No es mi rostro

por Juan Pablo Gómez

27/10/2018

Rafael Cadenas retratado por Roberto Mata en la Fiesta de la Razón, 2015

Decía Alfonso Reyes que las antologías eran casi tan antiguas como la poesía y que tienden a correr por dos cauces principales: el científico o histórico y el de la libre afición. Añadía que estas últimas podían alcanzar casi la temperatura de la creación. Podría decirse que nuestra Antología participa de ambos cauces o, al menos, que no descuida ninguno de los dos. Rafael Cadenas escribe y publica poesía desde 1946, la curva temporal de su obra es amplia y cada libro contiene nuevas aportaciones de sentido y, sobre todo, de rigor y precisión expresiva, puesto que el poeta ha logrado ceñirse cada vez más a un decir desde una tonalidad que ha conseguido desprenderse de eso que llaman un estilo propio y persistir en el intento de dar con la palabra “sin atavíos”, para que alcance “la fuerza de los árboles”. Su recorrido poético orbita sobre los mismos asuntos de su obra ensayística y aforística, esto es, la reflexión incesante sobre el lenguaje, los escamoteos al “yo” y la necesidad de privilegiar la realidad. Este término, “realidad” tiene en su obra un sentido muy pleno: nuestro reino es de este mundo y este presente, este aquí y ahora, lo es todo.

Conscientes de este recorrido, hemos procurado realizar una selección de su obra poética no sólo representativa o con fines de divulgación, sino que sea digno umbral de su producción literaria completa. Que llegue a lectores que, sin saberlo, estaban ávidos de su poesía. Con todo, la selección de poemas no ha sido nada fácil tratándose de una obra tan espléndida y con tantos matices de rigor lingüístico y profundidad. En Cadenas hay un pensador y hay también un artesano. En realidad, no son dos vertientes distintas. ¿Puede el mundo ser pensado sin pensar antes en el lenguaje mismo?

Ni siquiera la poesía puede acercarse al misterio definitivo de lo que verdaderamente es, de lo que está privilegiado por la realidad. Queda como testimonio de un decir incompleto que sólo vislumbra “sequedades”. Su vínculo con el fracaso traza un itinerario que, a pesar de todo, desemboca en la experiencia de un decir, al menos, más depurado, ámbito en el que cada palabra lleve lo que dice. Toda su poesía –tan hermanada con la prosa– es sencilla y, sin embargo, terriblemente honda; allí abismo y vacío se funden en el anhelo expresado una y otra vez: “Sé que si no llego a ser nadie habré perdido mi vida” y allí también florece. Así, su obra puede leerse como homenaje a la vida tangible, simple, verdadera; y su anverso es una crítica sólida a los hábitos y a las desatenciones del des-vivir cotidiano, envuelto en moldes, clichés, neolenguas y lugares comunes. Cadenas va en pos de la “expresión necesaria”, por eso la realidad y la literatura se oponen, porque esta última se instala fuera del vivir. Dice el poeta: “Repetirse, repetirse, repetirse, y vivir, ¿dónde es?”. Sus libros más entrañables –Memorial, Amante, Gestiones, Sobre abierto– recorren estas inmediaciones, siempre cercanas a San Juan de la Cruz, Whitman, Rilke, Antonio Machado, Pedro Salinas, Aldous Huxley, Karl Kraus, entre otros. Su relación con el silencio es gesto de inclinación para intentar llevar en sí palabras con su auténtico peso, de ahí su cercanía tangencial con los místicos españoles, el budismo zen y el taoísmo. Más que búsquedas, su poesía propone áridos pasajes y tránsitos que, una vez recorridos, sean testimonios de una imposibilidad, amenazados además por los agobios de la impostura.

Rafael Cadenas es un poeta muy atento, atento a la realidad del mundo exterior y atento a las amenazas internas de las intromisiones de la mente o del “yo”. Su poesía revela esa ardua lucha que es temblor permanente que, sin embargo, no siempre es tan fácil de percibir. La coherencia entre su vida y su obra es palpable para todo aquel que lo conozca. Además, no ceja en su sólido compromiso con la tolerancia, las libertades y los valores democráticos. Porque quien es verdaderamente democrático, dice, lo es siempre y en cualquier lugar: en la calle, en el trabajo y, sobre todo, en su casa. Las cosas quieren ser vividas y el lenguaje debe acompañar ese vivir. No es mi rostro trata de ser una muestra que dé fe del esplendor de una obra que insiste en huir de retóricas absolutas y comprende las trampas de las intelectualizaciones. Pero la ardua atención requiere un trabajo aún más arduo: nombrarla. En este sentido, decir con palabras no es redundancia ni obviedad, es imperiosa necesidad. Acaso Rafael Cadenas todavía no esté del todo consciente de lo perdurable que será su palabra.


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