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Crónica

Un cabildo en Caricuao

por Valentina Oropeza

Fotografía de Federico Parra | AFP

20/01/2019

Unas 30 personas hacen fila para comprar pan a un lado de la tarima. Esperan recostados de la pared, mientras un equipo de la Asamblea Nacional ajusta cables y prueba sonido. Viene Juan Guaidó para un cabildo abierto en la UD-4 de Caricuao. Es sábado, 19 de enero de 2019. Cuatro mujeres están sentadas en un andamio, bajo una sombra. Encima hay una plataforma donde medios nacionales e internacionales instalaron cámaras.

Pregunto por qué vienen al cabildo y se miran sorprendidas. “Para sacar al bicho ese”, dice una y todas se ríen.

—¿Cómo es que no entiendes que Nicolás Maduro es un usurpador y no puede seguir en Miraflores porque se robó las elecciones? Ya lo dijo Guaidó cuando asumió la presidencia de la Asamblea Nacional el 5 de enero.

El Parlamento declaró la usurpación de la Presidencia de la República el pasado 15 de enero, luego de la juramentación de Maduro para un segundo mandato, el 10 de enero de 2019.

—¿Tú como que no has oído a Guaidó, mijita?

—Sí, pero no entiendo cómo van a lograr un cambio de gobierno —respondo.

—Chica, como no tenemos presidente legítimo, Guaidó tiene que ser presidente. Para eso estamos aquí.

“Aquí” es el sector las Queseras del Medio. Hay que caminar una cuesta larga desde la avenida principal de Caricuao para llegar a la tarima. La oposición no realizó actos de calle en Caricuao el año pasado. Los vecinos pusieron barricadas con basura y recibieron lacrimógenas disparadas por tanquetas militares a mediados de 2017.

Año y medio después, la dirigencia opositora, con Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional, rescata los cabildos abiertos de la historia independentista venezolana para pedir a la gente que salga otra vez a manifestar el próximo miércoles 23 de enero, cuando se cumplirán 61 años de la caída de Marcos Pérez Jiménez, un hito de la democracia.

Investido como presidente del Parlamento, Guaidó encabezó el primer cabildo abierto frente a la sede del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo en Altamira, enclave tradicional de la oposición y sus marchas. Estuvo en Caraballeda después de que unos agentes del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional lo detuvieron y lo soltaron, en un impulso inexplicable que no siguió orden ni mando, según el ministro de Comunicación, Jorge Rodríguez.

Guaidó estuvo en Santa Rosa de Lima, rodeado por electores que siempre han sido afines a la oposición. Caricuao es el primer sector popular de Caracas que pisa fuera de la tradicional zona opositora, mientras los partidos organizan cabildos en Aragua, Anzoátegui, Barinas, Bolívar, Carabobo, Lara, Miranda, Nueva Esparta, Táchira y Zulia.

Los coordinadores de logística llaman a los vecinos por un micrófono para que cuenten sus expectativas sobre el cabildo y la marcha del 23 de enero. Las mujeres no quieren decir sus nombres, no sea que se metan en problemas por hablar con periodistas.

A una la llamaremos Josefina. Tiene 63 años y se mudó a la UD-5 en 1992, cuando Hugo Chávez estaba “armando zaperoco”, dándole un golpe de Estado a Carlos Andrés Pérez. Es maestra jubilada y su marido era contador. Murió hace 17 años. Compraron ese apartamento de cinco habitaciones y dos baños con un crédito. Ahí crió a cinco hijos y vio emigrar a la menor, Mariana, maestra también. Se fue en diciembre de 2016, cuando tenía 28 años. Mariana no tuvo tiempo de enamorarse, casarse y tener hijos en Venezuela. El día que intentó comprar un kilo de carne para la casa y se dio cuenta de que no le alcanzaba el sueldo, le dijo a su mamá que se iría a Chile. “Estoy en este cabildo porque si se va ese gran carajo, voy a tener a mi hija de vuelta”, dice Josefina con los ojos llorosos, esforzándose para que la escuche mientras el micrófono pasa de un vecino a otro.

—¡Tú como que eres chavista, güevón! ¡Cállate! —grita María, una de las amigas de Josefina, que va con una gorra tricolor y un pito rabioso para censurar a los vecinos blandos.

El abucheo crece pero el vecino no se amilana. Pregunta a los dirigentes que administran el micrófono cuál será el plan B de la oposición si la tesis de la usurpación no prospera. Pregunta qué van a hacer más allá de los cabildos abiertos para que no se enfríe la calle y se logren los objetivos.

—¡Quítenle el micrófono a ese pajúo!

El abucheado alcanza a dar las gracias por el derecho de palabra y devuelve el micrófono. Nadie le contesta. Se abre paso entre la gente que comienza a hacerse gentío. Se llama José Guaina y tiene 49 años. Es ingeniero informático y tiene una hija de seis. No quiere irse de Venezuela. No quiere darle a su hija el ejemplo de que la única salida es marcharse. Asiste al cabildo porque sabe que la calle es importante, pero sobre todo porque quiere escuchar de qué va la estrategia opositora: medios, métodos y objetivos. Percibe lo mismo en sus amigos chavistas y en los  opositores: emocionalidad y violencia. Está preocupado.

Se enciende el micrófono de la tarima principal y piden a todos que se acerquen. En unos minutos llegará Guaidó. Levanto el teléfono y hago una foto para ver cuánta gente hay. Se pierden de vista desde donde estoy. Richard Blanco, Rafaela Requesens, Stalin González, Yon Goicoechea y otros voceros sirven como teloneros de Guaidó, que llega vestido con una camisa blanca, corbata azul marino de lunares blancos y un pantalón azul.

Le agarra la mano a su esposa, Fabiana Rosales. La suelta. Se arremanga la camisa. Mientras los compañeros de partido abonan la indignación de los asistentes porque no hay autobuses, comida o medicinas, Guaidó se agacha cada tanto y recibe papelitos que le entrega la gente. Y dos estampitas del arcángel Miguel.

—El peo es que esto se vuelve pura propaganda —le dice un hombre a otro que está a mi lado.

—Aquí lo importante son tres cosas: alimentos, seguridad y salud —responde el otro.

Guaidó conoció Caricuao el día que conoció el Metro, cuando su abuela lo llevó desde Macuto a visitar a una tía. Él tenía 6 años y quedó impresionado con el Metro. Esa tía le abre paso a un dolor colectivo:

—¿Cuántos aquí tienen familiares que se fueron del país?

Casi todos los asistentes levantan la mano.

—¡Mis dos hijos se fueron del país, Guaidó! —grita María, la del pito y la rabia, con voz quebrada.

Guaidó dice que falta agua corriente y se baña con tobo, la comida es impagable y no hay gas para cocinar. La panadería cierra, una fila larga se queda sin pan. Recuerda que la Asamblea Nacional acaba de aprobar un acuerdo para autorizar el ingreso de ayuda humanitaria a Venezuela y le pide a los organismos multilaterales de cooperación que no le entreguen los recursos al gobierno porque es el culpable de la emergencia.

—Esos del gobierno quieren tener un pueblo de pelabolas —dice el que está a mi lado. Su amigo asiente.

Fotografía de Federico Parra | AFP

Guaidó dice que “bien puestas” están esas sanciones de Estados Unidos contra los ladrones que se robaron el dinero de los servicios públicos. Y así como Venezuela nació en un cabildo abierto en abril de 1810, cuando el capitán general Vicente Emparan renunció porque le dijeron que no lo querían, así renacerá la esperanza.

Una mujer cerca de la tarima vocifera contra Maduro.

—Que su palabra vaya por delante —responde Guaidó y todos ríen.

Le pide a cada vecino que llegue a su bloque y cuente lo que pasó allí, que expliquen que van a convocar elecciones y van a iniciar un gobierno de transición. Que organicen cabildos en sus edificios antes del 23 de enero.

—¿Quién tiene Facebook, Twitter, Instagram? —pregunta Guaidó.

Todos levantan las manos.

—¿Quién tiene megas?

Casi todos.

—Usen algunos de esos megas y multipliquen el mensaje.

Pero advierte: cuidado con las cadenas con información falsa que circulan en las redes sociales.

—Juan Guaidó va al diálogo —dice como ejemplo.

—Yo sabía, es un sucio —se burla y vuelven a reír.

La alegría desaparece cuando habla de la Fuerza Armada, “el actor fundamental para que se logre la transición”, dice. Los abuelos de Guaidó fueron militares: uno sargento de la Guardia Nacional, el otro sargento de la Armada. Por eso sabe que la obediencia y la jerarquía determinan el proceder de los soldados. En 2016, Voluntad Popular impulsó en el Parlamento la aprobación de la ley de amnistía y reconciliación nacional, que buscaba la liberación de su fundador, Leopoldo López, y otros 75 presos políticos. En 2019, la oposición firmó un acuerdo que replantea la amnistía y se ofrece a todos, civiles y militares, que ayuden a restablecer la Constitución, es decir, que traicionen a sus jefes en el gobierno y colaboren con su salida.

—¡Fuera los cubanos de la Fuerza Armada! —grita un anciano al fondo.

Guaidó busca recuperar el ánimo y cita lo que considera algunos logros: las sanciones contra funcionarios del gobierno, el reconocimiento internacional a la Asamblea Nacional, los 47 países que desconocieron la juramentación de Maduro.

—¡Guaidó, te amo! —grita una señora.

—Yo también, mi vida —responde.

Su afición a los Tiburones de La Guaira, que ya no cuenta los años que lleva perdiendo, también lo preparó para este momento. Dice que el gobierno ya no gobierna en la cabeza de la gente.

—¡Elecciones sin Tibi! —grita un muchacho frente a Guaidó.

—Que la manden para el infierno —responde en voz baja una señora que graba el acto con el teléfono.

Guaidó pide disciplina para el 23 de enero. No explica detalles de la convocatoria, pero alerta para no caer en provocaciones, como la contramarcha que convocó Diosdado Cabello para el mismo día, la sempiterna estrategia de bloquear calles y accesos al Metro, para que sea incómodo y difícil marchar.

—Antes sonreía porque abrazaba a mi familia. Estaban todos aquí —Guaidó hace una pausa larga y la audiencia responde con absoluto silencio—. Ninguno de ustedes merece ver a sus hijos irse.

Guaidó saca una de las estampitas del arcángel Miguel y lee la oración. Termina poco más de 20 minutos de discurso con un anuncio: en los próximos días dará un mensaje importante a los militares, a los gobiernos de fuera y al electorado opositor.

María le da la vuelta al teléfono. Ha estado grabando el discurso para que su hijo lo vea por videollamada de Whatsapp. No aguanta el llanto. Le da miedo decir dónde vive ahora.

—¿Viste, hijo? Estoy segura de que muy pronto podrás volver.


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