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Perspectivas

La tierra magiar se volvió roja

por Adolfo Calero

08/11/2019

Fotografía de Sándor Márai tomada del portal de Ediciones Salamandra (salamandra.info)

Era la noche del jueves 9 de noviembre de 1989. Veintiocho años después de su construcción, el muro de Berlín, el de la vergüenza, empezaba a derrumbarse junto con todo lo que representaba. Pocos meses antes, en febrero, se suicidaba en San Diego, California, un escritor y pensador húngaro que, como muchos de su generación, declinó su existencia ante el olvido y la soledad de un exilio impuesto por el expansionismo soviético.

Sándor Károly Henrik Grosschmied de Mára, Sándor Márai, nació en Kassa (entonces Hungría, hoy Eslovaquia) el 11 de abril de 1900. Proveniente de una adinerada familia burguesa de origen alemán, Márai fue ante todo un apasionado observador e intérprete del mundo, rasgos que alimentó con el ejercicio del periodismo durante sus viajes por Europa central y occidental y que desarrolló plenamente mediante una prosa de agudo realismo. Aunque dominaba el alemán desde pequeño, adoptó literariamente la lengua magiar debido a sus grandes posibilidades estéticas y expresivas. Después de participar como soldado en la Primera Guerra Mundial, Márai se posicionó entre los más notables autores del panorama literario húngaro: poeta, narrador, dramaturgo, cronista; su obra cristalizaba en armoniosa mezcla de estética y precisión al servicio de una mirada que desentrañaba el contradictorio universo de la burguesía aquincense. Esta perspectiva se manifiesta en novelas como Los rebeldes (1931), Divorcio en Buda (1935), La herencia de Eszter (1939) o La amante de Bolzano (1940) y en su célebre autobiografía Confesiones de un burgués (1935), en la que Márai entrelaza interesantes aspectos de su vida personal –sus obsesiones amorosas y literarias, su sentimiento de desarraigo, la tentación del alcoholismo– con el hundimiento de la Belle époque y el imperio austro-húngaro a raíz de la Gran Guerra.

Sin embargo, la Segunda Guerra Mundial significaría para Márai una ruptura vital y literaria. En 1945, el ejército soviético expulsó a los alemanes de Hungría e impuso allí un protectorado militar que derivó en anexión política. El estalinismo había llegado a Hungría para quedarse y Márai, como tantos otros escritores e intelectuales, se vio en peligro por su condición burguesa e inclinación individualista. Al entrar en contacto con los primeros oficiales y soldados del ejército rojo llegados a su país, el autor comprendió plenamente que los húngaros habían pasado del vasallaje fascista a la esclavitud comunista. Esta y otras reflexiones producto del advenimiento de los nuevos invasores quedaron grabadas en su libro ¡Tierra, Tierra!, de 1973. Veinticinco años después de los hechos, Márai reflexionó sobre la destrucción de la vieja Europa y la construcción de una nueva, esta vez a manos de una vigorosa y despiadada potencia oriental: ideologizada, vigilada, sufrida, forjada en la escasez material y, sobre todo, muy consciente de que su misión consistía en parir forzadamente la civilización del futuro.

Una fuerza se había presentado en Europa, y el Ejército Rojo sólo constituía su expresión militar. ¿Qué fuerza era ésa? ¿El comunismo? ¿Los eslavos? ¿El Este?

¡Tierra, tierra! fue el examen que Márai realizó sobre las condiciones culturales, morales e históricas que posibilitaron la conquista soviética de media Europa, incluida Hungría. Allí intenta un ejercicio de sincera objetividad al observar y describir a los representantes de un mundo que la propaganda fascista y el miedo burgués habían plasmado como bárbaro y anti-occidental.

Yo había vivido en un ambiente donde el comunismo se mencionaba inmediatamente después de los siete pecados capitales. Por eso llegué a la conclusión de que era el momento apropiado para olvidarme de todo lo que había oído sobre los rusos y los comunistas.

Desde el inicio de la presencia soviética en su país, Márai intentó comprender las intenciones y metodología de los invasores. Observó cómo, en un primer momento, estos se mostraban ávidos en el pillaje pero cautos en las relaciones personales; conversó con varios oficiales y soldados que le manifestaron aprecio debido a su condición de escritor pues, al parecer –eso pensó Márai entonces– la generalidad de los rusos sentía respeto por quienes podían escribir y publicar sus ideas. También constató la gran impresión que se llevaban los soldados rusos al ver la cantidad y variedad de bienes que había en todas las casas de la hasta entonces pujante clase media húngara; así fue como Márai vislumbró una de las fortalezas doctrinarias del comunismo: curtir a la gente en la escasez y la precariedad para apuntalar el modelo colectivista. De hecho, en varios pasajes de ¡Tierra, tierra! menciona que inmensos contingentes de soldados rusos que habían luchado en occidente y visto su nivel de vida fueron premiados por Stalin al regresar a la URSS con la deportación al archipiélago gulag.

Márai explica en ¡Tierra, tierra! que, rápidamente, la incertidumbre dio paso a la certeza al confirmarse el relato burgués sobre el comunismo. Los rusos prohibieron el comercio y la propiedad privada, censuraron los medios de comunicación y confiscaron las tierras. En dos años de ocupación, los invasores impusieron en Hungría el colectivismo que en Rusia costó ocho años. Márai explica que esto fue posible gracias a dos fuerzas colaboradoras.Una, la de los propios comunistas húngaros, quienes «llegaron en la parte trasera de los camiones rusos» después de años de proselitismo y anuncios de «la Buena Nueva y la Verdad Revelada del comunismo»; la otra, la del comunismo internacional, cómplice y alcahuete del totalitarismo expansionista soviético de postguerra. Márai cuenta con amargura en ¡Tierra, tierra! que durante un viaje a París en 1947 comprendió que gran parte del éxito comunista se debía a la complicidad de un amplio contingente de intelectuales y escritores occidentales abocados a la defensa del estalinismo, ya fuera por convicción o por un odio «neurótico» al capitalismo. Estos intelectuales defendían con vehemencia los supuestos logros del colectivismo estalinista, mientras evadían cobardemente –cuando no justificaban– la bárbara brutalidad rusa que gente como él, proveniente de los países ocupados, podía testimoniar.

Sin embargo, Márai explica que la verdadera clave del éxito invasor soviético radicó en su despiadada metodología social. A los soviéticos no les importaba hacerse querer por los invadidos ni convencerlos de las bondades del comunismo; su único interés consistía en cumplir metas políticas, económicas, militares y sociales, las cuales se lograban a marchas forzadas suprimiendo radicalmente cualquier obstáculo. En Hungría, la sociedad manifestó su franco rechazo al comunismo en dos elecciones (1945 y 1947), pero eso no detuvo a los comunistas húngaros y rusos, quienes «calificaron ese rechazo como una herencia fascista, y, en 1947, comenzaron a aniquilarla con las armas y el terror más espantosos de los que dispone un Estado policial». Desde entonces, se desencadenó en Hungría una feroz represión que buscaba liquidar los restos de la sociedad liberal; «los comunistas decidieron demoler ‘los monumentos del pasado’: se empeñaron en hacer desaparecer todo lo que pudiera recordar a los húngaros su pasado burgués. Y un ‘monumento del pasado’ era, para los comunistas, la literatura húngara de raíces burguesas». Así doblaron las campanas para la intelligentsia húngara, ya convencida del inamovible Nuevo Orden que la obligaba a escoger entre resistir silenciosamente, plegarse a las nuevas directrices del Partido Comunista o, sencillamente, emigrar. Márai prefirió esta última opción debido al miedo que le producía no la posible censura o el ostracismo, sino que él mismo terminara convirtiéndose en un escritor del régimen empujado por su imperiosa necesidad de escribir.

Finalmente, en 1948, Sándor Márai decide abandonar Hungría. Tras un breve periplo por Suiza e Italia, emigró a los Estados Unidos, donde pasó la mayor parte del resto de su vida. Aunque el comunismo húngaro fue cuidadoso ocultando la prolífica obra de Márai por más de cuarenta años, la caída del muro de Berlín hizo emerger sus libros y su pensamiento como un tesoro hallado en el fondo de un antiguo naufragio; así, el mundo redescubría nada menos que al mejor narrador magiar del siglo XX.


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