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ArquitecturaEntrevista

Dirk Bornhorst. El arquitecto

por Karl Krispin

15/03/2019

Dirk Bornhorst. Fotografía de Camila Curiel

Dirk Bornhorst murió el miércoles 13 de marzo de 2019. Fue un arquitecto alemán residenciado en Venezuela. Creador de varias obras como el Helicoide y la sede de la Asociación Cultural Humboldt. Reproducimos la entrevista que le hizo Karl Krispin para el libro Alemania y Venezuela. 20 testimonios de la Fundación de Cultura Urbana

He tratado a Dirk Bornhorst durante años pero cada vez que hablo con él  su conversación tiene algo nuevo y saludable parecido a una elipse concéntrica que aspira el infinito y no se detiene. Es un arquitecto que ha luchado contra la dictadura del ángulo recto y tal vez contra todas las dictaduras del dogmatismo. Jamás su sonrisa ha desaparecido de su rostro y en su hablar pausado convergen la devoción y el deseo porque el yo individual termine de encontrar el yo universal. Sin duda, como afirma, es ciudadano del mundo con el pasaporte de lo humano como documento legítimo para el diálogo y el entendimiento. Entre su obra, sus libros y su conversación existe un trazado común que dibuja la línea de un valor perenne por alcanzar. Es a secas un filósofo en cada una de las disciplinas que se ha propuesto acometer.

Usted nació en Lübeck el año 1927 y yo cuando escucho mención de Lübeck, tiendo a pensar en Thomas Mann y los Buddenbrooks, en la corrección comercial, ¿Qué hay de ese espíritu hanseático de Lübeck en su familia?

Sí, la mía era una de esas familias típicas de Lübeck como la que Thomas Mann escogió con el nombre de Buddenbrooks y mi madre por cierto conocía al escritor. Cuando estábamos en California donde yo estudié con mis padres, buscamos en Pacific Palisades la casa donde Thomas Mann vivía, nos paramos frente a ella y después a mi madre le dio pena porque tal vez Thomas no la recordaría como la muchachita de los círculos sociales y literarios donde él se movía, era mucho más adulto que mi mamá. Pero ella siguió con ese espíritu hanseático, el de su ciudad, aunque mi mamá lo cambió, ella no creyó en la fachada de la sociedad, sino siempre buscó detrás de la fachada los valores humanos en todo. También en la religión ella cuestionaba, era una persona poco tradicional, siempre buscó respuestas en otras religiones, siete años en Asia con el budismo y con las distintas influencias culturales, tomó clases de pintura japonesa, todo eso le fascinó y era muy abierta.

De Lübeck y de Thomas Mann pasamos a Maracaibo, a orillas del Lago donde usted se crió, en el Hato Hamburgo.

En el Hato Hamburgo de El Milagro.

¿Qué recuerda de esos años de Maracaibo?

Fueron los primeros años entre 1927 y 1941, vivíamos a la orilla del Lago de Maracaibo en un gran terreno, más de una hectárea, donde jugábamos a los indios con los vecinos, también de ascendencia alemana, los Krueger. Fueron años muy simpáticos, cerca de la naturaleza, al aire libre todo el tiempo, pero con muchas escapadas a Los Andes, porque a mi mamá no le cayó muy bien el calor y siempre se recuperaba en Timotes, en la Mesa de Esnujaque sobre todo, en Boconó, así que nuestra vida siempre fluctuó entre Los Andes, Maracaibo y crucé el Atlántico como siete veces en aquel tiempo, cada dos o tres años en viaje a Europa.

Hay un momento en su vida casi cinematográfico y guiado por las veleidades de la historia: ustedes van a Europa vía Japón y los atrapa la guerra y se quedan siete años.

Eso fue algo de destino, mi papá habiendo vivido toda su vida en el exterior, en Maracaibo, 42 años en Maracaibo, simplemente no podía creer en la locura de una guerra mundial y decía eso se va a tranquilizar, se va a tranquilizar, ya estaba en marcha Polonia y todavía él creía que eso iba a tranquilizarse y quería retirarse igual que lo hizo su padre a Alemania, para disfrutar de unos años sin tanto trabajo como esos 42 años de trabajo en Maracaibo y en Japón nos sorprendió la guerra, no pudimos continuar, no podíamos regresar. Fueron siete años de conocer culturas antiguas y valiosas y quien sabe si estaría aquí vivo si hubiéramos podido continuar, porque muchos de mi generación como jóvenes los metieron en la guerra y  no sobrevivieron.

En su libro sobre las casas, aparecen unas acuarelas que usted realizó en ese período sinojaponés ¿Cómo empieza en usted la sensibilidad hacia el arte, hacia la pintura, que luego se materializaría en la arquitectura?

Tal vez la influencia de mi mamá que estudio arte en Munich, ella era graduada en la Escuela de Bellas Artes  y acuareló y dibujó toda su vida. Yo a veces como chico la acompañaba y cuando empezamos a vivir en casas, la primera casa en el Japón, parece que heredé ese talento de dibujo, lo que me llevó en cierto grado a escoger luego la profesión de arquitecto. En ese entonces empecé a dibujar cada casa en la cual vivíamos en el Japón, en China y en Venezuela cuando volvimos en 1948.

Cuando finalmente regresan a Venezuela ¿cuál fue su primera impresión después de que habían pasado tantos años fuera, atrapados además por el azar del destino?

En Venezuela nos pareció todo con mucho más espacio comparado con Japón y China, el aire tan fresco aquí en Caracas y realmente todo mucho más alegre, había de nuevo fiestas y piñatas y grupos de amigos, una vida social a la que no estábamos acostumbrados, más bien en Oriente había inseguridad, hambre, guerrillas, matanzas y estábamos felices de haber salido de esa amenaza de los comunistas que llegaban a China y que los americanos apenas si podían controlarlos, un ambiente totalmente distinto, había comida en abundancia y chocolate y Coca-Cola, todo esto que no habíamos conocido en muchos años.

¿En qué momento descubre que su verdadera vocación es la arquitectura?

Cuando estuve de paso de China a Venezuela, estuvimos en California ya que mis antepasados todos la gran mayoría eran abogados o médicos, la abogacía no me atrajo nada, la medicina sí me pareció interesante. Después estudié los otros currículos y me di cuenta que todos mis hobbies más bien estaban en arquitectura, el arte, la acuarela, y eso me hizo estudiar arquitectura en la Universidad de California.

Háblenos de su formación académica.

Bastante variada, comencé en California, primero en Pasadena, luego en la Universidad de California en Berkeley, que fue una época muy fructífera, porque además de mi estudio en la universidad, fue un tiempo donde absorbí muchísimo y tuve mucho contacto internacional también, gente de todo el mundo, era la universidad más grande, 35.000 estudiantes y muy abierta a nuevas ideas. Luego mi mamá también le pareció que sería muy bueno que absorbiera también de la cultura europea y ya que las universidades en Alemania estaban todavía muy precarias en los comienzos en el año 51-52, conseguí un puesto de estudio en la Escuela Técnica Superior de Zürich en Suiza y tomé todos los cursos que tenían que ver con historia del arte en Europa, con la filosofía, la arquitectura y complementé la parte técnica de los Estados Unidos con la parte cultural de Europa. Después continué en viaje de estudios por los países escandinavos.

¿Cuáles han sido los arquitectos que ha admirado como figuras rectoras de su obra. Yo sé que usted ha repetido las fotos de Walter Gropius y de Ludwig Mies van der Rohe en sus libros, entonces no sé si esos sean los dos arquitectos que usted verdaderamente ha considerado como paradigmáticos.

Sin duda, entre los arquitectos eran dos figuras que yo siempre he admirado, a Gropius no tanto por sus obras sino por sus pensamientos, su forma de ver la arquitectura como un trabajo también en equipo, no para crear prima donnas sino para cumplir con los deseos del ser humano en su hábitat. Pero luego también me impresionó en esos viajes por Escandinavia, haber descubierto a Alvar Aalto que es un arquitecto finlandés que se libera del ángulo recto y hace arquitectura más orgánica. Luego también Louis Kahn como gran filósofo en la arquitectura. Admiré casi siempre más a los pensadores en arquitectura que a las prima donnas como Frank Gehry, un extravagante arquitecto que llena las páginas de los periódicos.

Es interesante cuando usted reivindica el tema del pensamiento ante todo, sobre todo en términos de los arquitectos que ha admirado, y se me ocurre pensar que usted paradójicamente como pocos arquitectos, tiene una formación particularmente interesante desde el punto de vista de la confluencia cultural, porque tiene la herencia alemana, tiene una herencia hispana, es decir, la herencia cultural del sitio donde ha vivido que es Venezuela, tiene los siete años en el Asia y curiosamente por el lado de su suegra también está muy relacionado con las culturas indígenas venezolanas. ¿Qué piensa sobre eso?

Sí, la verdad es que siempre le doy las gracias al destino que me ha dado la oportunidad de realmente encontrarme tan diversas influencias y la última que mencionaste, es también muy importante, porque el contacto con los pensamientos sobre todo religiosos de los indios, ante los llamábamos guaica, hoy día son los yanomami, que mi suegra, la doctora Inga Steinvorth de Goetz, investigó por 25 años muy profundamente, nos llevó a un contacto directo con esa gente y hasta en mi más reciente libro, me dediqué a reunir esas ideas de los yanomami sobre la vida, sobre la vida después de la muerte, la vida aquí en la tierra, la vida con la  naturaleza.

Toda esta formación casi ecuménica que privilegia el pensamiento, lo ha llevado a usted también no sólo a tener una obra construida sino una obra escrita.

Correcto y a esa obra escrita le doy más y mayor importancia.

En esta especie de dicotomía que no es tan dicotómica sino integrada, entre su obra construida y su obra escrita, hablemos un poco de su obra construida, de sus inicios con Pedro Neuberger en Venezuela.

Jorge Romero Gutiérrez, oyó que yo era estudiante de arquitectura en aquel tiempo, él dijo, tienes que venir a mi oficina, tengo mucho trabajo, por qué no trabajas durante las vacaciones aquí. Así lo hice y al regresar me invitó como socio con Pedro Neuberger también, éramos los tres arquitectos asociados, otra jugada muy oportuna del destino, porque allí hicimos luego el Centro Profesional del Este y después de ese éxito, el Helicoide que fue un éxito de diseño, no comercial, como todos saben, pero fue una obra extraordinaria en la cual pude participar con estos dos arquitectos y luego falleció Jorge Romero Gutiérrez, pero con Pedro toda mi vida estuve asociado como profesional y como amigo.

Me gustaría saber cuál de sus grandes obras o algunas de sus grandes obras, es con la que usted se siente más unido desde el punto de vista afectivo.

El Centro Profesional, el Helicoide, donde todos con mucho entusiasmo trabajábamos juntos. Después fue la planta de ensamblaje Volkswagen, que me dio la oportunidad de darle dignidad a una obra industrial, que no sólo se puede hacer en galpones, sino con los paraboloides hiperbólicos de Félix Candela que desarrollé en varias construcciones de este complejo, eso fue en Palma Sola, Morón, cerca de Puerto Cabello, que inclusive me dieron la mención del Premio Nacional de Arquitectura en aquellos años por la planta Volkswagen y fue muy satisfactorio poder desarrollar dentro de esa pureza, toda una industria. Luego la sede de la Asociación Cultural Humboldt, hice el proyecto en San Bernardino, dentro del espíritu de los techos rojos que Humboldt conocía, sin copiar los detalles, y eso parece que ha gustado pero siempre tratando de crear un aporte al desarrollo de la arquitectura venezolana.

Hay un detalle que me llama la atención de su obra, comparada a la obra de otros arquitectos, porque normalmente los arquitectos piensan en grande, piensan en grandes obras, la gran obra trascendente y usted, por encima de todo, ha reivindicado el hecho del hábitat familiar, de la casa como el núcleo sagrado de la vida dándole suprema importancia a lo cotidiano. Recuerdo que en su libro “Casas-Hauses-Häuser” usted refiere el hecho que la gente toma fotografías de los grandes momentos de la vida, pero no se detiene a pasearse por el hecho cotidiano de la vida y digamos que eso es un poco lo que lo lleva a usted a reivindicar el tema de la casa. ¿Por qué no nos habla un poco de eso? Que además, las casas suyas guardan una unidad increíble entre sí, que es un poco nuclear al individuo en su hábitat para hacerle una vida mucho más grata.

Ese es el tema central principal, el ser humano dentro de su hogar expresado en una gran diversificación de “estilos”, aunque nunca me gustó estilo sino expresión exterior de la arquitectura, que los une, es cierto, siempre también la observación de los álbumes de las familias, donde si uno los va hojeando salen vacaciones y paseos, mientras que el 95% es más bien la rutina diaria en la casa. Así las casas también, digamos, son los momentos en los cuales el arquitecto puede hasta cierto punto experimentar con ideas que cree que mejoran la vida del ser humano dentro de su lugar y eso me llevó a ir más allá de las formas normales, normalmente en rectángulos y cuadritos y ver qué es lo que realmente se pudiera hacer para hacerlo más grato y en casas de un piso y que si nos liberamos de la dictadura del ángulo recto y más bien adaptamos cada espacio, cada zona de la casa a su forma óptima referente a vistas, clima, etc. Eso me llevó a ese diseño biológico que me hizo entender que el ser humano se siente más cómodo en formas que él mismo lleva dentro de su cuerpo. Cuando eso, miré por el microscopio la formación celular del cuerpo humano, donde no existen los rectángulos y cuadrados.

Háblenos de lo que llama usted lo transpersonal en la arquitectura.

Sí, otro de esos descubrimientos que tienen que ver directamente con el tema que acabamos de mencionar, de buscar realmente la felicidad de los futuros habitantes de esa obra que uno está diseñando y no dejarse influenciar demasiado por el bagaje intelectual que uno lleva con la experiencia de otras obras y repetirlas, porque ya ese es el camino más cómodo. Hay que ver cada obra como si fuera la primera que yo hago para esta familia, este momento histórico y en esta parcela. Lo transpersonal no se limita a la arquitectura, es una tendencia mundial. Hay congresos transpersonales cada tres años más o menos, yo he asistido a varios, allí van médicos, físicos cuánticos, he conocido educadores de todas las profesiones, también ha asistido el Dalai Lama, la Madre Teresa de Calcuta, filósofos del arte y son esas oportunidades en las cuales uno encuentra 82 PhD que llegan al límite racional de su profesión y buscan más allá esa sabiduría cósmica que nos une a todos.  

A mí se me hace que usted es un punto de encuentro entre muchas direcciones, ya lo hablábamos anteriormente, entre lo alemán, lo español, venezolano, lo oriental. ¿De qué forma usted se siente actualmente, sigue sintiéndose como alemán y qué es ser alemán?

Bueno, habiendo vivido en tantos países y sintiéndome en casa en Alemania, en los Estados Unidos, en Caracas, Venezuela, en otros países, la nacionalidad me parece cada vez de menor importancia. Veo con sumo agrado a Europa, 25 naciones con tantos idiomas, unidos, y en ese sentido el alemán, ya que mi formación fue en colegios alemanes, pero muchas veces descubro que estoy escribiendo en castellano mis libros, porque aquí he pasado la mayoría de mis años también en la docencia, o cuando son temas que tienen que ver más con el inglés, de nuevo en el inglés, así que yo ni tengo pasaporte alemán. Me siento más como el world citizen, ciudadano de la gente pacífica del mundo, del grupo productivo, creativo y no del destructivo.

Usted cita el “Upanishad” en uno de sus libros, y mi pregunta es ¿cómo relaciona Dirk Bornhorst su yo individual con el yo universal?

El “Upanishad” lo ha dicho, el ser humano tiene un papel aquí en este cuerpo que a veces hasta lo llamo mi taxi, y después de que este taxi se pone viejo lo cambio por otro taxi y sigo aprendiendo en esta escuela terrenal, hasta que algún día me una con mi ser superior donde todas esas experiencias en un nivel supremo del espíritu siguen viviendo y esa es nuestra responsabilidad hacia nuestro ser superior: hacer algo en esta tierra que nos adelante otro pasito, hasta que después tal vez formemos equipo con el gran creador.

Cada vez que suena su nombre se le relaciona fundamentalmente con el Helicoide. A mí me produce muchísima curiosidad que el Helicoide es una construcción de líneas concéntricas que casi llegan al infinito y por lo tanto conceptualmente el Helicoide es una obra que no termina y paradójicamente el Helicoide nunca se terminó.

Nunca se terminó, otros la comparan con la Torre de Babel, que también por tantos siglos jamás se concluyó. La forma básica es una espiral en el espacio, eso es el Helicoide, es una forma arquetipal en esa dimensión. En ese tiempo, fue un poco faraónica por el entusiasmo de esos años y de allí realmente el éxito de las ventas porque gustó mucho la idea, a muchos pequeños comerciantes que podían dentro de esa obra competir con los grandes. También tenía una sala de exposición en el tope, tenía estacionamiento, servicios comunes en abundancia. Eso fue por un lado lo comercial. Lo que a mí más me impresionó fue el realizar una forma que realmente despierta en cada ser humano un sentimiento de belleza, esas formas fluidas, espirales, que conducen un poco al infinito, como una forma más bien mental, visionaria. El destino me dio esa oportunidad en esos años, pero nunca lo considero como mío, sino siempre en equipo, de unos arquitectos que pensaron en la misma forma.

Me llama también la atención eso que usted permanentemente señala, no en este momento de la entrevista, sino a lo largo de las veces que he tenido el privilegio de hablar con usted, que es la noción del equipo más allá de la individualidad.

Sin duda, es lo democrático si queremos. Sin el equipo no se logra jamás una obra arquitectónica bien construida, eso es mi propio yo fundando un espíritu de cooperación. Vivimos, somos un ser humano, pero no en una isla, vivimos dentro de una gran comunidad y la armonía y cordialidad con todos nuestros vecinos, con todos lo que trabajamos constituye la felicidad de la vida.

Cuando usted publicó el libro “Valores perennes en la Arquitectura” se dijo que dejaría una herencia de libros. ¿Cuál le gustaría que fuese su herencia?

Ahí están tres libros de arquitectura, uno es “Arquitectura, Ciencia y Tao” que todavía lo considero tal vez como el más valioso, porque toca los dos extremos, el tao, el taoísmo que es más bien la filosofía, la religión, la vida interna del ser humano, con la ciencia más reciente, la ciencia donde van los PhD a los congresos transpersonales y tocan de nuevo este mundo superior que nos ha creado y la arquitectura en medio de esos dos extremos que hoy en día felizmente se encuentran de nuevo. El otro libro fue “Casas-Houses-Häuser” donde uno en esos campos más íntimos, más personales, puede desarrollar ideas nuevas más fácilmente que en proyectos comerciales. Y el tercero más reciente son “Los Valores Perennes de la Arquitetura”, valores de siempre que yo traté de descubrir con conferencias experimentales, con transparencias, escuchando la reacción del público -me parece bello, me parece feo, por qué, porque no es objetivo el sentir de la belleza sino subjetivo, está un sujeto, un japonés viendo bellezas tal vez distintas que un europeo, pero todos coincidían- eso lo consideré los valores perennes en los cuales incluyo los valores también mentales.

Hagamos retrospección: su infancia en Maracaibo llenándose de petróleo, usted dibujando casas en Japón, estudiando en Pasadena, sus años iniciales del Helicoide. ¿En qué lugar de la vida le gustaría detenerse?

Yo creo que cada edad y cada época tiene su encanto y afortunadamente siempre cambia, como dice Hermann Hesse, cada comienzo de una nueva vida en la vida tiene su encanto, pero no te aferras a ese encanto, sino eso te lleva como una ola a la próxima.

***

Esta entrevista fue publicada originalmente en Alemania y Venezuela. 20 testimonios. Fundación para la Cultura Urbana. Caracas, 2005.


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