Entrevista

Miguel Pizarro: “Ni Maduro es Ho Chi Minh ni Venezuela un Viet Cong”

por Oscar Marcano

El diputado Miguel Pizarro retratado por Roberto Mata | RMTF

17/02/2019

En febrero de 2018, la oposición se levantó de la mesa de diálogo en República Dominicana, desconoció las elecciones presidenciales del 20 de mayo y logró que 46 países las considerasen espurias. El 5 de enero de este año, la Asamblea Nacional eligió al diputado Juan Guaidó, presidente de la misma. El 10 comenzaba, en teoría, un nuevo período presidencial, pero el 15 de enero la Asamblea declaró la usurpación del cargo por parte de Nicolás Maduro, y se produjo la juramentación de Guaidó como Presidente encargado, obteniendo el reconocimiento de 51 países. En paralelo, aprueba una ley de Amnistía para absolver a militares y civiles que, apegándose al artículo 333 de la constitución, colaboren en la restitución del orden constitucional. A partir de entonces, y luego de un balsámico periodo de catarsis guaidociana, la ayuda humanitaria se ha convertido en la piedra angular de la política. Lo que nos trae obligatoriamente a Miguel Pizarro, presidente de la Comisión Especial de Seguimiento a la Ayuda Humanitaria y responsable de la Estrategia Nacional de Atención a la Emergencia Humanitaria Compleja.

–¿Qué hizo que el foco de la estrategia de la oposición se desplazara a la empresa de la ayuda humanitaria como punta de lanza?

–En 2016, cuando esta nueva mayoría ganó la Asamblea Nacional, una de sus primeras acciones fue declarar la emergencia humanitaria compleja, acción que el régimen bloqueó usando su Tribunal Supremo de Justicia. Lo reintentamos en 2017 con una ley que trascendía la declaratoria y pasaba a su aplicación, pero de nuevo fue bloqueada por la misma vía. ¿Por qué pongo estos antecedentes en contexto? Porque el cuadro al que llegamos hoy, donde el 60% de nuestras medicinas no se consigue aunque se tenga el dinero, donde el 85% del equipamiento médico de nuestros hospitales no funciona, el 90% de las emergencias están fuera de servicio y el 90% no tiene agua ni luz regular ni rotación de insumos necesarios, se pudo haber evitado. El hecho de que 4 de cada 10 niños que van a escuelas públicas tengan problemas de talla y peso, es decir, no estén creciendo ni nutriéndose como deberían por carecer de la alimentación necesaria; el hecho de que Venezuela supere a todos los países de América Latina en desnutrición crónica con las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo, nos pone en un escenario donde no es que hubo un terremoto, no es que cayó un meteorito, es que el diseño político de quienes están en el poder nos condujo a una tragedia. Por eso es una emergencia humanitaria compleja, porque fue producida por la labor del hombre, por decisiones del hombre, por obra de los que están en el poder. Y estas cifras tienen nombre y apellido: es Susana, una mamá del J. M. de los Ríos, cuya hija falleció por falta de insumos; es Mauricio, quien en un derecho de palabra en la Comisión para hablar como paciente VIH positivo, de los cinco minutos que duró su intervención, cuatro minutos y medio los pasó diciendo nombre, apellido, cédula y edad de quienes habían muerto por falta de un tratamiento que en cualquier lugar del planeta es rutinario. Nosotros, desde la Asamblea, tomamos una decisión de fondo: estamos construyendo los embriones institucionales del futuro. Y ya no actuamos como una alternativa: actuamos como una fuerza que se prepara para ser gobierno. Sabemos que la iniciativa humanitaria no resuelve la crisis social, pero le pone un parado a ese destino seguro que es la muerte en las condiciones actuales. Y estos embriones institucionales del tema humanitario permitirán auxiliar a quienes hoy están en la espiral de la miseria, esos 300.000 venezolanos en condición de vida o muerte. Basta con escuchar a Francisco o a Jesús, dos pacientes de diálisis, cuando dicen que cada vez que les toca conectarse a la máquina sienten pavor por no saber si se van a levantar vivos de ella, porque se va el agua, porque no destila bien, porque no funciona como tiene que funcionar. Es lo que hoy nos mueve a que esto, que si bien es una realidad política, sea primero una realidad social. En la Asamblea tenemos un plan estratégico que divide en tres etapas la atención humanitaria. Tenemos una hoja de ruta que determina cuáles son las poblaciones vulnerables, un mecanismo de control y transparencia para establecer el acompañamiento de las organizaciones, pero además, tenemos una decisión política: lograr empoderar a quienes durante años han venido haciendo un trabajo casi clandestino para que la emergencia humanitaria tenga mecanismos que la mitiguen. Solo quien ignora el desastre o a quien no le importa, es capaz de juzgar la ayuda como limosna, como intervención militar solapada o como herramienta política de confrontación.

–¿Cómo terminó Miguel Pizarro al frente de la Comisión Especial para el Seguimiento de la Ayuda Humanitaria Compleja? 

–Fue una decisión de la presidencia de la Asamblea Nacional. La tomó Juan Guaidó. Su idea era que quienes estábamos a la cabeza de las áreas programáticas pudiéramos asumir tareas estratégicas. Pero aparte de ese mandato político, tengo una razón muy mía, y es mi hermana. Mi hermana no está aquí por la misma emergencia. Tiene un tumor cerebral no operable por la zona donde está ubicado. Durante mucho tiempo tuvo su tratamiento –vivía en Maracay–, hasta que un santo día la corrupción se lo arrebató. Por un tiempo se intentó traer de fuera pero no se pudo. Al no recibirlo se empezaron a presentar episodios de parálisis; primero de la cara, luego de un brazo, después pasó a ser una parte del cuerpo. Mi hermana empeoraba y tuvo que migrar justo en la campaña electoral. En el momento en que salí electo diputado me tocó ir a Maiquetía a despedirla. Ya fuera, pudo retomar el tratamiento y superar la parálisis. Ahora puede trabajar, atender a su hija. Pero lo justo es que eso hubiese ocurrido aquí en su país, que se estuviese tratando acá, no en otro lado.

–De acuerdo con los estándares internacionales, ayuda humanitaria es la transferencia de recursos de un donante a un receptor para salvar vidas y aliviar el sufrimiento de una población aquejada por una crisis. Por otra parte, es a corto plazo, no puede sustituir al gobierno ni resolver los problemas estructurales del país afectado, además de no tener fines políticos, comerciales ni militares. Vayamos por parte: ¿quiénes son los donantes?

–Contamos con tres fuentes de apoyo. La primera son los gobiernos y los países. Entre estos tenemos a Estados Unidos, a Colombia, que ha ayudado mucho, sobre todo en el tema logístico, a Alemania, Canadá, Chile, Francia y Reino unido. Con algunos de estos países estamos en el tránsito entre la oferta y el papel técnico, que lo convierte en demanda, porque hay algo que queremos explicar: nosotros no administramos recursos. La Asamblea Nacional no administra dinero. Para cada oferta que hace un gobierno hay un documento técnico preparado por Julio Castro, Luis Pedro España, Omar Zambrano, muchas de las organizaciones no gubernamentales cuyas siglas nos reservamos para protegerlas, muchos expertos, algunos muy convencidos, otros no tan convencidos, pero aportando igual su conocimiento para que esto tenga sentido. La ayuda humanitaria comprende rubros muy específicos: auxilio alimenticio, suplementos nutricionales, equipamiento médico, insumos de las medicinas crónicas esenciales y recurrentes, y todo aquello que involucra tratamientos hospital-dependiente y de personas en riesgo de vida o muerte por su condición. Ese es el cuadro. Y en él tenemos una primera línea de donantes que son los países y los gobiernos. Luego están las agencias de cooperación, las cuales dependen en algunos casos del ejecutivo de sus países. En otros casos de privados que prestan su ayuda. Aquí contamos con agencias de cooperación norteamericanas y europeas. Y la ayuda no es solamente lo que envían. Comprende también capacitación de organizaciones no gubernamentales, ampliación de mecanismos de transparencia y seguimiento en la distribución, tecnología de acopio y distribución logística. Porque la ayuda humanitaria no es un inventario que está en un galpón en Cúcuta, cruza la frontera y entra a Venezuela. Eso es un primer paso. A partir de ahí hay que distribuir de acuerdo a prioridades, a unos espacios nodriza, unos tejidos capilares naturales para que la ayuda efectivamente llegue. El proceso requiere de una base de voluntarios que permite detectar, ayudar, acompañar. Exige respetar cuatro principios que para nosotros son sagrados: Uno, Humanidad. El sufrimiento debe ser atendido donde esté y la gente no puede ser utilizada para ningún fin distinto a ayudar. Dos, Transparencia. Que todo lo que llegue, efectivamente llegue, y pueda ser auditado. Tres, No politización. Que nadie sea pasado por un prisma político ni el proceso sea implementado por ningún partido, sino por el cuarto punto, que es Institucionalidad y coordinación, que es que nosotros, desde la institución, nos convirtamos en un ente que facilita procesos pero no los protagoniza. Y tenemos una tercera fuente de donantes que es la diáspora, nuestros hermanos venezolanos fuera. De esos 3 millones, hemos detectado que por lo menos el 10% está en disposición de montar mecanismos de ayuda verdadera, de acopio, de distribución, incluso de poder ayudar directamente a personas. Esa tercera vía para nosotros es muy importante, y queremos visibilizarla en desmedro de una narrativa obstruccionista que ha restado protagonismo a una ciudadanía que a lo largo de todos estos años se la ha jugado por el futuro aquí y fuera de Venezuela.

–¿Quiénes son los receptores?

–Los más vulnerables. En esta primera etapa, mientras luchamos contra la usurpación, sabemos que la expectativa debe ser manejada de manera correcta, porque una mala expectativa es tan dañina como una mentira vociferada. En esta primera fase perfilamos un primer sector de 300.000 venezolanos que están en rango de vida o muerte y requieren atención por riesgo nutricional o por acompañamiento médico. Han sido detectados por la vía de las redes de médicos, la Encuesta Nacional de Hospitales, la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de la Población Venezolana (ENCOVI), el Estudio Nacional de Pobreza, y la data de atención de las organizaciones de manera directa.

–Aunque se haya reiterado en múltiples declaraciones que la ayuda humanitaria no es un tema político, para mucha gente –y particularmente para el gobierno– lo es. Cosa que demuestra con su miedo. Claramente la preocupación oficial no es ni la soberanía ni la integridad territorial, porque ambas las entregó hace tiempo a distintos factores extranjeros que van desde Cuba y China hasta grupos de irregulares armados. Basta ver el desguace ambiental del mal llamado arco minero. El miedo del gobierno parece apuntar a que detrás de la ayuda humanitaria se produzca un proceso de desalojo forzado del poder. O lo que es lo mismo: que esta se convierta en una suerte de caballo de Troya.

–El miedo es natural en aquel que ha actuado infundiéndolo. Pero la ayuda humanitaria no es un caballo de Troya. ¿Cuál es nuestro ejército? Médicos, enfermeras, pacientes, familiares, víctimas. Nosotros queremos que la ayuda entre sin confrontación. Que no solamente entre una vez, sino que se establezca un corredor humanitario que haga recurrente el sistema de ayuda, mientras podamos construir los paliativos de esta crisis. Y querer eso implica que estamos dispuestos a hacer toda la presión diplomática y política para que ocurra. Desde lo que han venido haciendo instituciones como la Iglesia, hasta el llamado que ha hecho el grupo de contacto europeo, el cual ha dejado solo dos conclusiones como tarea de su misión: elecciones libres y que la ayuda humanitaria entre al país. En su discusión no está cómo preservar a Maduro en el poder ni cómo estabilizarle las condiciones políticas. Aquí hay una decisión del mundo entero para que se dé un proceso de cambio. Nosotros estamos dispuestos a ir a la frontera a conseguir que la ayuda entre. Estamos dispuestos a organizar a médicos, enfermeras, a sacerdotes, monjas, pacientes, familiares, y a reclamar nuestro derecho para que la ayuda arribe al país. Pero hay una cosa de fondo. Nosotros hemos planteado una ruta, que es el cese de la usurpación. Eso quiere decir que quienes hoy ilegítimamente están en el poder deben entender que la única forma de que no siga la presión, que no se siga estrangulando a los corruptos en términos financieros y manteniendo la presión diplomática, es haciendo que quien hoy encabeza ilegítimamente el poder ejecutivo, deje de estar ahí. Y este mensaje no es a Maduro. Es a todo su entorno, a los que saben que con cada día que pasa en la silla presidencial, tienen menos opciones, menos plata, menos espacio, menos destinos. Y que la preservación de ellos individualmente pasa por entender que el único estorbo para su absolución y las soluciones que el país requiere es Maduro.

–Pero eso no contesta la pregunta. 

–Hacia allá voy. ¿Quiénes tienen hoy la pelota en su terreno? Quienes han cerrado las puertas a todas las opciones políticas. Y sobre el tema militar y humanitario, lo repetimos con responsabilidad: nosotros no queremos confrontación. Queremos que la ayuda entre en paz. Nos hemos estado organizando a través de la ciudadanía para que así sea. Y parte de que aquí no haya una amenaza soterrada, es que quienes hoy están en el poder y saben que la ayuda debe entrar, no crucen la delgada línea y por razones políticas e indolencia intenten generar una confrontación entre civiles desarmados, equipos logísticos que han apoyado para que esto funcione y los insumos que hacen falta, versus una fuerza armada que claramente no quiere tomar esta decisión.

El diputado Miguel Pizarro retratado por Roberto Mata | RMTF

–Algunos entes internacionales, expertos en crisis y ayuda humanitaria, así como diferentes ONG han manifestado su preocupación al ver lo humanitario trasegado por la agenda diplomática y política. Se muestran temerosos también de que la ayuda pueda entrar por la fuerza. El propio Francesco Rocca, presidente internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, ha reiterado la sensibilidad del tema.

–Comparto la preocupación de que el repertorio político hoy tenga el tema humanitario como centro. Pero ¿qué nos trajo hasta acá sino la negativa e indolencia de quienes durante años, pudiendo impedir esta tragedia no hicieron nada para evitarla? Reclamar un derecho no es politizar el derecho. Al final, nosotros no podemos quitarnos la gorra de parlamentarios y decir que somos otra cosa. Estaríamos convirtiéndonos en lo mismo que toda la vida hemos criticado. Por eso vuelvo donde empecé: el enrarecimiento de este clima político en el que estamos hoy es producto del merengue que hizo quien está en el poder. Nosotros lo intentamos con el Vaticano, lo intentamos en Dominicana, lo intentamos en la calle. ¿Cuáles eran nuestras cuatro exigencias? Uno, que se respetara la Asamblea Nacional y sus competencias; dos, que los venezolanos pudieran elegir libremente; tres, que se liberara a todos los presos políticos; cuatro, que se procediera a la ayuda humanitaria. Esas han sido nuestras reclamaciones desde hace años. Ahora, cuando por primera vez las cuatro exigencias tienen rostro, tienen presión, tienen resultados, es natural que muchos sientan que van a quedar en medio de dos fuerzas que se estrellan. Pero para quedar en medio de dos fuerzas que se estrellen hace falta que una de ellas esté decidida a llevarse a la otra por delante, y nosotros no somos esa fuerza. No queremos llevarnos a nadie por el medio, sino al contrario, incorporar. Sobre los organismos multilaterales y las agencias que han venido interviniendo, yo creo que más que una negativa, uno puede hacer una línea de tiempo en referencia a cómo ha ido migrando su opinión. Empezaron en la negativa absoluta. Luego dieron un paso al reconocimiento de la necesidad pero con la preocupación diplomática y política. Seguidamente dieron un paso más a la exigencia de que las autoridades militares y civiles que tienen la responsabilidad permitan que la ayuda entre sin confrontación. Y en el caso de la Cruz Roja dieron un paso más, y han dicho: yo no puedo meterme en la entrada, pero si la ayuda entra al país, estamos a la orden para el trabajo logístico, de distribución y acompañamiento. Entonces, tener esa línea de tiempo clara permite demostrar que nosotros estamos actuando institucionalmente y en el marco correcto para convencer a los actores internacionales de que el camino humanitario es la ruta apropiada para paliar la crisis.

–El gobierno la tiene difícil. Si obstaculiza la entrada pierde y si la permite también. Si la impide evidencia crueldad y desidia. Si la permite demuestra su fracaso y el reconocimiento implícito de su responsabilidad en la crisis humanitaria. ¿Qué pasa si para evitarse el trauma el gobierno permite el paso de la ayuda humanitaria? ¿Qué pasa si dice: “Es más, vamos a escoltarlos y a asegurarnos de que los cargamentos lleguen a las instancias que ustedes han designado?

–Esa actitud nos llevaría a la segunda etapa de este esfuerzo: la construcción de un canal humanitario recurrente que permita que la primera ayuda que llega a 300.000 ciudadanos, en el segundo envión llegue a 600.000. Además nos permitiría demostrar muy claramente el contraste entre el problema y la solución, la diferencia entre la corrupción y la improvisación versus la transparencia y la planificación. La sociedad entera, sobre todo los más necesitados, que han sido el corazón de su narrativa política durante años, tendrían la experiencia directa de que nosotros, que según ellos vamos a arrebatarles sus conquistas cuando estemos en el poder, seamos los que traigamos la redención y el progreso. Porque en esta fuerza que hoy se consteliza está la posibilidad de solución, pero no de la solución paliativa, no del trapito caliente, sino la implementación de un plan que empieza por lo humanitario, pasa por un programa de emergencia y nos lleva a un programa de estabilización.

–¿Qué pasa si se obstaculiza la entrada?

–Aquí no hay una sociedad dispuesta a inmolarse por el gobierno. Aquí no hay ejército que se quiera sacrificar por él. Veamos los ejercicios militares de Angostura. ¿Quiénes fueron los protagonistas de los ejercicios militares de Angostura? Fueron unos milicianos que estaban bailando ska. ¿Por qué en los ejercicios civiles de Angostura no hicieron el despliegue de infantería y de aviación que hacían antes? ¿Por qué no están utilizando a la Guardia Nacional y a los órganos  naturales de la Fuerza Armada para la represión sino al Faes? ¿Por qué la persecución a los dirigentes políticos hoy no está recayendo en la contrainteligencia militar y el Sebin, como hacían antes, sino en los colectivos y la inteligencia social? Porque en el fondo hay también unos nodos del poder que tampoco están dispuestos a inmolarse por quién está ahí. Pero además, no hay un país que les acompañe. Yo he visto dos cosas de ellos que son profundamente preocupantes. Primero, cómo se refiere Maduro a Estados Unidos y a los norteamericanos cuando habla de Venezuela: “No queremos un nuevo Vietnam”, dice. ¡Pero es que aquí ni Maduro es Ho Chi Minh ni Venezuela un Viet Cong! Aquí no existe una sociedad que quiera tomar las armas en defensa de un proceso que siente como su redención. Tampoco va a haber un Gadafi o una Libia, porque la fuerza que reclama el derecho es una fuerza profundamente civil y pacífica. Aquí más bien hay que agradecer la madurez política de esta sociedad porque no hay nadie en armas: aquí no tenemos un poco de paracos, ni un poco de guerrilleros que hayan tomado un camino distinto para salir de esto y cambiar el poder.

–En otro orden de cosas, usted viene de tradición familiar de izquierda por los dos lados. ¿Cómo procesa usted la frivolidad de una parte de la opinión pública internacional de izquierda, ciertos intelectuales y periodistas que, incapaces de superar las viejas categorías de la guerra fría, voltean la vista ante el problema de los muertos por la represión o la misma crisis humanitaria venezolana? Es la misma añosa tradición de hacerse la vista gorda ante los 18 millones de almas que pasaron por los campos de concentración de Stalin, el millón de cuadros que en el propio Partido Comunista mandó a matar. Para ellos no hubo exterminio de polacos en el bosque de Katyn ni Holodomor ucraniano. A sus espíritus superiores no les importaron los 20 millones de víctimas de las hambrunas del camarada Mao. En su comodidad, Fidel sigue siendo Prometeo y la tragedia venezolana un chiste mayamero, al igual que las masacres de Ortega en Nicaragua. Son esos a los que el filósofo Mark Lilla denomina filotiranos. Para ellos hay crímenes buenos y crímenes malos. Los buenos, los que se atribuyen a la causa superior del socialismo, no cuentan.

–Yo empecé por la indignación, y eso me llevó a comprender que mi trabajo no es molestarme con ellos, sino demostrarles lo equivocado que están al predicar rebeldía, al predicar emancipación y no ser capaz de emanciparse de su propia ortodoxia. Mientras la RDA existía, nadie de izquierda fue capaz de hablar de la existencia del muro de Berlín. Pero una vez caído, una de las banderas más grandes de toda la izquierda fue que nunca más existiese un muro que divida. Si algo tienen en común todas las izquierdas es que, mientras Stalin vivía y la cortina de hierro funcionaba, los gulags nunca fueron tema. Pero una vez que todo eso se va por la borda, se convierte en bandera el que no existan campos de concentración. Lo que yo creo es que hoy en día, aunque nos indigne, no somos nosotros quienes tenemos que juzgar a esos intelectuales. Ellos están juzgándose a sí mismos aunque no lo digan. Saber que aquí se muere gente porque no hay comida y no hay medicinas pero no poder mover el bolígrafo para decir lo que tienes que decir, en el fondo solamente te hace víctima de ti mismo. En el fondo hace que cuando llega la noche y pones la cabeza sobre la almohada, tengas que volver a reflexionar sobre lo que estás defendiendo y sobre lo que estás callando. Yo he aprendido en este proceso la tranquilidad de actuar con plena conciencia y asumir las consecuencias de lo que hago, pero también de sentir lo que ocurre afuera como propio. Es lo que permite que uno duerma tranquilo. Al final, esa intelectualidad de izquierda se ha refugiado en un par de lugares comunes muy básicos. El primero es Estados Unidos. Se les olvida que hay casi 60 países que reconocen el interinato de Guaidó, y se quedan encerrados solo en uno para, desde ese uno, no tomar postura. Esto no es Estados Unidos. Esto es Luxemburgo, esto es Letonia, Rumania, Andorra, Alemania, Francia, Reino Unido, Brasil, Argentina, Chile, Perú y un largo etcétera. El mundo democrático entero decidió que no más, que no se calan más un sistema donde la gente muere por razones que fueron superadas incluso antes de que los salvadores llegaran a hundirnos en la miseria. El que hoy hace un artículo diciendo que en este país ha disminuido la derecha y la diferencia social y que aquí todo el problema es un embargo económico que está acabando con una revolución socialista que empodera a los más pobres, cuando llegue el momento donde los más pobres tengan voz y se expresen como sabemos que se van a expresar, y este país tenga un resultado electoral de 80-20, no por nuestras clases medias, no por nuestra diáspora, sino porque los pobres decidieron no ser más siervos de un Estado, ahí van a tener un hecho claro del cual no podrán escapar. Quienes siempre han dicho que esto es una revolución trascendental que ha cambiado la forma en la que se distribuye la riqueza, cuando en este país terminen de salir todos los papeles que existen y termine de demostrarse cómo fue la distribución de esa riqueza durante estos 20 años, no van a tener dónde meter esa media verdad que utilizaron de excusa. Y eso nos lleva a lo que creo es un tema de fondo: cuando las cosas son una excusa y no son una razón, tú no puedes discutirla como una razón para desmontar la excusa. Hay que entenderla como una excusa y a esa excusa solo se le puede responder con la fuerza de la realidad y de la verdad. Indignémonos, sí, pero nuestro rol no es acusarlos. Nuestro rol es demostrarles por la vía de los hechos una verdad que es mucho más grande que su temor. En el fondo, lo que ocultan esos intelectuales y esos periodistas es miedo. Miedo a decir me equivoqué. Miedo a decir que lo que yo teoricé no funcionó. Miedo a reconocer que el proceso que acompañé, al que doté de narrativa, al que le construí visión de trascendencia, se convirtió en lo mismo que siempre criticaron.


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