporarían cuernos vacunos, asociados comúnmente a la imagen del diablo, en el frontispicio de una iglesia regida por la iconografía cristiana? Una breve lectura interpretativa de la fachada de esta capilla –posible, entre muchas– muestra las tres cruces del Monte Carmelo, lugar de la muerte de Cristo, que al darle fecha aproximada coincide con la constelación de Tauro regente. Entenderíamos entonces la portada del Calvario como una representación de la escena de la muerte de Cristo bajo las estrellas de Tauro. Es decir, que los códigos inscritos en esta portada se corresponderían con significados acordes a la naturaleza del recinto. Sin embargo, la leyenda de “los cachos” continúa rondando de cerca este espacio para cargarlo de misterios y preguntas que la hacen tan interesante como enigmática. 

Carora | Autor desconocido

Dicen que para ser caroreño hay que creer en el Diablo, saber que anda suelto según las leyendas y también la canción popular de Gualberto Ibarreto. Es por ello que un “¡ah, Diablo!” suena ante un acontecimiento sorprendente (como un asesinato múltiple en pleno siglo XVIII) y un “deben ser cosas del Diablo” le da respuesta a los más oscuros eventos. Es decir, en tierras caroreñas, el demonio es un vecino más al que incluso en algún pasado se le rindió culto: Es sabido que los indios Caquetíos -población nativa de la zona-, efectuaban rituales y sacrificios al Mal Espíritu, lo adoraban como deidad y se comunicaban con él a través de sacerdotes. También se conoce de estos indios su “carácter amistoso (…), sus buenos hábitos y su facilidad de adaptarse a la vida civilizada y a las costumbres de los españoles” (Arellano, 1988), testimonio que nos hace cavilar si esta relación afable entre colonizados y colonizadores logró la concesión de los cachos que coronan al lugar de adoración. Y es que, el cristianismo indígena no fue simplemente un trasplante misionero, “sino que hubo elementos religiosos aborígenes que persistieron y hubo elementos religiosos católicos que fueron reinterpretados desde la matriz indígena” (Malzar, 1994).

Es nuevamente el mestizaje la aparente causa de nuestras preguntas sin responder, materializado en una arquitectura en la que cruces y cupulillas se suman a cachos en medio de la modestia constructiva y la repetición simplificada de los motivos barrocos que componen una fachada. Metáfora ésta de nuestras aspiraciones identitarias, en las que, un quiénes somos puede responderse como un acuerdo en común entre dominados y dominantes, o por otro lado, un intento de emular formas que, queriendo ser alones barrocos, terminaron pareciendo cachos. Es así como la arquitectura más allá de ser un fenómeno concreto, se convierte en forma significativa, para dejarse leer y contar a partir de leyendas que, como en la iglesia cornuda de Carora, nos dan pie para seguir creyendo que el Diablo anda suelto por estos lares.

Carora | Autor desconocido

 

Referencias:

  • ARELLANO, Fernando. Una introducción a la Venezuela Prehispánica. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, 1986.
  • ARELLANO, Fernando. El arte hispanoamericano. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, 1988.
  • GASPARINI, Graziano. Templos Coloniales. Caracas: Editorial A, 1959. 
  • GONZÁLEZ, Hermann. La Capilla de El Calvario. Libro Menor.
  • LÓPEZ VILLA, Manuel. Arquitectura e Historia: Curso de historia de la arquitectura. Caracas: Universidad Central de Venezuela, 2012.
  • MARZAL, Manuel. El rostro indio de Dios. Centro de Reflexión Teológica, 1994.
  • NORIEGA, Simón. Venezuela en sus Artes Visuales, 2001.
  • POLITO, Luis. La Arquitectura en Venezuela. Fundación Bigott, 2004.
  • VILDA, Carmelo. Proceso de la cultura en Venezuela. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, 1999.

 

 


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