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Perspectivas

Ramón J. Velásquez y su valoración histórica de la democracia

por David Ruiz Chataing

Ramón J. Velásquez. Ca 1990. Fotografía de Esso Álvarez | ©ArchivoFotografíaUrbana

14/11/2019

El próximo 28 de noviembre se cumple un nuevo aniversario del nacimiento de Ramón José Velásquez Mujica, mejor conocido como Ramón J. Velásquez. Recordemos sus reflexiones sobre la democracia.

Para Ramón J. Velásquez la democracia es «fundamentalmente austeridad y vigilia, y solución de los problemas sociales y económicos de las mayorías» (Javier Luque Lara, Conversaciones en Caracas, 1977). El sistema democrático es observación ciudadana crítica de quienes gobiernan, manejo eficiente y transparente de los recursos públicos. Y atención a los sectores desprotegidos de la sociedad. La democracia se fortalece cuando rectifica sus errores: adquiere credibilidad. Dañan la democracia la corrupción, el despilfarro y la imitación de la fastuosidad de los regímenes de fuerza. Velásquez sostiene, el 28 de junio de 1979, que la democracia se vigoriza denunciando y corrigiendo sus errores. El sistema basado en la soberanía popular gana legitimidad cuando se enfrenta a los grupos de poder económico que quieren hacerse del dominio exclusivo de la República. Cuando intercede por una prensa libre e independiente, voz de los diversos intereses y de las mayorías, y no de exclusivos privilegios grupales.

En febrero de 1985, Velásquez recuerda que la democracia se debilita cuando nos olvidamos de nuestras responsabilidades, cuando subestimamos los peligros que la asechan y el ciudadano se dedica a «despilfarrar la libertad» (José Agustín Catalá. Una manera de ser hombre. Libro homenaje a sus setenta años, 1985). En vez de esforzarnos por mejorarla, por fortalecerla, gozamos de la bonanza sin ninguna providencia respecto del futuro.

Ramón Jota insiste una y otra vez sobre lo que es la democracia. En uno de sus libros más leídos señala, en 1979, que «La democracia es, ante todo, y debe ser un estilo de vida nacional, caracterizado por el riguroso equilibrio de cargas y ventajas entre los distintos sectores sociales y económicos, el mantenimiento del orden constitucional y la sanción efectiva de quienes caen en faltas y delitos» (Confidencias imaginarias de Juan Vicente Gómez, 1979). Este concepto ideal de democracia contrastaba profundamente, por supuesto, con la situación venezolana de finales de los setenta. La distribución regresiva del ingreso, la complicidad con la corrupción de quienes dominaban la política, así lo indicaban. Velásquez afirma que la corrupción administrativa, la impunidad y complicidad surgidas alrededor de ella y el aparato de poder que construyeron quienes la practican, pueden poner la democracia en un peligro inminente. Velásquez insiste en que el rentismo petrolero, las alzas inusitadas de los precios de los hidrocarburos, han incrementado el populismo, el clientelismo y la corrupción.

A Velásquez le duele el deterioro de la democracia venezolana en los años ochenta y noventa porque costó mucho alcanzarla. Si vamos a observar nuestra historia, esta fue, desde la época de la independencia hasta las primeras décadas del siglo XX, una sucesión de caudillos y dictaduras personalistas. En el siglo XX, las autocracias de Castro, Gómez y Pérez Jiménez significaron silencio, miedo, censura, obediencia ciega y «la negación del ejercicio de la dignidad humana» (Foros: 40 años de la democracia. 1ra. parte. Evolución política, 1998). La democracia no nace en 1958. Ni a partir de 1936. Durante la Colonia es innegable la tradición anti absolutista presente en las luchas de la aristocracia criolla –organizada en los cabildos– contra los abusos de las autoridades hispánicas. Esta tradición democrática continúa durante la independencia, el resto del siglo XIX y en el agónico combate contra las dictaduras. Fue una lucha de muchas generaciones. Miles de venezolanos combatieron por la libertad en el campo de batalla, padecieron destierro o cárceles, defendieron en la prensa y en los parlamentos el derecho a expresarse y a vivir en democracia.

En 1983 Velásquez retoma la reflexión sobre la situación de nuestra democracia. Así, denuncia que no hemos construido un país de instituciones. Ha sido muy pesada la herencia caudillesca, dictatorial y de la violencia. Prevalecen la picardía y la violación de la ley. Se requiere de una cultura y una educación democráticas. La estructura del Estado es excesivamente centralista y presidencialista. El jefe del poder ejecutivo en Venezuela es un capitán general. No hay equilibrio de poderes. Quienes han dirigido las luchas para establecer el gobierno representativo han descuidado la educación del pueblo. Denuncia Velásquez que en concordancia con esa realidad y su agravamiento, la maquinaria estatal ha crecido demasiado y es incontrolable. Los partidos políticos se han desideologizado y son simples aparatos electorales: «La política se está reduciendo a un acto electoral, al ascenso al ejercicio del poder por el poder mismo» (Congreso sobre el pensamiento político latinoamericano. Sesión solemne de la inauguración, 1983). Se necesita un gran acuerdo nacional para evitar el colapso. Hay muchas demandas sociales y pocos recursos por la crisis económica. Nos hemos centrado exclusivamente en el petróleo y hemos descuidado otras posibilidades de desarrollo. Los partidos políticos tienen que ponerse en sintonía con la gente. No obstante hay circunstancias alentadoras: la clase media se pone en movimiento ante la situación del país y los medios de comunicación han permitido la formación de una ciudadanía crítica.

Ramón J. Velásquez es duro en sus cuestionamientos, pero también pone en evidencia los logros de la democracia. En 1987 reconoce la existencia de un venezolano más informado y participativo. El esfuerzo educativo ha sido inmenso. Se ha vencido al analfabetismo. Escuelas, liceos y universidades están esparcidas a todo lo largo y ancho del país. Hemos alcanzado un significativo desarrollo tecnológico y científico. Las universidades autónomas han logrado un alto nivel y pueden y deben coadyuvar en la reflexión y en el desarrollo de políticas para superar los problemas. El crecimiento económico y la prosperidad se han difundido en las regiones. Han crecido las ciudades y pueblos de toda Venezuela. Hay, sin embargo, signos de alerta: ha crecido, también, el desempleo y la pobreza. La población aumenta, sobre todo en los sectores populares, a un ritmo que rebasa el crecimiento económico.

En 1992 Ramón J. Velásquez analiza la crisis mundial, latinoamericana y el proceso económico, político y social de Venezuela desde el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez hasta su segunda, accidentada gestión. Por supuesto, se remonta a mediados del siglo XX para explicar la crisis. El estadista es de la opinión de que el alza desmesurada de los precios del petróleo durante el primer mandato de Carlos Andrés Pérez intoxicó a la sociedad venezolana. Se disparó la corrupción y la improvisación, se enriquecieron más los grupos económicos monopólicos, se pragmatizaron los partidos políticos y se estrecharon vínculos con grupos de industriales y financieros. Asimismo, aumentó el desajuste económico y social. Los intentos de realizar cambios en la orientación económica causaron el estallido social del 27 de febrero de 1987. Los distintos sectores sociales y gremios acosaron al Estado con sus reclamos y demandas. Hay, sin embargo,  aspectos esperanzadores en este panorama. Siempre los hay para Velásquez: el inicio del proceso de descentralización (Balance del siglo XX, 1996).

Ramón J. Velásquez es un gran optimista. Ha señalado que aunque estamos en crisis el país cuenta con recursos materiales y humanos, sobre todo estos últimos, como nunca los ha tenido Venezuela. El siglo XX ha sido el tiempo histórico mejor aprovechado por los venezolanos. Fundamos la paz, la democracia se sobrepuso a la dictadura. El país se ha educado, saneado y avanzado. Se ha construido un sistema democrático que si bien tiene fallas, éstas no son insalvables. Tenemos cuarenta años con gobiernos constitucionales que se han sucedido cívica y electoralmente. Esto no había sucedido nunca en Venezuela. En noviembre de 2002 afirmaba: «los años del siglo XX han sido para Venezuela, en su totalidad, el tiempo mejor aprovechado en el propósito de construir una nación moderna, igualitaria, democrática (…) negarlo o deformar esta verdad son simples necedades» («Prólogo» a Víctor Maldonado Michelena, Militares en nuestro desarrollo (siglos XVIII, XIX y XX), 2002). Reconoce los logros, pero cuestiona severamente los errores. Y se hicieron cambios que quizás no respondieron a la urgencia de los tiempos.

A partir de 1998 asume la suprema magistratura de Venezuela el teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías, quien, como parte de su discurso, se empeñó en desconocer los avances obtenidos durante la democracia representativa. Es más, puso toda su voluntad en rehacer nuestra conciencia histórica y edificar otra en la cual todo nuestro devenir preparó su advenimiento. Poco antes de morir, el 24 de junio de 2014, Velásquez acusó a Chávez de concentrar el poder, de acentuar el presidencialismo. Y sin división de poderes no hay democracia. Velásquez recrimina a Chávez su proyecto de orientación fidelista y la deliberada intención de dividir a la sociedad. Considera como inédita la resistencia de la comunidad venezolana para hacer respetar la Constitución. Para los venezolanos, la democracia representa la defensa de la libertad, el respeto a los derechos conquistados y el ascenso social. Velásquez observó alborozado cómo la burguesía, la clase media, el pueblo todo, las fuerzas vivas de la sociedad venezolana, harán inviable la mal llamada “Revolución bolivariana”. En 2009, Velásquez defiende las luchas de las universidades, de los estudiantes por la democracia, la libertad y los derechos humanos. La democracia venezolana que no es sólo un método electoral para la sucesión en el poder, sino un modo de vida, se sobrepondrá a sus adversarios –afirma– y vendrán tiempos de esplendor, de libertad y prosperidad. Y la democracia a la venezolana –concluye– vencerá la alianza de militares pretorianos y de guerrilleros derrotados de los sesenta que trataron de destruirla.


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