Perspectivas

Diálogo

Detalle de "Príamo suplica a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor", de Ivanov Alexander Andreevich

15/09/2018

Otras veces he vuelto una y otra vez sobre esta singular escena, pero siempre siento que no es suficiente, y que siempre se pueden sacar nuevas lecciones, que todavía hay mucho que decir de ella. Se trata del canto veinticuatro de la Ilíada, ya al final del largo poema, cuando se encuentran los dos enemigos, Aquiles y Príamo, el rey de Troya, y dialogan.

Pongámonos en antecedentes: Aquiles finalmente ha matado a Héctor, hijo de Príamo, el más valiente de los defensores de Troya. No solo lo ha matado, sino que ha ultrajado su cadáver con saña e inquina notables. Primero lo ha despojado de sus armas, que es la primera de las humillaciones que hace un guerrero griego al matar a su enemigo: tomar sus armas como trofeo. No conforme con eso, ha horadado sus tobillos y lo ha atado con correas de cuero a su carro para arrastrarlo en el polvo frente a las murallas de la ciudad, y que sus padres, sus parientes y la ciudad toda puedan ver el terrible espectáculo: el cuerpo, el rostro y la negra melena de Héctor arrastrándose en medio de la polvareda. Finalmente, se ha llevado el cadáver a su campamento. No lo ha entregado a sus deudos para que le hagan debidas honras, sino que se lo ha llevado consigo a las carpas para seguir ultrajándolo, para seguir humillándolo por días. Tanto rencor, tanto odio lleva en su corazón Aquiles contra Héctor, porque en el combate había matado a su querido amigo Patroclo.

Los dioses han terminado por conmoverse ante tanta inquina, ante tanta muestra de sobrehumano odio. Al duodécimo día, Zeus ordena a Iris, la mensajera de los dioses, que vaya a Troya y convenza a Príamo de que vaya a las tiendas de Aquiles y reclame el cadáver de su hijo. Príamo lo piensa mucho, pero finalmente vence el miedo y obedece. Junta precioso tesoro para el pago de un digno rescate, y desoyendo el consejo temeroso de las mujeres, sale acompañado del viejo heraldo Ideo. El dios Hermes les servirá de guía para que lleguen con bien y no puedan ser detectados en el peligroso trayecto a través del campo de batalla. Es el dios quien le cuenta al anciano que el cadáver de su hijo no se ha corrompido, que se conserva intacto por designio de los dioses, esperando a que su padre lo rescate. Entonces Hermes vuelve al Olimpo y el anciano se llena de ánimo en su corazón y entra, solo, a la carpa de Aquiles. Aquí es donde comienza lo que me interesa.

El viejo entra a la carpa, se acerca a Aquiles, se postra y abraza sus rodillas –que es para un griego el gesto de súplica por excelencia–, y besa sus manos, quiero decir, se lleva a los labios las manos del matador de su hijo. Aquiles no sale de su asombro. Mira atónito al anciano, que le dice: «acuérdate de tu padre, Aquiles, que tiene la misma edad que yo, y ha llegado como yo a la vejez. Pero él te espera, sabiendo que vives, y se alegrará viéndote al volver de Troya. Yo en cambio a mi hijo no lo veré regresar de la muerte». Entonces Homero cuenta que el corazón de Aquiles se conmovió y que los ojos se le llenaron de lágrimas. Hizo levantar al viejo, lo invitó a sentarse junto a él, y ambos enemigos lloraron juntos, juntos se entregaron al llanto durante largo rato. «Entregados el uno y el otro a sus recuerdos, el gemir de ambos se alzaba en la tienda», nos cuenta el poeta. Entonces Aquiles le dice: «Los dioses destinaron a los míseros mortales a vivir en la tristeza, y solo ellos son felices. En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles con dones que el dios reparte: en el uno están los males, y en el otro los bienes». A lo que el viejo responde: «No me hagas sentar en esta silla mientras mi hijo Héctor sigue insepulto en la tienda. Entrégamelo cuanto antes, para que yo lo contemple con mis ojos, y tú acepta el cuantioso rescate que te hemos traído».

La imagen de ambos enemigos llorando juntos el horror de la guerra me hace preguntarme a menudo si la Ilíada es en realidad un canto guerrero o más bien un poema pacifista. Pero más allá, el encuentro entre ambos, el anciano y el joven, nos revela los extremos de una humanidad sufriente, enfrentada por la sinrazón de las pasiones y la guerra, pero sobre todo compartiendo por igual unas mismas miserias, unas mismas desgracias, el mismo miedo. Son los mismos temores, la muerte, el dolor, los afectos, la ausencia de los seres queridos, en definitivas cuentas, la finitud de su condición humana, lo que enfrenta a ambos enemigos a los mismos sufrimientos, lo que los entrega a un mismo llanto. Tal vez lloran también su incapacidad para dejar de ser enemigos. Más allá de las circunstancias concretas que los fuerzan a dialogar, a sentarse juntos, hablar, recordar y llorar las mismas penas y los mismos temores, está un dolor compartido, una necesidad de remediar una situación insostenible, de proyectar unas acciones para remediar un futuro concreto. Todo esto presupone una comunidad de sentimientos, de padecimientos que innegablemente comparten, que final e inexorablemente subyacen a todos los hombres por igual. En otras palabras, la vida.

Lo que pasó después de este diálogo se narra en parte al final de la Ilíada. Esa noche los dos enemigos cenaron en la misma mesa, y probaron el gustoso vino. Luego Aquiles mandó a los esclavos a que dispusieran un digno lecho para el cansado anciano. A la mañana siguiente el caudillo, que era un sanguinario guerrero, pero también magnánimo y un hombre de honor, mandó a que lavaran y ungieran de olorosos aceites el cadáver de Héctor, y envolviéndolo en una preciosa túnica, lo entregó a su padre, prometiéndole también nueve días de tregua para que lo lloraran y lo honraran. Lo que ocurrió después con la guerra, el destino de la ciudad de Troya y cómo terminó la vida de Aquiles, no lo cuenta Homero, pero sí sabemos que los dioses hacía tiempo ya lo habían decidido.


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