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Diario literario

Diario literario 2019, mayo (parte I)

por Alejandro Oliveros

La Virgen de la Anunciación. Antonello da Messina, 1476

01/06/2019

Milán, sábado 25 de mayo de 2019

Antonello

El milagro de la primavera arruinado por el mal tiempo que se ha apoderado de la llanura lombarda. La ausencia de vientos y la evaporación nos han dejado con una luz blanquecina y metálica, y un cielo de aluminio sin brillo, bajo y antipático. Nada puede contrastar más con la luz deslumbrante de las pinturas de Antonello da Messina en Palazzo Reale; la exposición más importante de este momento en Europa, de acuerdo al crítico de The Guardian. Veinte de las aproximadamente treinta  pinturas  que se conservan de este temprano maestro del ‘400. Entre ellas  memorables retratos, un género del cual fue uno de los fundadores para la pintura moderna y que tuvieron que ser admirados por Leonardo, otro maestro del género. En parte, la inmortalidad la debe Antonello esta capacidad para ir más allá de la simple representación de rasgos y ahondar en el carácter del sujeto, de pintarlo por fuera y por dentro; un claro antecedente de Velázquez, quien tiene que haberlo conocido durante sus dos viajes a Roma. Antonello fue celebrado en su tiempo por esta habilidad y por haber sido el primero en practicar la pintura al óleo. Una técnica que conoció no viajando a Flandes a estudiar con van Eyck y su círculo, sino en el concurrido puerto de su Messina natal donde, de visita, estuvo alguno de los discípulos de van Eyck en un viaje por el Mediterráneo con parada obligada en el puerto siciliano. Hasta ese momento, los artistas italianos se limitaban a la tempera y el fresco, inhabilitados para trabajar con los esfumados y gradaciones que son posibles con el óleo. Durante un tiempo fue Antonello el único en dominar la práctica. Una tela apócrifa describe el momento en el cual Gian Bellini, disfrazado de rico coleccionista, se introduce en el taller de Antonello durante una residencia veneciana, para observar al artífice mientras extendía sus colores al óleo en el lienzo. La circunstancia no agota el genio de Antonello. Su talento no es menos obvio en las tablas tempranas ejecutadas a la tempera. Su grandeza, como después Leonardo, fue convencerse de que en la pintura todo es luz. De sus pinceles la luminosidad surgía  como si, con los colores, la luz estuviera siempre a su disposición en la paleta. De Antonello se puede esperar cualquier cosa, como la “tactilidad” e irrefutable tridimensionalidad de su Anunziata de 1476 (Galleria Regionale della Sicilia) No le faltaba razón a su hijo cuando, al terminar algunas de las pinturas dejadas inconclusas por el padre, firmaba: filius non humani pictoris, “Hijo de un pintor que no era humano”.

Retrato de Antoine de Rivarol, 1784

Milán, martes 28 de mayo de 2019

Rivarol y Ernst Jünger

Parecen propicios estos días de previsivos fracasos revolucionarios e inquietantes resurgimientos de la extrema derecha para volver a Rivarol. Desincorporado por George Steiner de su difundida antología TheFarRight, pocos intelectuales más adecuados como guías que Ernst Jünger. Francófilo en cuerpo y alma, y miembro distinguido del invicto ejército de ocupación que, sin mayores glorias bélicas, porque los franceses no le brindaron la ocasión, se metieron en Francia durante cinco años, Jünger tenía que sentirse atraído por la vida y obra de Rivarol, quien fuera, como él, un ingenio celebrado, un cortesano habilidoso y un luminoso contrarevolucionario. Nacido en una familia sin recursos, Antoine, conde de Rivarol (lo de “conde” era una impostura de todos conocida), fue uno de esos niños de inteligencia excepcional que eran seleccionados por la todo poderosa iglesia para educarlos con esmero y luego ponerlos a su servicio. Su genio se expresó prematuramente en sus estudios y dominio de la lengua francesa, un atributo que en la Francia pre-revolucionario era suficiente para ser bienvenido en los círculos más exquisitos de aquella aristocracia crepuscular. Reaccionario de formación, se convertiría en temible panfletista al servicio de la monarquía. Después de 1789, vería como se materializaban sus más graves predicciones sobre el carácter violento de la revolución. De la guillotina lo salvo su intuición, y cuando los revoltosos tocaron a su puerta dando voces, “Ciudadano Rivarol, queremos que nos acompañe”, Antoine ya había dejado Francia, a la cual no regresaría, nunca muriendo en una lejana Berlín en 1801, a los cuarenta y siete años. De él diría con precisión clínica Lescure, uno de sus editores: “Rivarol no se encuentra en la primera fila de nuestra literatura. Lo deseaba y ha podido lograrlo, pero su carrera se vio obstaculizada por la Revolución que lo empujo  a la escena política. Muerto prematuramente en el exilio, su talento no alcanzo un completo desarrollo”. Tampoco fue mucho lo que escribió, dividiendo sus empeños entre la literatura y la conversación ingeniosa, una suerte de profesión en esos días gracias a lo cual obtuvo protección y ascenso social. Fue reconocido por Federico el Grande y becado por Luis XVI, un privilegio que conservó hasta que el monarca mantuvo la corona sobre sus hombros. Al eventual comentario de que su postura reaccionaria era producto del resentimiento, habría respondido que, “De todos los franceses, fuimos  los primeros en alzar la pluma en contra de la Revolución, incluso antes de la toma de la Bastilla. Lo reconoce el mismo Burke en la exquisita carta que escribió a mi hermano, más tarde publicada y de la que nos sentimos orgullosos”. La caída de la cabeza de Luis XVI fue también la de su fortuna. Demasiado joven en un mundo de ayer y demasiado viejo para el de mañana, que era el del romanticismo. Queda el conde Rivarol como uno de los más apasionados y coherentes pensadores de la extrema derecha europea, cuando la extrema derecha europea era sostenida, no por oportunistas y diletantes sino por genios como el suyo o los de Barrès, Benda, Maurras, Donoso Cortés o, más cercano y trágico, Drieu La Rochelle. Hacia finales del XX, Rivarol conto con la suerte de tener a Ernst Jünger entre sus admiradores, cuya es la selección de sus máximas y pensamientos, precedida de un revelador ensayo introductorio y publicada en alemán en 1972; y en italiano por  Quaderni della Fenice en 1992. No conozco versión castellana de esta antología.

La lectura de Rivarol es el mejor antídoto contra eventuales insurgencias de diversas formas de utopía, “Cuando escucho esta palabra favorita del novecientos/me abandono a la tristeza y el desencanto”, dice el poeta. Y es que a pesar de los reiterados, y trágicos, fracasos revolucionarios la tentación imposibilista suele ser el atajo del descarado populista para hacerse del poder. Rivarol nos enseña, si algo nos enseña, es que vivir la vida no es cruzar un campo.  Y  que la felicidad es una manera desviada de nombrar la armonía que se nos presenta solo como ráfagas iluminadas, y no como una estatus amparado en delirantes proyectos milenaristas.

-Para llevar a cabo una revolución es necesaria una gran medida de estupidez de una parte más que algo de inteligencia de la otra.

-Cuando el ejército depende del pueblo puede suceder que al final el gobierno dependa del ejército.

-La naturaleza nos obliga a matar un pollo para no morirnos de hambre, y en esto consiste el fundamento de nuestros derechos. Y este es el origen de la política: las necesidades son el fundamento de los derechos y los derechos son el fundamento del poder. Pero en Francia se le han concedido al pueblo poderes a los cuales no tenía derecho y derechos de los cuales no teníanecesidad.

-Un gobierno sería perfecto si pudiera unir siempre la razón a la fuerza y la fuerza a la razón.

-En 1790 me preguntaron cómo iba a terminar la revolución. Respondí simplemente: O el rey tendrá un ejército o el ejército tendrá un rey. Y agregue: Algún soldado será feliz, porque las revoluciones terminan siempre con un espadazo, recuerden a Sila, Cesar, Cronwell.

-Nadie tiene derecho a lo imposible.

Graham Greene. Fotografía de Bassano ltd

Milán, jueves 30 de marzo de 2019

El Sol Invicto se ha apiadado de mí y ha despejado el mal tiempo para restaurar la primavera en todo su mítico esplendor. Un cielo altísimo, casi tan alto como los de roma, y una luz pre-alpina, pura como agua de manantial con su música transparente. Uno, en días así, entiende porque para los griegos el Paraíso era esta vida, y la única compensación a las miserias de la existencia era, sin embargo estar vivos.

Graham Greene, Duvalier y Venezuela

La primera vez que leí Los comediantes, la estupenda novela de GrahamGreene, fue en 2008, hace diez años y unos cuantos meses. Para aquel entonces, aun en medio de la horrible crisis de la economía capitalista que hundió a países como Grecia y España, y arruino la existencia de otros millones de incautos norteamericanos, Venezuela disfrutaba de ingentes ingresos que fueron malgastados por el mandatario comandante en medio de una exaltación psicopática de sus resentimientos y desengaños. Poco parecía indicar lo que iba a ocurrir una década más tarde; pero ese poco habría sido suficiente para que los planificadores, y sus críticos, se dieran cuenta de que, como en Cuba y Corea del Norte, lo que esperaba a los venezolanos a la vuelta de la esquina era la hambruna, la indigencia y el exilio.

Los comediantes es la novela haitiana de Greene, escrita a partir de sus experiencias en la isla antillana. Lo que se cuenta es lo que siempre cuenta el autor británico quien, varias veces, como Borges, fuera candidato al Nobel. Esto es, la orfandad de los súbditos británicos al perder su identidad profunda como súbditos de un imperio. Un trauma existencial colectivo que aun hoy, ya entrado el XXI, no han conseguido superar. El protagonista sin nombre, solo apellido, Brown, es propietario de un hotel para turistas en Port-au-Prince, a comienzos del gobierno de Duvalier, quien primero fuera abnegado pediatra y filántropo. La vida de Brown, amante celópata, como todo amante que se respete, y fracasado administrador, es una crónica del desamparo del europeo de la post-guerra, nostálgico de una realidad que nunca existió e inútil ante las posibilidades que le ofreció la historia de su tiempo. Católico de izquierda, como el mismo Greene, y como el incómodo para todos, Brown asiste a la degeneración de los ideales de Duvalier, después de ser la gran esperanza negra, hasta convertirse en el brujo psicótico, profanador de tumbas, que condujo a su país a la pobreza más abyecta. Cuando, en 2008, leíLos comediantes por primera vez, la catástrofe que solo pocos sintieron en el aire, no se había instalado en Venezuela. Ahora, cuando la releo, son tantas las afinidades del régimen Duvalier con el de Venezuela que no dejan de sorprenderme: un estado fallido con una población al borde del estado naturaleza, y la migración como única posibilidad frente al despojo. Una versión criolla de papa Doc, no médico, sino militar con la misma deriva esquizoide, que trato de compensar sus frustraciones arrastrando a la detestada polis al abismo.

Griegos y alemanes. August Wilhelm Schlegel

Así como los griegos de la Antigüedad a ratos nos parecen llegados de otro planeta, nos ocurre algo parecido con los alemanes de mediados del XVIII a finales del XIX. Cómo fue posible que, en la relativamente estrecha geografía del país germano, coincidieran autores y artistas que ,en una lista fatalmente incompleta, incluiría talentos como los de Goethe, Schiller, Kant, Herder, Hölderlin, Schelling, Hegel, Winckelmann, Lessing, Beethoven, Novalis, Tieck, Brentano, Jean-Paul, Hoffmann, Schumann, los Grimm, Schubert, los Humboldt, Heine, Schopenhauer, Marx, G.H, Schubert, los Schlegel, Nietzsche, Willamowitz, Rhode et al. En la celebrada biografía que el profesor Roger Paulin dedica a August Wilhelm Schlegel, generosamente puesta on-line por la casa editorial (Basic Books), al situar en contexto a su autor, nos ofrece un maravilloso fresco de ese siglo inigualado masalla del rio Elba. Wilhelm August, con su hermano Friedrich, fue el mejor ideologo del movimiento romantico, tal como lo expuso en sus tan influyentes Conferencias sobre arte dramatico y literatura. No es exagerado decir que tambien fue el inventor de Shakespeare, tal como lo leemos a partir de sus tesis que serian popularizadas por el no menos genial Samuel Coleridge, y actualizadas a principios del XX por A.C. Bradley. No contento con  estos aportes, se dedicó, con Friedrich a fundar, podriamos decir tambien invetar, los estudios hinduistas en Alemania, para lo cual se convirtio en uno de los mejores conocedores del sanscrito. Tradujo holgadamente del francés durante sus largos años al servicio de la desterrada Madame de Stael. Si con esto la inmotalidad le hubiese sido esquiva, la tendria garantizada con las versiones, todavia insuperadas, de dieciseis dramas de Shakespeare: “En ocasiones me paso días traduciendo una linea”, le escribió a un amigo. La biografía de Paulin es una de las mas reveladoras y detalladas historias reciente del romanticismo alemán, y leida al lado del conocido tratado de Albert Beguin, tendriamos una brillante narrativa de ese momento encantado que fue el goldenes Jahrhundert (Siglo de Oro) aleman.


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