Perspectivas

De la xenofobia entre los antiguos griegos

por Mariano Nava Contreras

20/07/2019

Bajo la forma de un forastero se aparece la diosa Atenea a Telémaco en la Odisea

Dejaron tras de sí la casa, los abuelos y las cosas viejas;

se llevaron consigo los sueños y la esperanza para sus hijos.

Pantelis Thalassinos

“Xenofobia” es un neologismo formado de dos sustantivos griegos: xenos, “extranjero”, y fobos, “miedo”, “temor”. Por lo mismo que es un neologismo, es imposible que podamos encontrar el término en un texto antiguo. Es decir, que al igual que otras tantas palabras modernas formadas a partir de sustantivos o adjetivos griegos (“utopía”, “semáforo”, “teléfono”), el término griego “xenofobia”, y por tanto su concepto, simplemente no existía en la antigüedad. Lo que significa que, al menos para los antiguos, el “miedo a los extranjeros” tampoco existía.

Xenía, la hospitalidad

Lo que sí existía era precisamente lo contrario, la palabra y el concepto de xenía, la “hospitalidad”. Se trataba de una práctica consagrada por la cultura y el uso social de los antiguos griegos. Toda persona estaba en el deber de acoger a un extranjero y de proveerle de todo lo que necesitara, incluso sin saber quién era. Es más, incluso sabiendo que se trataba de un enemigo. En el canto XXII de la Odisea, el rey de Ítaca ha llegado por fin a su tierra y a su palacio, pero no quiere que le reconozcan, pues trama una terrible venganza contra los pretendientes que se han instalado allí esperando la noticia de su muerte para quedarse con todo, empezando por su mujer, la reina Penélope.

Es así que Odiseo llega a su palacio disfrazado de mendigo, y todos los pretendientes, aún siendo arrogantes y soberbios, llenan su mochila de comida. Todos menos uno, Antínoo, que lo humilla y golpea. Entonces los demás pretendientes le recriminan con estas palabras:

¡Antínoo, cruel, no has hecho bien en golpear a este pobre vagabundo, si es que hay un dios en el cielo! Mira que los dioses andan recorriendo las ciudades bajo la forma de forasteros de otras tierras y con otros aspectos, y así vigilan la soberbia de los hombres o su bondad.

Bajo la forma de un forastero se aparece también la diosa Atenea a Telémaco al comienzo del poema, y el príncipe la recibe en el pórtico de su palacio con estas palabras: “Bienvenido, forastero. Serás agasajado en mi casa, y después de que hayas disfrutado del banquete me dirás lo que necesitas”. Con un banquete agasajan también a Telémaco cuando va a Esparta a preguntar a Helena y Menelao por el destino de su padre, con un banquete de néctar y ambrosía recibe a Hermes la ninfa Calipso cuando el dios baja a informarle que Zeus ha decidido que Odiseo continúe su camino, y con un banquete también, recordemos, agasajan al mismo Odiseo cuando naufraga en las playas de los feacios y es invitado por el rey a palacio.

Lo hemos dicho ya, incluso entre dos enemigos es obligatoria la hospitalidad. La hospitalidad, además, es hereditaria. En el canto VI de la Ilíada, en pleno campo de batalla, Diomedes y Glauco se encuentran cara a cara dispuestos a matarse. Entonces Diomedes le pregunta a Glauco:

¿Quién eres tú, guerrero valientísimo, entre los mortales hombres? Jamás te vi en las batallas donde los varones adquieren gloria, pero a todos vences en audacia cuando te atreves a esperar mi lanza (…) Si eres un dios, contigo no quisiera combatir, pero si eres un mortal de los que comen los frutos de la tierra, acércate para que pronto llegue tu fin.

Y Glauco le responde con unos versos que han perdurado por su belleza:

Magnánimo hijo de Tideo, ¿por qué me preguntas por mi abolengo? Cual la generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo y el bosque, reverdeciendo, produce otras nuevas al llegar la primavera. Así los hombres: una generación nace y la otra perece. Pero ya que deseas saberlo, te diré cuál es mi linaje, de muchos conocido…

Y cuenta a Diomedes la historia de sus ancestros, que se remonta a Sísifo y Belerofonte. Dice Homero que entonces “alegróse Diómedes, y clavando la lanza en el suelo le respondió con cariñosas palabras: pues eres mi antiguo huésped paterno, porque mi abuelo, el divino Eneo, hospedó en su palacio a Belerofonte, le tuvo consigo veinte días y ambos se obsequiaron magníficos presentes de hospitalidad”. Entonces, cuenta Homero, ambos guerreros bajaron de sus carros, se estrecharon las manos y partieron sin luchar.

Pero es en el canto XXIV, el último de la Ilíada, donde se narra quizás el acto más extremo de hospitalidad. Príamo ha tenido el valor de llegarse hasta las tiendas de Aquiles para pedir al asesino de su hijo que le entregue su cadáver. Ambos, el padre y el matador de Héctor, terminan llorando juntos las desgracias de la guerra. Entonces, cuando “el llanto y el deseo de sollozar cesaron en sus almas”, Aquiles dijo a Príamo: “Tu hijo, anciano, rescatado está, como pedías. Yace en un lecho, y al despuntar la aurora podrás verlo y llevártelo. Ahora pensemos en cenar”. Entonces, con las mismas manos que mataron a Héctor, Aquiles comienza a preparar la cena para el desconsolado viejo:

…el veloz Aquileo levantóse y degolló una blanca oveja; sus compañeros la desollaron y prepararon bien, como era debido; la descuartizaron con arte, y, cogiendo con pinchos los pedazos, los asaron cuidadosamente y los retiraron del fuego. Automedonte repartió pan en hermosas cestas y Aquileo distribuyó la carne.

Dice Homero que “cuando hubieron satisfecho el deseo de comer y de beber”, entonces Aquiles mandó a las esclavas y a sus compañeros que prepararan un digno lecho para Príamo:

Mandó que pusieran camas debajo del pórtico, las proveyesen de hermosos cobertores de púrpura, extendiesen sobre ellos tapetes y dejasen encima afelpadas túnicas para abrigarse. Las esclavas salieron de la tienda llevando antorchas en las manos, y aderezaron diligentemente los lechos.

Al amanecer el viejo pudo volver a Troya, llevándose el cadáver de su hijo para que todos lo lloraran, como Aquiles había prometido.

Zeus, protector de los extranjeros

Sin embargo, la hospitalidad era entre los antiguos griegos mucho más que una práctica social y tenía más bien rango religioso. De hecho, una de las advocaciones de Zeus es el de Xénios, “protector de los huéspedes y de los extranjeros”. Todo el que se refugiaba en su templo tenía derecho a ser acogido, so pena de atraerse la ira del padre de los dioses.

El asunto está bien contado en Las suplicantes, la tragedia de Esquilo. Las hijas de Dánao, las Danaides, son pretendidas por los hijos de Egipto. En su huida, las Danaides llegan a Argos junto con su padre. Allí se refugian en el templo de Zeus, donde piden ser acogidas en su carácter de hikétides, “suplicantes”. Para ello, cumplen con todo el ritual: adornan con flores los altares, cubren sus cabezas con ínfulas de lana blanca y, por supuesto, invocan al padre de los dioses. Para los ciudadanos de Argos la disyuntiva es mayúscula: si acogen a las Danaides provocarán una guerra con Egipto, pero si las expulsan se atraerán la ira de Zeus. Finalmente los argivos optan por la decisión más sensata y acogen a las Danaides, respetando la ley divina.

Otro suplicante célebre fue Edipo, quien, expulsado de su propia ciudad, Tebas, yerra ciego por toda Grecia, buscando un lugar donde finalmente descansar y morir. Es así que llega a Colono, un dêmo del Ática, donde Teseo, el rey mítico de los atenienses, le acoge en calidad de “suplicante”. “Yo mismo, como tú, fui educado en el destierro”, le dice a Edipo Teseo, “de modo que a nadie que sea extranjero, como tú ahora, dejaría de ayudar a salvarse”.

Xenofobia y salvajismo

Sin embargo, no todos practicaron la hospitalidad. En el canto IX de la Odisea se cuenta el episodio de los cíclopes, “los soberbios, los sin ley (ánomos) (…) no tienen ágoras donde se emiten consejo ni leyes; habitan la cumbre de elevadas montañas en profundas cavernas y cada uno dicta normas para sus hijos y esposas, sin ocuparse de su prójimo”. A la caverna de uno de ellos van a parar Odiseo y sus compañeros, muertos de hambre y sed después de tantos días en el mar. Se trata de la caverna de Polifemo, uno de los cíclopes. Allí los navegantes encuentran un rebaño de ovejas, así como abundante leche y queso que no pueden dejar de comer. Polifemo no está en la caverna, pero no tarda en llegar. Al encontrar a los extranjeros merendándose su despensa monta en cólera y comienza él mismo a devorarlos uno a uno.

El final de Polifemo, quizás uno de los primeros xenófobos conocidos, ya lo sabemos: para poder escapar con sus amigos, Odiseo le ciega su único ojo. Lo que nos importa aquí es que Polifemo, que es un salvaje y no se somete a ninguna norma (ánomos), no practica la hospitalidad. Su carácter monstruoso no se debe tanto a su descomunal tamaño, a su único ojo en medio de la frente o al intenso hedor que despide, sino más bien a su brutal comportamiento. En vez de alimentar a los extranjeros, los devora, desafiando a Zeus y a la justicia divina.

La hospitalidad como política de Estado

Pero no pensemos que la práctica de la xenía se limitó a los tiempos míticos. Que en la Atenas clásica la hospitalidad era política de Estado lo sabemos por el célebre Discurso fúnebre, transcrito en el libro II de la Historia de la guerra del Peloponeso de Tucídides. Allí Pericles se ufana de pertenecer a una “ciudad abierta a todos (pólin koinên) que nunca expulsa a los extranjeros (xenêlasía)”, “la única en socorrer a todos sin reparos (ádeôs ôpheloúmen)”. Pericles intenta resaltar el evidente contraste entre la democracia ateniense y el sistema espartano, cerrado y xenófobo.

En el griego antiguo había una palabra para nombrar a los emigrantes: “metecos” (metá + óikos: “los que cambiaron de hogar”). La palabra, desde luego, no tenía ningún matiz peyorativo. En el caso de Atenas, los metecos gozaban de todos los derechos civiles (salvo poseer tierras ni contraer matrimonio con ciudadanos atenienses), si bien carecían de derechos políticos. En todas las ciudades griegas había metecos, pero en pocas se integraron en la sociedad y alcanzaron tanta importancia como en Atenas.

Los historiadores dicen que las primeras regulaciones sobre el estatus legal de los metecos en Atenas se remontan al s. VI a.C., en los tiempos de Clístenes el tirano. La legislación ateniense distinguía entre transeúntes y residentes. Para acceder al estatus de residente solo hacía falta permanecer en la ciudad durante un mes continuo. Los metecos se ocuparon principalmente en actividades industriales y comerciales, como la banca, la navegación o las importaciones, pero no podían dedicarse a la agricultura. Los comerciantes extranjeros tenían que pagar un impuesto especial para poder vender sus productos en el ágora, el xeniká, y a partir del s. V los metecos debieron pagar también el metoikión, que se elevaba a 12 dracmas anuales para un hombre y 6 para una mujer. Por lo demás, los metecos pagaban impuestos como cualquier otro ciudadano (isotéleia). Por tanto, también estaban sujetos a todas las obligaciones propias de la ciudadanía, como el servicio militar o costear algunos de los servicios propios de la polis (gimnasios, coros, representaciones teatrales o servicios religiosos), las llamadas liturgias.

Durante la segunda mitad del siglo V a.C., cuando Atenas alcanzó su mayor esplendor y prosperidad, la ciudad atrajo gran cantidad de metecos provenientes de todo el mundo griego y el Mediterráneo oriental. Se calcula que entonces llegaron a ser cerca de 50.000, habiendo en la ciudad unos 150.000 ciudadanos libres y unos 120.000 esclavos. Los metecos fueron atraídos no solo por las oportunidades económicas, sino también por el clima de inclusión y tolerancia reinante en la ciudad. No cabe duda de que la flexibilidad de las normas migratorias también debió influir. Algunos permanecieron por un tiempo, otros se quedaron para toda la vida.

Pronto se convirtieron en una clase rica, culta e influyente, y muchos de ellos alcanzaron destacadas posiciones, como el médico Hipócrates de Cos; el historiador Heródoto de Halicarnaso; los pintores Polígnoto de Tasos, Zeuxis de Heraclea y Parrasio de Éfeso; el arquitecto Hipódamo de Mileto; el poeta Ión de Quíos; los sofistas Protágoras de Abdera, Gorgias de Leontinos, Hipias de Elis y Pródico de Ceos; los filósofos Anaxágoras de Clazomene y, nada menos, Aristóteles de Estagira. También su sucesor en el Liceo, Teofrasto, era de Lesbos; pero asimismo Zenón de Citio, fundador de la escuela de los estoicos, Diógenes de Sínope, apodado El Cínico, o Pirrón de Elis, fundador de la escuela de los escépticos, entre tantos otros.

Gracias a los metecos, quién puede negarlo, y a su sabia inclusión en la economía y la sociedad por parte de la democracia, Atenas pudo alcanzar los niveles de prestigio y desarrollo material y espiritual que la pusieron a la cabeza del mundo griego. Después de todo, la xenía no era solamente asunto de héroes y dioses.


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