Perspectivas

Cómo ser perfecto

por Pedro Plaza Salvati

Fotograma de la película "Patterson"

30/03/2019

I

Paterson: la película

En la película Paterson, la ciudad a la que le rinde homenaje William Carlos Williams y que da título a su libro más emblemático, un conductor de autobús escribe poesía. Mientras camina y se dirige a su lugar de trabajo esboza mentalmente ideas para poemas que escribe a la espera del inicio de su turno en la estación, o cuando se sienta frente a la cascada del río Passaic.

Sus poemas tienen como eje conector la cotidianidad. Una cotidianidad retratada a un ritmo narrativo acorde con su estilo de vida y con la esencia de su escritura que podemos leer por fragmentos en la pantalla del cine. Una vez que el espectador se sincroniza con ese ritmo se produce un efecto hipnótico y seductor que despierta, al mismo tiempo, una suerte de confort espiritual.

La trama del film transcurre en una semana detallada día a día, de lunes a lunes. La rutina se entiende como poesía y la poesía como reflejo de la rutina, de los hechos y objetos del mundo real.  Una poesía que se aleja de las elucubraciones, la complejidad de la existencia, los sobresaltos emocionales y ni qué decir de la rimbombancia. La poesía que escribe el conductor apunta al lado optimista de la vida de un hogar feliz de clase media o tal vez media-baja de los suburbios americanos

La esposa del poeta conductor también es feliz. Tiene la casa decorada, graciosa y obsesivamente, con círculos negros y blancos en todas partes: en la sala, la habitación, el baño. Esta chica de origen iraní aspira a aprender a tocar la guitarra y a vender cupcakes en el pueblo. Ella, eso sí, está preocupada por la suerte del poemario de su marido. Tiene plena fe en la calidad de lo que escribe y le pide con fervor que haga, al menos, una fotocopia del grueso cuaderno en el que tiene todos sus poemas escritos en original.

“Tener un cuaderno de notas es como tener una habitación”, dice Antonio Muñoz Molina. Esa habitación que es Paterson: la vida retratada en un poemario. El poeta conductor sentado en un banco frente a la perpetuidad del agua cayendo y el rumor continuo de la cascada del río Passaic con su potencia y misterio:

Tenemos muchísimas cerillas en casa.     

Siempre las tenemos a mano.

En este momento nuestra marca favorita es Ohio Blue Tip,   

aunque antes preferíamos las Diamond. 

Eso fue antes de descubrir las cerillas Ohio Blue Tip. 

Tienen paquetes perfectos, 

cajas duras en azul claro y oscuro y etiquetas blancas con palabras en forma de megáfono,…

Hacia el final del film la pareja sale a celebrar la venta exitosa de los cupcakes que ella había preparado y vendido en una feria local. Cuando regresan de cenar y de ir al cine, se encuentran con el hecho de que el perrito de la casa había destrozado el cuaderno de poemas, que por descuido él había dejado sobre una butaca. La sala de la casa está llena de pequeños, cientos, tal vez miles de fragmentos de papel. El perrito que tanto quiere la pareja y que el conductor saca todas las noches a pasear y a que lo acompañe a tomar una copa en el bar de costumbre, había pulverizado su obra; su habitación.

El poeta está en estado de shock. No sabe qué hacer, su vida parece haber sucumbido al vuelco de un instante. No puede dormir esa noche. Amanece mudo, sentado en el sofá de la casa, la mujer trata de darle ánimo. Luego él sale a dar unas vueltas. Llega hasta la cascada donde se sentaba a escribir poemas.

En ese momento, en el estado en que encontraba, se produce una de las escenas más sublimes de la película al entablar conversación con (asumimos) un poeta japonés que había viajado a Paterson para conocer el pueblo natal de William Carlos Williams. El conductor disimula, no quiere admitir que es poeta, pero el japonés se percata de que no le dice toda la verdad, se da cuenta de su dominio sobre temas relacionados a la literatura. Con cada respuesta el japonés replica con un grave Ajá de incredulidad e ironía. Antes de despedirse saca un cuaderno de notas en blanco y se lo regala al conductor. Luego se retira balbuceando otro Ajá, y el conductor poeta retoma la escritura, comienza a escribir sobre la primera página en blanco, empieza de nuevo.

II

Visita inesperada a Paterson o la importancia de la planificación

Salimos con prisa para poder tomar el tren hasta Seacucus y luego hacer trasbordo a Paterson. Un viaje a Nueva York para la presentación de un libro sirve como pretexto, bajo el efecto seductor continuado de la película, para visitar Paterson. La gente andaba vestida con ropas ligeras como si ya hubiese entrado el verano. Hay un ambiente de celebración, de libertad, de punto final a tantas penurias del invierno. Había que aprovechar porque la primavera engañosa haría de las suyas al día siguiente. Según el pronóstico: it’s turning ugly again, y por eso el ambiente de euforia, aunque fuese efímera.

Desde el tren empezamos a ver pueblitos ordenados, una estética completamente distinta a la de Nueva York. Llegamos a Paterson y tomamos fotos en el andén aéreo donde se detuvo el tren. Descendemos. Al salir nos damos cuenta de que la estación está rodeada de indigentes y de personas abatidas. Vemos letreros en español sobre una elección de alcalde: Pedro Rodríguez, Alex Cruz, latinos, principales contendientes. Hay también un anuncio de un candidato blanco, Andre Sayegh. El aspirante afroamericano se llama Bill McCoy. Cruzamos la calle y entramos a un Dunkin Donuts para usar el Internet y ubicarnos dónde estábamos y cómo llegar a las cataratas del río Passaic.

Leo: “Paterson es la segunda ciudad más densa de los Estados Unidos entre las que tienen más de 100.000 habitantes, sólo seguida de Nueva York. Conocida anteriormente como la ciudad de la seda por su desarrollo en esa rama de la industria, evolucionó a un destino principalmente de inmigrantes hispanos, así como de inmigrantes árabes, musulmanes, indios y del sur de Asia. Es la ciudad de Estados Unidos con más ciudadanos del Perú. Es tan numerosa la comunidad que el gobierno peruano decidió abrir un consulado en Paterson, a pesar de estar tan cerca de Nueva York. Paterson, en porcentaje, cuenta con la segunda comunidad islámica más grande de Estados Unidos”.

Tomamos impulso y salimos del lugar, tenía ganas de ir al baño pero no había en el Donkin Donuts. En la calle principal la mezcla de etnias era admirable, los fenotipos, las culturas, los idiomas que se oían. Intento entrar a un McDonald’s pero tampoco tiene baño, más bien hay un letrero colgado para ahuyentar a los que necesitan usar este servicio, algo que nunca me hubiera imaginado en un establecimiento de una cadena trasnacional:

“ATENCIÓN CLIENTES: ESTE LOCAL NO ES UNA PARADA DE BUS: NO LOITERING (no se permiten holgazanes)”.

Seguimos caminando y veo más indigentes, hombres y mujeres con caras vencidas por las drogas o el alcohol. A esto se suman los sonidos de los bajos que retumban desde los carros, como una competencia sonora-automotriz de pandillas. La música que suena más alto gana. Sentía que el sonido de los bajos hacía temblar mi pecho. Había una competencia de facto de géneros: los latinos con sus músicas caribeñas a todo volumen, los negros con el rap o el hip-hop a todo volumen, y de vez en cuando unos blancos con música roquera a todo desmadre.

A medida que proseguimos notamos que casi todas las tiendas tienen sus anuncios en español, no parecía que estuviéramos en una ciudad tranquila de Nueva Jersey, mucho menos en el Paterson que me imaginé a través de la película y que ahora, por los momentos, me empieza a parecer un engaño. Los múltiples restaurantes de comida peruana ofrecen: Prihuela c/ceviche, Chupe de camarón, sopa de pescado, tiradito c/choritos a la chalaga, pargo rojo frito, arroz c/ mariscos, lomo saltado, seco de cabrito, ají de gallina, carapulca, tacu tacu, arroz chauta, pachamanca. Hay carteles de eventos musicales: “Reventón de Primavera” con Pacha, la hija del sol, Yaritza Lizeth, directamente desde Perú, The Seven Stars, Mary Álvarez, belleza y sentimiento, y el grupo Takuva’s.

Sacamos con disimulo el celular para seguir el mapa sin señal que habíamos dejado congelado en el Donkin Donuts. Parecía que atrás quedaba un caos como el de Catia La Mar en Vargas, Venezuela, y la calle se empieza a librar de comercios. Ahora está un poco más desolada. Sigo con las ganas de orinar pero no hay baño en ningún lado, la vejiga clama por libertad.

Un poco más adelante nos encontramos con la estación de autobuses de la película: Market Street Bus Garage, NJ Transit, me sube de golpe el optimismo desaparecido: la ficción se hace realidad. Es una estación auténtica, no algo inventado como un set hollywoodense. Vemos los autobuses tal cual están en la película y me imagino al conductor escribiendo sus poemas antes de iniciar su faena.

Luego andamos hasta el final de esa calle donde está un Burger King solitario y asumo que puede tener baño, como en efecto lo tenía para, finalmente, sentir alivio fisiológico. Compramos una Coca Cola Light y nos conectamos a la señal Wifi, para confirmar la ruta. Vemos que un poco más arriba esta la cuesta del llamado historical landmark y nos enteramos que la figura central de la ciudad es Alexander Hamilton, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, y que el auge industrial que tuvo Paterson se debió a una represa hidroeléctrica. Luego de su esplendor se vino abajo, como una pequeña Detroit de Nueva Jersey.

Salimos del Burger King y un poco más arriba, al final de la cuesta está un puente donde se divisan las cataratas del río Passaic, como un espejismo de agua, las que aparecen en la película. Vemos hacia abajo y ubico, a lo lejos, pero con precisión, el lugar donde se sentaba el protagonista, el actor de apellido Driver en la vida real, y donde ocurre la escena memorable con el poeta japonés.

Solo que ahora veo que el lugar está lleno de tractores y camiones. Nos acercamos y descendemos a lo que debería ser la entrada y todo está cercado y bien cerrado. El lugar se encuentra en remodelación y no hay acceso. Tratamos de entrar a escondidas, por una vereda llena de matas y arbustos, y nos percatamos de un refugio de indigentes. El lugar tiene mucha basura y hay un edificio derruido, a la merced del abandono, como lo pueden ser la mayoría de las construcciones antiguas alrededor del río que en otra época vieron su esplendor.

De regreso subimos y vemos un puentecito que está sobre el río y decidimos llegar hasta allá, ya que estamos aquí. Ahora nos encontramos en el puente, encima de las cascadas, el río ancho, brioso, que luego se precipita en caída libre. Si levanto la cabeza miro al lugar donde escribía el conductor poeta, al que no pudimos entrar. A la distancia hay un mural pintado sobre un muro y una nota gigante:

In summer, the song sings itself. William Carlos Williams.

Y pienso en el trasfondo y el contraste con la vida real en este momento: “En el verano la canción se canta a sí misma”, algo que me parece irónico, hoy, un inesperado día de verano en pleno abril, la canción que se canta a sí misma es la que viene de cada carro con su reproductor de cornetas gigantes a todo volumen como violadores del sistema auditivo colectivo.

Luego avanzamos un poco y llegamos a un área con rocas que recuerdan, en miniatura, al Salto Ángel. Las palomas más grandes que jamás haya visto se guarecen entre grietas. Algunas personas están echadas tomando sol en los claros de suelo de tierra con escasa vegetación, como abandonados al ocio, en éxtasis veraniego.

Tomamos unas fotos y emprendemos el regreso replicando el camino desde la estación pero a la inversa, no queríamos tomar riesgos. Entramos a una cabaña que es un centro de información de parques. Tienen varios libros a la venta y me llevo uno pequeñito, el que me llama la atención: Howl and other poems, escrito por Allen Ginsberg, el mismo de la Generación Beat que nació en Paterson, como Hamilton, y que lleva una introducción de William Carlos Williams.

Casi todo lo que hay en la tienda es alusivo a la revolución industrial, al sistema hidroeléctrico y, en menor grado, a Williams Carlos Williams. Williams nació en Rutherford, Nueva Jersey, pero le dio el nombre de Paterson a una obra de cinco tomos en la que mezcla poesía, prosa, fragmentos aparentemente inconexos entre sí y hasta anuncios publicitarios, en los que trata de plasmar la semejanza entre la mente del hombre moderno y la ciudad. William Carlos Williams era médico de día y escritor de noche. El personaje de la película era conductor de día y escritor en sus ratos libres. Escribir y ganar un sustento al mismo tiempo.

Pasamos por el Burger King. Ahora caminamos velozmente, el calor es fuerte, el sol pega duro y cae penitente, creo que hasta nos bronceamos. Avanzamos y, al llegar, la estación de tren seguía rodeada de habitantes de la calle. Tomamos el elevador para subir a la plataforma. Al lado de donde uno toca el botón para llamar el ascensor hay un letrero en inglés que dice:

Usted no está solo.   

¿Se siente desesperado, deprimido o suicida? 

Llámenos al 1-800-273-8255.   

Prevención de suicidios.

El tren llega a los pocos minutos con destino a Hoboken, para luego hacer trasbordo hasta Nueva York. Cuando arranca vemos ahora con toda certeza la aproximación a la entrada de Paterson, sucia, llena de desperdicios, chatarra, como antesala de la decrepitud que acabamos de dejar atrás, una ciudad a la que nunca pienso volver.

 III

Paterson regresa pero en Barcelona

Estaba equivocado. No sería la última vez que visitaría Paterson. Paterson vino a mí de la forma más inesperada. Unos meses más tarde de la accidentada visita al lugar de filmación de la película, acudo a la presentación del libro Cómo ser perfecto.

Se trata de una antología, traducida por primera vez del inglés al español, de la obra del poeta Ron Padgett. Padgett, me entero, es el autor de los poemas que escribe el actor Driver en su papel de conductor poeta. ¡Menuda sorpresa! La oda a Williams y la cotidianidad se anclaba en la escritura de un reconocido poeta y no de una autoría anónima elaborada para la película. La presentación del libro tuvo lugar en animal sospechoso, una librería especializada en poesía, y estaría a cargo del poeta, ensayista, traductor y docente argentino Edgardo Dobry y Michael Tregevo, novelista, poeta y traductor nacido en Winnipeg.

Cómo ser perfecto es el libro número 36 de poesía de la editorial Killer 71. El ejemplar que ahora reposa en mis manos es una edición bilingüe con los poemas en inglés escritos por Padgett y su respectiva traducción al español.

Cuando Tregevo empieza a leer en inglés el poema de amor de las cerillas: We have plenty of matches in our house /We keep them on hand always/Currently our favorite brand is Ohio Blue Tip,… fue un baldazo de frescura a los sentidos, como si estuviera viendo la película por primera vez.  El resto de la noche estuvo cargada de lecturas contrapunteadas inglés/español entre Dobry y Padgett. Ambos, de paso, comparten su gusto y admiración por la poesía de William Carlos Williams.

En el prólogo del libro, Dobry nos da luces sobre el origen de la obra de Ron Padget, es decir, la que escribe el conductor poeta en la película. Entre otras influencias se inscribe en la tradición sencillista y celebratoria de la cotidianidad de Williams: “El poeta conductor del autobús de la película de Jim Jarmusch (el director) es un hombre razonablemente feliz y hasta indolente: lo contrario de la figura típica del artista atormentado, siempre a un paso de la autoflagelación, de la locura, del suicidio… La poesía de Padget propone que la vida más o menos integrada de un señor de clase media puede también destilar algunos buenos poemas. Incluso algunos grandes poemas”.

Y es a partir de esa falta de patetismo que se plantea la obra de Padgett, como una oda a la cotidianidad y también, según nos explica Dobry, al humor. Padgett comenta que otro poeta, Kenneth Koch, que como él fue considerado parte de la Escuela de Nueva York, le enseñó que “el lado cómico de las cosas puede estar presente en el poema”. El poema que le da título al libro, Cómo ser feliz, es uno de los más extensos. Parece, de hecho, un decálogo de trece páginas sobre la felicidad, con frases sueltas como las siguientes:

Duerme un poco/No des consejos/Cuida tus dientes y tus encías/… Has contacto visual con un árbol…/No hables rápido/… Usa zapatos cómodos/… No pases demasiado tiempo con grandes grupos de personas/… Después de la cena, lava los platos/… Mantén tus ventanas limpias/… Camina por distintas calles/… Mantente alejado de la cárcel/… Debes saber que lo único perfecto es una partida de 300 puntos en bowling, y una de 0 strikes y 27 outs en béisbol.

Termina la velada poética. Salgo con una alegría interna como la que tuve cuando vi Paterson, la película, por primera vez. Pienso en las consignas de Cómo ser perfecto y me pregunto si Paterson, la ciudad, es una gran broma, una gran mueca del universo. Luego me pierdo en una noche inusualmente fría, ventosa y traicionera en Barcelona, volteo antes de cruzar la calle. Quisiera tener una caja de cerillos Ohio Blue Tip y completar, al llegar a casa, la cita del poema que dejé arriba incompleto:

…como para decirle al mundo   

“Aquí está la cerilla más hermosa del mundo, 

sus cuatro centímetros de pino suave coronados 

por una cabeza rojo oscuro, tan sobria y furiosa 

y decidida siempre a estallar, 

y encender, quizás, el cigarro de la mujer que amas,  

por primera vez —y ya nunca 

vuelve a ser igual. Todo eso te daremos”.

Es lo que me diste, yo

soy el cigarro y tú la cerilla o yo

la cerilla y tú el cigarro, quemándonos 

con besos que arden hacia el cielo.


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