Literatura

La Selva Negra del trópico

por Juan Pablo Gómez Cova

16/03/2019

Saúl me contó la historia de su abuelo, un prestigioso médico patólogo cuyo nombre obviaremos por petición del propio Saúl, quien también es médico de la misma especialidad. Me ha pedido que ordene su relato y que por favor lo publique en el portal de Prodavinci. Le dije que haría lo que pudiese. Según me contó que le contaron, su abuelo subió a la región del Picacho de Cariaco, cerca de Galipán, en febrero de 1926. Subió acompañado de una turba de pobladores guaireños que estaban ansiosos por ver con sus propios ojos los secretos que escondía el laboratorio de la particular Schwarzwald que el legendario doctor Gottfried Knoche (conocido popularmente en la zona como “doctor canoche”) había recreado en su hacienda “Bella vista” en la cara del Ávila que mira hacia el litoral. Cuando entraron al interior del laboratorio, encendidos en pánico, vieron un espectáculo de necromanía tan fascinante que nadie pudo cerrar la boca durante la primera contemplación. Más de treinta cadáveres embalsamados “descansando” en angostas vitrinas de madera contenidas en un claustrofóbico mausoleo que insinuaba la anterior presencia de un Fausto tropical.

Como la historia del doctor Knoche es harto conocida y su leyenda ha terminado reducida a una versión cutre que ha sido terriblemente banalizada (canción de Paul Gillman y micro de Nuestro insólito universo incluidos), obviaré las generalidades del caso. El abuelo de Saúl le contó que entre la muchedumbre que accedió al lugar aquel día, había tres grupos: los vándalos saqueadores, los curiosos esotéricos y los estudiantes de medicina que cumplían con servicios rurales en el hospital Vargas de La Guaira. Estos últimos estaban ansiosos por conocer todos los detalles de la misteriosa vida profesional que llevaba a cabo el excéntrico alemán y querían hacerse con la legendaria fórmula del doctor para momificar los cadáveres. La técnica era ridículamente simple: inyectar el líquido en la vena yugular externa a personas que estuviesen a punto de morir o que hubiesen muerto recientemente. Después de unos primeros minutos en los que todos quedaron inertes y atónitos con lo que veían, se pasó a la acción descontrolada del desguace. Instalado el caos, muchos robaron objetos pensando que serían valiosos. Entonces, uno de los estudiantes gritó que las cosas de valor las hallarían en la casa, a escasos cien metros. Eso hizo que la turba disminuyese. Los estudiantes pudieron maniobrar mejor; notaron la sapiencia del médico alemán y estaban sorprendidos con lo bien dotadas que estaban las instalaciones en equipos e insumos. Alguno insinuó que era mejor “clínica” que el propio hospital Vargas.

Pero los mismos estudiantes cayeron en su forma particular de vandalismo. Como si hubiesen sido rociados todos con el hechizo de la racanería y el egoísmo, cada quien desvalijó cajones, archivos, gavetas y armarios como pudo. Escondieron en bolsos y bolsillos objetos, fórmulas, píldoras, frascos, tubos de ensayos, fármacos y jeringas sin comentarlo a los compañeros. Algo en ese lugar los había transformado pasajeramente en burdos ambiciosos que querían lograr el conocimiento (o reconocimiento) del brebaje que detenía la descomposición del organismo. La momia del propio doctor Knoche parecía sonreír. El abuelo de Saúl retuvo algunas cosas, entre las que destacaba un pequeño cuaderno, muy deteriorado con manchas y borrones. Muchas de las notas allí escritas podían leerse en alemán, dispuestas en una caligrafía prusiana que delataba la inmisericorde disciplina metódica de quien las había escrito. Bajaron todos de nuevo a La Guaira, sin dar con la fórmula secreta. La aventura corrió de boca en boca entre los lugareños que se dedicaron a exagerar y aderezar lo que realmente habían visto para darle proporciones dignas a la ya famosa leyenda del doctor canoche.

A partir de entonces, en secreto, el abuelo de Saúl se dedicó a desentrañar las notas. No se trataba simplemente de traducir del alemán, sino que, en la mayoría de los casos, debía especular sobre el sentido de párrafos enteros que estaban borrosos. Muchos años después de aquel gélido febrero de 1926, pudo constatar que el cuaderno no había sido del doctor Knoche, sino de su ayudante y enfermera más cercana: Amalie Weissmann. Ni la esposa había logrado semejante nivel de confianza y complicidad con el doctor. Amalie no hacía revelaciones científicas en sus notas. No hablaba de sustancias, fórmulas químicas ni proporciones. Tampoco se refería nunca a diagnósticos, enfermedades, pacientes ni métodos curativos. Se limitaba a escribir sus impresiones acerca de su vida en el trópico y sus elucubraciones sobre la muerte. En alguna parte, aparecía la frase: “Este país tiene una cualidad especial, vive de espaldas a la muerte. Eso hace que la muerte adquiera un significado más profundo y misterioso, que favorece a los umbrales ambiguos entre los dos mundos”. Saúl me daba las notas copiadas mientras me pedía que no las apuntara literalmente porque eran traducciones defectuosas basadas en especulaciones e interpretaciones que había hecho su abuelo de unas notas difusas y sacadas de contexto. Le dije que me limitaría a expresar esos mismos inconvenientes en el artículo y así lo hago.

En otra parte del cuaderno aparecía una frase parecida a esta: “Gottfried quiso a esta montaña como había querido el Feldberg. Reconocía las cualidades mágicas del lugar y se maravillaba de que los lugareños ignoraran esto. Sabía que los habitantes de estas tierras poseían el don del pensamiento-mágico instintivo, pero no entendía por qué le temían tanto a la muerte y a sus espectros, básicos para comprender la ley natural de la vida”. Sorprendido por semejantes meditaciones, le pregunté a Saúl si su abuelo había sido un consumado lector o había tenido inquietudes literarias, pues algo me hacía sospechar que había mucha artificiosidad en esas notas. Saúl decía que no, que su abuelo no había tenido mayor interés por la lectura y que él tampoco. Me dijo que la muerte de Amalie fue todo un acontecimiento y que el régimen gomecista tuvo que intervenir enviando a emisarios, policías y al cónsul alemán a encargarse directamente del asunto. Al parecer hubo discrepancias serias entre lo que el doctor Knoche había previsto –muchos años atrás– que ocurriese con el cadáver de Amalie y lo que esta había manifestado como última voluntad. Ella quiso ser incinerada y las cenizas debían dispersarse en el mar; mientras que el doctor Knoche quería que –al igual que él mismo y todos los suyos– fuesen embalsamada y reposara en el mausoleo de “Bella vista”. Cada quién tendría sus razones.

Saúl me dijo que no quería ahondar más en el asunto ni indagar en los misterios de una leyenda tan extendida que tenía ahora connotaciones macabras, que su intención sólo consistía en querer legar parte de las ideas de Amalie a alguien que pudiese incorporarlas a su historia y que las supiese interpretar adecuadamente. Le dije que eso sería imposible y que lo que yo pensara sobre esos apuntes carecía de la más mínima importancia. Entonces me dijo que eso era ya algo, que alguien viera en esos apuntes un misterio que necesitara ser sugerido o esbozado pero que no terminara de revelarse. Le pregunté si podía añadir literalmente esas palabras al artículo, porque me habían parecido fascinantes y sonriendo me dijo: “por supuesto que sí”. Entonces me extendió la página manuscrita de su abuelo y me pidió que la incorporara textualmente.

En el papel podía leerse: “Cuando llegué a Venezuela en agosto de 1838 tuve la sensación de que no saldría de aquí nunca más. Al principio, me molestaba el exceso de luz, calor y humedad del puerto y lo ahogada que me sentía, luego me asustó lo rápido que pude acostumbrarme a este nuevo ámbito. Supe que aquí se concentraba una particular energía. Me sentí agradecida cuando subimos a la montaña y nos instalamos en el hogar de la piedra. Aunque el cambio obedecía a la salud de Anna, a mí me gustó la idea de bajar y subir diariamente con Josephine y Gottfried, acompañados siempre de un alma a la que podíamos ofrecerle la ilusión de un nuevo comienzo. Cuando nos veían en la mula y los caballos, los habitantes de Galipán huían despavoridos porque no soportaban la presencia de un muerto. Gottfried reía de buena gana cada vez que sentía que su figura inspiraba tanto miedo, tanto respeto. Estábamos dedicados a la ciencia y sabíamos que no podríamos obtener de la muerte nada que no estuviese dispuesto (muerte en alemán es sustantivo masculino) por él. A mí me gustaba la ternura y la ingenuidad de los venezolanos, estaban sumidos en tanto horror y en tanta displicencia, y sin embargo no eran conscientes de eso y por eso temían. Temían porque no sabían que llevaban lo demoníaco dentro de sí, y se trataba más bien de abrazarlo, llevarlo a la luz, para incorporarlo como nueva forma de bienestar. Los venezolanos son como esos niños un poco crueles y traviesos que les gusta hacer un poco de daño a los demás, pero no toleran el más mínimo malestar sin echarse a llorar a las faldas de sus madres. En estas tierras donde lo angelical y lo demoníaco muchas veces se confunden o entran en misteriosa armonía, es donde más atención se le debe prestar a la muerte, que siempre quiere decirnos algo que debe servirnos para renovarnos. Esta montaña esconde hálitos vitales tan esperanzadores para la humanidad entera que hay que saber cuidarlos y protegerlos, porque son muy delicados. Es una tierra de subida y bajada, de tremedal y llanura, de espasmos oceánicos, donde la gente vagabundea y cuenta chistes o hace bromas, porque son formas de estar volteados a la muerte. Entonces si se perpetúa la expresión de gracia en el rostro para siempre, tal vez pueda ser posible el diálogo con la otra parte del umbral, del tremedal, del misterio o como se quiera nombrarlo”.

Saúl fumaba un cigarrillo y me miraba atentamente mientras leía y releía silenciosamente esas palabras. Le confesé que estaba atónito y que, sin duda, Amalie había sido una fecunda bruja, ¿en el buen sentido? (Pensé en la palabra “bruja” y sentí que nunca debería ir acompaña de epítetos ni adjetivos, que era suficiente. Así que fecunda bruja o buena bruja eran frases absurdas). Añadí que, aunque él no sentía mucha inclinación por la lectura, debía leer el relato “Soliloquio de la momia” de Denzil Romero, que trataba sobre las honras fúnebres que inventó Guzmán Blanco para Tomás Lander, líder político del partido liberal y fundador del periódico El Venezolano que había sido embalsamado por el doctor Knoche en 1845 y había permanecido ceñudo e impertérrito sentado en su escritorio durante casi cuarenta años convertido en momia. Muchos de los futuribles del partido liberal iban incluso a “escuchar” consejos del muerto o a pedirle la bendición. Los niños volvían de la escuela y se asomaban a la casa de los Lander a saludar al muerto, a temerle o a increparle. Venezuela es sobre todo eso: gente temiendo a un muerto o pidiéndole consejo. Le comenté que también Linares Alcántara había sido embalsamado por el doctor Knoche y que muchos de los soldados o civiles muertos en la Guerra Federal se habían convertido en momias por los buenos oficios del médico alemán. Nunca sabremos las intenciones ni los experimentos que llevaba a cabo esta especie de Fausto irredento y tímido, pero en cualquier caso todo el mensaje podía significar algo así como una perenne advertencia. Porque el tremedal es un gran seductor. Saúl terminó el cigarrillo y me pidió el papel de vuelta, mientras agregó: “Ojalá lo cuentes de una forma que no parezca que es cuento, sino historia real”.


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