Adolescentes presosCrónica

“Mami, quiero irme a casa”

por Indira Rojas

Rosmelis Guilarte y su hijo Jickson. Fotografía de Gustavo Ponne | RMTF

30/01/2019

Rosmelis y su hija mayor buscaban a Jickson. Encontraron su camisa tirada en el asfalto. Un comerciante de la cuadra se les acercó en ese momento:

—Vecina, al niño que tenía esa camisa lo agarraron. Los guardias lo golpearon, lo batuquearon. Se cayó. ¡Lo levantaban y lo dejaban caer! Un guardia lo agarró por la camisa y él se la quitó. Lo persiguieron y luego se lo llevaron.

—¡Dios mío, mi hijo! —gritó Rosmelis.

Jickson tiene 14 años. Su mamá dice que es “un niño especial”. Cuando era un bebé de 9 meses se golpeó la cabeza y años más tarde los médicos detectaron un traumatismo craneoencefálico. Padece crisis convulsivas desde los 5 años.

Diez minutos antes, Jickson corría calle arriba. Escuchó disparos y se asustó. No supo si eran balas, perdigones o bombas lacrimógenas. Rosmelis lo vio escapar junto a otros muchachos de la cuadra. No lo podía alcanzar. Ella corrió hasta su casa. Cuando abrió la puerta, decenas de personas entraron al mismo tiempo, como una nube de gente. Rosmelis no distinguió quiénes eran o si los conocía. Tampoco le importó en ese momento. La Guardia Nacional Bolivariana los rodeaba. Llegaron en motos, un carro negro y una camioneta blanca. A punta de perdigones dispersaron a los vecinos que tocaban cacerolas y gritaban consignas a favor de Juan Guaidó en Villa Bahía, en la ciudad de Puerto Ordaz. “Aquello fue como ver una lluvia de guardias”. Rosmelis les gritaba, los insultaba, los maldecía. Eran las 8:20 de la noche del miércoles 23 de enero. Ese día, en Caracas, el presidente de la Asamblea Nacional se juramentó como presidente encargado.

Los guardias se fueron. Rosmelis salió de la casa preguntando por su hijo menor. Fue cuando encontró la camisa tirada en la calle.

—¡Se llevaron a mi Jickson!

—Vecina, de verdad yo no sabía que era su hijo. Habían muchos guardias alrededor y mucho alboroto.

Retrato de Rosmelis Guilarte por Gustavo Ponne | RMTF

Rosmelis sintió rabia. Decidió caminar hasta el destacamento de la GNB más cercano. La acompañó la madre de otro adolescente detenido. Preguntaron por sus hijos. Les dijeron que no estaban allí. Rosmelis fue a otro comando y respondieron que Jickson no había sido recluido en sus calabozos. Pasaban de las 9:00 de la noche y en Puerto Ordaz ya no había autobuses y apenas se veían carros en las calles. Rosmelis regresó esa noche a casa sin su hijo. No pudo dormir y esperó hasta las 5:00 de la mañana del jueves para continuar la búsqueda. “La angustia me mataba. No sabía cómo estaba físicamente, cómo lo habían golpeado. Es un niño y pesa solo 28 kilitos. Pensaba que no había comido y que no se había tomado su tratamiento”.

Valprón, Valcote, Valcote ER, Tegretol, Fenobarbital. Con la escasez de medicamentos la lista de anticonvulsivos creció. Si Rosmelis no encuentra uno, pregunta por otro. La mayoría de las veces no hay ninguno en las farmacias de Puerto Ordaz, una ciudad al oriente del país a 730 kilómetros de la capital. Aunque el padre de Jickson no vive con él, también se ocupa de sus cuidados. El adolescente sufre al menos cuatro convulsiones a la semana. Puede tener una crisis cada 48 horas, o incluso cada 24 horas. A veces, Rosmelis escucha un golpe seco en el piso de la casa y sabe que es su hijo. Cuando los espasmos toman control de su cuerpo, se desploma como un tronco rígido.

—La crisis de medicamentos empeoró su condición. Pasó mucho tiempo sin tomar sus medicinas porque no las conseguíamos. Hay muchos cambios en él. Cuando convulsiona, bota más espuma y su rostro se pone más morado que antes. A veces pasa hasta media hora privado. Como consecuencia de la enfermedad, si está en una situación de estrés se puede alterar.

—¿Usted lo cuida todo el día?

—Todo el día está conmigo. Para donde yo voy, me lo llevo.

Jickson estudió hasta cuarto grado. La escuela no quiso recibirlo más y le sugirió a Rosmelis inscribirlo en una institución de educación especial. La familia no tiene suficiente dinero. A Jickson le gusta el fútbol, también cortar cabello. Su padrastro es barbero y ha sido su maestro. Cuando los niños en situación de calle aparecen en la barbería pidiendo un corte, él llama a Jickson. “Ven. Yo te voy guiando”, le dice.

Jickson en el comando

Rosmelis visitó seis destacamentos la mañana del jueves. Llegó el mediodía sin noticias de Jickson. En cada lugar la recibieron con un desganado “déjeme ver si está aquí”. Pasaba una hora, una hora y media, dos horas. El agente de la GNB regresaba para decirle que fuera a otra parte. “Aquí no está”. A la 1:30 de la tarde, la mamá de otro adolescente detenido le dijo que Jickson podía estar en el destacamento 625 de la GNB, a 17 kilómetros de la casa de Rosmelis.

—Estoy buscando a mi hijo, Jickson. ¿Está aquí?

—Aquí está, pero ni cédula tiene.

—No la tiene porque la cargo yo. Mire funcionario, estoy preocupada. Es un niño epiléptico y tiene un trauma en la cabeza, no debería recibir golpes. El guardia que lo agarró le dio varios. Unos vecinos tienen el video.

—¿Ah sí? Usted está muy preocupada, pero a la hora que lo agarraron a las tres de la mañana…

—¡Eso es totalmente falso! A mi hijo lo agarraron a las ocho y media de la noche, a más tardar a las ocho y cuarenta.

—Bueno, él está aquí, pero por los momentos solo podemos pasarle la comida que le trajo. Aunque también se te pasó la hora para eso. La comida se recibe a las doce.

—¡Por favor! Desde ayer estoy buscando a mi hijo y ahora es que lo estoy consiguiendo. ¿Cómo voy a saber yo a qué hora toca qué?

El guardia recibió la comida, pero Rosmelis no se movió de la puerta del comando. Dijo que no se iría de allí hasta ver a su hijo. Aceptaron dejarla pasar. Un guardia sentó a Jickson en una silla frente a su madre. Ella no tuvo tiempo de detallar nada. Tampoco pudo tocarlo. Fue el primer encuentro entre los dos en 18 horas. “Mami, me golpearon”, le dijo. No pudieron hablar más. Para Rosmelis aquel instante no duró ni un minuto.

El mediodía del viernes 25 de enero, los guardias trasladaron a Jickson a una oficina del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas. Hizo una larga cola junto a otros detenidos. Todos serían reseñados en las actas policiales. Lo llevaron de regreso al calabozo del destacamento a las 8:00 de la noche.

La audiencia de presentación se hizo el sábado. Fue imputado por alteración del orden público, agavillamiento y resistencia a la autoridad. Rosmelis le advierte a la jueza: “Trate de entregarme a mi hijo ahorita, es epiléptico. Ya es mucho que no le haya convulsionado a ustedes con toda la presión que tiene”. La jueza no respondió. Se lo llevaron otra vez al destacamento 625 de la GNB.

Día de visita

“¡Nada de visitas para nadie!”. El guardia en la puerta del destacamento no quería dejar pasar a los padres de los adolescentes detenidos. Era domingo, día de visita. Rosmelis exigió ver a Jickson. Le concedieron diez minutos. Le llevó su medicamento y ropa limpia. Al entrar, vio a su hijo sentado en un banco de hierro con las manos esposadas. Era el único adolescente maniatado.

—¿Por qué mi hijo está esposado y los otros no?

—Él se pone como agresivo, como loco. Corretea como si quisiera escaparse.

—¡Claro! ¡Está desesperado! Nunca ha vivido una situación así. Yo les he dicho desde un principio que él es un niño enfermo.

Jickson le contó a su madre que pasaba el día en el piso. También las noches. Si quería caminar lo golpeaban en la cabeza. “Mami, me dan cocotazos”. Si pedía permiso para ir al baño lo golpeaban con un palo en la planta de los pies. “Mami, mira disimuladamente mis dedos. Uno está morado”.

Jickson contó que lo golpearon en los pies, la cabeza, el cuello y el rostro. Fotografía de Gustavo Ponne | RMTF

Más tarde, a las 7:00 de la noche, Rosmelis recibió varias llamadas de los guardias nacionales del destacamento. “¡Señora, su hijo está convulsionando!”. Lograron estabilizarlo y media hora después sufrió otra crisis, más fuerte y prolongada que la anterior. Trasladaron  a Jickson al Hospital Uyapar. Rosmelis no lo vio esa noche, pero estaba al tanto de todo lo que pasaba. Uno de los guardias nacionales se comunicaba con ella por mensajes de texto.

A las 9:00 de la mañana del lunes, Jickson fue dado de alta. Los agentes lo llevaron de vuelta al destacamento.  

Rosmelis, junto a otras madres con hijos detenidos, protestaron frente al Palacio de Justicia para exigir la liberación de los niños y adolescentes. Supo que el grupo de la GNB que llevó a su hijo al hospital no informó ese traslado a la jueza que llevaba el caso. Rosmelis no tenía constancia de las complicaciones de salud que había presentado Jickson la noche anterior. Cuando creyó que sería liberado, le dijeron que debía esperar un acta de los guardias que registrara que había sido llevado al hospital por una crisis epiléptica.

Los padres de Jickson esperaron hasta las 5:00 de la tarde del lunes. El acta seguía en blanco. La jueza les pidió regresar al día siguiente y aseguró que el adolescente podría ser liberado. Se despidieron de la abogada. Esta vez entró el papá del joven detenido al destacamento. Llevaba la pastilla de anticonvulsivo que Jickson debía tomar en la noche.

En libertad

Jickson caminaba hacia la salida del tribunal mientras Rosmelis le besaba la cabeza. Una de sus hermanas también estaba a su lado. El muchacho le regresó a su mamá un envase de comida vacío, tal vez del día anterior. Se abrazaron. El martes 29 de enero, el adolescente regresó a casa.

Luis Manuel Guevara, abogado del caso, explicó a la prensa en las afueras del tribunal que Jickson recibió una medida cautelar, con régimen de presentación cada 30 días. El tribunal exigió la presentación de tres fiadores, “cada fiador debería devengar tres salarios mínimos”. Guevara los llamó “impedimentos del tribunal”. Rosmelis irá a la Fiscalía para denunciar los maltratos que recibió su hijo desde el momento en que fue detenido. Primero debe terminar el procedimiento abierto el 23 de enero. Jickson estaba rodeado de micrófonos, grabadores, cámaras y teléfonos inteligentes. Respondió algunas preguntas a los periodistas. Contó que le dieron cachetadas y golpes en la cabeza, y que una mujer de la GNB lo maltrataba. Los reporteros se fueron y él regresó a los brazos de su madre. Ya no quería estar allí. “Mami, quiero irme a casa”.


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