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Perspectivas

Dos ideas para recordar a Andrés Bello

por Mariano Nava Contreras

30/11/2019

Que a quien el patrio nido y los amores
de su niñez dejó, todo es invierno.

 

Cuando celebramos un nuevo aniversario del nacimiento de Andrés Bello, un par de ideas inspiradas en él nos servirán para rememorarlo, como si los venezolanos necesitáramos excusas para recordar al más grande de nuestro humanistas.

Andrés Bello fue un héroe civil. Si entendemos que los héroes son aquellos que se sacrifican por los demás y realizan hazañas fuera de lo común, que logran objetivos que a la mayoría de los hombres no nos es dado alcanzar, ¿qué diremos de aquél sabio que redactó una gramática para los hablantes de todo un continente, que dio los fundamentos para el sistema legal de toda Hispanoamérica, organizó las leyes de un país, que fundó universidades, que hizo importantísimos aportes a la poesía, a la filosofía, a la lingüística, a la ciencia, a la filología de su tiempo? En un país cuyo imaginario reduce a sus héroes a hombres armados a caballo, cuesta creer que existieran hombres dedicados al estudio y a la investigación cuya heroicidad tampoco puede discutirse. Andrés Bello fue uno de ellos. Se dedicó a conocer profundamente nuestra lengua y de nuestra cultura, nuestra geografía, la naturaleza y los infinitos recursos de nuestro continente, poniendo el interés y la utilidad común de sus conocimientos por encima de los suyos personales, incluso los de su familia. Vivió casi siempre muy pobre, buscando la manera de poner su inmenso saber al servicio de nuestro desarrollo y bienestar, no del suyo propio. Dominó las tendencias y los adelantos de su tiempo y los adaptó sin complejos a nuestra realidad y a nuestra circunstancia, a nuestro lugar, siempre por servir a nuestras jóvenes repúblicas hispanoamericanas que entonces comenzaban a construirse.

Andrés Bello es sin duda nuestro ejemplo más ilustre, pero no es ni fue el único. Hay muchos otros héroes de su misma familia intelectual que han rendido grandes sacrificios a nuestro país sin que necesariamente fueran guerreros ni militares. La historia recuerda a Juan Germán Roscio, el culto autor de El triunfo de la libertad sobre el despotismo, pagando cárcel en Cádiz o muriendo en la mayor de las miserias la víspera del Congreso de Cúcuta, el cual presidiría y a donde iba a representarnos como vicepresidente de la Provincia de Venezuela y de Colombia la Grande. Roscio es un caso notable. Hijo de un oficial italiano y una mestiza aragüeña, ya la Caracas colonial reconocía sus innegables talentos como abogado. En 1794 se doctoró en Derecho Canónico en la Universidad de Caracas y en 1800 en Derecho Civil. Sin embargo el Colegio de Abogados entonces puso trabas para admitirlo debido a su origen mestizo. Fue redactor de la Gazeta de Caracas y, declarada la independencia, fue el primer jefe ejecutivo del gobierno de la Primera República. Redactó asimismo la Declaración de la Independencia y la primera constitución de Venezuela, dirigió El correo del Orinoco, presidió el Congreso de Angostura y fue vicepresidente de la Gran Colombia. Puede decirse que El triunfo de la libertad sobre el despotismo, un brillante alegato a favor de la independencia, es uno de los documentos fundadores del pensamiento venezolano.

Ya hemos dicho que Bello no fue el único. Miguel José Sanz, uno de los ideólogos y legisladores que mayores servicios prestó a la Primera República, murió también muy pobre, pasado a cuchillo por las tropas de Morales. Don Simón Rodríguez, una de las mentes más brillantes de aquellos tiempos, murió lejos de Venezuela, pobre y olvidado. El mismo Bello tuvo la suerte de cultivar buenas relaciones en el gobierno chileno que le procuraron el puesto que merecía. De no ser así, no creo que hubiera corrido con mejor suerte. Al parecer, así paga la patria a los héroes que no llevan revolver ni cachucha.

La otra idea que nos interesa resaltar es que Andrés Bello fue fruto y producto de la cultura caraqueña de su tiempo, o lo que es lo mismo decir, la cultura venezolana. Hoy, cuando uno tiene la oportunidad de entrar en el gran salón de lectura de la British Library en Londres, sobrecoge pensar que allí estudiaron pensadores e intelectuales de la talla de Marx, Ghandi o el mismo Vargas Llosa. Allí también pasó Andrés Bello largas horas de estudio, allí y en la biblioteca de otro venezolano con el que coincidió en su larga estancia de Londres: Francisco de Miranda. Pero es cierto que nuestro sabio llegó a Inglaterra con una cultura ya bien cimentada, que había adquirido con el aprendizaje de las lenguas antiguas y modernas, así como la lectura de los clásicos grecolatinos y españoles en la Universidad de Caracas. En Londres, Bello pudo conocer, es verdad, las últimas tendencias del pensamiento y de la ciencia, con las que pudo completar su sólida formación y satisfacer sus inquietudes, pero ya entonces era un brillante intelectual y así lo reconocía la Caracas de los últimos años coloniales. Nuestra capital era por entonces una ciudad tan culta como podría serlo cualquiera de las de la América española, y las brillantes mentes que llevaron a cabo nuestra emancipación son la mejor prueba. Pensar esto nos ayudará a valorar nuestra propia herencia cultural, y a entender que la revolución de 1810 fue más una gesta pensada a la luz de profundas lecturas y reflexiones que la feliz ocurrencia de una pandilla de aventureros y exaltados.

Ahora, cuando se cumplen 238 años del nacimiento de Andrés Bello, bellistas y estudiosos de todo el continente se congratulan y lo recuerdan con admiración y respeto. Mientras, muchos científicos, académicos e intelectuales venezolanos esperan en el exterior por mejores tiempos para regresar a seguir aportando a la herencia y la gran tradición de la cultura venezolana. Bello murió en Santiago, lejos de la Caracas que siempre añoró y a la que nunca pudo volver. Un justo regalo a su memoria sería propiciar la vuelta de nuestros talentos desperdigados por el mundo, y que comenzáramos a dejar de ser el país que desprecia el estudio y el trabajo, y que estúpidamente sigue venerando los sables y las charreteras.


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