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Quieren dejarnos ciegos

por Willy McKey

02/07/2019

Rufo Chacón y su madre, Adriana Parada. Fotografía tomada del Twitter de la ONG @_Provea

Cuando Rufo Chacón recibió el disparo de perdigones en la cara, protestaba porque en su casa no había gas doméstico. La detonación terminó vaciándole los ojos. Manifestar su derecho a que en casa haya gas para poder cocinar, calentar algo de agua y quizás hornear algún antojo, hizo que un agente de seguridad considerara que era motivo suficiente para dejar a Rufo ciego.

Quedarse ciego a los dieciséis años.

Quedarse ciego mientras hombres armados reprimen una protesta que, durante casi un año, han realizado sus vecinos sin que nadie atienda su llamado.

Quedarse ciego y que aquella épica quedara registrada en un video que no podrá ver nunca más, donde todos menos él podremos ver cómo un funcionario dispara contra su rostro.

Hacer un repaso desde los ojos de Rufo Chacón podría ser la más eficaz de las condolencias de quienes aún tenemos el don de ver. Pensar cómo el muchacho abre los ojos y se levanta de su cama. Una vez más confirma que no hay gas en la cocina para colar un poco de café o hacer el desayuno. Se viste con el uniforme del liceo y se mira en el espejo. Ahí evalúa la posibilidad de sumarse a la protesta de siempre, ésa en la que sus vecinos desde hace casi un año intentan que alguien en Caracas se entere de que no tienen gas. De ahí en adelante el ruido y el ardor en la cara, hasta la cortina de sangre y la oscuridad definitiva.

¡Es tan distinto el relato del otro lado del arma! 

Pensar cómo el funcionario abre los ojos, se levanta de su cama y toma el desayuno en su guarnición. Lo hace ya uniformado, después de la revista del parque de armas, y confirma su pertrecho de perdigones para ir a reprimir la manifestación en Táriba. Ahí evalúa la posibilidad de preguntarle a su familia si todo está bien en casa y, ya con la respuesta, se enfila a seguir las órdenes de quien ya no puede poner la excusa de la obediencia, porque el dedo que se tensa en el gatillo es suyo. Sólo suyo. De ahí en adelante el ruido y la decisión de apuntar a la cara, testimoniar la cortina de sangre como un acierto definitivo e ir a la caza de otro iluminado más, para también dejarlo ciego.

El video que se hizo tristemente viral lo resume en segundos. Un hombre uniformado y con un arma pone en evidencia el exabrupto que llena las manos y los dientes de quienes quieren dejarnos ciegos. Primitivos. Salvajes. Bárbaros. Parecen titanes capaces de creer que al vaciar los ojos de quienes han decidido imputar la realidad también desaparecen los problemas. Esos problemas que los señalan como culpables, como cómplices indolentes, como monstruos.

Sin embargo, no son capaces de vaciar sus propios ojos. Ya no tienen. Su ceguera es otra. Una más oscura y más cruel. Aquella con la que los dioses griegos castigaban la soberbia, de la furia, de la hybris.

Quieren dejarnos ciegos, porque no toleran que haya quienes todavía podamos ver.

Entonces toca abrir los ojos como nunca, pues puede que ésa sea nuestra única ventaja. 

Ver. 

Ver por nosotros y por los nuestros.

Ver por Rufo y por nuestros muertos.

Ver y no perder el rumbo.

Ver hasta evitar que el tuerto siga siendo el rey.


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