Perspectivas

La economía post-inflación que podría ser

Fotografía de Ben STANSALL | AFP

12/08/2022

CHICAGO – Los comentarios económicos hoy en día son normalmente sobre inflación o recesión, así que consideremos, para cambiar, las perspectivas de crecimiento una vez que los bancos centrales tengan esos desafíos bajo control.

Tal como están las cosas, parece haber vientos en contra preocupantes para el crecimiento. A medida que las poblaciones de la mayoría de las economías avanzadas envejecen, el crecimiento de su fuerza laboral se desacelera, de manera que será necesario que haya una mayor productividad por trabajador para compensar. Pero en una situación en la que la inversión en capital físico se apagó, es poco probable que la productividad laboral crezca rápidamente sin una innovación significativa, ya sea en procesos laborales o productos. Si bien en un principio parecía que un mayor volumen de teletrabajo durante la pandemia mejoraría la productividad (al ahorrar tiempo y evitar la duplicación de capital en casa y en la oficina), muchas empresas están redescubriendo el valor de tener a sus trabajadores en la oficina al menos parte del tiempo.

Otro viento de frente proviene de los países más pobres, donde los hogares de clase media baja han sufrido muchísimo durante la pandemia y, ahora, por la inflación de los precios de los alimentos y del combustible. Muchos niños han perdido más de dos años de clases y probablemente abandonen la escuela, afectando de manera permanente su potencial de ingresos y, en términos más amplios, la base de capacidades de la fuerza laboral. Mientras tanto, existe la amenaza de que la desglobalización –a través de la repatriación (reshoring), la deslocalización cercana (near-shoring) y en países amigos (friend-shoring)- haga que les resulte más difícil conseguir buenos empleos. En el más largo plazo, la debilidad de la demanda en estos países se propagará al mundo desarrollado.

Si el mundo no encuentra nuevas fuentes de crecimiento, volverá a caer en el malestar pre-pandémico de estancamiento secular. Pero esta vez, la situación podría ser peor, porque la mayoría de los países tendrán una capacidad fiscal limitada para estimular la economía, y porque las tasas de interés no descenderán rápidamente a sus mínimos pre-pandémicos.

Afortunadamente, también podrían desatarse vientos de cola. Si bien el comercio de bienes parece haber alcanzado sus límites antes de la pandemia, el comercio de servicios todavía no. Si los países pueden coincidir en remover varias barreras innecesarias, las nuevas tecnologías de comunicaciones permitirían que muchos servicios se brindaran a distancia.

Si un consultor que trabaja desde su casa en Chicago puede brindar servicio a un cliente en Austin, Texas, también lo puede hacer un consultor desde Bangkok, Tailandia. Es cierto, los consultores en otros países tal vez necesiten tener oficinas en Estados Unidos para garantizar la calidad u ocuparse de los reclamos. Pero el volumen general del trabajo que podrían absorber las empresas consultoras globales crecería sustancialmente, y a un costo significativamente más bajo, si sus servicios se pudieran ofrecer entre países.

De la misma manera, la telemedicina se ha vuelto cada vez más factible no sólo en psicoterapia y radiología, sino también en diagnósticos médicos de rutina (a veces con la ayuda de equipos locales o de una enfermera especializada). Una vez más, las organizaciones globales (por ejemplo, una Clínica Cleveland global) podrían ayudar a reducir las berreras de información y reputación, permitiendo que un médico generalista en la India realice exámenes médicos de rutina para pacientes en Detroit –enviándolos a especialistas en Detroit cuando fuera necesario.

Las mayores barreras para este tipo de comercio de servicios no son tecnológicas sino artificiales. Entendiblemente, las autoridades en las economías avanzadas no permiten que médicos generalistas en la India ofrezcan servicios médicos sin una certificación apropiada. Pero el problema es que los procedimientos de certificación de la mayoría de los países son innecesariamente engorrosos. ¿Qué pasa si el mundo llegara a un acuerdo sobre un proceso de certificación común para el trabajo realizado por médicos generalistas? Un país con enfermedades inusuales podría agregar una adenda al examen para quienes quieran ejercer allí, pero sólo si fuera absolutamente necesario.

Un segundo problema es que los planes nacionales de seguro de salud por lo general no cubren servicios ofrecidos fuera del país. Pero si se ha cumplido con los requisitos de certificación, no hay motivos razonables para no hacerlo, dado el ahorro de costos que resultaría de ello.

Una tercera barrera son los datos y la privacidad. Ningún paciente querrá compartir detalles personales o resultados de exámenes si no puede estar seguro de que los datos se mantendrán de manera confidencial y a salvo de un uso indebido. En una era de tensión geopolítica y chantaje económico, cumplir con estas condiciones requiere no sólo de un compromiso del proveedor de servicios sino también garantías del gobierno del proveedor de que no se violará la privacidad del paciente. Las democracias que pueden implementar leyes de privacidad sólidas (incluyendo límites respecto de cuántos datos puede ver su propio gobierno) estarán mejor posicionadas para capitalizar este comercio que las autocracias, donde existen pocos controles sobre el gobierno.

Imaginemos cuánto más rápido y más asequible sería para un ciudadano norteamericano conseguir una consulta con un médico si se tercerizaran los asuntos de rutina. Los países desarrollados obviamente saldrían beneficiados, pero también se beneficiarían las economías en desarrollo, porque los ingresos que generan sus médicos serían utilizados para emplear a más trabajadores localmente. Asimismo, habría menos probabilidades de que estos médicos emigraran, y podrían utilizar las mismas tecnologías de telemedicina para brindar servicios en zonas remotas de sus propios países. Al mismo tiempo, los especialistas en las economías avanzadas podrían ofrecer más de sus servicios a pacientes en países en desarrollo sin que tengan que viajar a Nueva York o Londres, como lo hacen actualmente.

Ahora bien, ¿no es probable que los proveedores de servicios en países ricos se resistan a eliminar barreras que, junto con la dificultad de competir a distancia, les han garantizado salarios elevados? Probablemente, pero habrá una demanda doméstica importante para sus servicios que no son de rutina. Asimismo, si se eliminaran las barreras en otras partes, podrán ejercer en mercados mucho más grandes con servicios especializados de alto valor agregado. Por este motivo, un acuerdo sobre reducción de barreras al comercio de servicios entre un amplio conjunto de países tendrá una mejor chance de éxito que los acuerdos bilaterales.

Asimismo, muchos otros actores en las economías avanzadas, entre ellos los trabajadores industriales que han sido los más afectados por la competencia global, se beneficiarán con la existencia de servicios básicos más económicos. En tanto la desigualdad económica tanto dentro de los países como entre ellos decaiga, la demanda global también debería fortalecerse.

Otro potencial viento de cola para el crecimiento reside en las inversiones “verdes”. Si bien la guerra de Rusia en Ucrania ha complicado la transición a energías limpias en Europa, gran parte del capital de alta generación de emisiones del mundo todavía tiene que reemplazarse, y esas inversiones podrían ayudar a dar impulso a la economía global.

Para facilitar la transición, cada país tendrá que establecer incentivos sensatos para las empresas y los consumidores, como créditos de inversión, regulaciones de emisiones, sistemas de límites máximos o impuestos al carbono. Los gobiernos también tendrán que coincidir sobre un sistema para asignar responsabilidades entre los países de altas emisiones (que por lo general son ricos y menos vulnerables al cambio climático), de modo que puedan ayudar a financiar la transición energética en los países de bajas emisiones (que por lo general son más pobres y más vulnerables).

La perspectiva económica post-pandemia y post-inflación no es catastrófica. Pero es necesario un gran esfuerzo para desmantelar las barreras artificiales y apalancar las tecnologías existentes.

Raghuram G. Rajan, ex gobernador del Banco de la Reserva de la India, es profesor de Finanzas en la Escuela de Negocios Booth de la Universidad de Chicago y autor, más recientemente, de The Third Pillar: How Markets and the State Leave the Community Behind (Penguin, 2020).

Copyright: Project Syndicate, 2022.

www.project-syndicate.org


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