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Perspectivas

Mariano Picón Salas y la modernidad en Venezuela

por David Ruiz Chataing

19/01/2020

Mariano Picón Salas es uno de los «espíritus mayores» de Venezuela. Así califica Arturo Uslar Pietri a los venezolanos con alto nivel educativo y cultural que se esforzaron por colocar a Venezuela «a tono con el mundo». La idea era superar el atraso, la injusticia, la tiranía. Entre estos connacionales insignes menciona Uslar Pietri a Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Andrés Bello, Simón Rodríguez y Cecilio Acosta. Picón Salas, por supuesto, entra en esta selecta estirpe de soñadores, de proyectistas de un país mejor. Y también de realizadores de sabias reflexiones, férrea voluntad y disciplina.

Mariano Picón Salas nace en Mérida, el 26 de enero de 1901. Muere en Caracas, el 1 de enero de 1965. Fue docente, historiador, ensayista, periodista y diplomático. Emigró a Chile en 1923 donde estudió historia, literatura y filosofía. En 1936 regresa a la patria y establece –junto con Rómulo Betancourt, Alberto Ravell y Luis Beltrán Prieto Figueroa– la Organización Venezolana (ORVE). Funda el Instituto Pedagógico de Caracas el mismo año 36, la Revista Nacional de Cultura (1938) e instala, en 1946, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela (hoy Facultad de Humanidades y Educación). Fue, asimismo, creador del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes (INCIBA) en 1963. Se hizo individuo de número de la Academia Nacional de la Historia en 1947 y recibió el Premio Nacional de Literatura (compartido con Arturo Uslar Pietri) en 1954. Entre 1952 y 1954 dirigió Papel Literario de El Nacional. Por otra parte, no hay que olvidar sus actividades como profesor en prestigiosas universidades del mundo. Entre sus libros, traducidos a varios idiomas, destacan: De la conquista a la independencia (1940), Formación y proceso de la literatura venezolana (1940), Viaje al amanecer (1943), Comprensión de Venezuela (1949), Dependencia e independencia en la historia hispanoamericana (1952), Los días de Cipriano Castro (1953), Regreso de tres mundos (1959), Los malos salvajes (1962) y Suma de Venezuela (1966).

En su pensamiento y acción se perciben las influencias de las revoluciones mexicana (1910) y rusa (1917), y las luchas estudiantiles y antidictatoriales de América Latina en los años veinte y treinta del siglo XX (como la Reforma de Córdoba). En su juventud, Picón Salas se identificó con la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) establecida en 1924 por el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, a quien considera una de las grandes figuras continentales del siglo XX. Por otro lado, Don Mariano urgía aclimatar el marxismo a las tierras tropicales.

En su currículum político queda asentada su participación en el grupo que apoya el proyecto diseñado por Rómulo Betancourt y su grupo Alianza Revolucionaria de Izquierda (ARDI). Picón Salas es de la convicción de que los graves problemas nacionales requieren de soluciones científicas y técnicas. El Estado debe impulsar la lucha contra el analfabetismo, la pobreza, el atraso y la injusticia social.

Su experiencia como diplomático permite al ilustre merideño ser testigo de la crisis mundial del capitalismo de los años treinta, del surgimiento del fascismo, del nazismo y la transformación del socialismo soviético en una tiranía personalista. Picón Salas se siente parte de un comando, de un liderazgo, que orienta a América Latina en estas complejas realidades internacionales. Es partidario de la construcción de un socialismo nacional a lo latinoamericano, mestizo, con la reivindicación de la república liberal y democrática.

En el plano filosófico, afianzado en la reacción espiritualista dirigida por el francés Henri Bergson, considera que los determinismos positivista y marxista coartan la voluntad y la libertad creadora del hombre pues niegan el espíritu humano.

De otra parte, como deriva de la lectura de John Locke, insiste en que aspirar a la libertad absoluta conduce a la tiranía: no se puede construir un orden social perfecto con un ser humano definitivamente falible. Desde muy joven Picón Salas renunció a las verdades absolutas. Con estas certezas estudia los orígenes, el crecimiento y las debacles del fascismo y del nazismo. En el texto Los anticristos, de 1937, predijo que los valores eternos de la democracia, la tolerancia y la libertad prevalecerían ante las tesis de la superioridad racial, la «mística de la exclusión» y la violencia como medios para alcanzar fines políticos.

Con la liquidación, en la Segunda Guerra Mundial, del peligro nazi-fascista concentró su indagación en torno al comunismo. Consideró este sistema como inhumano e irreal. Sustentado en lecturas de sus maestros Voltaire, Bertrand Russell, Bernard Shaw, Benedetto Croce y Ortega y Gasset se mostró escéptico ante las utopías que imponen una felicidad planificada. De allí que se considerara un liberal un tanto anacrónico. Vio con horror la disciplina del rebaño. A Picón Salas le causaba repugnancia la idea de una purificación radical del mundo de resultas de un baño de sangre. Así, rechazaba la creencia de que sólo mediante catástrofes y hecatombes accederíamos a la tierra prometida. Picón Salas objetaba la idea según la cual de las injusticias sólo nos libraríamos con guillotinas y paredones de fusilamiento. Prefería un cambio sustentado en el trabajo, la educación, la cultura y en la elevación de la conciencia moral del hombre.

Para Picón Salas el mejor antídoto contra el fanatismo es una sólida cultura. En este sentido cuestiona con dureza los manuales, las cartillas, de Bujarin y Plejánov. Don Mariano desecha la absurda idea de que sobre la base de una dictadura pueda nacer la libertad. Prefiere los versos de Goethe y de Rilke, las sinfonías de Beethoven, a las ansias de poder de Bismarck o a la hecatombe racista que postuló Hitler. La poesía y la música pueden, por lo menos, calmar la angustia del hombre. En todo caso, Mariano Picón Salas sostiene que ni el capitalismo ni el socialismo, como se han manifestado en la historia reciente, han podido organizar plenamente la convivencia humana. Se debe seguir buscando una mejor idea de concordia, de igualdad y de libertad para el hombre. En este cometido puede ayudar el vasto legado espiritual del cual disponemos desde los griegos hasta nuestros días.

Mariano Picón Salas resulta, en cierta forma, uno de los libertadores culturales y espirituales de Venezuela y, más todavía, un defensor de la democracia representativa nacional. Tenía la aspiración de que los venezolanos hiciéramos política como la practican los anglosajones y los nórdicos: con el básico sentido de estudiar y resolver con eficacia los problemas, en lugar de enfrascarnos en abstracciones impuestas a la realidad; abandonar, en síntesis, ese fervor de cruzados con que solemos aproximamos a la vida social y política.

Picón Salas acompaña el proceso de transición hacia la democracia que se inicia en Venezuela con la muerte del general Juan Vicente Gómez. Se le considera uno de los autores del «Programa de Febrero», suerte de hoja de ruta nacional hacia la modernización que adelantaron el lopecismo y el medinismo.

Don Mariano realiza también un enorme aporte en el área de la educación. El 30 de septiembre de 1936 se funda, como ya se dijo, gracias a su recomendación al gobierno del general Eleazar López Contreras, el Instituto Pedagógico Nacional. Este generaría los maestros y profesores para iniciar la transformación del campo de la educación y la cultura nacional. El Instituto Pedagógico Nacional sería un centro de reflexión humanística. Para fortalecer esta tendencia dentro del proceso de cambio que vivía el país, Picón Salas crea, permítasenos repetirlo, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Venezuela (1946). La patria necesitaba médicos para curar al pueblo, ingenieros para la transformación material, pero también requería de historiadores, filósofos, literatos, docentes para la cura de almas.

Conocer nuestro pasado –cómo somos y hacia dónde debíamos enrumbarnos– era tan importante como aumentar la producción de alimentos o la construcción de escuelas y hospitales. Luego de restablecida la democracia en 1958, elogia el proceso de reforma agraria, los avances en la educación, el desarrollo de las industrias básicas, la creación de las corporaciones regionales y la industrialización del país. Reconoce a los gobiernos establecidos a partir de 1958 la consolidación de una política basada en leyes e instituciones y el hecho de que dejaron atrás el caudillismo y el personalismo.

Desde París, el 14 de marzo de 1960, donde ejerce como embajador ante la UNESCO, comenta a Luis Ignacio Arcaya, canciller de la República de Venezuela, la extraordinaria experiencia del pueblo hebreo alejado tanto del exagerado individualismo capitalista como de la opresión totalitaria comunista. Picón Salas describe el trabajo comunitario en los kibutz y la sociedad israelí donde se respeta la libertad personal y los grandes valores de la cultura occidental. De ese modo el merideño universal persiste en su preocupación por el mundo de la cultura y de las ideas.

En otra de sus empresas culturales apoya –junto con Rómulo Betancourt, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Ramón J. Velásquez y Gonzalo Barrios– la creación de la revista Política (Caracas, 1959-1969), como instrumento de debate ideológico de altura y divulgador de la democracia.

Finalmente, en carta escrita en París el 22 de diciembre de 1961, dirigida al escritor colombo-venezolano Hernando Track, sintetiza en palabras sencillas y muy sentidas lo que considera la tarea fundamental de la naciente democracia venezolana: auspiciar la experiencia individual y evitar la violencia para realizar los cambios sociales: trabajo duro, moderación y cultura. Este es el programa del «espíritu mayor» Mariano Picón Salas para la construcción de la democracia y la nación venezolanas.

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Referencias

Picón Salas, Mariano. Obras selectas. Caracas, Editorial Mediterráneo (EDIME), 1953.


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