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Perspectivas

La República de Platón y los pajaritos preñados

por Mariano Nava Contreras

27/07/2019

Busto de Marco Aurelio. Gliptoteca de Múnich.

No es tan fácil exponerlo, bendito Glaucón -le dije-, pues va a provocar muchas más dudas que las que provocó lo discutido antes. Bien porque quizás no se consideraría realizable, o bien, aunque admitiéramos que es perfectamente realizable, también porque se dudaría de su bondad.

Platón, República 450 c

 

Uno de los textos más fascinantes que nos ha dejado la Antigüedad clásica son las llamadas Meditaciones de Marco Aurelio, seguramente el único libro escrito por un emperador, un emperador romano, para más señas. En realidad el título del libro ha sido inexactamente traducido por la tradición, pues su verdadero nombre es «A sí mismo», en griego Pròs eautón, porque Marco Aurelio escribió su libro en griego, la lengua de la cultura y de la filosofía. Y es que, efectivamente, se trata de pensamientos que Marco Aurelio se dirige a sí mismo, pequeñas anotaciones personales que quiere dejar plasmadas en el papel. Por eso no podemos exigirle el rigor de los tratados filosóficos, ni su solidez teórica, ni mucho menos alguna originalidad doctrinal, y sí más bien disfrutar de la calidez de quien compone una especie de diario íntimo (“¿Serás algún día, alma mía, buena y sencilla, una y desnuda, más transparente que el cuerpo que te rodea?”), las vivencias humanas y profundas de quien, como Marco Aurelio, vivió la filosofía desde la irrepetible condición de ser un emperador romano, desde lo más alto del poder.

Marco Aurelio fue emperador de Roma durante el siglo II de nuestra era, cuando la hegemonía romana sobre el mundo antiguo era absoluta. Su voluntad regía, pues, el imperio más poderoso sobre la tierra. Los historiadores coinciden al comentar que fue un monarca sabio y justo. Por eso a los biógrafos de su hermano, Lucio Vero, les gustaba mencionar el hecho de que Marco Aurelio había nacido el mismo día que Nerón, un 15 de diciembre, queriendo resaltar el evidente contraste entre el gobernante justo y el tirano. Marco Aurelio encarna pues el ideal platónico del rey-filósofo, destinado a regir con su sabiduría al mundo entero, a crear un imperio universal tutelado por su docto parecer. Y sin embargo, no creemos que su libro está plagado de grandilocuencias e hipérboles. Antes bien, su ética personal se decanta por lo pequeño, por lo cercano, por lo humano. Hombre de rica personalidad, de múltiples facetas, los historiadores recuerdan que Marco Aurelio se dedicaba con igual pasión a las tareas de gobierno que a las pequeñas cosas, a la familia, a los afectos, a los amigos, a los asuntos domésticos. Así lo recuerda el autor de la Historia Augusta:

“Siempre, antes de hacer cualquier cosa, consultaba a los nobles no solo en los asuntos de la guerra, sino también en los civiles. Al final, su dictamen preferido era siempre de este modo: ‘Es más justo que yo siga el consejo de tantos y tales amigos que el que tantos y tales amigos tengan que seguir mi voluntad, que es de uno solo’”.

Como recuerda mi amigo y maestro Javier Campos Daroca en la introducción a su traducción a las Meditaciones (que él titula, no sin razón, Pensamientos), para Marco Aurelio, como para muchos antiguos, la filosofía era mucho más que un conjunto de doctrinas. Era una forma de vida, una forma muy exigente de vida, nada menos que el reto de llevar a la práctica aquello en lo que se cree. Una disciplina, la más elevada de todas, que exige una coherencia entre lo que se piensa y se dice, y lo que se hace y se practica. Así pues, la filosofía tiene mucho más que ver con la vida cotidiana que con la teoría, más con la rutina de todos los días que con los libros. Primero la ética y después la política, y mucho, mucho después, la erudición. La fórmula, aristotélica donde las haya, comporta un compromiso fundamental con el aquí y el ahora. Pierre Hadot, tal vez el mayor especialista en la obra de Marco Aurelio, hablaba de una «disciplina de la acción». En eso también se parecían, algunos lo han notado, Sócrates y Jesucristo.

Pienso que el punto culminante de las Meditaciones es cuando Marco Aurelio se aconseja a sí mismo: «No esperes nada de la República de Platón», y continúa: «Más bien siéntete satisfecho con el más pequeño progreso, y piensa que lo que resulta de esa pequeñez no es nada pequeño». El escéptico emperador que no cree en grandes proyectos políticos, el descreído monarca que no piensa en glorias ni en la historia, ni en utópicas reformas y sí, más bien, en los placeres de lo sencillo, en las pequeñas bondades del día a día. Ya antes se ha hecho a sí mismo esta advertencia:

«¡Cuidado! No te conviertas en un César, no te tiñas de púrpura, porque suele pasar. Mantente por tanto sencillo, bueno, puro, respetable, sin arrogancia, amigo de lo justo, piadoso, benévolo, afable, firme en el cumplimiento del deber. Lucha por conservarte tal cual la filosofía ha querido hacerte. Respeta a los dioses y ayuda a salvar a los hombres, que breve es la vida».

Tremenda lección para nuestros minúsculos gobernantes de hoy en día, de parte del Emperador de Roma.

Al parecer, la expresión de no creer en la República de Platón era de uso frecuente en Roma para significar que no se debía creer en idealismos ni en grandiosas ilusiones imaginarias. Para los romanos, gente pragmática que había forjado un imperio con sudor y con trabajo, con leyes y normas concretas, que creía menos en la teoría y más en la realpolitik, la «República de Platón» sonaba a utopía, a vaga y loca fantasía que solo pudo haberse gestado en la alucinada cabeza de un filósofo griego. La frase, cargada a todas luces de ironía y hasta un poco de burla, aparece también en una carta de Cicerón a su amigo Ático (II 1), en la que critica a Catón el Joven por ser extremadamente idealista. “Catón, con la mejor voluntad y con sumo celo, perjudica a veces a la república, porque procede y habla como si estuviera en la república ideal de Platón, y no en la sentina de Rómulo”, dice. Así también en su tratado De oratore, cuando se refiere a los abogados que se niegan a manipular con sus discursos.

La expresión, por demás, me recuerda también a otra que usan mucho las gentes de estos pueblos altos y andinos por donde yo vivo, montañeses tozudos, irónicos y descreídos que suelen decir lo mismo pero con otras palabras.


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