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Perspectivas

Gao Xingjian, un hombre solo

por Adolfo Calero

Fotografía de GUILLAUME SOUVANT | AFP

06/09/2019

Gao Xingjian (Ganzhou, China, 1940) recibió el premio Nobel de Literatura en 2000 como reconocimiento a su carrera, la cual desarrolló sobre todo en Francia, país al que llegó en 1987. Poeta, dramaturgo y artista plástico, Xingjian es conocido en Occidente sobre todo gracias a su narrativa, en especial por las novelas La montaña del alma (1990) y El libro de un hombre solo (1999), ambas netamente autobiográficas e integradoras de la experiencia vital del autor en China.

En tal sentido, la narrativa de Xingjian se constituye mediante anárquicas exploraciones de la memoria, fermentadas en un largo exilio interior e inexorablemente vinculadas al Gran Dragón de sus pesadillas: la República Popular China. Así, la protesta del régimen comunista chino por el Nobel del autor puede considerarse el corolario de una relación más que tormentosa entre éste y la gran nación asiática, la cual, paradójicamente, formó la materia esencial con la que ha moldeado su literatura. Para Xingjian, el comunismo chino y, sobre todo, la figura monolítica de Mao Zedong, han marcado de manera indeleble su conciencia y aproximación al ser humano, desembocando en la necesidad de una escritura impregnada de matices agriamente evocadores, maraña de memorias eróticas, políticas y familiares que discurren en flujos liberados de toda prescripción estilística o retórica.

Proveniente de una familia pequeño-burguesa, el comunismo hizo sentir a Xingjian extraño y hostil en su propio país. El padre vivió muchos años bajo la sombra de un expediente por falsa tenencia ilegal de armas, algo que lo arruinó y condenó al ostracismo social; su madre, actriz cristiana miembro de la Young Men Christians Asociation (YMCA), fue enviada a una granja de reeducación ideológica durante el nefasto Gran Salto Adelante (1958-1961) que cobró la vida a millones de chinos. Ella fue parte de esas cifras engrosadas por el hambre y el agotamiento al morir ahogada en un charco, después de desmayarse mientras araba un campo de arroz colectivizado. No obstante, la vida de Xingjian quedó definitivamente sellada con la Gran Revolución Cultural Proletaria (1966-1976), un movimiento radical de masas que Mao ideó para apoderarse del Partido Comunista y de toda la sociedad después del Gran Salto Adelante. La promulgación de taxativas categorías sociales que encasillaban a los chinos según su origen social, combinado con la creación de la Guardia Roja y la manipulación de los jóvenes para apoyar irreflexivamente a Mao, condicionó la vida de Xingjian al punto de obligarlo a convertirse en un lobo entre lobos. Debido a su “sospechoso” origen burgués, el autor solo podía sobrevivir si “probaba” su lealtad total hacia El Gran Timonel haciendo méritos para ser aceptado como guardia rojo “rebelde” —especie de segunda generación de este grupo de choque. Una vez convertido en lo que no era, Xingjian comprendió el terrible destino al que había sido condenada su generación: transformarse en el arma para una purga fratricida de toda la sociedad china a beneficio exclusivo de quien se hacía llamar Padre de Todos los Chinos. De esta manera lo expresa en El libro de un hombre solo: “has tenido que creer en él [Mao], has pasado a ser su criado, su cómplice, te has sacrificado por él, y a ti te han sacrificado como ofrenda a su altar cuando ya no te han necesitado, te han enterrado o incinerado con él para realzar su brillante imagen. Tus cenizas deberán dejarse llevar por su viento hasta que él repose definitivamente en paz y todo haya terminado. Entonces serás como esas innumerables motas de polvo y desaparecerás sin dejar huella”.

El libro de un hombre solo plasma toda esta etapa de dolor y desengaño en la vida de Xingjian: es un viaje retrospectivo y deliberadamente caótico por su mundo interior en busca de las claves para comprender la fragmentación existencial que lo tortura. En esta novela, un famoso escritor chino sin nombre viaja –o vaga– por diversas ciudades del mundo intentando compaginar, sin éxito, su actual vida de prestigio y libertad con la experiencia de anonimato, sometimiento y brutalidad que enfrentó durante su vida en China. Esta búsqueda entrelaza su presente con un torrente de recuerdos y sinestesias que le hacen remontarse vívidamente a los estremecimientos de la persecución, el hambre y la violencia que padeció y que debió infligir a otros; así, como afirma el crítico chino Liu Zaifu, “el protagonista de la novela era una persona muy sensible y dotada de un pensamiento sumamente complejo, pero en aquella época de terror, lo obligaron a hacerse idiota, tuvo que vaciar su cerebro para poder sobrevivir. Pero no lo hizo por su propia voluntad, ni tampoco quiso dejar de pensar. Por lo tanto, por una parte, trataba de disimular sus miradas, y por la otra, intentaba mantener su equilibrio interior a través de los monólogos.”

Al concluir la Revolución Cultural con la muerte de Mao en 1976, Gao Xingjian pudo al fin iniciar la carrera de escritor que siempre había soñado. Sin embargo, ya convertido en el dramaturgo más prominente del país, el totalitarismo volvería a oponérsele y, durante la década de 1980, fue perseguido en el marco de la campaña comunista “contra la contaminación intelectual”. Sus obras de teatro sufrieron constantes censuras y suspensiones, hasta que fueron definitivamente prohibidas. Acusado de “disidente encubierto” y “subversivo agazapado”, Xingjian comprendió entonces que la herencia maoísta aún no se había agotado, por lo que continuar su carrera dependía de abandonar China; así lo hizo en 1987, cuando obtuvo del régimen comunista un permiso de viaje a Francia, de la cual no regresaría y donde ha vivido hasta el presente, consiguiendo la libertad de expresión y publicación necesarios para desarrollar una trayectoria literaria favorecida por la crítica y el gran público internacional. A propósito, resulta pertinente reclamar una reflexión extraída de El libro de un hombre solo: “es curioso cómo cambia la cara de la historia; mejor que no escribas nada de ella, mejor que sólo te remontes a tu propia experiencia. Entonces él era tan impulsivo, tan estúpido… y la amargura que siente hoy por haber sido burlado es como ingerir matarratas y no poder expulsarlo. Es fácil decir que no cuesta nada vomitar una cosa repugnante, pero, aunque se vomite, no hay ninguna seguridad de que uno se sentirá mejor.”

Desde que se marchó, Gao Xingjian no ha regresado al país de sus pesadillas.


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