Perspectivas

El poder para siempre según Vladimir Ilich Lenin

por Ramón Escovar León

Créditos fotográficos: Hulton Archive | Pavel Semyonovich Zhukov

17/05/2018

“Después de haber conquistado la mayoría en los Soviets de diputados, obreros y soldados de ambas capitales, los bolcheviques pueden y deben tomar en sus manos el poder del Estado”. Estas palabras son de Vladimir Ilich Lenin (Obras Escogidas. Moscú, Editorial Progreso, 1973, Tomo VII, p. 1069). De inmediato sostiene que “los bolcheviques formarán un gobierno que nadie podrá derrocar” (Itálicas de Lenin).

El uso de la violencia es fundamental en el proceso revolucionario. Lo dice Lenin sin vacilar:

“La dictadura revolucionaria del proletariado es un poder conquistado y mantenido mediante la violencia ejercida por el proletariado sobre la burguesía, un poder no sujeto a ley alguna” (Obras escogidas, T. III, p 37).

La violencia cruel es moneda de cuenta en un proceso revolucionario marxista-leninista. La tortura, la prisión por razones políticas, la manipulación de la población, entre otras, son expresiones de este esquema cruel.

El control de los medios de comunicación, por su parte, es proclamado por el padre de la revolución comunista así:

“La libertad de imprenta deja de ser una farsa, porque se desposee a la burguesía de los talleres gráficos y del papel. Lo mismo sucede con los mejores edificios, con los palacios, hoteles particulares, casas señoriales de campo, etc.” (Obras Escogidas, T. III, p. 43).

En relación con la banca, Lenin propone la dominación del capital en general en una sección titulada Los bancos y su nuevo papel. (Obras Escogidas, T. V, pp. 170-177). El control del sistema financiero es objetivo fundamental en la consolidación revolucionaria.

En su plan de consolidar el poder, juega un rol relevante la asamblea constituyente, como lo expliqué en mi artículo de Prodavinci titulado “La constituyente de Vladimir Illich Lenin”. En esa oportunidad reflexioné sobre el significado de la constituyente en el proceso revolucionario en general para destacar la manipulación del sistema electoral. Los electores no deben representar al pueblo sino los intereses de los soviets —¡o comunas!—. Esta constituyente leninista tiene como objetivo darle aliento y permanencia a la revolución.

De la extensa obra escrita del vigoroso revolucionario ruso, se evidencia la regla según la cual los comunistas, una vez conquistado el poder, no lo entregan jamás. De esta máxima se ha hecho eco la revolución venezolana, cuando la presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente, en marzo pasado, afirmó a los cuatro vientos que: “Más nunca vamos entregar el poder político, por el contrario, vamos por la conquista del poder económico”. Aquí retumban sonoramente las palabras de Vladimir Ilich Lenin.

También Sergio Ramírez (premio Cervantes 2017) señala en su libro Adiós muchachos, y en relación con la revolución sandinista, “Una propuesta de cambio radical necesitaba de un poder radical […] un poder para siempre”, es decir, un poder que no se entrega nunca. Cuando Daniel Ortega llegó al poder lo hizo con vocación de permanencia para llevar a cabo su revolución signada por el nepotismo y la corrupción.

Bajo este manto conceptual se entienden los obstáculos inherentes a los sistemas electorales comunistas, en los cuales no se garantiza la alternancia del poder. Vemos el ejemplo de Cuba. El sucesor de Raúl Castro fue elegido como candidato único para sustituir en el trono al dictador, en un sistema cuasimonárquico, con el 99,83 % de los “votos”. Es decir, todo un sistema electoral sin posibilidades de que alguien distinto a la nomenklatura pueda participar.

Para comprender lo que está ocurriendo en Venezuela es necesario examinar la propuesta de Lenin. El poder fáctico de la Asamblea Constituyente y las reglas electorales que se imponen se fundamentan en esa idea de que el revolucionario conquista el poder para siempre. El objetivo político del modelo leninista es darle permanencia a la tesis marxista de la “dictadura del proletariado”. Se trata de un concepto basado en el odio de “los proletarios” contra los “burgueses”, cuya máxima expresión es la llamada “lucha de clases” que supone un enfrentamiento permanente. No hay espacio para los consensos porque el objetivo es el exterminio del “enemigo”. Solo se gobierna para los “amigos” que son los destinatarios de los privilegios y dádivas.

En un sentido distinto, León Trotsky, en su libro Literatura y revolución, destaca el peso de los asuntos económicos en el destino de la revolución bolchevique. Así lo dice:

“Si en el curso de los próximos años la dictadura del proletariado se mostrase incapaz de organizar la economía y de asegurar a la población por lo menos un mínimo vital de bienes materiales, el régimen proletario estaría entonces realmente llamado a desaparecer. Por eso la economía es en la hora presente el problema de los problemas”.

De acuerdo con lo señalado por Trotsky, un fracaso económico significa que el régimen marxista debe sucumbir, como ocurrió con la Unión Soviética que se disolvió por el colapso de su economía. A pesar de esta aseveración, los venezolanos nos preguntamos si es posible sostener la revolución bolivariana luego del estrepitoso fracaso económico. El modelo económico que aplica el régimen venezolano no lo aplica nadie (salvo Cuba y Corea del Norte), como se evidencia en los planes económicos de Daniel Ortega y Evo Morales, quienes predican el socialismo de la boca para afuera, pero puertas adentro aplican las reglas del libre mercado. Lo mismo ocurre con Ecuador, que tiene su economía dolarizada; por no mencionar a Rusia y China, ya regidas por gobiernos perpetuos. La revolución bolivariana solo se sostiene por las bayonetas, lo cual no es eterno, como lo postula la conocida frase de Talleyrand: “Con las bayonetas se puede hacer cualquier cosa menos sentarse sobre ellas”.

Este cuadro explica que un candidato revolucionario con el 80 % de rechazo popular, como señalan las encuestas, se presente como posible “triunfador”. Si Lenin tenía razón, los revolucionarios, cuando toman el poder, lo hacen para quedarse. Pero, por otra parte, el fracaso económico, como lo predicaba Trotsky, puede constituir el fin de la revolución. En Venezuela pronto se sabrá cuál de los dos revolucionarios bolcheviques tenía la razón.


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