Literatura

Poética de la emergencia

por Alberto Hernández

Fotografía de Neal Sanche / Flickr

19/05/2018
“¡El destierro en la patria, mil veces más amargo para los que como yo, han encontrado una patria en el destierro! Aquí ni hablo, ni escribo, ni fuerzas tengo para pensar” (17-1-1879)
José Martí

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Me cuesta hablar de poesía venezolana con la debida tranquilidad de espíritu. Me cuesta hilvanar una idea sobre ese tema en este momento de agobio. Creo más urgente hablar de lo que la poesía es o no es capaz de ser o hacer. Y digo esto por los que laboran o laboramos con las palabras. Por los que saben que escribir versos en este momento nos conmina a enfrentar un monstruo que devora el intento de hablar o hacer lo que hemos estado haciendo, un asunto tan delicado que nos reclama otro perfil: la poesía que nos duele, la que nace de todo esto que estamos padeciendo, de todo esto que nos está alejando de nosotros mismos, extranjeros en nuestra propia tierra, de la que a diario respiramos y pisamos.

Me cuesta, digo, hablar de la historia de nuestra poesía cuando la poesía podría perder su historia. Creo que ella, la nuestra, la de este instante, merece ser leída en voz alta, desde la ira, la rabia, la desolación, pero también desde la alegría, para no olvidar a Ungaretti. También desde la esperanza que nos quieren despedazar.

No hablo con la carga que podría contener el agregado patético del pesimismo. Pero sí desde el dolor, desde el que nos golpea y abruma.

Desde Juan de Castellanos hasta este ahora la poesía de esta latitud –no necesariamente venezolana– ha sido la del hombre y sus llagas ajustadas a un paisaje. A veces edulcorada, también a veces apegada a los adjetivos de la intimidad. Eso vale, pero es menester revisar ese paisaje, esa introspección y revelar lo que nos sucede en la calle, en las cárceles, en las escuelas, en los mercados, en las colas, en el hambre, en los ojos del otro, en el desmayo de muchos que refundan las ciudades de tanto andar y desandar.

Innegable, hay voces que han hablado desde la herida, desde la sangría de nuestra historia remota y más reciente. Esos poetas son el eco de esta resistencia desde nuestros vocablos. Una poética se anuda a los retos de quienes escribimos este diario perturbador.

¿Cómo podrían desdecirse quienes un día escribieron el país y ahora se esconden en el desierto que invocaron?

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Escucho la voz de Andrés Eloy Blanco, a quien en un tiempo desechamos. El que no dejó tema que cantara. Los presos, los exiliados, los olvidados. Y uno que casi nadie nombra, Leoncio Martínez, el que decía de un epitafio en tierra extranjera que nadie pudiera olvidar, y mucho más cerca Rafael Cadenas, quien en sus “Apuntes” afirma:

“El exilado deplora las patrias. Rehúye divisiones. / Se encamina hacia el instante./ Comienza a ver. Cuanto lo rodea recobra su fuerza. / Las cosas se avivan de día en día. / Se adhiere a su cuerpo buscando el molde antiguo. / Se reconoce enigma. Despide la irrealidad.// Ve su cara en el estanque y la olvida”.

La realidad, tan vapuleada, encuentra en este texto lo que hemos venido afirmando: nos cuestiona, nos busca, nos acorrala. Nos exige que le hablemos, que le digamos, que la mancillemos, si es posible, para rehacer su cuerpo.

En “Cuadernos del destierro” nuestro autor sigue el curso de esa realidad, que esos días –que fueron una isla– le hizo decir:

“Pero el tiempo me había empobrecido. / Mi único caudal eran los botines arrancados al miedo”.

Y más adelante, siempre al comienzo del texto:

“Estoy aquí. / Muerto pero aún andando, desnudo, recreado en las hojas de fuego, dado al tiempo sin armas como los resucitados…”.

Y después, sin descanso:

“He huido. Proclamo mi fuga, héroes generosos, pero estoy aquí. En realidad nadie puede huir”.

Después:

“Pero volvamos con muerte y todo a la mar llena. No hay que temer”.

En “Falsas maniobras”, libro decidor de esa época en la que el poeta también fue parte del engranaje de aquellas horas aciagas, dice:

“Estoy frente a mi adversario. / Lo miro, cuento la distancia entre él y yo, doy un salto. / Con mi mano abierta en sable lo cruzo, lo corto, lo/ derribo, rápidamente. Veo su traje en el suelo, las manchas/ de sangre, la huella de las caídas, él no está por ninguna parte y yo me desespero” (Combate).

¿Quién podría imaginar a un hombre tan pacífico como Rafael Cadenas desencadenar una acción como esta? El relato poético sólo es posible en un ambiente donde quien escribe sienta la necesidad expresiva de darle coherencia a sus sentimientos.

3

Divago. Me dejo llevar por las imágenes, por la emergencia que ambula por las calles, mientras las bibliotecas y las librerías mueren en silencio. Y entonces me adentro en aquella república inventada por la fiebre de quienes soñaron con un país distinto que hoy es una pesadilla. Aquel Caupolicán Ovalles de “¿Duerme usted, señor Presidente?”. Aquel imaginero extraordinario que fue Adriano González León que dejó escrito esto:

“Nos llenábamos de pesadumbre y de amores y no sabíamos de geometría”.

Porque la historia no es una línea recta. Y en “Ahí viene la línea”, que así se titula su texto, la geometría es la metáfora de todo lo que hoy nos sacude. Esa poética de la pesadumbre y los amores quedó instalada en una memoria compartida con los fantasmas que somos hoy.

Me quedo un rato con Rubén Osorio Canales, uno de los pocos sobrevivientes de aquella república que tampoco quería muy cerca a Platón. Este poeta del Este republicano acaba de publicar “Estado de sitio” (Durban Segnini Gallery, Editorial Arte, Caracas, 2017).

Canta así Osorio Canales:

“Llegaron a despojarnos de todo. / Escarbaron el pequeño territorio, / se llevaron cada cosa,/ sin el menor pudor,/ quisieron llevarse hasta los sueños/ y nos dejaron reducidos/ al tamaño de nuestros huesos”.

He aquí el país de sus últimos años de existencia. El país de nuestras dolencias materiales y espirituales. El país despojado. El éxodo bíblico cantado por los poetas de este país, el sin nosotros, como quiere el poder.

4

Una hermenéutica del odio. Un conocimiento calculado de la maldad. Hemos leído con los ojos bien abiertos la experiencia de Anna Ajmátova, Ossip Maldeshtam, Boris Pasternak, Marina Tsvietáieva, la épica de los poetas judíos. Hemos decantado nuestras lecturas en Reinaldo Arenas, sólo para mencionar un solo nombre de los dueños de una isla que hoy arruinada afinca sus dientes en la carne enferma de Venezuela.

Y desde esa realidad que se nos aproxima a diario, deletreo en “Patria y otros poemas” el dolor que nos deja a la vista Armando Rojas Guardia:

“Nosotros todos éramos y somos/ aquel evangélico muchacho”,

Y habla de la locura, de “La desnudez del loco”.

El poema se lee y se duele. Y Armando escribe:

“Alguna vez amamos, o dijimos amar, / la terquedad sombría de su fuerza. / La voz del padre enronquecida/ al evocar calabozo, muchedumbres, / hombres desnudos vadeando el pantano, / llanto de mujer, un hijo/ y más arriba (¿adónde ahora?)/ el trapo contumaz de una bandera./ Supimos, lenta y vagamente,/ que lo imposible te buscaba/ extraviándote los pies…”.

La patria, la del poema, la patria de adentro, la de aquel país del padre torturado, tiene el mismo miedo y el sudor de ésta en la que alguien (todos) arrastra el presente y lo convierte en pasado.

La tensión que produce el texto, esa envidiable maestría de decir, hace el poema, funda una poética emergente, urgente, de vida o muerte. Un poema para dolerse en él. Somos ese poema, somos en ese poema. Los presos son uno solo. Un grupo de hombres con un nombre común. Muchos en uno solo. O uno solo en muchos.

5

“La elegía de un signo de esperanza”, así definió Manuel Bermúdez las líneas de “La patria forajida” de Harry Almela, un autor muy cercano que se acaba de marchar, como tantos otros silenciosos que aún andan por ahí.

Sobre estos textos hemos escrito ya. Hoy, desde este eco unas palabras más para que el poeta siga cantando en nuestra memoria. Palabras que surgieron de unos versos que nos atan a todos los sentidos dispersos por este mapa de fronteras incoherentes en el que habitamos.

Y, precisamente, Harry nos lleva de la mano por este sendero:

“éste es el canto
de la patria forajida

su registro
y su paréntesis

el punto y coma
de la frase que nos falta

el áspero candor
de su cifra

la marca
en la mejilla

el amargo sabor
de su alimento

aquí se interrogan
sus colores

las líneas
en el mapa

aquí se denuncia
en las tribunas
todo lo que vino
sobre ti

y sus vecinos

sitio de mi sangre
y de la sangre
de los míos
sitio donde aprendimos
a nombrar de nuevo
al mundo

zona que huye
a cada instante

en un viaje
sin retornos

Dicho así, sin adornos. Dicho así por la calle del medio, con el tono de una sobriedad dolorosa, rabiosa en su más íntima soledad creadora, Almela nos aliviaba la existencia gracias al idioma que defendía, a su uso preciso; el idioma que lo conducía directamente hacia el lector, a quien reclamaba un país, que se viera en él, que se doliera, que lo inventara, que se muriera desde él, como le aconteció hace pocos meses. Y para dejar constancia de su apego a esta afirmación, añade:

“venimos a pie/ por los declives// nuestra sangre/ oscureciendo/ la orilla de los ríos// llegará el día/ en el que sólo seremos/ muñones/ bajo un sol implacable// rezaremos sin pudicia// pediremos arros/ para nuestras bocas// hombres y mujeres/ de toda estirpe/ vagarán por campos/ y ciudades// esta sed tan antigua// como la voz/ de los cañaverales// ni el azúcar/ calmará/ el ardor// no habrá cobijas/ ni olores a café/ o de guayabas/ ni paredes pintadas/ con el añil del campo// adónde irás/ pequeña// patria mía sin mí”

6

Recuerdo a Elena Vera en esta acentuación:

“De los ausentes ya no se habla/ Empezaremos por ladrar (…) Soy la que no me levanto”, y desde su lejana voz, Rubén Ackerman le imprime sentido a esa evocación de nuestra autora. “Los ausentes” de Ackerman también suscita un país, el país solo, sin los que estaban, los que se han ido obligados o no a otras esferas. Los que han pasado por la muerte en vida, los que en vida no mueren y siguen muriendo. En este libro tan universal como venezolano, Rubén conduce al lector a una travesía, la que nos toca, la que nos ha tocado y en la que probablemente seguiremos morando.

“El viaje es largo/ guarda en mi equipaje/ algunas palabras para leer en silencio/ tú que sabes sonreír en la muerte/ tú que danzas con mi antiguo sueño de infancia/ tú que tejes silenciosa la invisible trama de la vida/ y haces que respire entre ruinas/ extiéndeme tu mano como ayer/ Madre, necesito tu arrullo/ más allá de la muerte”.

En ese “somos” que somos, Ackerman advierte esta sonoridad:

“…somos la nota discordante/ los deicidas/ los culpables/ los que tenemos que pedir permiso para/ respirar/ para estar/ para ser/ somos los inconvenientes/ los marcados/ los expulsados/ los incinerados/ los asfixiados/ los que siempre parten antes de llegar…”

El éxodo tiene sus versículos en este país tropical. En este absoluto trópico que Montejo dibujó con maestría.

7

Una de nuestras voces más recientes y también de las más celebradas, tanto dentro como fuera del país, tiene en el dibujo que nos envuelve como Nación la fuerza necesaria para decir desde la crítica en el poema lo que ha dicho hace tiempo Guillermo Sucre:

“La crítica vive del yo de la obra y del yo del que la contempla, vive de la obra como objeto y de la decisión solitaria de un sujeto que la experimenta”,

y nuestro caso, el de todos, Adalber Salas Hernández está envuelto en esa idea del ensayista. Sus poemas últimos, desde la mirada de quien vive fuera del mapa, son los poemas de quien vive el diario vivir en el país.

En “La ciencia de las despedidas” (Pre-Textos, España, 2018) se puede leer la experiencia de hoy con la mirada de ayer. Homenajes, recuerdos, nombres y apellidos recorren ese libro, pero para estos instantes, dos cercanías. Dice Salas:

“¿Quién puede saber ante la palabra “despedida”/ cuál desencuentro nos espera,/ qué nos promete el canto del gallo/ cuando arde el fuego en la acrópolis,/ para qué el gallo, heraldo de una nueva vida,/ bate sus alas sobre el muro de la ciudad/ cuando el amanecer de alguna otra vida/ el buey rumia en el portal perezosamente”.

En su libro “Salvoconducto”, también publicado por Pre-Textos producto de un importante premio en España, Adalber Salas escribe:

“Antes de que suene el despertador, el señor/ ministro ya tiene los ojos abiertos. Se levanta/ con el sonido áspero de la herrería que esconde/ bajo sus costillas…”,

Texto que se puede atar a éste que aparece en el mismo “Salvoconducto”:

“El presidente está triste, / ¿qué tendrá el presidente?/ Será que las trasnacionales ya no lo quieren, / o lo quieren demasiado, con el ahínco mineral/ de excavadoras, de taladros, de extractoras…”

Un guiño a Rubén Darío, a cierta cursilería graciosa que se ajusta a la que emana del poder empuja el poema a una suerte de tributo a Caupolicán Ovalles. Salas estrena un panfleto y sale airoso porque en medio de esta tempestad la poesía se desnuda.

Y sigue el joven Salas:

“El destino del país cuelga de su temblor/ cardiovascular, incandescente. Después de coger, / se encierra en el baño y orina tarareando “Imagine”. Ha/ estado sonando en su cabeza todo el día”.

El ministro o el presidente bailan ante un público ciego que celebra la tragedia.

8

No puedo dejar de mencionar en este improvisado recorrido voces como las de Néstor Mendoza, Ricardo Ramírez Requena, entre otros, que construyen su poesía en medio de tanto estupor.

Una poética en la que no sobra aquello que afirmó Gastón Baquero en el prólogo a “Tanatorio” de Carlos Contramaestre en 1991:

“La muerte es la corza a la que el poeta dispara con los ojos vendados por la música”.

En “Maneras de irse”, Ramírez Requena apunta:

“Los muchachos van al frente. Uno teme por ellos, / por su bien o por la idealización malsana que se / tiene de ellos. La juventud es fiel a su sangre, / a ese vigor que desmorona conceptos. Uno solo debe/ guardar aquello que ofrecen, sus pasos consecuentes/ en un tiempo inconsecuente, su risa. Y caminar alerta/ de que un viento no nos los vaya a llevar”.

En otra parte dice:

“te despides/ de mí desde otra orilla (…) alejándote me besas desde el más/ nuevo y último de sus exilios”.

9

Cierro esta lectura con Néstor Mendoza, quien en su libro “Pasajeros” traza estos versos en el poema “Febrero”:

“Quieren ver el oleaje de sangre, y constatar, con parco/ asombro,/ qué hay detrás,/ más atrás,/ y ver si los huesos también sangran/ Quieren ver la emanación del dolor como/ surtidores,/ su humanidad confundida con el asfalto y todo/ el humo.// Hay una pequeña urna donde pretenden acumular/ el exceso del paisaje incómodo,/ doloroso/ (manos y piernas quietas/ para siempre)/ e hincar, hondo,/ el acero del fusil”.

Sé que hay otras voces que se amoldan a esta poética de la emergencia, ya publicados. Mi emergencia, mi urgencia, no me permitió mencionarlos. Y también sé de una, como la de Rubén Darío Carrero, que se conserva inédita. Sólo algunos poemas han aparecido en las redes. Oiremos su voz, la oiremos.


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