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Perspectivas

El terror como liturgia

por Wolfgang Gil Lugo

De izquierda a derecha: Iósif Stalin, Vladimir Lenin y Maximilien Robespierre

25/04/2018
«Yo suponía que la mayoría de las personas preferían el dinero a cualquier otra cosa, pero me di cuenta de que aún les gustaba más la destrucción»
Bertrand Russell.

 

Si bien la simpatía por los sistemas represivos comunistas ha disminuido en gran medida a causa del colapso de la Unión Soviética y la denuncia de su historial de crímenes contra la humanidad, la idea del comunismo ha conservado su atractivo para algunos intelectuales occidentales. Es el caso de Slavoj Žižek (n. 1949), filósofo, sociólogo, psicoanalista y crítico cultural esloveno, quien se ha convertido en una celebridad mediática por sus delirantes opiniones.

Con una actitud provocadora, desenfadada y desinhibida, Žižek hace uso de ejemplos sacados de la cultura popular. Maneja con comodidad todo tipo de referencias, que abarcan desde la cinematografía de Alfred Hitchcock y David Lynch, hasta la literatura de Kafka o Shakespeare. Además, le ha dado por resucitar autores como Robespierre, Lenin, y Stalin. De la misma forma, ha manifestado su afinidad por los nacionalismos en oposición a los postulados intelectuales de la izquierda universalista europea.

Hemos visto a Žižek proponer, con entusiasmo, la necesidad de renovar la intolerancia, que tantas desgracias ha traído (En defensa de la intolerancia). También ha promovido sin pudor alguno el rescate del terror virtuoso de la revolución francesa, el mismo que ensangrentó la historia la moderna (Robespierre, virtud y terror). Hasta llega a afirmar que la filosofía no puede dejar de tener al comunismo como una idea central, pese a que el socialismo autoritario es la negación del pensamiento libre (La idea de comunismo).

Žižek llega al extremo de justificar los crímenes del estalinismo:

“Si queremos nombrar un acto que fue verdaderamente valiente, uno en el cual alguien verdaderamente ‘tuvo agallas’ de intentar lo imposible, pero que a la vez fue un acto horrible, fue la colectivización forzosa de Stalin en la Unión Soviética a finales de los veinte” (Visión de paralaje).

Uno se pregunta cómo una persona inteligente puede seguir insistiendo en una idea tan perversa a pesar de las evidencias empíricas. La literatura nos ilumina al respecto, gracias a los excelentes retratos de este tipo humano.

El terror fuera del poder

Los justos es una obra teatral del autor francés Albert Camus. Fue estrenada en París, el 15 de diciembre de 1949. El argumento se ubica en el contexto de la Revolución rusa de 1905. El drama gira sobre la inconformidad de un grupo de revolucionarios que quieren acabar con la tiranía del zar. Está basada en la historia real del asesinato del duque Sergio Aleksándrovich Románov. Además, moralmente se ve muy influenciada por Los endemoniados de Dostoievski.

Los revolucionarios llevan a cabo un primer intento de atentado que fracasa. Todo estaba perfectamente planificado. Cuando el carruaje se acerca, el protagonista, Iván Kaliayev, quien va a arrojar la bomba, observa que los dos pequeños sobrinos del Gran Duque están presentes en él. Su mente se llena de escrúpulos: ¿Qué hacer? ¿Tirarla igual y masacrar a los niños? ¿Acaso la revolución requiere que se asesine a esas criaturas? Estas dudas impiden que arroje el explosivo.

La negativa de Iván detona la polémica entre el grupo de conspiradores. Es entonces cuando Camus nos sitúa ante el gran dilema de los revolucionarios. ¿Es la revolución más importante que la moral o la moral más importante que la revolución? En el primer caso, la pasión política derrota a la ética, y la revolución se convierte en un fin en sí misma.

Ningún personaje encarna de forma tan extrema esta radical postura como Stepan Fedorov, el antagonista de Iván, el revolucionario más despiadado. Sin escrúpulos, Stepan Fedorov declara que no ama la vida, sino la justicia, y que concibe a esta por encima de aquella. En su boca, la palabra justicia no designa un valor positivo, sino el deseo de venganza. Visto así, es comprensible que reproche a Kaliayev el no haber lanzado la bomba el primer día, cuando el duque viajaba en la calesa con su mujer y los dos niños.

El terror en el poder

Robespierre afirmó: «Si el resorte del gobierno popular en tiempos de paz es la virtud, el resorte del gobierno durante la revolución es, al mismo tiempo, la virtud y el terror, la virtud sin la cual el terror es mortal, el terror sin el cual la virtud es impotente».

Esto trae a la mente una de las más grandes novelas donde se plantea el problema de la educación política: La montaña mágica de Thomas Mann. Con las excepciones de Guerra y Paz, de Tolstói, y La Cartuja de Parma, de Stendhal, no es fácil encontrar otra novela clásica donde la filosofía política esté tan armoniosamente incorporada a personajes de ficción. En la obra, Ludovico Settembrini encarna las tradiciones políticas europeas constitucionales, democráticas, racionales y seculares, mientras que Elie Naphta, las tradiciones autoritarias, comunales, religiosas y apasionadamente antiburguesas.

En el desarrollo de la novela, Naphta aparece algunos meses después de que Settembrini ha establecido su amistad pedagógica con el protagonista, Hans Castorp. Naphta es presentado como un profesor de una escuela secundaria jesuita, un judío converso cuyo padre fue linchado por una turba antisemita en un pueblo polaco.

Mann pone en boca de Naphta la exaltación de una revolución mundial cuyo programa será la destrucción del liberalismo burgués, la democracia y el capitalismo, seguida por el establecimiento de un comunismo patrocinado por la Iglesia, impuesto, allí donde fuera necesario y sin la menor disculpas, por el terror.

En Naphta el terror no se reduce a la acción violenta de grupos subversivos minoritarios. Tiene en mente el modelo de la Inquisición española del siglo XV, donde el dogmatismo religioso se encuentra reforzado por el absolutismo del Estado, de forma de crear un poder único sobre la vida y la muerte.

La persistencia del mito homicida

El terror es objeto de culto para Žižek. Como lo es para Naphta, con su Estado terrorista, o para Stepan Fedorov, con su acción terrorista.

El terror comienza como un instrumento para alcanzar la utopía o para mantenerla. Luego se convierte en un fin en sí mismo. La irracionalidad de esto tiene dos causas. Primero, es la expresión eminente del odio político. La moral es sustituida por la pasión. El enemigo no es un ser humano, es una alimaña que no merece vivir.

Segundo, la razón es sustituida por el mito. Si bien Žižek utiliza a Lacan para tratar de establecer qué es lo real y de esta forma escapar al relativismo posmoderno, resulta que lo real para Žižek no es la negación de la ideología, sino su radicalización. El contenido de lo real es el mito marxista de la utopía angélica.

“Diseccionar los errores de la teoría marxiana en la que se fundamentó El Estado y la revolución de Lenin puede ser muy útil, pero la mentalidad utópica no se nutre de teorías sociales falsables. Se alimenta, más bien, de mitos imposibles de refutar. Para Lenin y para Trotsky, el terror constituía un modo de rehacer la sociedad y de dar forma a un nuevo tipo de ser humano. La meta del nuevo régimen soviético era un mundo en el que la humanidad prosperaría como nunca antes, y, para alcanzar ese fin, estaba dispuesto a sacrificar millones de vidas humanas. Los bolcheviques creían que el nuevo mundo solo llegaría a hacerse realidad tras la destrucción del viejo” John Gray, Misa negra, p. 79.

La clave está en el mito. Žižek está poseído por el mito de la utopía angélica, la cual será posible a través de la violencia redentora: “La pasión por la destrucción es también una pasión creadora”, vociferaba Bakunin. Según esta mentalidad simplista y peligrosa, basta con destruir lo existente para que surja la sociedad ideal. No es necesario construirla primero. En caso de que la receta revolucionaria no funcione, la evidencia empírica no es capaz de refutar el mito.

Por eso, quienes le rinden culto al terror no pueden sino actuar con la desesperación criminal, hambrientos de utopías irrealizables. Como sentencia Fedorov: “Pero repetiré que el terror no es para los delicados. Somos homicidas y hemos elegido serlo”.


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