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Literatura

El casanova de Arthur Schnitzler

por Alejandro Oliveros

11/08/2018

Arthur Schnitzler, 1912.

No poco de inquietante encontramos en la circunstancia de que hayan sido dos distinguidos escritores los surgidos de las cenizas del imperio austrohúngaro: Arthur Schnitzler y Sándor Márai, los que se hayan encargado de novelar la vida del chevalier Giacomo Casanova. Y más significativo todavía, que se interesaran por el gran aventurero en los tiempos de su lamentable decadencia. Acaso ambos lo asumieron como una imagen alegórica de la caída y desaparición, después de tiempos de gloria y brillo, de la sociedad imperial de Francisco José.

El Casanova de estos dos escritores, el primero nacido en Viena y el otro en Budapest, no es el gran aventurero que de la manera menos obvia consiguió escaparse de la inexpugnable I Piombi, la temida prisión de la República de Venecia, para servir a los grandes de Europa y seducir, cuando valía la pena, a sus mujeres o allegadas. El Casanova de Schnitzler y Márai no es muy diferente al encarnado por Marcello Mastroianni en el film de Scola, y nada parecido al de Sutherland y Fellini. Pero, incluso en su prematura senectud, le faltaban al caballero dos empresas por llevar a cabo. Una, la traducción del original griego al francés, de la Odisea, una versión que todavía se recomienda a los lectores y estudiantes franceses. La otra, escribir los seis volúmenes de sus Memorias, uno de los libros más apasionantes y mejor escritos de todo el XVIII, el siglo de Las confesiones de Rousseau, el Cándido de Voltaire, el Tristam Shandy, de Sterne, el Gulliver de Defoe o el Tom Jones de Fielding. No deja de sorprender la disciplina de este ingenio veneciano, no sólo para hacer de la seducción un arte, sino para parangonarse a escritores como estos. Si nada de esto hubiese hecho o escrito, la inmortalidad lo reconocería por ser, no sólo el modelo, sino coautor, con Lorenzo da Ponte del guion del Don Giovanni mozarteano.

E. R. Dodds, aprovechándose del nombre del libro de W. H. Auden, se refirió al período del Imperio romano como Age of anxiety. Nuevos cultos, no sólo el cristianismo, se iban apropiando de la consciencia religiosa de los habitantes del dilatado mundo latino. Una época de ansiedad, de angustia, de vacío y extrañeza ante la caída, e inevitable desaparición, del viejo paganismo politeísta que había animado el imaginario de las grandes civilizaciones mediterráneas. Las posibilidades de que aquella brillante mitografía fuera desplazada por un oscuro credo trasplantado del árido Medio Oriente no eran especialmente tranquilizadoras. Fue el origen de los tiempos de crisis que sólo serían superados, si en verdad lo fueron, después de siglos de hegemonía cristiana.

Parecida ansiedad, aunque por razones menos espirituales, fue la que padecieron los súbditos del imperio austrohúngaro con el colapso de las instituciones habsbúrgicas a finales de la Primera Guerra. La organización política que, por casi trescientos años, había significado un centro para docenas de países y comunidades de la Europa Central desaparecía, dejando como huérfanos a millones de ciudadanos. La desaparición de la cultura que había tenido a Viena como eje, había sido presentida por sus intelectuales y artistas, pero “suponer no es saber”, y las consecuencias fueron más devastadoras de lo imaginado. “Se canta lo que se pierde”, decía Machado, y eso es lo que hicieron los poetas, artistas y músicos austrohúngaros durante y después de la caída.

Lo que contaron y cantaron fueron las miserias de una psique colectiva fracturada y en desarraigo. No debe ser casual que estos años hayan presenciado el establecimiento de la terapia psicoanalista. Sigmund Freud, su fundador, apoyado en grandes y en ocasiones indebidas generalizaciones, creyó encontrar un remedio eficaz para el difundido “malestar de la cultura”. Por su parte, los creadores hicieron del sueño, de la locura, del sexo y la muerte asuntos privilegiados. Algunos títulos de sus obras son elocuentes: Canciones para la muerte de los niños, La muerte prefigurada, La mujer sin sombra, Los sonámbulos, Amok, La cripta de los capuchinos, Eros y tánatos, El hombre que conquistó la muerte, Los alucinados, entre otros. Arthur Schnitzler fue uno de los más conspicuos representantes de este zeitgeist, con su novedosa exploración de los estratos psíquicos más inquietantes de la conducta humana.

Lo hizo con el más difundido de sus libros en nuestro tiempo, Traumnovelle (aprovechada por Kubrick para su Ojos bien abiertos), y con muchos de sus dramas, como La ronda (llevada al cine en la exquisita cinta de Max Ophüls, y en una más reciente de Temistócles López), que lo convirtieron en el dramaturgo más conocido de aquella Vienna-fin-de siècle. Pocos, como Schnitzler, tal vez por su condición de médico-escritor, expresaron con tanto énfasis la descomposición de la sociedad imperial en aquellos años que precedieron el apocalipsis de la Primera Guerra: “El fatuo epicureísmo y la incrédula sensualidad de la belle-epoque vienesa se reflejan en la obra irónica y amarga de Arthur Schnitzler”, comentó Claudio Magris en su exhaustivo estudio sobre El mito habsbúrgico en la literatura austríaca moderna.

También Freud lo reconoció en su correspondencia con el escritor: “Ud., con la intuición, o mejor a través de una sensible introspección ha entendido lo que me ha mí me ha costado desenterrar de muchas personas”. En otra correspondencia, sin entrar en razones, le confesaría que había postergado una invitación para conocerlo “por temor a encontrarse con su doppelgänger”, aquel doble persecutorio asociado con la muerte. No dice el famoso psiquiatra qué le pareció Schnitzler, después de haberlo invitado a cenar y de acompañarlo a pie desde el No. 19 de Bergstrasse hasta la Sternwaterstrasse donde residía el escritor.

Arthur Schnitzler nació en 1862, en medio del clima liberal que siguió a las extendidas revueltas de 1848. Su familia pertenecía al dilatado grupo de judíos que llegó a Viena procedente de otras ciudades del imperio. Al igual que la de Freud, ambas representantes de los Westjuden, en oposición a los Ostjuden, llegados de las provincias orientales y de Rusia, y de los cuales Joseph Roth escribió ajustadas descripciones en muchas de sus narraciones: Hotel Savoy y La fuga sin fin son apenas las más difundidas. Para los primeros, la integración era la posibilidad de superar las estrecheces que los habían llevado a emigrar. Conocían el alemán y habían sido formados en una tradición urbana y progresista. No pocos se acogerían a la conversión al cristianismo, religión oficial del imperio. Los Ostjuden, por el contrario, eran judíos ortodoxos, que se vestían como tal, se comunicaban preferiblemente en yiddish y no consideraban la alternativa de integrarse al mundo gentil. La asimilación como proyecto fue asumida por la mayoría de estos judíos “occidentales”: Freud, Alfred Adler, Schnitzler, von Hofmannsthal, Kraus, Zweig, Mahler, Schönberg, Bruno Walter, Joseph Roth, Wittgenstein, Popper, Victor Adler, Otto Bauer, entre otros. El padre de Arthur fue un distinguido médico laringólogo, una especialidad que sería continuada por el hijo con el cual compartió consultorio hasta que cambió de profesión para dedicarse a la literatura.

Hacia 1915-16, en medio de la guerra que sepultaría en sus trincheras al glorioso imperio austrohúngaro, Schnitzler se dedica a la postergada lectura de Histoire de ma vie, las memorias de Casanova. Las afinidades electivas no eran solo literarias. Como en la mayoría de sus obras, la presencia femenina en El viaje de retorno de Casanova es una prioridad. En su copioso Diario publicado de manera póstuma, el escritor da cuenta de sus innumerables episodios amorosos con descripciones de talladas. El minucioso doctor Schnitzler durante un tiempo llevó la cuenta de sus eyaculaciones y orgasmos; una intensa actividad que sorprende tanto como la reserva en la cual realizaba sus actividades eróticas. Las revelaciones han obligado a la relectura de muchos de sus libros, y a considerar que el verdadero protagonista de estas obras es el mismo Arthur Schnitzler. Cuando, a los cincuenta y cinco años, se dedica a escribir una novela sobre Casanova estaba haciendo un reconocimiento a su ilustre predecesor.

El viaje de retorno de Casanova, no hubiese sido posible sin la Histoire de ma vie. Lo único verdaderamente ficcional, y no es demasiado relevante en el libro, es el supuesto panfleto que el veneciano escribió sobre Voltaire. Casanova, en efecto, conoció a Voltaire en su casa de Ferney pero nunca redactó nada parecido. El héroe de Schnitzler lleva veinticinco años desterrado de Venecia y, con una urgencia existencial, la de todo exiliado, ha decidido regresar a su ciudad natal. Atrás han quedado sus mejores años y, en lo sucesivo, cumpliendo con las condiciones del gobierno de la Serenissima, tendrá que ejercer el infame oficio de espía para que le sea levantada la condena:

A sus cincuenta y tres años, Casanova, sin el ánimo juvenil que lo había llevado a vagar por el mundo en búsqueda de aventuras, y preocupado por la vejez inevitable, fue presa de una nostalgia tan intensa por su Venecia natal, que comenzó a girar en torno a la ciudad como un Pájaro que muere mientras va cayendo libremente desde la altura trazando círculos cada vez más estrechos.

Pero Casanova es Casanova y, aun tomado por la intensa nostalgia, se comportará como en sus momentos de esplendor. Desde Mantova, donde había seducido a la dueña de la posada donde residía, es rescatado por su viejo amigo Olivo, a quien en el pasado había prestado favores, incluyendo el de ser el primer amante de su esposa. Ya en su residencia, el encuentro esperado con la amiga que no lo ha olvidado y quien, ante las quejas del Caballero, le susurra estas consoladoras palabras: “No eres viejo, y nunca lo serás para mí. En tus brazos fui feliz por primera vez, y seguramente también lo seré la última”.

Pero, como se sabe, para los grandes seductores, la conquista es lo de menos; lo que importa, como dijo Pascal en otro contexto, son los placeres de la búsqueda. Y es lo que se propone Casanova al conocer a la docta y casta Marcolina, sobrina de Olivo y novia del joven y apuesto subteniente Lorenzi. Bajo engaño, y al amparo de la noche, consigue lo que se propone antes de emprender la parte final de su viaje de retorno a Venecia. El Casanova de Schnitzler es menos filosófico que el de Márai y menos fascinante, pero es que el talento narrativo del vienés no alcanza la genialidad de su colega húngaro. No por eso las afinidades electivas dejan de ser menos inquietantes; para ambos, el ocaso del gran Casanova es una metáfora de la decadencia del más lamentado de los imperios. Una lástima que Joseph Roth, otro huérfano del emperador Francisco José, no se haya animado a escribir su versión de los esplendores y miserias del escurridizo traductor de la Odisea, y responsable del libreto de Don Giovanni, entre otras cosas acaso no tan ejemplares.


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