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Retratos, hitos y bastidores

Hacia las quintas de este

por Arturo Almandoz Marte

14/11/2019

Casa Tucker (Quinta Atalaya), Campo Alegre, 1936 | Atribuida a Manuel Mujica Millán, arquitecto. ©ArchivoFotografíaUrbana

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La expansión de su ciudad había sido cuestión discutida por caraqueños desde finales del siglo XIX, cuando las zonas residenciales populares del norte, así como El Paraíso de caché al suroeste, configuraban un panorama de incipiente pero incontrolada extensión. Era un problema que ya preocupaba al Ingeniero Municipal E. Gómez Franco en su reporte de 1896 ante la Gobernación:

“Es urgente que la Municipalidad preste atención a este asunto y que ordene la delineación de nuevas calles hacia las afueras de la ciudad, el estudio de las obras de arte indispensables para unirlas a las existentes, la formación, en fin, de un proyecto de ensanchamiento que satisfaga debidamente las exigencias de una ciudad que ha alcanzado ya la altura de Caracas, tanto por el aumento de su población como por el desarrollo de sus industrias».

Al igual que el ingeniero municipal, a comienzos del nuevo siglo muchos de los habitantes vislumbraban el suroeste y el norte como las direcciones más naturales para la extensión de la capital; sin embargo, la emergente conciencia sanitaria cambiaría el enfoque artístico que la municipalidad parecía dar a la cuestión. En Causas que contribuyen a la mortalidad en Caracas y medidas que tienden a combatirlas (1904), el médico Arturo Ayala había señalado que las facilidades de provisión y disposición de aguas eran factores insoslayables al seleccionar el terreno para la extensión de las ciudades. Pero fue el ingeniero Carlos E. Linares quien, en un artículo publicado en 1912 en la recién creada Revista Técnica del Ministerio de Obras Públicas, formuló el problema de la extensión urbana en los términos requeridos por el nuevo enfoque higienista:

«La importancia del lugar donde debe fundarse una ciudad, así como aquel al cual deben extenderse las ya existentes, exige cuidado especial, pues debe atenderse para ello, en primer término, á la salubridad del punto que se escoja; lo que implica la facilidad de conseguir agua potable, sin gran costo, y suficiente para abastecer la población radicada y flotante que existe en la ciudad y sus alrededores, así como también para las industrias que se establezcan, riego de plazas y demás arboledas necesarias para el embellecimiento de éstas; a la facilidad del establecimiento de acueductos, cloacas y calles amplias y de poca pendiente; a la comodidad y economía de las construcciones; y en fin, á todo aquello que tienda a hacer saludable, cómoda y bella la ciudad y á facilitar el desarrollo de sus industrias».

En vista de los factores mencionados, el autor consideraba que los terrenos irregulares del norte no eran apropiados ni ventajosos para la extensión de la capital, mientras que los poblados del este sí satisfacían las condiciones «para delinear un pintoresco y uniforme ‘Nuevo Caracas’”. Manifiesta su elección, Linares procedía entonces a justificarla en términos de calidad del terreno, factibilidad para construcciones, salubridad, cloacas y provisión de agua, todo ello fundamentado con abundantes estadísticas y vocabulario técnico.

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Además de los argumentos sanitarios, entraba en juego la dinámica expansiva de Caracas, vertebrada a lo largo de la carretera del Este. El primer trazado de esta había sido inaugurado en mayo de 1873, acogiéndose a los cálculos de los ingenieros Agustín Aveledo y Manuel María Urbaneja, bajo la supervisión de Francisco de Paula Torres. Sobre ese trazado original, y siguiendo las prioridades establecidas por el gobierno de Gómez con respecto a la construcción de carreteras, la vía fue macadamizada, procurando “así el tráfico rápido y fácil de carretas ordinarias y vehículos automotores”. Aunque tal labor no estaba completada en sus planes originales hasta Caucagua, ya para 1916, Luis Eduardo Power proclamaba con orgullo gomecista:

“La importante vía de que nos venimos ocupando tiene hasta Guatire más de 48 kilómetros; de ellos hay, hasta el presente, 36 kilómetros completamente traficables y diariamente traficados, con gran proyecto y beneplácito del público, pues propietarios y jornaleros no cesan de rendir sincero, espontáneo y justiciero aplauso y homenaje al Benemérito Patriota, quien al realizar sus grandes proyectos contribuye como primer factor al desarrollo, prosperidad y civilización, no sólo al centro de la República sino también de sus más apartadas regiones”. 

Por otro lado, desde la segunda década del siglo, el carro había permitido a los caraqueños pudientes veranear en «casas de campo» en poblados del este, mientras conservaban sus residencias urbanas en el centro. Así se describe con frecuencia en las excursiones y los picnics de novelas contemporáneas, desde Peregrina (1922) de Manuel Díaz Rodríguez, hasta Fiebre (1939) de Miguel Otero Silva. Pero la extensión oriental vino a ser asumida como opción más permanente desde comienzos de la década de 1920, con la promulgación de un decreto de la Gobernación del Distrito Federal, el cual favorecía el ensanche de Caracas en esa dirección, entre el río Guaire y la carretera del Este. 

Ensanche Campo Alegre, 1935 | Atribuida a Manuel Mujica Millán, arquitecto. ©ArchivoFotografíaUrban

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Las medidas y las obras para mejorar la carretera del Este apuraron las iniciativas de promotores privados para urbanizar antiguas haciendas aledañas, lo cual era una respuesta concreta a la necesidad de las clases altas y medias de escapar del centro congestionado. Fue entonces cuando empresarios como Luis Roche, Santiago Alfonzo Rivas y Juan Bernardo Arismendi iniciaron la construcción de Maripérez, La Florida, El Recreo, Country Club, La Campiña, Campo Alegre, Los Palos Grandes, Los Chorros y Sebucán, entre otras urbanizaciones al este del centro. Con grandes parcelaciones y un patrón vial más orgánico, la vista aérea de Campo Alegre y el Country Club en 1937, provista por el recién creado Servicio Aerofotográfico del Ministerio de Obras Públicas –imagen que  reposa en el Archivo Fotografía Urbana– es muestra de ese proceso expansivo.

En las eclécticas “quintas” de las nuevas «urbanizaciones» – venezolanismos ambos consolidados entonces – un nuevo grupo de arquitectos estudiados en el exterior pudo complacer el apetito estilístico de la próspera burguesía gomecista. El español Manuel Mujica Millán y el venezolano Carlos Guinand Sandoz sedujeron a sus clientes con las quintas «neocoloniales», «neobarrocas» y «vascas», recreaciones chic del así llamado mission style de California. Ejemplo señero es la casa Tucker o quinta Atalaya, atribuida a Mujica, la cual aparece soberbia en la imagen del Archivo Fotografía Urbana, recortada contra el Ávila y precedida por la rotonda de Campo Alegre.

También se experimentó con nuevas tipologías urbanísticas. El Country Club fue contratado a la empresa Olmsted Brothers –la misma responsable del diseño del Central Park de Nueva York– expandido en torno a la casona diseñada por Guinand Sandoz, en una  atmósfera monacal propia del nuevo estilo. Por su parte, en los terrenos de la antigua hacienda “Pan Sembrar”, Mujica concibió la urbanización Campo Alegre como un desarrollo de “ciudad jardín”, presidida por la iglesia Nuestra Señora del Carmen, en estilo neocolonial, reminiscente de la renovación que hiciera del Panteón Nacional en 1930.

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Tal como lo prueba la quinta Las Guaicas, residencia del propio Mujica Millán en Campo Alegre, en esas urbanizaciones del este también se innovó con tendencias más modernas, oscilantes entre el cubismo arquitectónico y el yacht style. Manifestaciones más espectaculares aparecieron en el centro menos residencial pero más bullente, donde Guinand Sandoz y Gustavo Wallis diseñaban los primeros cines de Caracas, partiendo de su versión tropical del estilo internacional y del art déco. Destacó el teatro Principal, diseñado por Wallis entre 1928 y 1931, el cual estuvo entre los primeros con estructura metálica, tratamiento acústico y 1.000 butacas de aforo. Junto a otras edificaciones catalogadas en la exposición Wallis, Domínguez y Guinand. Arquitectos pioneros de una época –organizada por la Galería de Arte Nacional (GAN) en 1998– también destacaron los cines Coliseo y Continental, de Mujica Millán, ambos inaugurados en 1934.

El abigarrado eclecticismo de esa sociedad que cambiaba de piel se desplegaba asimismo en la decoración interior de nuevas viviendas y clubes, tal como atestiguaron visitantes extranjeros. A comienzos de la década de 1920, el comisionado comercial estadounidense, Purl Lord Bell, fue invitado a residencias de gente acomodada, cuyos recibos eran «como un salón francés, con alto techo, pesados tapices, pesadas cortinas de encaje con tapicería sobre las colgaduras, muebles tapizados y estatuillas de porcelana, grandes espejos de pared dorados a la francesa, y así por el estilo…». Hacia finales de la década, durante su visita al campo de golf y el «excelente bar americano» del Country Club, lady Dorothy Mills hizo un guiño ante la rara combinación de estilos en el exclusivo rendez-vous de la Caracas gomecista, diseñado por Guinand Sandoz; «palos de golf y cocteles lucían como una extraña incongruencia en un marco copiado de un viejo monasterio español, alto y sombrío, de caoba oscura y mosaicos delicadamente coloreados», apuntó la aristócrata inglesa en The Country of the Orinoco (1930).

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Mientras continuaba la expansión burguesa hacia el este, El Paraíso siguió recibiendo familias migradas del centro, cuyo éxodo fue favorecido por obras para el primer suburbio caraqueño, tales como la extensión de las líneas de tranvía y la inauguración de la avenida 19 de Diciembre. La palaciega mansión Las Acacias, construida por Alejandro Chataing para la familia Boulton, todavía señoreaba el paisaje en el crepúsculo de la Bella Época. Pero los presentes gubernamentales y el glamour burgués parecían mermados al comenzar la década de 1930, cuando el ingeniero Edgard Pardo Stolk se quejó de la insalubridad del río Guaire como la gran causa del abandono de El Paraíso en tanto principal «ensanche lógico de Caracas». Asimismo, en un proyecto de saneamiento publicado en la Revista del Colegio de Ingenieros de Venezuela, Pardo demandaba obras sanitarias para mantener el estatus residencial del área. No en vano, aludiendo al río vecino en trance de contaminación, sentenció un linajudo habitante del centro venido a menos, en medio de la Caracas recreada por Mario Briceño Iragorry en Los Riberas (1952): “la gente de El Paraíso lo que tiene más que nosotros es la vecindad del Guaire, que no huele a flores”.

El suburbio chic de la Bella Época ya no guiaba el desplazamiento burgués en el ocaso de los Años Locos. Tras los médicos e ingenieros haber incorporado criterios higiénicos y técnicos al análisis de la expansión urbana, la élite caraqueña migró definitivamente hacia el este, pero esta vez con garantía técnica y aprobación oficial. La capital venezolana rompió así una tradición continental de crecimiento en pos del primer paso de las clases altas, pauta que fuera respetada en la mayoría de sus congéneres latinoamericanas hasta la década de 1930, tanto en términos residenciales como comerciales. Pero en Caracas, puede decirse, el debate higienista de entre siglos, junto a la expansión de la carretera, apuraron la migración burguesa hacia las quintas del este, axial para estructurar la metrópoli por emerger. 


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