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Perspectivas

¿Y la política industrial para cuándo?

por Juan Carlos Guevara

Fotografía de Juan Barreto | AFP

22/03/2019

Después de estos largos veinte años, la sociedad venezolana abriga una profunda necesidad de enmienda. Sentimos que hemos cometido errores, que hemos pagado caro, y nos disponemos a corregirlos. La híperpolitización del país ha llevado a que en cada rincón de la nación los ciudadanos expresen sus pensamientos sobre su conducción, tanto en su presente como en su pasado. Y así, distintas versiones sobre las tareas a enfrentar el “día después” comienzan a discutirse. Pareciera que cada quien tiene su propio Plan País en función de lo que ha vivido, sufrido y esperado; lo cual, dicho sea de paso, no es en absoluto criticable. Pero debemos tener cuidado con los simplismos y reduccionismos. Pensar el país nos obliga a comenzar por revisar nuestra historia y nuestros errores para que, a partir de allí, identifiquemos el largo y sacrificado camino que nos tocará recorrer tanto en lo político como en lo económico. En lo político, la tarea fundamental pareciera estar dirigida a revisar ese híperpresidencialismo que se ha enquistado en nosotros desde los tiempos del mismísimo Bolívar, mientras que en lo económico se trata de evaluar el verdadero y definitivo papel a jugar tanto por el Estado como por la sociedad en el proceso de creación de riquezas. Pareciera una tarea fácil, pero seguramente habrá tantas propuestas como ciudadanos tenga la nación. He allí un problema.

Quisiera referirme en este espacio al problema económico, por ser éste el área de mi profesión. Además, finalmente los políticos se han percatado de que nada debilita más la democracia que el hambre. Cuando se habla de economía, se habla realmente de un sistema. Visto así, se trata de un conjunto de reglas o principios que guardan una relación entre sí, y que funcionan como un todo. En este sentido, cuando esbocemos un nuevo proyecto económico para el país, debemos tener sumo cuidado de no repetir el error de impulsar políticas contradictorias y, por ende, insostenibles. Debemos ver la economía como un sistema en el que coexisten, entre otros, una autoridad fiscal, una monetaria, una PDVSA, una industria no petrolera y un cuerpo de trabajadores.

Planes económicos para Venezuela

No existe una propuesta de programa económico para Venezuela que no emplee como pivote el rescate de nuestra industria petrolera. No es para menos; se trata de la industria que transformó la nación en lo económico, político y cultural. Nuestra suerte como gentilicio está indefectiblemente atada, para bien o para mal, a nuestro oro negro. De allí que luzca obvio, cuando no convincente sin mayor justificación, que iniciemos nuestras “reparaciones de guerra” por la industria petrolera nacional. Sin embargo, más allá de cuán justificado consideremos esta estrategia, creo conveniente que la sociedad evalúe, con conocimiento de causa, cuánto puede esperar de la “nueva PDVSA” del futuro. Algunos especialistas señalan que se requerirá entre $25 mil millones y $30 mil millones por año durante 7 años (o hasta $210 mil millones) para alcanzar un volumen aproximado de 3 millones de barriles diarios de producción. Una inversión nada despreciable, aunque muy parecida, en términos de valor presente, a la que el país realizó en su industria petrolera en las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado. Sin embargo, es importante saber que el negocio petrolero a nivel mundial ha variado con respecto a aquella época, por lo que el esfuerzo de inversión que se nos plantea tendrá unos resultados desafortunadamente muy distintos a los de entonces. Veamos: el consumo de gasolina y de otros derivados del petróleo acelerarán su contracción en los años por venir. A manera de ejemplo, el comité de medio ambiente del Parlamento Europeo ha aprobado una propuesta que obliga, a partir del año 2025, a que las ventas de los fabricantes de automóviles estén constituidas al menos por un 20% de vehículos eléctricos o híbridos enchufables.

Para el 2030, esa cifra tendría que ser del 40% de las ventas y para el 2040 ningún vehículo podrá emitir ningún gas contaminante. Otras iniciativas de parecido tenor están siendo puestas en práctica en los Estados Unidos, otros países de Europa e incluso por países productores de petróleo, como Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, entre otros. Si a esta realidad le añadimos el rápido desarrollo de las fuentes de energía renovable (solar, eólica, etc.), luce acertada la proyectada evolución secular contractiva de la demanda petrolera mundial a partir del 2030 y, por ende, del Valor Presente Neto del negocio petrolero. Es en este preciso entorno en el que Venezuela apuesta su futuro a su industria petrolera. Es una realidad que ciertamente resta atractivo a una industria intensiva en capital y con un alto porcentaje de costo fijo, por lo que atraer inversionistas exigirá unos menores costos operativos, como por conceptos de regalía e impuestos sobre la renta. De hecho, en el caso particular de Venezuela, actualmente la ley establece un porcentaje por regalía del 30% y un impuesto sobre la renta del 50%. Más allá de que la disminución por ambos conceptos en los Resultados Operacionales de PDVA entre 2014 y 2016 fue del 76% (Informe Financiero de PDVSA 2016), se hace necesario adecuar dichas tasas a los valores internacionales si queremos atraer las inversiones necesarias. Hay que tomar en cuenta, además, que Venezuela seguirá siendo una economía de elevado riesgo, aún si se produce un cambio radical en el actual régimen político. De allí que la tasa por regalía debería disminuir a un valor que, sin exageraciones, podría oscilar entre el 15% y 20%, mientras que, por concepto de impuestos sobre la renta, las tasas, para ser competitivas, deberían estar entre un 15% y un 33%, dependiendo de la calidad de los crudos extraídos y procesados. Esto da una idea de una contracción nada despreciable en los ingresos fiscales futuros por concepto de petróleo, y las serias limitaciones que el Estado tendrá para financiar su política de gasto público. El otrora país petrolero se ha desdibujado para siempre. Es necesario tener esta realidad muy presente al momento de pensar en el diseño de la Venezuela del futuro.  

Política cambiaria y política industrial

Entre las primeras propuestas de política económica que se presentan en cualquier foro sobre el tema, está la de la política cambiaria. No es para menos, dado el alto impacto de la misma sobre una diversidad de variables en la economía, en particular sobre la inflación. Los planteamientos van desde el extremo de la libre flotación al anclaje cambiario, pasando por flotación controlada, bandas e, incluso, dolarización. Se trata ciertamente de un tema complejo y de ello dan fe diversos estudios muy completos sobre el mismo (1). Otro tema que igualmente surge con frecuencia en los foros especializados es el de la imperiosa necesidad de rediseñar nuestra política industrial. Más por la urgencia del momento que por la claridad de criterio, se plantea como objetivo el impulso de una industria exportadora basada en la competitividad y productividad de nuestros productos, intención ésta que viene siendo presentada de forma recurrente desde mediados de la década del 60 del siglo pasado, sin ningún éxito aparente. Son dos temas sin duda complejos, pero el hecho que se quiere resaltar en esta nota es que ambas políticas son presentadas de manera independiente cuando en realidad existe una fuerte conexión entre ellas, conexión que obliga a endogenizar su diseño. Es bien conocido, por ejemplo, que una base industrial fuerte y diversificada tiende a fortalecer la moneda doméstica frente al resto de las divisas, o que los movimientos en el tipo de cambio pueden operar como una suerte de impuesto (con sobrevaluación cambiaria) o subsidio (con subvaluación cambiaria) sobre las importaciones con su concomitante impacto sobre la producción industrial nacional. A pesar de ser ésta una realidad harto conocida entre los especialistas, son muy pocos los intentos en diseñar ambas políticas de manera simultánea (joint determination), promoviendo así el diseño de políticas contradictorias. Un ejemplo ayudará a ilustrar el punto.

El criterio convencional apunta a que, cuando se emplea una política cambiaria de tipo de cambio fijo, la política comercial (aranceles a la importación, subsidios a la exportación, cuotas, etc.) a seguir es de tipo proteccionista para proteger la industria doméstica ante eventuales situaciones de apreciación cambiaria. Sin embargo, un reciente estudio señala que la realidad es contraria a ese criterio convencional (2): son los países con mayor flexibilidad cambiaria los que con más frecuencia emplean políticas comerciales proteccionistas. Este inesperado resultado es una consecuencia directa del intercambio comercial entre países que practican diferentes políticas cambiarias. Así, aquellos países con tipos de cambio flexibles son generalmente objeto de competencia desleal por parte de socios comerciales que presentan políticas cambiarias intervencionistas. La manipulación cambiaria con el objeto de crear una mayor competitividad ficticia, práctica considerada como desleal en el comercio internacional, es lo que ha llevado a los países con flexibilidad cambiaria a presentar querellas contra socios comerciales con tipos de cambios controlados y que protejan sus industrias con políticas comerciales restrictivas. La actual controversia comercial entre EE. UU. y China es un claro ejemplo de ello. A manera de corolario, si se quieren diseñar políticas económicas sostenibles en el tiempo, lo cual es el deber ser, no solamente la política cambiaria debe ser definida conjuntamente con la política industrial (comercial), sino que se deben considerar en el análisis las políticas cambiarias aplicadas por los principales socios comerciales del país. Obviar este asunto no solamente revela desconocimiento de las características sistémicas de la economía, sino que a su vez conlleva a la aplicación de políticas económicas contradictorias (3) y, por ende, no sostenibles en el tiempo. Si convenimos en que la inestabilidad en las políticas macroeconómicas hace un gran daño a la industria nacional, estaremos de acuerdo en que la principal política industrial apunta al diseño de políticas macroeconómicas que resulten sostenibles en el tiempo.    

Emprendimiento

A diferencia de las principales economías de América Latina, nuestra primera fase de industrialización fue relativamente tardía, pero evolucionó a mayor velocidad por haber contado con los recursos de la actividad petrolera para su financiamiento. Al igual que la del resto de las economías latinoamericanas, nuestra primera fase de industrialización también estuvo sustentada en la sustitución de importaciones y, en particular, de bienes de consumo final. El resultado de esa estrategia fue bastante aceptable y ya para mediados de la década del 60 del siglo XX, Venezuela cubría alrededor del 85% de la demanda doméstica de bienes de consumo. Para ese momento, sin embargo, ya se hacían evidentes las limitaciones del modelo de sustitución de importaciones, y comenzaban los debates de cómo desarrollar una estrategia exportadora. Al igual que hoy día, también en ese entonces se planteaban tibias expresiones de apoyo gubernamental a una estrategia exportadora con miras a disminuir la dependencia petrolera. Tampoco hubo entonces un criterio claro, un programa específico, de cómo lograr el objetivo. Actualmente, el mundo experimenta su cuarta revolución industrial, la revolución de la era digital y la robótica, con sus muy específicas demandas en conocimientos y habilidades cognitivas, de las que Venezuela luce cada día más distante (4). Es urgente que reaccionemos. Es urgente que se impulsen las ferias científicas en todos los centros educativos del país y se promueva una verdadera alianza con nuestros empresarios para que el conocimiento pueda traducirse en soluciones que provean valor agregado. Es urgente un financiamiento oportuno y suficiente para que la producción de conocimientos sea una opción laboral digna y atractiva para toda esa diáspora venezolana que tuvo una excelente formación pero escasas oportunidades donde desarrollar todo su potencial. Hoy, Venezuela vive una emergencia, no solamente humanitaria o política, sino también de proyecto como nación.  No son tiempos para generalidades. Debemos trabajar con programas concretos, viables, financiables y escrutables por la sociedad. El trabajo luce cuesta arriba pero no es irrealizable. Nuestro verdadero petróleo no está en el subsuelo, sino en todo lo que una vez logramos como nación y que hoy permanece inerte a la espera de que lo redescubramos.

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(1) Estabilización, crecimiento y política cambiaria en Venezuela. Saéz, Francisco, Leonardo Vera, Luis Zambrano Sequín. Mimeo, marzo 2017

(2) Endogenous Trade Protection and Exchange Rate Adjustment. Auray S., M. Devereux, A. Eyquem. NBER WP 25517. Jan. 2019.

(3) Como proponer la flexibilidad cambiaria y liberación comercial, combinación otrora promovida con gran entusiasmo por el Fondo Monetario Internacional.

(4) La IV Revolución Industrial y sus impactos sobre el mercado laboral: Implicaciones para Venezuela. Demetrio Marotta, Luis Lauriño y Luis Zambrano Sequín. Enero 2019. IIES-UCAB.

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Juan Carlos Guevara es investigador asociado al Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y profesor de Economía en la UCAB


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