Economía

Venezuela 2024: Límites de la recuperación no productiva y condiciones socioeconómicas

Fotografía de Yuri Cortez | AFP

28/11/2023

Si hubiese que decir algo sobre el desempeño económico de Venezuela durante 2023, habría que comenzar apuntando que lo ocurrido sorprendió a muchos, aunque no a todos. Que 2022 fuese el primer año de crecimiento luego de una catastrófica caída ininterrumpida de 8 años, contagió a muchos de una especie de optimismo exuberante. Optimismo que, lamentablemente, se vio frustrado demasiado rápido. Las razones estaban a la vista de quien quisiera analizarlas.

Hay que recordar que la economía venezolana empezó a dar señales de reactivación a finales de 2021, como respuesta al cambio en el “ambiente de negocios” que generó el giro en la orientación de algunas políticas económicas. En particular, el efecto conjunto del avance de la dolarización transaccional junto a esa especie laissez faire para algunos tipos de emprendimiento, sumado a una política de aduanas abiertas para bienes de consumo final, produjo una suerte de “mini boom” en la disponibilidad de productos y servicios. La sensación general se resumía en la frase “Venezuela se arregló”.

Pero lo cierto es que, aunque fue un respiro para una población que llevaba demasiado tiempo sufriendo los rigores de una contracción económica multianual, la reactivación de 2022 estuvo extremadamente concentrada sectorial y territorialmente, es decir, se limitó casi exclusivamente al sector de comercio y servicios de ciudades grandes. La concentración sectorial es un problema cuando es un sector que ofrece, típicamente, escaso valor agregado y baja productividad, tiende a generar empleo joven y de baja calificación y, por ende, bajos salarios. La concentración territorial es un problema porque excluye a grandes porciones de trabajadores periféricos del acceso a las únicas fuentes de empleo disponible.

Las características de lo ocurrido nos llevaron a calificarlo, sin demasiado éxito, como un proceso de “recuperación no productiva”. Los resultados saltaron ya a la vista en 2022: En Venezuela, la desigualdad económica y social se convirtió en el signo de los tiempos. Un país escindido por un muro que separa a los que tienen posibilidad de consumir sin restricciones, y los que no pueden hacerlo. Venezuela es desde 2022 una mezcla entre Dubái, para los menos, y Haití, para los más.

Y así llegó 2023. El impulso que traía la economía en 2022 se paró en seco en el primer semestre del año. Y lo que sorprende acá no es que se frenara la economía, cosa que suele suceder en economías con graves problemas institucionales, macroeconómicos y de credibilidad como la nuestra, sino que el impulso inicial se haya perdido tan rápido, sobre todo si se toma en cuenta la magnitud de lo que nos pasó entre 2013 y 2021: la recuperación fue incipiente y duró demasiado poco. Escribimos estas líneas a finales de 2023. Luego de un 1er semestre de parálisis casi total, se empiezan a observar algunos síntomas –muy pequeños– de reactivación a partir del tercer trimestre del año. Pero con toda seguridad, se puede afirmar sin temor a equivocarse que el 2023 será un nuevo año perdido para la economía venezolana desde el punto de vista del crecimiento económico.

Lo primero que hay que decir con miras a 2024 es que, mientras las condiciones persistan, no habrá posibilidades de iniciar un proceso de recuperación económica vigoroso y sostenible en el tiempo. El reciente descongelamiento de las negociaciones entre Venezuela y los Estados Unidos, que derivó en el levantamiento del grueso de las sanciones sectoriales, puede ayudar a la recuperación parcial del sector petrolero, tradicional motor de nuestra economía. Pero ese proceso será paulatino y enfrentará dificultades. Mientras la recuperación sea de tan estrecha base sectorial y territorial, las condiciones de la demanda, es decir, la capacidad de consumo de la población venezolana seguirá estando mermada.

En Venezuela, cerca de la mitad de la población en edad de trabajar se encuentra inactiva, es decir, ha perdido todo incentivo de participar en el mercado laboral. Esta es una de las tasas de inactividad más altas del mundo. Si a eso le sumamos que aquellos que sí perciben ingresos laborales ganan salarios que siguen siendo bajos –unos 200 dólares mensuales, en promedio–, que solo aproximadamente el 25% de las familias reportan recibir remesas del exterior –unos 150 dólares mensuales, en promedio–, y que el valor de las transferencias y salarios públicos sigue siendo irrisorio, se puede perfilar un cuadro de debilidad extrema en la capacidad de consumo agregado de la economía. Este es el verdadero cuello de botella de la economía venezolana en 2024: ha aumentado la disponibilidad de bienes de consumo final –importados–, pero no hay demanda para dicha oferta.

Lo cierto es que las condiciones socioeconómicas de una porción importante de la población venezolana no han mejorado sustancialmente a pesar del relativo dinamismo observado en la economía en 2022. Algunas de nuestras estimaciones recientes apuntan a que tres quintas partes de la población vive en pobreza, y eso no mejorará hasta que se encuentre la forma de producir una mejora general en los ingresos laborales de la población. Venezuela necesita una reactivación de amplia base, que incluya a la industria manufacturera, el agro, la construcción, el sector financiero, y los salarios del sector público. Eso podrá lograrse en la medida en que los problemas crónicos de inestabilidad macroeconómica, incertidumbre institucional e inseguridad jurídica sean resueltos. Mientras tanto, no importa cuantas tiendas tipo Dubái se construyan, mientras los muros de acceso económico sigan condenando a una parte importante de la población como en Haití.

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