EntrevistaEl siglo XX en Venezuela

Ricardo Ramírez: “La literatura rastreó que el petróleo era un espejismo”

por Marielba Núñez

Imágenes del Archivo de Fotografía Urbana. Ilustración de Paula Mercado

09/05/2018

El escritor Ricardo Ramírez Requena realizó, para el proyecto El siglo XX en Venezuela de la Fundación para la Cultura Urbana, una revisión del itinerario de las letras venezolanas a lo largo del siglo pasado, un recorrido donde, paradójicamente, el recurso natural que generó los grandes cambios económicos y sociales del país es el gran ausente

Ricardo Ramírez retratado por Lennin Ruiz (@lennyruizc)

Mariano Picón Salas justificaba, en las páginas introductorias de Formación y proceso de la literatura venezolana, un texto fundacional para el estudio de las letras en el país, la tarea que se había asignado a sí mismo con ese libro: ordenar y salvar de la dispersión una memoria en la que, consideraba, podrían encontrarse “los signos más expresivos del alma histórica venezolana”.

Más de setenta años después, en un entorno no menos turbulento que el que rodeó al intelectual merideño, otro escritor venezolano afronta un desafío similar, para el que Picón Salas, Juan Liscano y otros autores y críticos constituyen referencias de las que hay que beber con restricciones, con la necesaria distancia que impone el paso del tiempo.

Ricardo Ramírez Requena ha comenzado a revisar, para el proyecto El siglo XX en Venezuela, de la Fundación para la Cultura Urbana, la concepción de esa mirada panorámica de la literatura de la pasada centuria en el país, con la aspiración de que sea un estudio profundo, pero al mismo tiempo “cercano y diáfano, no sólo para los venezolanos sino para los lectores foráneos”.

El empeño, señala, demanda una lucidez que permita abrazar múltiples criterios y a la vez podar nombres y referencias que en su momento tuvieron resonancia pero cuya promesa de trascendencia se vino a menos con los años. Ramírez Requena, quien suma a su perfil sus experiencias como librero, editor y profesor universitario, está consciente de esfuerzos previos que apuntaron en la dirección en la que irá esta revisión, pero considera que uno de los principales atractivos del proyecto que tiene frente a sí es que permitirá un acercamiento al que considera “el gran siglo moderno venezolano, donde el país se definió con un nuevo rostro completamente diferente al que existió durante el siglo XIX”. Aquel territorio, recuerda, sumido en guerras civiles, rural, incomunicado, será bañado, con una avalancha de recursos que permitieron soñar con un proyecto democratizador que al final resultó truncado.

-¿Dejó el petróleo una marca en la literatura venezolana del siglo XX?

-Paradójicamente, a pesar de que es el gran desencadenante de los cambios en Venezuela, el petróleo está profundamente ausente en la literatura venezolana del siglo XX. Autores como Antonio López Ortega y Miguel Gomes han hecho referencias a esto, pero sobre todo ha sido muy bien estudiado por el sociólogo y profesor de la Universidad del Zulia Miguel Ángel Campos, quien ha señalado cómo el petróleo es un elemento que no aparece en las propuestas intelectuales de los pensadores venezolanos del siglo XX. En cambio, se ve como algo impuesto, como el excremento del diablo, como un castigo que irrumpe en la vida de Venezuela.

-¿A qué se debe esa ausencia?

-Es ese un elemento que me interesa trabajar en el abordaje de la literatura del siglo XX: ¿Es una forma de extravío? ¿Es algo que no estamos leyendo? O la literatura sencillamente rastreó que eso que podía ser una promesa de riqueza eterna era un espejismo. La modernidad fue demasiado abrupta y así también lo está siendo desengañarnos de ella, con el descubrimiento de que sí, fuimos un gran país, hicimos muchísimas cosas, pero no fue suficiente, y otros países también hicieron cosas extraordinarias con muchísimos menos recursos. El petróleo no dejó de ser algo extraño, a pesar de que hubo denuncias firmes, libros como Oficina número uno de Miguel Otero Silva. Los grandes ensayistas, con la excepción de Arturo Uslar Pietri, Mario Briceño Iragorry o Mariano Picón Salas, tampoco hacen muchísima referencia a él, lo ven como con desgano, como un elemento que no va a ser el generador de lo que se esperaba.

-¿Dónde estuvo el acento de la literatura?

-Los tiempos en la literatura son más lentos que los de las dinámicas sociales y políticas. Particularmente en la poesía pero en la narrativa también, se nota todavía una nostalgia por el campo, una referencia muy fuerte a la tierra, hay una desconfianza de la ciudad, y hay por supuesto una denuncia y un señalamiento de las falsedades que podemos registrar en las propuestas urbanas modernizadoras que se dan desde tiempos del gomecismo hasta hoy.

El hombre a caballo

El petróleo, en cambio, sí marcó la institucionalidad cultural con una impronta contundente, pues gracias a él tomaron impulso iniciativas públicas que en otros países latinoamericanos lucían remotas. Ramírez Requena enumera algunos de sus aportes: “Proyectos como el Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, los museos nacionales, el edificio de la Biblioteca Nacional, la campaña de construcción de escuelas públicas en los años sesenta, la educación gratuita, incluso universitaria, que ha formado la mayor parte de la élite en Venezuela, y que no existe en otros lugares de América Latina, algo que ahora la emigración venezolana está descubriendo”.

-¿Cuáles otros aspectos pueden considerarse definitorios en esa historia literaria?

-Hay dos elementos que creo que tenemos que valorar en términos críticos. Uno, la influencia marcada del pensamiento de izquierda a partir de los años sesenta y específicamente el mito de la guerrilla, que llenó tantas páginas de nuestra literatura en las décadas siguientes. Uno se pregunta por qué el énfasis en hacer un registro de eso por parte de nuestra intelectualidad, cuando en su momento individuos muy brillantes, como el mismo Teodoro Petkoff, aceptan que fue un error. Es como una negativa a reconocer que ese no era el camino. Hay que empezar a sopesar y a valorar eso en términos estéticos y sociales.

-¿Se ve allí la influencia de las universidades?

-Tiene mucho que ver con la formación académica venezolana, específicamente vinculada con la ciencias sociales y las humanidades. Uno puede ver y percibir cosas semejantes en otros países, en Europa, en Estados Unidos, donde los estudios latinoamericanos están profundamente tomados por los estudios culturales, desde una perspectiva casi exclusivamente de izquierda y cualquier otro punto de vista no es muy bienvenido. También hay una mitología venezolana del hombre a caballo, que en tiempos posteriores a la Guerra de Independencia y a la Guerra Federal, la llenaron los aventureros, los montoneros. Podemos recordar a Rafael de Nogales Méndez, o al más famoso internacionalmente como es Carlos Ilich Ramírez, ‘El Chacal’. Eso define una manera de entender el mundo, la sociedad, la psique venezolana, todavía hasta el día de hoy. Creo que la guerrilla resucitó ese imaginario y es algo que el chavismo supo aprovechar.

Ricardo Ramírez retratado por Lennin Ruiz (@lennyruizc)

Décadas para el libro

Las contribuciones editoriales venezolanas son otro elemento digno de rescatar a la hora de hacer una retrospectiva del siglo XX. La afinidad venezolana con la edición se ilustra bien con el proyecto que supuso El cojo ilustrado, aunque se trate de una aventura excepcional en un país que durante buena parte del siglo XX careció de oportunidades para que los autores publicaran sus manuscritos, lo que los obligaba a probar suerte en las industrias editoriales de México, Argentina o España, recuerda.

En la segunda parte del siglo, la disponibilidad de recursos públicos introdujo un cambio y permitió la materialización de proyectos como el festival del libro, Monte Ávila Editores, la Biblioteca Ayacucho, las ediciones de Fundarte y los extensos catálogos editoriales patrocinados por la industria petrolera, entre otros esfuerzos de alta calidad. “Nos posicionaron entre los cinco mayores productores de libros de América Latina, con campañas de promoción de la lectura a través de bibliotecas, de colegios, que tenían una gran envergadura pero que no permanecieron en el tiempo lo suficiente como para ver un resultado contundente”. Después del viernes negro comenzó el derrumbe de esos proyectos, que se vieron truncados en los noventa.

-Ha asomado la idea de que el siglo XX se extiende en realidad hasta 2013, cuando finaliza la era de Hugo Chávez.

-El chavismo es un hijo todavía directo del siglo XX, pareciera ser el último intento de experimentar con ciertos elementos arquetípicos del siglo XIX venezolano: el hombre a caballo, el militarismo perezjimenista, el imaginario de los años sesenta, pero es también como la metástasis de un cáncer que se empieza a engendrar con la democracia y que está definido por el populismo y por el rentismo. El chavismo viene a representar esas páginas finales. Eso tiene incidencia también en la literatura, porque se empieza a hacer un balance, comenzamos a preguntarnos quiénes somos, de dónde venimos, a cuestionarnos como no lo habíamos hecho nunca antes.

-¿Qué consecuencias tuvieron esos cuestionamientos?

-En términos positivos empieza un registro muy valioso de la literatura venezolana como tradición. Puede ser también amargo, pues se reconocen las fallas, las condiciones profundamente limitadas que puede tener. El hecho de que tuviéramos un individuo como José Antonio Ramos Sucre en el gomecismo, o como Julio Garmendia, que se propone unos juegos narrativos muy adelantados para su época, pero que no tenía una industria editorial que lo respaldara. Recorrer la historia de la edición y del libro en Venezuela ayuda a responder esas preguntas que tantos nos hacemos. ¿Por qué la literatura venezolana es tan poco reconocida? ¿Por qué nuestros autores no trascendieron? ¿Por qué hay una gran cantidad de autores que nosotros mismos olvidamos y después tuvimos que rescatarlos como, por ejemplo, Salustio González Rincones?

-Ha mencionado que hay una serie de padres y al menos una madre de la literatura venezolana que, en ese marco resultan fenómenos extraños. Casos como los de Rómulo Gallegos o Teresa de la Parra.

-A finales de los veinte o principios de los treinta, encontrarse con las obras como ifigenia, Doña Bárbara o Las lanzas coloradas, y luego con otras propuestas que ven la luz antes de los años cuarenta, bajo la dictadura gomecista, es en efecto un fenómeno muy curioso y muy particular. Sin embargo, ya hay que empezar a sumar nombres de los últimos cincuenta años. Por ejemplo, Salvador Garmendia, de quien se está haciendo una restrospectiva muy importante. Todos reconocemos la hegemonía como pensador y dramaturgo de José Ignacio Cabrujas, así como de Isaac Chocrón. Hay ensayistas que han dejado una gran huella como Guillermo Sucre, poetas como Rafael Cadenas o Eugenio Montejo, que podemos sumar a los nombres de Ramos Sucre o Vicente Gerbasi. Sucede que esa cercanía, el haberlos frecuentado, parece que no nos da la distancia suficiente, pero ya hay un carácter valorativo en términos críticos que nos permite ponderarlos.

-También ha propuesto revalorizar el lugar de las escritoras.

-Es imposible no reconocer la maestría de alguien como Elisa Lerner o no entender que dentro de nuestros cinco grandes narradores vivos están dos mujeres como Ana Teresa Torres y Victoria De Stefano. Y Torres no es solamente una voz narrativa sino también una intelectual en mayúsculas. Hay que ir rastreando esas condiciones en las que una mujer escribía, en especial si no tenía “real”. Numerosas autoras que en su momento fueron de gran avanzada, pero también otras que cayeron en el olvido. Ya tenemos una generación de lectores que lo está haciendo, como la gente de ediciones Letra Muerta con Miyó Vestrini, Hanni Ossott e Ida Gramcko. Dentro de los maestros de la literatura en Venezuela las mujeres tienen un lugar y un protagonismo principal.

-¿Cuál es su vinculación personal con este proyecto?

-Descubrí hace muchos años que hay una especie de tara entre nosotros, que es decir que aquí nunca se ha publicado nada. Y la tradición editorial venezolana es muy rica, es muy importante y en términos de diseño es una de las principales de América Latina. Se ha publicado muchísimo, proyectos de una envergadura y una belleza inusual. Creo que como escritor esta oportunidad permite hacer homenaje a la tradición del país. Es posible que Venezuela necesite de agentes literarios que se ocupen de promocionar nuestra literatura afuera, pero el trabajo del escritor es ocuparse de su propia tradición y reconocer lo que se ha hecho. Si no lo hacemos nosotros no lo va a hacer nadie.

Páginas imprescindibles

Probablemente no hay un desafío que torture más a un lector devoto que elaborar una lista de las lecturas fundamentales para entender el siglo XX venezolano. Ricardo Ramírez Requena aceptó, sin embargo, hacer esa selección, aunque implique el riesgo de dejar por fuera textos que hoy se están releyendo con otras perspectivas. “Por ejemplo, hoy tenemos una reivindicación de Gallegos y de Uslar como cuentistas”, dice. Esta bitácora inicial, en todo caso, incluye los siguientes títulos:

Ídolos rotos, de Manuel Díaz Rodríguez.

Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos.

Ifigenia, de Teresa de la Parra.

Las formas del fuego, de Jose Antonio Ramos Sucre.

Mi padre el inmigrante, de Vicente Gerbasi.

Los cuadernos del destierro, de Rafael Cadenas.

La máscara, la transparencia, de Guillermo Sucre.

Acto cultural, de José Ignacio Cabrujas.

Espiritualidad y literatura: una relación tormentosa, de Juan Liscano.

El reino donde la noche se abre, de Hanni Ossott.

Los últimos espectadores del acorazado Potemkin, de Ana Teresa Torres.

Historia de la marcha a pie, de Victoria De Stefano.


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