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¿Pasó algo en Mayo del 68?

por Oscar Marcano

Manifestantes se enfrentan con policías en el Boulevard Saint Michel el 6 de mayo de 1968 en Paris. / AFP PHOTO / Jacques MARIE

26/05/2018

La revuelta estudiantil más conspicua de la historia cumple cincuenta años. Revolución o no, generó una poética tal que aun hoy panegiristas y detractores debaten sobre sus efectos. Sin demasiadas certezas pero con innegable creatividad, del 3 de mayo al 16 de junio de 1968 se desató un huracán que arrebató al célebre Quartier Latin e inoculó al mundo.

Nunca se imaginaron los estudiantes de Humanidades de Nanterre que protestaban por la detención de los miembros del “Comité Nacional contra la Guerra de Vietnam” la que se armaría. Bajo las consignas de “La imaginación al poder”, “Seamos realistas, pidamos lo imposible” o “Prohibido prohibir”, no solo se alzaron barricadas y llovieron adoquines sobre París, sino que se hizo patente la luminosa frase de Camus (el gran ausente, por su fallecimiento prematuro) cifrada diecisiete años antes en El hombre rebelde: “Cada rebelión es nostalgia de inocencia y apelación al ser”.

Al estallar, las protestas son reprimidas, pero en lugar de aplacarse escalan. Sorprendentemente, los estudiantes reciben el apoyo de los trabajadores. Sorprendentemente, pues Francia vivía los llamados Trente Glorieuses, un período de auge económico que duraría hasta principio de los 70, cuando en virtud de la guerra de Yom Kippur y el embargo petrolero impuesto por los países árabes contra Occidente por su apoyo a Israel, se disparó el precio del crudo de 4 a 12 dólares en 1974. Hasta entonces, Francia contaría con una moneda firme y una clase obrera que, superando las privaciones de la posguerra, disfrutaba de un mejor estándar de vida.

Aun así los trabajadores se vuelcan al conflicto. Empresas como Renault y la constructora aeronáutica Sud Aviation son ocupadas, y el paro en ciudades como París, Lyon y la región de Normandía es total. Rápidamente se suman los ferrocarriles nacionales, el transporte público, los controladores de tráfico aéreo, los astilleros, trabajadores metalúrgicos, del gas, el carbón y la banca: una gigantesca huelga que algunos calculan en 9 millones de personas y que moviliza casi toda la fuerza laboral del país.

París era una fiesta detrás de las barricadas. Y fiel al viejo dicho, tuvo fiebre y tembló Francia entera. La nación estaba paralizada. En pleno caos renuncian ministros. De Gaulle se tambalea. Mitterrand exige su dimisión y propone un gobierno provisional. Aduce que desde el 3 de mayo no hay Estado y se postula como candidato a la presidencia. El 29, De Gaulle deja París. Se dirige a Baden Baden a reunirse con el general Massu, comandante de las fuerzas francesas acantonadas en Alemania. A su regreso, al día siguiente, cuando todos lo consideran vencido, disuelve la Asamblea Nacional y llama a elecciones parlamentarias para el 23 de junio. Miles de franceses se vuelcan a la calle en su apoyo. Decreta aumentos salariales, flexibiliza las medidas contra los estudiantes y consigue un aplastante triunfo electoral.

En su mensaje de fin de año, el 31 de diciembre de 1968, resuella: “Enterremos finalmente a los diablos que nos han atormentado durante el año que se acaba”.

¿Muerto el perro se acabó la rabia?

Si bien el poder resultó indemne a la asonada –el movimiento jamás se planteó tomarlo–, el respeto por la autoridad no volvió a ser el mismo. Las viejas tradiciones, así como el prestigio de padres, maestros, gobernantes, iglesia, estamento militar –de la institucionalidad toda–, rodó como el jinete que cae de su cabalgadura. Y aunque el Mayo francés no virulentó el establishment ni modificó estructura política o económica alguna, inauguró una nueva mirada. Muchos distinguen en aquella osadía una vuelta de tuerca en favor del avance de la libertad. Otros encuentran en ella la depauperación, el empobrecimiento de las formas, educación incluida.

Para Jean-Paul Sartre, “al principio, los estudiantes se rebelaron contra las llamadas reformas  educativas (…), según las cuales debían decidir a los dieciséis o dieciocho años qué querían hacer con sus vidas. Los jóvenes se negaron. Querían poder leer a Goethe al tiempo que estudiaban la física no euclidiana de Riemann. Pero al sumar fuerzas, su rebelión se convirtió en una forma de rechazo al Estado, y desapareció el motivo original de las manifestaciones, convertidas en una especie de lucha de clases en la que quienes luchaban eran los jóvenes amenazados por el paro. Cuando se les unieron los trabajadores, pasó a ser una contienda de marginados contra dirigentes, en la que los primeros estaban representados por cualquier persona harta de actuar según el código definido por «esa gente» —es decir, los mayores, los ricos, aquellos que se habían graduado en las grandes écoles, los medios de comunicación, los que marcaban tendencias, la Iglesia, todas las iglesias—; en suma, los que se consideraban «la élite».

Jean-Pierre Le Goff, filósofo presente en las barricadas, sostiene que Mayo del 68 “introdujo una flexibilidad en las relaciones sociales y humanas entonces inimaginable (…) Francia se desprendió de los últimos despojos del siglo XIX, del moralismo católico y su glorificación del dolor. Surgió una mentalidad hedonista y se dejó de sentir el peso de los muertos. La sacralidad y verticalidad del Estado fueron puestas en duda”.

Para el expresidente Nicolás Sarkozy, constituyó el origen de todos los males modernos de Francia y Europa: Hay que “liquidar la herencia de Mayo del 68”, vociferó en su campaña presidencial de 2007. Quiso el destino que por financiación ilegal este año fuese detenido en Nanterre, el mismo distrito del departamento de Altos del Sena en cuya universidad se diera el aldabonazo del movimiento que, a su ver, “confundió el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo”.

Fernando Savater reconoce cierta nostalgia romántica en esa época. “La conclusión de aquella revolución de 1968 es que no hay un dogma o catecismo único, sino que hubo muchos mayos, casi tantos como países”.

Gilles Lipovetsky, el pensador de la soledad creciente, considera que “Mayo del 68 fue la primera revolución en presente. Todos los otros grandes movimientos de la historia fueron revoluciones para el futuro, que convocaban al sacrificio y la muerte. La primavera juvenil de 1968 desdeñó ese sentido trágico de la historia para protagonizar la primera revolución lúdica y pacífica”.

Por el contrario, Eric Hobsbawm escribe en su Historia del siglo XX, que “las revueltas resultaron eficaces, fuera de proporción (…) y, sin embargo, no fueron auténticas revoluciones” (…) “Para los trabajadores (…) fueron solo una oportunidad para descubrir el poder de negociación industrial que habían acumulado, sin darse cuenta, en los 20 años anteriores”. Y es que para la mayoría de los pensadores marxistas, Mayo del 68 fue una revolución traicionada. Rechinando los dientes, responsabilizan en su despecho a sus camaradas del Partido Comunista francés y de la Confederación General del Trabajo el haber desperdiciado un movimiento de masas sin precedentes, y no haberlo convertido en otra experiencia colectivista, de corte estalinista o maoísta.

Raymond Aron, por su parte, calificó el polvorín como un psicodrama: “No conozco otro episodio de la historia de Francia que me haya dejado el mismo sentimiento de irracionalidad”, escribió. Y Régis Debray (Mayo del 68, una contrarrevolución exitosa) asegura que fue el ingrediente cabal del capitalismo para imponer el modelo neoliberal: “Si la república burguesa celebra su natalicio en la toma de la Bastilla, celebrará el renacimiento en la toma de la palabra del ‘68”.

El líder más visible del movimiento, Daniel Cohn-Bendit, “Dany el rojo” (“por el color del pelo, no por mis ideas”, alerta), opina que hay que dejar atrás el asunto. En su libro Forget 68 (2008), celebra las ideas de aquella floración que impactó al mundo junto al movimiento hippie, la revolución sexual y el movimiento contra la segregación racial de Martin Luther King, pero pide a los jóvenes que constituyan otra agenda. “Las interminables conversaciones de mayo de 1968 suelen ser una forma de evitar hablar sobre los problemas de hoy”. 

Tras una reunión con Sarkozy cuando era presidente, Cohn-Bendit le obsequió un ejemplar de su libro, con la siguiente dedicatoria: “Para Nicolás. ¿Para cuándo la imaginación al poder?” Y coincide con Savater en que incluso el líder de centro-derecha, sometido hoy a juicio, es un producto de Mayo del 68: “¿Quién hubiera imaginado antes un presidente con dos divorcios en el Elíseo?”.

Mayo del 68 parece destinado a mantenerse indefinidamente en la polémica. Y en una gama que va desde los que reconocen que su onda expansiva, antiautoritaria, se hermana a un movimiento mayor que incluye toda la gesta liberadora de fines de los sesenta, Primavera de Praga incluida, hasta los que, como Michel Houellebecq, con su desdén característico, se preguntan: “¿Acaso pasó algo en Mayo del 68?”.

Julio Cortázar, que residía en París desde 1951 y que debió haberlo vivido de cerca, no ocultó su identificación con la tolvanera estudiantil, y en Noticias del mes de mayo, (Último Round, 1969) sentimentalmente escribe:

 

Sí, nuestros sueños

Una vez más los sueños golpeando como ramas de tormenta

en las ventanas ciegas

Una vez más los sueños

la certidumbre de que Mayo

puso en el vientre de la noche

un semen de canción de antorcha la llamada

tierna y salvaje del amor que mira hacia lo lejos

para inventar el alba el horizonte (1968,117)

 


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