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Crónica

Blackout

por Anamaría Aguirre Chourio

Fotografía de capslockpirate | Flickr

23/03/2019

Hace varios años estuve a punto de ahogarme en Playa Grande, Choroní. Había ganado mi primer premio de fotografía. Con lo último que me quedaba de ese dinero, después de casi un mes de celebración, compré una botella de vodka, Platanitos, hielo y jugo de naranja. Yo no sabía nadar y me agarró una resaca a las cinco y media de la tarde, cuando ya el salvavidas había terminado su trabajo. Todo pasó muy rápido. Dos personas trataron de salvarme infructuosamente. Recuerdo muy bien que me cansé y decidí solo ceder. El agua me absorbió, cerré los ojos y perdí la noción de qué estaba arriba y qué estaba abajo. Les juro que por un momento vi una cola de sirena. Tal vez solo fue una bolsa o una alucinación, realmente nunca lo sabré. El caso es que una ola me arrastró y en el momento en que la planta de mi pie derecho sintió la superficie lisa de una roca, un impulso me hizo incorporarme y caminar hasta la orilla de la playa. El salvavidas me regañó y yo me senté un rato en la orilla pensando sobre lo que había ocurrido y hablando con las personas que estaban conmigo.

Más tarde, esa noche, rompí a llorar por un buen rato.

Luego de más de 120 horas sin electricidad pude al fin tener un poco de señal y enviar alguna “fe de vida” —un poco como mensaje embotellado, un poco como un faro— a mis allegados. En este punto realmente no estoy muy segura de qué sentir, o de qué sentí durante tantos días de tortura (psicológica, en mi caso) por parte de la mayor desgracia del siglo XXI.

Estuve, contrario a mi naturaleza ansiosa, bastante sosegada durante los días y noches en las que no podía hacer absolutamente nada productivo. Los libros y los perros son los mejores amigos del hombre y, por suerte, cuento con esta dupla maravillosa.

Durante esta penuria me interné en mi género favorito: la literatura escapista, mejor conocida como el sci-fi. No sé si ver que la realidad del 2019 es inmensamente más honda y triste de lo que vaticinaban los escritores a mediados del siglo pasado me hacía sentir un poco reconfortada, o que sencillamente la falta de electricidad también había anulado en mí ciertos niveles de empatía. O tal vez me hizo entender que el único control que podía tener en esta situación era sobre mí misma y que, por tanto, debía ejercerlo.

Alterné mis lecturas con Edgar Allan Poe, lo cual me hacía pensar también en las miles de formas en que la justicia vengativa con total justificación y merecimiento deberá realizarse sobre cada uno de los responsables de las horas amargas que durante tantos años se han hecho con ningún otro objetivo que el beneficio de unos pocos. Y estas palabras las digo con toda la responsabilidad que, de alguna manera u otra, recae en mí.

En un ínterin de lectura, tomé un viejo ejemplar de El coronel no tiene quien le escriba y me hizo detestar tanto a Gabriel García Márquez, quien a pesar de esa increíble capacidad de configurar las palabras en el español de las formas más bellas y cursis, al igual que Cortázar tenía tibieza a la hora de criticar a los nefastos regímenes de izquierda. Además, el personaje del Coronel me genera una aversión en todas las dimensiones de su personaje.

Cosas de la irritabilidad de la hora 72 sin luz, supongo.

El humo de los cauchos quemados, las cacerolas de siete a nueve, las ráfagas de tiros rompiendo el silencio de la madrugada son parte ya de un paisaje cotidiano. Abrir los ojos sin saber si se han abierto realmente; qué está arriba y qué está abajo es difícil dilucidarlo cuando el negro es igual de profundo en cualquier dirección y uno suele dormir haciendo remolinos en la cama. La corriente de aire frío indica donde está la puerta y con suerte el taquito de vela alcanzará para ir al baño y buscar un poco de agua. En la oscuridad todo es una misión.

La misantropía se exacerba en situaciones críticas. Yo que soy de carácter más bien tolerante, llegué hasta a detestar las pantaletas de colores escandalosos y mal combinados que la vecina de enfrente tendió a secar al sol. Es que eran realmente de mal gusto.

Mi sobrino me dice que aunque no podrá recuperar los años que le han robado, espera que pueda disfrutar su juventud, aunque sea un poquito más. La empatía me vuelve al cuerpo en ese momento como una daga afilada en la boca del estómago y le prometo que así será.

En el cuarto día concluí que la rabia es el tabú más peligroso del chavismo. La dictadura de la falsa felicidad es el tema constante de los cuentos de ciencia ficción que leo ese día. Los escriben criminólogos y científicos. Asimov asevera que iremos a la conquista de Marte o volveremos al palo y piedra. En la calle, la gente se comporta como neandertales y, aunque me desagrade, lo entiendo. Vamos Elon Musk, llévanos al menos a una versión que aún no esté escrita en la historia.

Como el día que casi me ahogo, cuando volvió la electricidad, no celebré. Hice un par de bromas, sí. Escribí, traté de retomar el hilo de mi vida con la mayor naturalidad posible a sabiendas que debo responsabilizarme por errores de los demás. El mundo no para, aunque el retroceso socialista quiera intentarlo, y además, hacerlo girar a su alrededor. Este pequeño desahogo es una manera más elegante de llorar, solo porque la miseria a la que nos quieren condenar no merece nuestras lágrimas ni nuestras emociones viscerales, por ello lo único que estoy dispuesta a dar es mi mayor sensatez y racionalidad.


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