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Retratos, hitos y bastidores

Cleopatra en Candelaria

por Arturo Almandoz Marte

28/11/2019

Puente de la Ave. Fuerzas Armadas sobre la Ave. Urdaneta, circa 1959 | Autor desconocido | © Archivo Fotografía Urbana

1. Antes de leerlo en libros de historia antigua, Cleopatra fue para mí nombre escuchado en la infancia temprana. Mamá y mis hermanos habían visto el filme homónimo poco después de su estreno en 1963, siendo yo todavía bebé. Ya de niño precoz, cuando comencé a interesarme por las vicisitudes de Elizabeth Taylor y Richard Burton, una de las parejas de aquella década, mi hermana Corina, presumiendo de su inglés de bachillerato, me dijo que el romance legendario había “comenzado durante el rodaje de Cleopatra, Queen of the Nile”. Entonces sentí envidia pueril por haber sido demasiado pequeño para poder acompañar a la tropa familiar en aquella vespertina cinematográfica. Y como suele ocurrir con lo que nos excluye, ello avivó mi curiosidad.  

Cuando mencioné en casa, años más tarde, que la reina egipcia aparecía en mi libro de historia universal de sexto grado, se suscitó una controversia de sobremesa sobre el teatro donde la familia había visto la cinta. Corina estaba empecinada con que había sido en el Hollywood, tan frecuentado, desde la década de 1950 por los vecinos de San Bernardino. Entonces luciría como en la imagen del Archivo Fotografía Urbana, la cual ha reavivado en mí el recuerdo de la polémica de marras, en la que mamá sostenía que la vespertina había sido en el Imperial. Baquiana en Candelaria desde sus años solteros, mamá bien conocía el teatro de la esquina de Romualda, diseñado por el español Rafael Bergamín, pero añadía que, desde su inauguración en el 41, “allí daban más películas mexicanas y españolas que americanas”. 

Como para buscarle la lengua, mi hermana replicaba que quizás se confundía con la Cleopatra de 1934, la cual mamá había visto, en su mocedad, con mi abuela Carmen. Con dejos de cronista caraqueña, aunque era oriunda de Cumarebo, mamá ripostó que eso había sido en una matiné en el cine Ayacucho, “diseñado por Chataing, cuyos palacios tanto gustaban a tu abuelo, desde los tiempos del general Castro”. Y como para zanjar cualquier duda sobre su memoria, mamá recordó que varias veces estuvieron a punto de abandonar la función, porque mi abuela, “quien no gustaba de Claudette Colbert”, se escandalizó en más de una escena, incluyendo aquella donde la diva asomaba desnuda tras un quemador de incienso.

La controvertida sobremesa no hizo sino acrecentar mi interés por la saga cinematográfica, atizado por el hecho de que, en vista de sus más de tres horas de duración, el filme con la Taylor no solía incluirse en programaciones televisivas de Semana Santa. De allí que, por el resto de mi infancia, sobrellevé mi deseo con Ben-Hur, Los diez mandamientos y otras “películas de romanos”, como llamábamos en casa lo que pasó a ser conocido como género “péplum”, tachonado de túnicas, espadas y sandalias.

 

2. No fue hasta mediados de la década de 1980 cuando pude ver el filme dirigido por Joseph L. Mankiewicz, según establecía la ficha repartida en el teatro Imperial, renovado a la sazón como sala de cine cultural, con toques retro. Cargado todavía por las resonancias infantiles sobre los protagonistas, fue algo extraño para mí – aunque se acostumbraba a la sazón en salas del “cine de autor” – ver la cinta más bien asociada a directores. El plural se debía en este caso a que, a lo largo de tres años de rodaje, Rouben Mamoulian y Darryl F. Zanuck fueron sustituidos por Mankiewicz, ensamblador de la versión original de seis horas. Pero más que centrarse en la carrera de este último, quien fuera galardonado en 1950 por All about Eve, la ficha del Imperial enfatizaba que la cinta, titular entonces del récord de la más cara de la historia, terminó siendo “el fracaso más exitoso de Hollywood”.

Concebida como parte de una estrategia para recuperar a Twentieth Century Fox, la coproducción entre Estados Unidos, Gran Bretaña y Suiza, originalmente presupuestada en dos millones de dólares, terminó costando 44, a lo que se añadió la mala publicidad ganada durante el acontecido rodaje. El contrato original de Liz Taylor había sido fijado en un millón de dólares, cifra sin precedentes para entonces; pero la ya diva terminó cobrando siete, equivalentes a 47 millones actuales. Muchos de esos incrementos se debieron a la mudanza de la filmación, iniciada en 1960 en Londres, donde la humedad deterioró algunos escenarios concebidos por John DeCuir. También afectó la salud de la Taylor, convaleciente de una traqueotomía. En Roma, donde terminara el rodaje en el 63, sectores conservadores arremetieron contra los flagrantes adulterios de los amantes prohibidos, quienes no solo interpretaban, sino también parecían actualizar algo de Marco Antonio y Cleopatra. Además  de ser Burton casado con dos hijas, Liz arrastraba el pecado de que Eddie Fischer, su cuarto y actualísimo esposo, había sido robado a Debbie Reynolds, su mejor amiga de Hollywood y una de las “novias de América”. 

Afiche oficial la película Cleopatra | Cortesía

A diferencia de la tempestuosa relación de sus protagonistas en décadas por venir, el malhadado filme logró capear los temporales. Al ser estrenada en 1963, Cleopatra recaudó 24 millones de dólares, los mejores resultados para el box office de ese año, insuficientes empero ante el presupuesto descomunal. Sin embargo, la recuperación vendría años después, cuando la mitología en torno a la cinta hizo a las televisoras pagar jugosos derechos de proyección, incluyendo los cinco millones de ABC, una de las primeras en adquirirla. Ya para entonces los maquillajes pronunciados con toques de esfinge, los cortes de cabellos rectilíneos, así como las largas túnicas de anchas mangas, hacían furor a finales de aquella década psicodélica, al menos entre las amigas de mi hermana Corina, para quienes “la Cleopatra de Taylor” se había convertido en película de culto. 

 

3. Las extravagancias vistas en pantalla daban cuenta de la desmesura presupuestaria, al menos en la lectura a la que, en aquella proyección de los ochenta, llevaba la información provista por la ficha mimeografiada. Merecedores del óscar al mejor vestuario, eran deleitables los 63 atuendos lucidos por Taylor, diseñados por Irene Sharaff, tanto en tonos fríos como cálidos, siempre realzando el cabello azabache y los ojos violetas de la diva angloamericana. Distaba esta empero de la más anodina fisonomía conservada en efigies de Cleopatra VII, quien parece haber destacado más por sus dotes culturales y políglotas, como otros monarcas de la dinastía ptolemaica.

El ajuar de Taylor era apenas una fracción entre los 26 mil peplos de cortesanas y sacerdotisas; junto a las armaduras de generales y centuriones, incluyendo los ocho mil pares de sandalias, tan solo para los extras, diseñados y supervisados todos por Vittorio Nino Novarese. Aunque controvertida por egiptólogos, la pieza más impresionante era, por supuesto, el traje a lo fénix enhebrado en oro, llevado por la reina al llegar a Roma con Cesarión, para rendir tributo al padre dictador. Rex Harrison – cuya interpretación de César me pareció más recia que el Marco Antonio de Burton – viste en esa escena, si no me equivoco, la toga púrpura y el laurel reservados al imperator o vencedor. Era la dignidad alcanzada tras sus campañas en las Galias y la derrota de Pompeyo en Farsalia – también aparecida en el fragor de la película, creo recordar –  entre otras proezas cumplidas por César para aquella república cada vez más autocrática.

Precedida por legiones norafricanas, exóticas no solo para la plebe romana sino para la misma corte egipciaca, esa sola escena, cuya organización y rodaje hubo de esperar seis meses – hasta que hubiera luz adecuada en Roma – es apoteosis del género instaurado por Cecil B. DeMille. Y poniendo de lado los clichés hollywoodenses, al verla pensé, más como urbanista, cuanto ilustra la transculturación ocurrida en antiguas metrópolis imperiales, de Alejandría a Roma, tal como insistieran Oswald Spengler y Lewis Mumford, entre otros filósofos de la historia.

Cine Hollywood, Esquina Ña Romualda, Caracas, circa 1953 | Postal ©Archivo Fotografía Urbana

 

4. Casi tres décadas después de aquella función en el Imperial, Cleopatra me visitó en casa a través del canal TCM, en una noche de la atrincherada rutina caraqueña. Más que cuando la vi en la sala de Candelaria, recordé los comentarios que, ante mi curiosidad infantil, hiciera mamá sobre “la duración maratónica”, dificultosa para una “tenida completa”, como añadió en uno de sus venezolanismos afrancesados. Pensé también en la sugerencia que al parecer hizo Mankiewicz a Twentieth Century Fox, para que la cinta fuera dividida en dos partes de tres horas cada una, una por cada amante de la reina; a lo que los productores objetaron que la mayoría del público iría a ver solo la segunda, dados los amoríos de Burton y Taylor.    

Pero estaban equivocados, al menos en mi caso. Ya desactualizadas las vicisitudes de los actores legendarios, se me hizo que, tras el idus de marzo y el regreso de Cleopatra a Alejandría, la segunda parte de la película no resulta tan atractiva, acaso por el interés mermado a lo largo de la proyección luenga. Quizás influya también que la interpretación de Harrison – la única actoral nominada al óscar de la academia, galardonada en otros ámbitos internacionales – no es relevada con Burton con la misma fuerza mostrada por este en The Night of the Iguana (1964) o Equus (1977). Y a ello se añade que, si nos dejamos llevar por detalles formales, los petos y las botas de Burton resultan desencajados; lo cual al parecer se debió, según señaló Harrison en sus memorias, a que el actor galés no solicitó mayores ajustes al vestuario diseñado para Stephen Boyd, quien personificaba a Marco Antonio al iniciarse el rodaje. 

Con todo y ello, hay highlights muy hollywoodenses en esa segunda parte virtual, cruzados con escenas de la obra de Shakespeare, como el encuentro de los futuros amantes en la barcaza imperial de la reina, quien se niega a abandonar el suelo egipcio para ganarse al general romano. Con toques de bacanal, es ocasión para desplegar otros atuendos de Taylor, luciendo cabellos recogidos y aderezos de gemas que parecen sacados de sus portadas en los tabloides. Y por supuesto resaltan escenas de la batalla de Accio, captada desde el drama del general capitulante ante la dominación de Octavio. Porque ese 2 de septiembre del 31 a. C. selló no solo el fin del segundo triunvirato republicano, tras el rezago de Lépido, sino también la génesis del imperio romano, como establecía mi libro de sexto grado para relevar las guerras ptolemaicas. 

Hasta que la cinta arriba a la escena final del suicidio de Cleopatra, quien introduce, como es archiconocido, la mano en la cesta con higos donde serpentea el áspid. Vi de nuevo esa escena en homenaje a mamá y mi abuela Carmen, quienes fueron las primeras en relatármela cuando era niño. Entonces recordé las caseras controversias de marras sobre el cine donde mamá y mis hermanos habían visto el filme legendario. Y sonreí al pensar que, sin importar si fue en el Imperial o en el Hollywood, todos en la familia terminamos viendo Cleopatra en Candelaria.


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