Perspectivas

Volver a Cuándo: consideraciones psicoanalíticas sobre la desilusión y su potencial restaurativo

Fotografía de Yuri Cortez | AFP

15/07/2023

María Elena Morán ganó este año el Premio Café Gijón con su novela Volver a Cuándo en la que, según confiesa en entrevistas, predomina la desilusión ante la fantasía revolucionaria convertida en ruinas1. “El principal sentimiento es la desilusión. Frustración, fracaso. Uno pensaba que podía llegar a ser algo y, de repente, todo se ve oscurecido por el contexto. Por eso también hay una melancolía y un sentimiento del absurdo, porque aquello en lo que creíamos se volvió una pesadilla. Todo es muy triste.”2

No conozco demasiados textos que profundizan sobre la desilusión desde la perspectiva del chavismo. Me pareció un testimonio necesario, escrito en clave maracucha, con un lenguaje lleno de desparpajo que ayuda a sobrellevar la desazón del tránsito por la hecatombe caribeña. En sus páginas, una familia identificada con el chavismo sufre un desmembramiento que tiene de telón de fondo el colapso del país. El abuelo idealizado, recién fallecido, recorre la novela como un espectro nostálgico, marca clara del duelo no resuelto, observando cómo su hija Nina migra a Brasil para buscar dinero para enviar de vuelta a Venezuela, mientras la viuda se queda criando a la nieta que crece en la pobreza de una Maracaibo lánguida, triste y “sin decibeles”.

El conflicto social está retratado en el conflicto de pareja entre Nina y Camilo. Nina, cuya  familia es humilde pero de buen nivel educativo, fueron simpatizantes a rabiar del Comandante Chávez. La muerte del abuelo y la grave crisis económica que los dejó pasando hambre, con el escenario de fondo de los apagones eléctricos, subrayan el fracaso de las ilusiones de la familia de la protagonista. Su huida a Brasil para conseguir sustento, dejando atrás a su hija que se siente abandonada, dibuja el drama afectivo del fracaso del proyecto colectivo insertado en el personal, además de la sensación culposa de traición que acosa a la protagonista.

La falsedad de una pareja, que en sus inicios fue excitante, camarada de fantasías, de “la lucha”, compañeros supuestamente heroicos, que entrelazan sus pasiones sexuales con las políticas, sirve de metáfora del delirio colectivo. La desilusión del matrimonio fallido es la desilusión del ideal político: “el matrimonio y la revolución libertaria democrática que ambos ayudaron a construir, se habían transmutado en una masa de eslóganes, atrezos, podios, en los que costaba seguir creyendo, porque bastaba dar un paso atrás, quitarse un tantito la lente empañada, el filtro ciego de la militancia, para ver qué poco restaba…”.

El libro aborda las tensiones entre las clases sociales, sobre todo la vivencia de ser blanco del desprecio hiriente de la clase pudiente, contada a través de los pequeños gestos que observa la hija de Nina, Elisa, de trece años, que comienza a menstruar en medio de la novela, como una pérdida necesaria de la inocencia. La indiferencia ante el hambre que expresa de múltiples formas la familia de origen del padre abandonador, los desprecios dirigidos a Nina y a Elisa, por no pertenecer a su círculo social, representan al país no-chavista, retratado como ciegos de soberbia, violentos en sus deseos de venganza política, insensibles al sufrimiento de los menos privilegiados. Camilo es la oveja negra/chavista de su familia. Pero el acercamiento de Camilo al chavismo es hueco, lleno de auto-indulgencia.

La ilusión política va de la mano de la ilusión romántica, sobre todo dirigida al hombre idealizado. La joven Elisa confiesa que: “Freddy Mercury fue su primer amor… El segundo fue el Che”. Camilo resultó ser una falsa promesa, un impostor, que se unió a la revolución para acceder a puestos de poder, hacer dinero, vengarse de su familia de origen y, sobre todo, dárselas de héroe. Víctima de un asalto que le dejó sin un ojo, utilizó un parche de pirata como “antifaz de héroe”, prueba de las heridas sufridas en su sacrificio por la revolución, supuestamente propinada por algún mardito escuálido. El tiempo irá develando el vacío tras las fachadas del falso revolucionario. La desilusión por la mentira política es también la desilusión por la falsedad del cantamañanas, el amante que sirve para pasiones esporádicas, pero no para hacer familia. La convicción ideológica ofrece un decorado discursivo, es el ornamento debajo del cual subyacen las pasiones de varias de las mujeres de la novela, sobre todo la idealización del héroe. Nina se permite, por instantes al menos, creerle a Camilo, lo que la conduce al clímax sexual, aunque después del orgasmo logre recuperar la lucidez. La narradora omnisciente sentencia: “Nina, aquella noche, después de haberte usado cada centímetro de cuerpo mártir y de haberte sudado, besado y babeado el parche y haber gozado orgasmos llenos de fetiches piratas y combatientes, te dijo que la verdad, verdaíta, vos no eras tan importante para sufrir un atentado”. Ese éxtasis que confunde la revolución con el sexo, esa pasión desatada que se sale del cauce de una para inundar a la otra es, a mi manera psicoanalítica de ver, un elemento clave. De telón de fondo aparece en la novela la muerte de Chávez y el enamoramiento de la familia de Nina por el militar, insinuando entrecruzamientos afectivos subterráneos inconfesables. El muñeco inflable de veinte metros, con su puño levantado, relleno de puro aire, ondea en uno de los pasajes como tótem vacío.

La pequeña Elisa, en su tránsito de la infancia a la pubertad, carga el peso de hacer consciencia. Abandonada por la madre que migra a Brasil en busca de los cobres, se pregunta ante el padre que vuelve, “¿esta vez, sí vais a cumplir?”. Inevitablemente se desilusiona otra vez de un papá que se sirve constantemente de medias verdades para conseguir lo que quiere. Ella, atrapada por las circunstancias, termina recurriendo a estrategias secretas de sobrevivencia para salvarse. Sus ilusiones no eran lo esperado y ahora está enredada. Como resumen amargo del drama de su vida y del país: “ahora se mueve entre traiciones, no hay cómo ser amigo de dios y del diablo si no se sabe quién es dios y quién es el diablo, porque parece que se turnan”. Sentencia que revela también el deseo infantil de un mundo maniqueo.

La novela dibuja lo que a mi entender es la estructura afectiva del sentimiento chavista. El uso de la victimización como prueba de sacrificio por un ideal grandioso y deslumbrante; el uso de la revolución como canalización de la rabia hacia el sector del país que exhibió sus lujos con indiferencia ante aquellos que padecían las carencias; la pasión por un hombre heroico que promete reivindicar las heridas infligidas por esas injusticias, elevando ilusiones a niveles mitológicos que inevitablemente se estrellan con la realidad. Ilusiones que han sido reclutadas perversamente como fachada para contrabandear deseos narcisistas, negocios turbios, venganzas, el quítate tú pá ponerme yo; todo enmarcado en la pasión, en encuentros afectivos intensos que permiten velar las inconsistencias evidentes. Lo no dicho es tan relevante como lo dicho. La negación atraviesa la novela en la falta de luz, de ojos sacados, en las cosas no vistas: “no queréis ver”, resume la descripción de Camilo huyendo hacia la frontera colombiana.

La pequeña Elisa, en su proceso de salir de la inocencia sin embargo, se resiste a abrazar del todo la dura verdad. En un pasaje piensa que es: “particularmente cinematográfico eso de llamar dictadura a lo que está pasando en el país. Dictadura es lo que le pasa a los otros, con toques de queda y niños siendo obligados a empuñar armas y espías y guerrilleros y estudiantes luchando contra el sistema.” Los protagonistas no parecen, o no quieren notar el verde oliva detrás de la retórica revolucionaria, ni cómo lo militar fue ocupando todos los espacios, ni el desmontaje sistemático de las instituciones democráticas, no hablan nunca de las tortura cometidas en el Helicoide, ni de los estudiantes menores de edad desaparecidos, ni las masacres de los cuerpos de seguridad, no mencionan las grandes tramas de corrupción inauguradas cuando Chávez aún estaba vivo. La oposición al gobierno es despachada de manera caricaturesca como un simple saco de prejuicios contra los pobres, jamás un contrapeso necesario que evidencia lo que la ilusión no está queriendo ver. La dictadura que, según Elisa, ocurre solo en las películas argentinas, no parece poder verse en la Venezuela actual, aunque la duda le queda al preguntarse: “¿Será que los dictadores en algún momento asumen que lo son?”.

En 2014 comencé, junto a un equipo de psicólogos, un proyecto de investigación en psicología política que incluyó entrevistar a simpatizantes del chavismo para entender las motivaciones de su filiación. Entrevistamos a varias personas durante tres años seguidos para entender cómo iban evolucionando sus creencias e hicimos varias encuestas a nivel nacional3. Lo que al comienzo se pensó como un estudio sobre las motivaciones detrás de la filiación chavista, fue mutando al proceso de lidiar con el colapso del país. En ese tránsito muchos pasaron de la convicción a la desilusión retratada ahora por María Elena Morán. La velocidad con que la omnipresencia del mito pasó a ruina se hizo evidente en esos años de entrevistas, parecido a lo reportado por un historiador que hizo la crónica de la caída de la Unión Soviética: “todo iba a ser para siempre, hasta que no fue más”4.

El filósofo francés Raymond Aron, que estudió la fascinación por la ideología de los intelectuales franceses, concluyó que la posibilidad de que se pudiese lograr una discusión política más racional pasaba por lograr lo que denominó “la sana desilusión” y que ésta sería una tarea a llevar a cabo por la realidad. Advirtió: “el realismo decepciona los entusiasmos fáciles, pero tiene por virtud, precisamente, combatir los fantasmas y, por lo menos, favorecer la sana desilusión”5.

El libro de Morán es un texto significativo, novedoso en su esfuerzo por representar el fracaso político reciente desde la perspectiva del ciudadano chavista. Por eso, y por su capacidad de poetizar en maracucho, es un libro que vale la pena ser leído y pensado. También es un primer paso hacia una conversación muy difícil que tenemos pendiente como país sobre el por qué no se tomaron en serio las advertencias proferidas a tiempo, por qué se despacharon tan fácilmente, y qué responsabilidad nos corresponde a cada uno en esa debacle. En ese sentido, me deja con una preocupación, mirando al arduo proceso de reconstrucción que en algún momento el país ha de emprender, la novela despacha a la oposición con representaciones simplistas, parecería heredar la  la constante estigmatización y, lo que algunos han denominado “basurización” del otro, que implicó despachar la complejidad del que no piensa como yo con un insulto: los escuálidos -o, del otro lado, las hordas chavistas-. Debemos regresar a la violencia directa, estructural y simbólica que el país ha ejercido con tanta facilidad en muchos campos a lo largo de toda su historia. No para entrar en ciclos interminables de culpabilización del otro, sino para ver si en algún momento podemos identificar nuestras responsabilidades, con la aspiración de poder reconocer algo de las injusticias cometidas, para restaurar algo de lo destruido, para ver si la consciencia ayuda a ampliar el espacio para la convivencia.

Lamentablemente, debemos preguntar si ya no es muy tarde para Elisa. Su infancia y su familia quedaron resquebrajadas y todavía está luchando para darse cuenta. “Después de ojo sacado no hay Santa Lucía”, como se dice en criollo, es quizás el diagnóstico del padecimiento de los protagonistas de la novela; que siguen esperando al fantasma del abuelo que anda insepulto, como alma en pena, vagando por las ruinas de un cementerio vandalizado. Tomará muchos esfuerzos valientes, dentro de lo que una novela puede ser un pequeño paso, para entender lo que no logramos advertir a tiempo.

***

Notas:

1: Morán, M. E. (2023). Volver a Cuándo. España: Siruela.

2: Cruz, J. (Febrero, 18, 2023). María Elena Morán, escritora: “ Cuando te matan los sueños, te matan a ti. Y en Venezuela nos mataron los sueños”. El Periódico de España. https://www.epe.es/es/cultura/20230218/maria-elena-moran-escritora-matan-83105221

3: Encuestas libres.

4: Yurchek, A. (2005). Everything Was Forever Until It Was No More. Princeton: Princeton University Press.

5: Aron, R. (1957). El Opio de los Intelectuales. Buenos Aires: Ediciones Ariel.


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