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Ramos Sucre, el tío políglota

por Arturo Almandoz Marte

09/06/2019

José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), poeta venezolano

A Alba Rosa Hernández Bossio

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Papá solía presumir de su “tío políglota” en conversaciones que recuerdo de la infancia, bien fuera en nuestra casa en la avenida Cristóbal Rojas de San Bernardino, o en la cercana de la avenida Arturo Michelena, donde vivían los abuelos Almandoz Ramos. No sabía yo al comienzo el significado de palabra tan rimbombante, pero pronto lo deduje por los idiomas en los que, según comentaban, era versado mi tío abuelo. Papá aseguraba que frisaban los doce en lectura, pero la abuela Trina, hermana mayor de José Antonio, estimaba que no han debido ser más de nueve estrictamente: primero el español que temprano dominara en la escuela de don Jacinto Alarcón Blanco en Cumaná, templado con los rigores del latín que aprendiera con su tío el padre Ramos, en los años austeros cuando fue enviado a la casa del presbítero en Carúpano. Más tarde vino el francés que se impartía en el Colegio Nacional de Varones, a su regreso a Cumaná, seguido del inglés, italiano y alemán a los que se enfrentara en la biblioteca de los Ramos en la calle Sucre, para asombro de compañeros y parientes. La abuela Trina recordaba los comentarios de prensa sobre su erudición precoz, cuando José Antonio partiera a Caracas a estudiar Derecho en 1910, el primero de los hermanos Ramos Sucre en emigrar a la capital recién tomada por el general Gómez. Allí acometería después traducciones del griego, en las interminables noches de las pensiones, así como absorbería el danés y el sueco, entre otros, a lo largo de cargos sucesivos, incluyendo el de traductor e intérprete de la Cancillería en tiempos de Manual Díaz Rodríguez.

Además de un retrato desvaído en tonos sepias, mostrando al joven encorbatado con gesto adusto, otros legados del tío políglota asomaban en resquicios de nuestra modesta casa en San Bernardino. En la pequeña biblioteca improvisada en el pasillo entre las habitaciones de la planta alta, había un ejemplar de sus Obras que en 1956 publicara el Ministerio de Educación, lo que me indicó desde temprano que era autor nacional considerado clásico; no era empero tan conocido como otros de la misma Biblioteca Popular Venezolana, como el mismo Díaz Rodríguez y Urbaneja Achelphol, cuyos volúmenes eran utilizados para tareas por mis hermanos que ya estaban en bachillerato. Si bien fijé desde la infancia la carátula marrón con un grabado cubista, no osé entonces leerlo, aunque sí supe que las tres obras principales del tío tenían títulos “tan sugerentes como enigmáticos”, al decir de papá: La torre de timónEl cielo de esmalte y Las formas del fuego. Su poesía en prosa, “tan erudita como críptica”, hacía de José Antonio un autor menos asequible que sus coterráneos cumaneses, como Andrés Eloy Blanco y Cruz Salmerón Acosta, según los tíos conversaban en sobremesas con cierto resabio.

Por no caber en los diminutos estantes de esa biblioteca de pasillo, unos gruesos tomos empastados en negro con letras doradas, que habían pertenecido a su tío según papá, eran atesorados por éste en su propio clóset. Más que el exlibris de la primera página y las iniciales JARS grabadas en los lomos, anotaciones en los márgenes confirmaban que el erudito había consultado aquellos folios enmohecidos y venerables de la primera edición de la Enciclopedia Espasa. Su tío los había adquirido, según papá, después de que dejara aquella Cumaná nativa y egregia, cuna del mariscal Sucre y puerta de entrada de Humboldt, pero al tiempo –como en “La vida del maldito” de La torre de timón– “lejana del progreso, asentada en una comarca apática y neutral”. Fueron estos los primeros versos del tío políglota que alcancé a leer en las Obras, después de haberme intrigado el título del poema mencionado en una sobremesa dominical en casa de la abuela Trina.

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Siempre que se conversaba sobre José Antonio, aparecía entre bastidores y miradas cruzadas que no por niño se me escapaban, la figura casi legendaria de Mamá Rita, mi bisabuela paterna y madre del poeta. Sobrina nieta del mariscal de Ayacucho, como siempre recordaban los tíos al invocarla, Rita Sucre Mora había sido desposada a los diecisiete años por Jerónimo Ramos Martínez en aquel Cumaná de once mil vecinos de finales del siglo XIX. Sin educación formal, como era frecuente a la sazón, incluso para niñas de su abolengo, ello no fue óbice para cultivar caligrafía y redacción excelentes, que le permitieron ser maestra de primeras letras, cuando enviudara joven y hubo de mantener la prole de seis niños Ramos Sucre. Pero, sobre todo, como destaca Alba Rosa Hernández en su biografía del poeta, “Rita brillaba por su habla llena de ingenio y matices de humor, luego irónicos o mordaces”.

Junto a su orgullo por el linaje prócero que la entroncaba con el Mariscal, así como a la hidalguía con que sobrellevó la viudez precoz en la ciudad de su prosapia, conocía yo de las ocurrencias ingeniosas de la bisabuela gracias a la oralidad familiar. Con el cabello recogido en moño, el entrecejo algo fruncido y los labios delgados de los Sucre, el austero rostro de Mamá Rita, adornado tan solo por un discreto cuello de encaje sobre el vestido abotonado, en estilo que perpetuó su hija Trinita, aparecía en una foto desvaída del álbum familiar. No obstante la severidad del gesto y el atuendo, mamá solía evocar el gracejo de “misia Rita”, como ella siempre la llamó con el término reservado a las matronas que, como mis abuelas, eran más que doñas. Con el orgulloso deleite de quien hace suyo el legado parental del cónyuge, mamá citaba a nuestra bisabuela, por ejemplo, cuando se hablaba de un caballero de dudosa respetabilidad en tanto “señor”, sólo “porque no es señora…”; o cuando protestaba que no había que “gastar la lástima” con demasiada frecuencia en cosas que no lo merecían; o cuando alguien le mamaba el gallo inoportunamente y ella ripostaba, como misia Rita, “el gallo mío no se mama”.

Pero allende la hilaridad provocada por sus “salidas cumbre”, como las refería mamá, percibía yo que la sola mención de Mamá Rita arrojaba una como sombra sobre la figura de José Antonio; con éste, al parecer, había sido la madre harto severa y represiva, sobre todo en los años en que, ya muchacho, regresara a vivir a Cumaná, al fallecer el padre Ramos en Carúpano en 1903. Si éste le había inculcado el estudio de los clásicos con una disciplina inclemente, la madre, respetable y decorosa en sociedad, era obsesiva y tiránica puertas adentro, haciéndole infernal la existencia cotidiana al adolescente ya de suyo retraído y ensimismado. Era ese un drama familiar que había yo entresacado de conversaciones en las que no se me permitió estar presente, pero que escuché a hurtadillas, intrigado por la mención que alguna vez hizo la abuela Trina de cartas de José Antonio que fueron quemadas después de su muerte en 1930. Tanto o más que la admiración por éste, aquellas cuitas despertaron en mí desde niño el interés por Mamá Rita, cuyo retrato presidía la habitación de mi abuela en la casa de San Bernardino, junto a un crucificado inmenso del presbítero Ramos que vino a Caracas cuando fue desmontada la casona lorquiana de la calle Sucre.

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También envuelta en congoja, otra famosa memoria familiar de José Antonio era el telegrama que había mandado a mis abuelos José y Trina, cuando la última hija de la familia Almandoz Ramos falleciera joven. “Condolencias, Ramos Sucre” eran las tres palabras despachadas por el tío desde Ginebra, adonde había sido enviado como diplomático y donde se suicidara el 9 de junio de 1930 con una sobredosis de veronal, uno de los barbitúricos con los que combatía el insomnio. No obstante lo doloroso del recuerdo, papá siempre celebraba aquel telegrama como ejemplo de concisión, adoptándolo para sus propios pésames por escrito; y ello hizo que yo, a la postre y respetando las distancias, lo continuara en los míos, sobre todo ahora que el correo electrónico ha sustituido al telegrama.

Junto al sustantivo condolencias, era la primera vez que yo escuchaba el nombre de la ciudad suiza, que desde entonces quedó en mí asociada a las ideas de insomnio y suicidio, incluso después de visitarla fugazmente en 1988. Fue en la breve estadía europea cuando hicieron crisis el desasosiego y el insomnio que ya venía padeciendo José Antonio “desde su llegada a Caracas”, como respondió una vez abuela Trina ante la pregunta de mamá por la decisión del hermano. Ciertamente, en la capital había sobresalido en los estudios de Derecho, así como de Filosofía y Letras en la Universidad Central, hasta que el Benemérito hizo clausurar ésta en 1913. Obtuvo también las cátedras de Historia y Geografía en el liceo Sucre, seguidas de la de Latín y Griego en el Andrés Bello; aquí compartió con el Rómulo Gallegos que venía de La Alborada, entre otros de los intelectuales novecentistas que ya leían los textos de José Antonio en El Cojo Ilustrado o Billiken. Pero la admiración de sus alumnos y el respeto de sus colegas no disiparon, incluso después de obtener el puesto de traductor y el título de abogado, la austeridad de la vida pensionista y recoleta, la que prefirió no abandonar para regresar a vivir con su madre y hermanos, establecidos en una casa de La Pastora desde 1915.

José Almandoz Mora y Trina Ramos Sucre de Almandoz. | Esta fotografía pertenece al álbum familiar de los Almandoz Ramos.

Prudente y lacónica como era, no quiso remontarse abuela Trina, en su respuesta a mamá, a los años germinales de aquella angustia de José Antonio en la infancia formativa pero implacable, bajo la férula del padre Ramos. Ni tampoco a las diarias desavenencias del hermano ya mozo con la madre inquisidora, las cuales seguramente hubo de zanjar en más de una ocasión la hermana mayor. Escapaba de las luces de Trinita, por lo demás, que Ramos Sucre, como hace notar Hernández Bossio, no obstante sus desvelos y tormentos, siempre vio la muerte temprana, que no a destiempo, con el heroísmo que le atribuyeran los griegos, así como con la naturalidad con la que Lucrecio la prefiriera ante las cadenas de la vejez.

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Fue hacia finales de la década de 1960 que mi abuela y mis tías ofrecieron en su casa de San Bernardino un coctel vespertino, según recuerdo de niño, en ocasión de que se publicara una nueva edición de trabajos del tío políglota. Años después me di cuenta de que se trataba de la Antología poética preparada por Francisco Pérez Perdomo y editada por el Ministerio de Educación. Después del olvido estigmatizado que siguiera al suicidio, cuando el hermetismo de su poesía fue apenas sondeado por los grupos Viernes y Contrapunto, las vanguardias de los sesenta, lideradas por Sardio, comenzaron la reivindicación de Ramos Sucre, quien resonaba ya tan sólo con aquellos dos apellidos que tanto le costaron.

Después del luto por la muerte del abuelo José, aquel agasajo discreto había sido la primera y última recepción ofrecida en casa de las Almandoz Ramos, antes de la mudanza a la quinta que mis tías se hicieron construir en la Alta Florida. En vísperas de esa mudanza, coincidente con mi entrada al bachillerato, tía Maruja me obsequió una edición de bolsillo de Macbeth, uno de mis primeros libros en inglés, así como una traducción de Las almas muertas de Gogol; ambas habían pertenecido a José Antonio, como atestiguaban anotaciones hechas a lápiz y pluma en los márgenes, sobre todo de vocabulario en la primera.

Tía Virginia, por su parte, me obsequió los tres tomos de la Encyclopédie des peuples, que ella, profesora de historia y geografía, había rescatado a tiempo de entre los 1270 títulos de la biblioteca del tío, los más de los cuales se extraviaron después de su muerte. Igual suerte corrió el Macbeth que llegó a mis manos demasiado temprano, y por no haberlo sabido apreciar y guardar, no encontré al regreso de una de mis estadías en el exterior. Si bien era un formato muy pequeño, no dejé de recriminármelo cuando leí, a comienzos de los ochenta, la traducción de Luis Astrana Marín comprendida en las Obras completas editadas por Aguilar; así como cuando me atreví con el texto original, en la versión establecida por el profesor Peter Alexander, la cual fue reeditada en 1994 mientras vivía yo en Londres. Con algo de desagravio, a mi regreso a Caracas dos años más tarde, presté esa edición canónica a tía Maruja, ya enferma de cáncer, quien en parte había elegido la carrera normalista en inglés como homenaje al tío políglota, según alguna vez me comentó.

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En el año 2000, doné los tomos de la enciclopedia francesa a la Casa Ramos Sucre en Cumaná, proyecto que llevó adelante Corporiente, la gobernación del estado Sucre, y la fundación creada por los primos Isabel Cecilia Ramos González y Roberto Salvatierra Ramos. Sin ser yo especialista en la obra del poeta, los parientes tuvieron la delicadeza de invitarme aquel año a la bienal Ramos Sucre, para hablar de la representación literaria de la ciudad del gomecismo; ya para entonces era la bienal evento concurrido por expertos internacionales, en concordancia con la proyección que la obra de José Antonio había alcanzado a lo largo de los noventa, cuando varios estudios críticos fueran publicados en ocasión del centenario de su nacimiento.

Dos participaciones notables recuerdo de aquel evento entre académico y familiar para mí. Una fue la ponencia sobre el poema “El mar latino”, presentada por Alba Rosa Hernández, a quien ya conocía de referencia en mis años de estudiante en la Universidad Simón Bolívar, donde se desempañaba como profesora del departamento de Lengua y Literatura. Con maestría supo explicar cómo la poesía en prosa de José Antonio era en gran parte descifrable a través de modelos lingüísticos pasados, especialmente a partir de las estructuras del latín que fuera su segunda lengua, paterna más que materna podríamos decir, en vista de que la asimiló del tío sacerdote. Y como después leí en su libro que Alba Rosa me obsequiara, esa “reivindicación de la retórica como ciencia, como un método poético”, hizo de Ramos Sucre “un poeta artesano, artífice, selector excepcional de fórmulas poéticas”, alejado a la vez de la espontaneidad y originalidad creativas, cuando éstas eran celebradas por las vanguardias opuestas a la tradición.

Otra ponencia señalada de aquella bienal fue la de Rafael López Pedraza sobre las relaciones tortuosas del poeta con la madre, ilustrada con arquetipos mitológicos según su tendencia analítica, documentada en cartas familiares a las que se le había permitido acceder al psicólogo junguiano y profesor de la Universidad Central de Venezuela. Las reacciones encontradas que entre parientes suscitó esta última intervención, algunas de las cuales aducían que tales asuntos debían quedarse en familia, mientras que otras preconizaban la publicidad requerida por la universalidad de la obra ramosucreana, me recordaron aquellas polémicas entreoídas de niño en las casas de San Bernardino. También me retrotrajo a esa época el retrato de José Antonio que presidía su restaurada casa cumanesa, similar al que heredé de papá y me acompaña ahora en el estudio de mi apartamento de Las Palmas; junto a su ejemplar de Las almas muertas, bien guardado y todavía por leer, es la única herencia material que conservo del tío políglota.

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Este artículo fue publicado originalmente en Prodavinci el 5 de marzo de 2016.


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