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Perspectivas

Miranda en Atenas

por Mariano Nava Contreras

Edward Dodwell, "Views in Greece", Londres, 1821, p. 35

24/08/2019

Tan sabio como llegaste a ser, con tanta experiencia,

comprenderás ahora lo que significan las Ítacas.

C. Kavafis

La tarde del 17 de junio de 1786, hace 233 años, Francisco de Miranda, que después será Mariscal de la Revolución Francesa, Generalísimo de los Ejércitos Libertadores y Precursor de la Independencia hispanoamericana, llega a Atenas. Venía de iniciar una “peregrinación ilustrada”, como dicen algunos de sus biógrafos, por Italia, Grecia y el Imperio Otomano. En Atenas permaneció nueve días, nueve intensísimos días, hasta el 26 por la tarde que partió, también por El Pireo, rumbo a Esmirna y Constantinopla. Por tierras helénicas anduvo casi tres meses. El mismo Miranda recoge, con minuciosidad enciclopédica, los detalles de su breve temporada ateniense en su Diario de viajes, que como sabemos forma parte de la fabulosa Colombeia, sus archivos personales en 63 volúmenes que en 2007 fueron declarados por la Unesco “Memoria del mundo”.

Aunque para muchos de sus biógrafos Grecia no es sino una escala más de su periplo europeo, incluso una escala fortuita, otros estudiosos como García Bacca (Los clásicos griegos de Miranda) o Arturo Uslar Pietri (Los libros de Miranda), pero muy especialmente Miguel Castillo Didier (Miranda y la senda de Bello y Grecia y Francisco de Miranda, entre otros) han estudiado a profundidad la importancia de los griegos en el pensamiento mirandino. Hace unos años, Castillo Didier publicó en Grecia una biografía del Precursor (Nótios Ánemos, Atenas, 2013), en la que dedica un enjundioso capítulo a las andanzas del caraqueño por estas tierras.

Miranda llega a Grecia procedente de Ragusa, hoy Dubrovnik, puerto adriático de Croacia, de donde zarpa el 22 de abril rumbo a Zante, la “boscosa Zakintos” de Homero. De Zante sigue a Patras, puerto del Peloponeso, y de allí hasta Corinto. El 5 de junio divisa desde el mar el monte Parnaso y el 6 llega a la ciudad, donde espera diez días hasta conseguir un barco que lo lleve a Atenas. El día 16 atraviesa el istmo a caballo y por la noche embarca. Al amanecer del día siguiente atraviesa el estrecho de Salamina, que lo impresiona profundamente, según escribe en su Diario de viajes:

«Aquí se exalta la imaginación al considerar las posiciones de la escuadra griega y persa, cuando Temístocles la derrotó completamente. Lo que da una idea del corto espacio que ocupaban y la pequeñez de los buques que componían la marina antigua».

El comentario demuestra lo bien que tenía leído el libro VIII de Heródoto, que es la fuente principal donde se narra la Batalla de Salamina, y cuántas veces imaginó la acción. Las Historias de Heródoto forma parte de la colección de libros griegos de Miranda, que después donará a la universidad de Caracas.

A las 11 de la mañana el caraqueño está entrando en el puerto de El Pireo. Almuerza en casa del cónsul de Francia, Monsieur Cairac, al ritmo de la música griega (“Cuán propensa es esta nación a la música ¡Todo el mundo canta!”) y a las 5:00 p.m. se pone en marcha, a caballo y junto a su criado Yorgo, a Atenas, donde llega hora y media más tarde. La narración es vívida:

«…atravesamos aquella distancia, observando las antiquísimas ruinas de los muros que unían estos puertos a la ciudadela y también los que circundaban el burgo del Pireo, etc. Olivares, viñas, trigos, huertas, etc. cubren la superficie de esta hermosísima y extensa llanura, que está dominada por la ciudadela de Atenas. A las seis y media pm. llegamos al convento que llaman, y un capuchino francés, que es cabeza y los pies de aquella casa, me recibió por aquella noche».

Al día siguiente temprano se levanta y, hombre de buenas relaciones, visita a los cónsules de Francia e Inglaterra, para quienes lleva cartas. Del cónsul ingles, Procopio Makri, dice que es “griego, joven y tonto”. Pero Miranda no puede dejar de notar lo buenasmozas que son las hermanas del cónsul: “Tiene dos hermanas bonitas y de perfecta edad y la madama es amable. Me dieron dulce, café, etc. a la griega, y mil muestras de política y de atención”. Que en casa del señor Makri debía haber mujeres hermosas lo prueba el hecho de que, veintitrés años después, Lord Byron quedará prendado de su hija mayor, Teresa, quien le inspirará su famoso poema La doncella de Atenas.

Pero al caraqueño no le ha gustado el convento. Le cayó mal el Superior, no pasó buena noche y busca alojamiento mejor (“En mi vida he visto un tonto, grosero e ignorante que iguale a su Reverencia […] Dióme una maldita cama sin sábanas; pero con pulgas en abundancia”). Lo encuentra en una casa al pie de la Acrópolis que terminará por comprar y ceder generosamente a una familia ateniense: “y lo mejor era que estaba situada cerca de la ciudadela, en un paraje elevado y bien ventilado. La casa es buena, sólidamente edificada en el gusto del país, y me la querían vender en 50 cequíes, cuyo dinero hubiera dado gustosísimo si lo hubiese tenido, por tener posesiones en la sabia y política Atenas. Comprela al fin, y la dejé a esta familia para que la habitase”. Por años la embajada venezolana en Atenas ha tratado infructuosamente de localizar esta casa, aunque, por los datos que aporta el mismo Miranda, se cree que debe estar situada en el hoy turístico barrio de Plaka, junto a la Roca Sagrada.

Durante los días siguientes un alucinado Miranda visitará las “antigüedades” de la ciudad. Subirá a la Acrópolis, donde contempla extasiado el Partenón, el Erecteion y los Propíleos, (“¡Oh, qué sublime monumento! ¡Todo cuanto he visto hasta aquí no vale nada en comparación!”). Desde allí observa a lo lejos, emocionado, los bosques de Academo, donde un día se encontrara la Academia de Platón. Después recorre las laderas norte y sur de la Roca Sagrada, el Teatro de Dionisos, la Colina de las Musas y el templo de Hefesto. El día 24 hace una excursión a la llanura de Maratón, donde los griegos vencieron a los persas en el año 490 a.C. Todo esto lo refiere al detalle en su diario. El día 26 concluye la visita. Miranda vuelve sobre sus pasos hasta el puerto del Pireo. Allí pernocta en casa del cónsul de Francia, para abordar al día siguiente rumbo a Esmirna, de donde seguirá a Constantinopla.

Por lo demás, la Atenas que visitó Miranda era bastante diferente de la que podríamos imaginar. Un villorrio, casi una aldea, pobre e insalubre, sometida a la inclemente dominación turca. Habrá que esperar hasta 1821 para que Grecia se independice del imperio Otomano, librando una cruenta guerra. También la Acrópolis que vio Miranda era bastante diferente a los restos que se conservan actualmente. Entonces era una especie de fortaleza otomana, si bien no había sufrido los grandes daños ocasionados en la guerra de independencia ni había sido objeto de las restauraciones de 1909 y 1917, pero sobre todo el Partenón no había sido objeto de los expolios perpetrados por Lord Elgin en 1801. Años después, otro sabio venezolano contemplará los mármoles del Partenón ya instalados en el Museo Británico de Londres, en el lugar donde todavía se encuentran: Andrés Bello.

Miranda fue el primer americano, no solo el primer venezolano, en visitar Atenas. Los registros y testimonios no reportan, antes ni entonces, ningún otro viajero procedente de este lado del mundo. En la impresionante recopilación de Kyriakos Simópoulos, Viajeros extranjeros por Grecia, que recoge el testimonio de todos los visitantes en tierras helénicas desde el año 333 a.C. hasta 1821, el caraqueño figura como el primer nacido en América en llegar a la Hélade. Es verdad que la visita a Italia y Grecia no formaba parte de su itinerario original, pues el caraqueño pensaba pasar a Estambul, entonces Constantinopla, directamente vía Esmirna o Dubrovnik. Pero Miranda no fue un turista, fue un viajero. Un ilustrado que quiso aprender de los libros, pero también “del gran libro del Universo”, como dice en la Colombeia. En ese sentido, la de Grecia fue una feliz casualidad que lo marcó para siempre. Arturo Uslar Pietri dijo que Miranda fue “el latinoamericano más culto y universal de su tiempo”. Quizás nos falte insistir un poco más sobre la importancia de este viaje que tanto le sirvió después para entender la vida y las palabras de aquellos viejos griegos que nos enseñaron a imaginar la libertad.


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