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Perspectivas

La primera controversia filosófica en Venezuela

por Mariano Nava Contreras

Triunfo de Santo Tomás de Aquino sobre los Herejes (1489-1491) por Filippino Lippi. Aquino aparece rodeado de cuatro mujeres que representan la Filosofía, Astronomía, Teología y Gramática. A los lados, están los herejes vencidos. Fresco decorativo en la Capilla Carafa dentro de la iglesia Santa Maria sopra Minerva en Roma.

18/05/2019
¿Y qué es de nuestra anciana y venerable nodriza? ¿Ha desechado ya enteramente el tontillo de la doctrina aristotélico-tomista y ha consentido vestirse a la moderna?
Andrés Bello a Pedro Gual.
Londres, 6 de enero de 1824

El cuento lo cuenta bien Caracciolo Parra Pérez en su Filosofía universitaria venezolana y lo recoge Ildefonso Leal en su Historia de la UCV. Parece que el chisme incluso lo ayudó a divulgar el mismo Francisco de Miranda. La tarde del primero de agosto de 1770 dos profesores de filosofía, el Conde de San Javier y Antonio Suárez Valverde, conversaban plácidamente. Dicen los historiadores que en algún momento de la conversación Valverde dejó caer alguna frase irónica sobre “la inutilidad de los estudios aristotélicos” y el Conde, lógicamente, “montó en cólera”. De inmediato exigió a Valverde que se retractara de lo dicho, o de lo contrario pusiera sus impertinentes ofensas por escrito. Valverde accedió encantado y escribió dos tesis temerarias que publicó y circularon por Caracas una semana después en hojas sueltas: 1) “Que la filosofía de Aristóteles ni para tratar la Sagrada Escritura es útil sino perniciosa” y 2) “Que Santo Tomás floreció en los siglos de ignorancia”. Esas hojas fueron recogidas por Miranda, quien las conservó en sus famosos archivos.

¿Pero quién era este Valverde que se atrevía a decir semejantes impertinencias? ¿Cómo se atrevía a ofender la autoridad nada menos que del más grande filósofo de la historia? ¿Cómo osaba contender con uno de los profesores de más rancio abolengo en la universidad caraqueña? Antonio Suárez Valverde (“el tal Valverde” del que nos habla Parra León sin ocultar su desdén) era un sacerdote y filósofo dominicano que había estudiado Teología y Derecho Civil en la Universidad de Santo Tomás, en Santo Domingo, donde había dado clases por algún tiempo. Allí al parecer tuvo su primer contacto con la llamada “filosofía moderna”, los libros franceses e ingleses que estaban revolucionando el pensamiento y la ciencia en Europa. Nada que no supiéramos en Caracas, donde los “libros prohibidos” también eran leídos más o menos clandestinamente por lo menos desde mediados del siglo XVIII. La diferencia era que, al parecer, Valverde era de temperamento vehemente y tenía mal carácter, y no había sido capaz de disimular su desprecio por las viejas ideas. Sostenía que el pensamiento de Aristóteles era una “servil sentina (cloaca) de errores” y negaba que Santo Tomás hubiera aprendido algo de los “infames” libros de nuestro filósofo.

Para que nos hagamos una idea de la osadía de Valverde, tenemos que hablar de cómo era la universidad caraqueña en tiempos de la colonia. Según Ildefonso Leal y otros historiadores, la Universidad de Caracas, como las demás en la América colonial, era extremadamente dogmática y conservadora. En sus aulas y pasillos solo se podía hablar latín; los alumnos, antes de comenzar las clases de filosofía, debían hacer la oración que hacía Santo Tomás en el siglo XII (por supuesto, también en latín), en que pedía al Altísimo que le abriera el entendimiento, y los catedráticos debían jurar que defenderían el dogma de la Inmaculada Concepción (esto es, que la Virgen había sido “sin pecado original concebida”). En estas aulas se enseñaba teología y filosofía medieval, siempre según los libros de Aristóteles, llamado por antonomasia “El Filósofo”, y los de Tomás de Aquino, el “Angélico Doctor”, el más ilustre de sus sucesores, que en la Edad Media había logrado conciliar la doctrina cristiana con el pensamiento de los griegos. Ambos eran las máximas autoridades de la universidad, sagradas, incontestables, intocables.

Contra éstos dos nada menos descarga su artillería el profesor Valverde. Había llegado a Caracas al parecer aceptando un alto cargo eclesiástico y aquí se había vinculado a la vieja universidad. De aquí partió también al poco tiempo, después de haber protagonizado la primera gran controversia filosófica suscitada en una universidad venezolana, y tal vez no resulte tan arriesgado conjeturar que a causa de ella. Sin embargo, a pesar de lo virulento de la polémica, Parra León nos cuenta que, “ni Valverde fue perseguido, ni salió la Universidad en defensa del Conde de San Javier, que era de los más influyentes de su claustro”. Esto lleva a pensar que tal vez pudiera estar comenzando a propagarse un clima de tolerancia y una inclinación a las reformas, muy propias del tiempo de los Borbones, y a las nuevas ideas en las aulas venezolanas de aquellos tiempos.

Como dice Parra León, no pensemos, ni de lejos, que la violenta diatriba entre Valverde y San Javier por culpa de Aristóteles “fue cosa ocasional y pasajera”. Antes bien, el hecho revela un desafío a la autoridad y a la tradición establecida que presagia los dramáticos cambios que pronto sufrirá la mentalidad de los venezolanos. Cambios que conducirían inevitablemente a nuestra independencia tan solo cuatro décadas más tarde. Quién se lo hubiera dicho a Valverde y San Javier, casi dos siglos y medio después el mundo celebra los 2400 años del nacimiento de Aristóteles y lo sigue considerando como uno de los fundadores de la ciencia y el pensamiento, mientras la Universidad venezolana lucha por sobrevivir y debe prepararse como entonces para enfrentar los dramáticos cambios que se avecinan.


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