Poesía

Ese fracaso que es la poesía

por Rafael Cadenas

23/10/2018

Pinturaparadaltónicos (2010), de Sigfredo Chacón. Fotografía de Constanza González

La poesía no tiene residencia fija. Suele invadir los demás géneros y casi no hay gran libro donde no esté presente. Hasta puede afirmarse que en última instancia no hay literatura, sino poesía. Su carácter envolvente, ubicuo, usurpador hace pensar que ella no es género sino más bien una presencia detrás de los géneros, una presencia tan insinuante que muchas veces prefiere vestidos que no son los suyos, una presencia que se sirve de todas las actividades creadoras del hombre; como un poder previo a cualquier clasificación. Posiblemente sea una manera que tiene lo esencial de manifestarse en él. En este sentido, durará lo que dure el hombre.

Como género, la situación es distinta. En todas partes sus lectores forman una minoría señaladamente excéntrica. Tienden a convertirse en una secta de tipo esotérico, no porque la poesía se haya llenado de secreto —quizá lo ha perdido un poco, más bien— sino por el enorme olvido de las cosas verdaderamente importantes que afecta al hombre actual. Los tres mil o más millones de habitantes* del planeta están dedicados a destruirse de manera eficiente en todas las formas imaginables, con suavidad o violencia, por ignorancia o por mucho saber, incesantemente. El mundo entero rinde tributo a la destrucción, bajo el pretexto de desarrollo, y no sólo la poesía sino también la música, la pintura, la filosofía están amenazadas. Toda la cultura y el hombre mismo pueden desaparecer si en su espíritu no ocurre un cambio de fondo.

Confieso que me preocupa más la poesía como dimensión que como forma específica y la mengua de ambas creo que va unida a la crisis del hombre y hasta puede ser una de sus medidas más seguras. Es evidente que el mundo se aleja cada vez más de la poesía y parece dirigirse a la creación de sociedades de seres desindividualizados, si bien prósperos, a quienes una máquina inmensa les decide lo que deben vestir, comer, leer. En la caída del hombre figura la poesía junto con otras pérdidas no menos importantes, pues la necesita para informar sobre su naufragio, o mejor aún, para apuntar a un rescate. Aunque a veces uno piensa en la inutilidad de la literatura, al ver como la palabra de los grandes creadores se pierden.

¿Qué han hecho los hombres, qué hemos hecho, con el legado de Whitman, Rilke, Lawrence y algunos otros? No son muchos, pero bastaban para producir una explosión en los espíritus y ¿fueron oídos en realidad? ¿Se les leyó verdaderamente? Están ahí como voces tremendamente solas y lo que dijeron fue tomado como literatura, convertido en objeto de estudio para lucimiento de intelectuales, desarmado por nuestra grave inmunidad. Pero de ellos lo realmente importante era, y es, el resplandor perdido en la literatura.

¡Cómo volvemos inane, domesticamos, alejamos todo lo que implique exigencia de nueva visión! Cuando no oímos directamente lo que una obra quiere decirnos establecemos una distancia entre ellas y nosotros. La colocamos allá y nosotros nos quedamos aquí, sin darnos por aludidos. La obra se dirige a nuestro ser, pero nosotros decidimos que sólo le habla a nuestro cerebro, y en el pozo de nuestras ideas, la ahogamos. Sin embargo, aquellos creadores escribieron para los hombres, para comunicarles lo que habían descubierto o se les había revelado, creyendo que serían oídos.

Me parece que los poetas pueden hacer algo por vincular al hombre con todo lo que su olvido ha relegado, por quitarlo de la distracción en que vive, por plantearle las preguntas decisivas, por darle seriedad a las palabras, por apuntar hacia un vivir auténtico. Se trata de una operación de rescate, mas para contribuir con ella los poetas tienen que haberle dado la espalda a la locura que envuelve al hombre, tienen que hablarle desde una ruptura, tienen que haberse liberado ellos mismos. Si no, serían parte de la enfermedad y lo que dijeran tendría un valor incompleto.

Tampoco la poesía será asimilada por las demás formas, pues vive en una zona del ser que necesita como su medio propio de expresión, una zona para la cual seguramente la prosa resulta inadecuada, no porque sea inferior —el problema es más de naturaleza que de calidad— sino por no prestarse bien para transmitir una energía muy elemental, muy pura, muy libre, que no puede adaptarse a nada y que al buscar voz produce ese fracaso que es la poesía. Pues ella es siempre una inscripción deficiente de algo que nunca llega a expresarse, una a veces espléndida derrota, que puede dejar palabras principales, pero nunca entregar en su estado puro aquello que estaba en su base.

Así como casi no se lee poesía, tampoco se vende. Su espacio en el hombre, aquel donde éste crece, ha sido tomado significativamente por poderes hostiles a la poesía. Dice mucho que las fuerzas de la destrucción del individuo sean siempre tan incurablemente antipoéticas. Exudan vulgaridad, cualquiera sea su máscara.

La narrativa, en cambio, tiene un éxito relativo (el boom es un estallido localizado) tal vez por reflejar más los problemas sociales que son muchos, graves e ineludibles, pero no esenciales. La misma gravitación que tienen los vuelve absolutos, trastocando así la perspectiva en el público y en el escritor: lo que es urgente se confunde con lo que es fundamental, y sobre una base real y falsa al mismo tiempo el espíritu fabrica su olvido. Nadie duda que deben ser encarados, pero su solución agrava, afortunadamente, el problema del individuo al descargarlo de un lastre circunstancial y situarlo frente a sí mismo, cerca de la poesía, en la zona de la realidad. Pues el problema del hombre es él mismo, a solas, en su más grande relación.

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“Respuesta a la poesía: ¿para qué?” de Luis Alberto Crespo / Papel LiterarioEl Nacional, 20 de abril de 1969 / Texto curado por Rafael Cadenas y Josefina Nuñez

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Este texto fue publicado originalmente en Prodavinci el 25 de agosto de 2015.


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