Perspectivas

La destrucción de la Academia

por Mariano Nava Contreras

Reconstrucción arqueológica del “peristilo cuadrado”, edificio donde se cree que funcionó la Academia de Platón. Foto cortesía del autor

31/08/2019

Todos los hombres tienen
por naturaleza el deseo de saber.

Aristóteles

El año 86 a.C. fue especialmente trágico para Atenas. Dos años antes había estallado la guerra entre Roma y Mitrídates VI, emperador del Ponto. Éste había tomado la isla de Delos y su tesoro sagrado, enviando parte de él a un ciudadano ateniense llamado Aristón. Apiano, en su Historia romana, cuenta que Aristón, aun cuando se vanagloriaba de ser un “filósofo epicúreo”, supo muy bien qué hacer con tanto dinero: pagó mercenarios, dio un golpe de Estado y se hizo tirano de Atenas. La trampa de Mitrídates había funcionado.

Sin embargo, el interés del emperador era otro. Vigilaba la inestabilidad política en Roma y esperaba el momento oportuno para hacerse con Italia. Grecia era solo la carnada. En efecto, cuando estalló la guerra, el senado romano comprendió el peligro y designó a uno de sus mejores generales para enfrentar a Mitrídates. Lucio Cornelio Sila procedía de un linaje patricio. Se había destacado en la guerra de Yugurta, había derrotado a los cimbrios y a los teutones, había vencido a los samnitas y aplastado las pretensiones de Mario de arrebatarle el control del ejército, de modo que no había mejor general para enfrentar esta nueva amenaza que se cernía sobre Roma desde oriente.

Sila embarcó, pues, rumbo a Grecia, cuyas ciudades estaban ya en manos de los generales de Mitrídates. Pronto éstas fueron rindiéndose una a una, casi sin oponer resistencia a las fabulosas legiones romanas ni a su invicto general. Todas menos Atenas, cuyo tirano Aristón debía todo su poder a Mitrídates, lo que obligaba a la ciudad a mantenerse lealmente de su lado. En su Vida de Sila, Plutarco cuenta que la resistencia ateniense fue aguerrida, pues una parte de su pequeño ejército había conseguido atrincherarse tras las inexpugnables murallas de El Pireo, las mismas que había hecho construir Temístocles siglos atrás para defenderse de los persas, mientras que la otra parte, comandada por el propio Aristón, se había refugiado en la Acrópolis misma, luego de haber incendiado el Odeón para que los romanos no aprovechasen la madera de su techo. Cuenta Plutarco que, en un intento desesperado por tomar la ciudad, Sila decidió entonces talar los bosques sagrados de la Academia, “que de todos los alrededores de Atenas era el más poblado de árboles”, y los del Liceo. El interés por la madera estaba en hacer construir catapultas para destruir las murallas, y madera era precisamente lo que faltaba en el Ática desde los tiempos en que la legendaria flota ateniense derrotó a Jerjes en Salamina. Pero talar los bosques sagrados era ya demasiado. Dicen que ni los espartanos, durante la Guerra del Peloponeso, llegaron a atreverse a semejante sacrilegio. Atenas finalmente cayó ante Sila el 1º de marzo de ese año 86 a.C., después de cinco meses de asedio.

Y así como los soldados de Sila talaron los bosques, también profanaron los templos, acabaron con el populoso barrio del Cerámico y destruyeron y saquearon bibliotecas y auditorios, empezando por la Academia de Platón, donde entregaron a las llamas cientos de rollos de valiosísimos papiros contentivos de un saber acumulado durante siglos. Con tanta destrucción fue imposible reconstruir la Academia y volver a enseñar en ella. De hecho, cuando dos años después el último platónico, Antíoco, volvió de Alejandría a Atenas para seguir enseñando, tuvo que buscar otro lugar de la ciudad. Cicerón, que fue alumno de Antíoco en Atenas siete años después de la toma de Sila, cuenta que solía escuchar al filósofo en un gimnasio nuevo llamado “el Ptolomeo”. En el De finibus, el filósofo romano recuerda que un día quiso conocer junto con otros compañeros el sitio donde había estado la Academia, y dice que solo encontró un lugar “tranquilo y desierto”. El lugar donde había enseñado Platón, allí donde Aristóteles había estudiado durante veinte años, había sido totalmente arrasado por sus paisanos.

Pero no creamos que ello significó el fin del platonismo, menos aún de la filosofía. El pensamiento de Platón siguió estudiándose en Roma, hasta que, mucho tiempo después, un grupo de filósofos, los llamados Neoplatónicos, decidió volver a Atenas y refundar la Academia. A comienzos del siglo V de nuestra era, pensadores como Proclo, Plutarco de Atenas y Siriano, llamados “diádocos” (sucesores) como los generales de Alejandro, se presentaban como herederos de una tradición ininterrumpida, escribían sesudos comentarios a los diálogos de Platón y seguían difundiendo el pensamiento platónico. Esta vez la aventura duraría poco más de un siglo. En un año en que algunos suelen fechar el fin de la Antigüedad, el 529, el emperador Justiniano decidió clausurar, ahora sí para siempre, la Academia. Los historiadores de la filosofía nos cuentan cómo el último escolarca, Damascio, perseguido por Justiniano debió exiliarse en la corte de Cosroes I de Persia. Hasta allí se llevó los valiosos manuscritos que heredaron y siguieron estudiando los persas y después los árabes, y después los abasíes en Bagdad y los sabios andalusíes, hasta que fueron redescubiertos por los europeos durante el Renacimiento. Pero esa es otra historia.

La de la Academia es una historia que nos habla de la barbarie y la violencia a las que siempre han estado expuestos el pensamiento, el arte y la ciencia; pero también nos muestra cómo siempre ha habido y habrá quienes estén dispuestos a mantener viva la tradición del conocimiento. Nos cuenta acerca de unos soldados bárbaros que, ignorantes e inconscientes de un lugar consagrado al saber y a los dioses, no tuvieron el menor escrúpulo en destruirlo e incendiarlo; pero también nos dice de generaciones de hombres que dedicaron su vida a cultivar un conocimiento que atesoraron y al que aportaron desinteresadamente. Hoy, un parque ateniense donde juegan los niños y los perros entre piedras milenarias nos recuerda el lugar donde fue destruida la primera universidad, pero también donde nació una idea que perdurará siempre, la del cultivo y la devoción por el estudio.


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