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Perspectivas

Jesús y los griegos

por Mariano Nava Contreras

28/12/2019

Jesús Pantócrator (Todopoderoso). Ícono ortodoxo griego

Sentí que vino y se inclinó
sobre mi cuna
la memoria misma hecha presente

 Odiseas Elitis

 

En el Evangelio según san Juan (12: 20-40) se cuenta el que tal vez es el único episodio del Nuevo Testamento en que se relaciona directamente a Jesús con unos griegos. Recordemos: ha llegado la pascua judía y Jesús hace su entrada en Jerusalén entre una multitud que, reverente y expectante, tapiza de palmas el camino por donde Él transita montando un pequeño burro. Una vez dentro del templo, unos griegos se acercan a Felipe y le manifiestan su deseo de ver al Señor. Felipe se lo cuenta a Andrés y ambos deciden decírselo a Jesús. Respecto del término, algunas versiones lo traducen como “gentiles”, otras como “extranjeros”, pero el texto griego es muy claro: Héllênes, “griegos”. Los que traducen “gentiles” o “extranjeros” aducen que los judíos solían llamar “griegos” a todos los que no eran judíos. Sin embargo, la Epístola a los Efesios (2: 11) no deja dudas: “acuérdense de que en otro tiempo ustedes, los gentiles en cuanto a la carne (éthnê en sarkí), los llamados incircuncisos (akrobystía) … estaban lejos de Cristo”. De modo que si las Escrituras mencionan a los griegos es porque claramente se refieren a ellos.

Tampoco ha pasado por alto a los comentadores el nombre de los seguidores de Jesús a los que se acercan estos griegos: Felipe es un nombre griego. Significa “amigo de los caballos” (Philos + híppos). Andrés también es un nombre griego. Procede del sustantivo anêr, que significa simplemente “varón”. Ambos, Felipe y Andrés, aun cuando judíos y contándose entre los primeros en comenzar a seguir a Jesús (Juan 1: 35-51), proceden de Betsaida de Galilea, donde al parecer había una importante comunidad griega, o al menos habitaba una buena cantidad de judíos que hablaban griego. Es lo que dice Juan respecto de Felipe (12: 21). Podemos inferir que muy probablemente Felipe y Andrés también hablaban griego, y que aquellos griegos se les acercaron buscando comunicarse con ellos en su propia lengua.

¿Quiénes eran, pues, estos griegos? El mismo pasaje de Juan nos proporciona algunos datos. Dice que “habían subido a adorar (proskynésô, “postrarse”, “adorar arrodillándose”) en la fiesta”. Es evidente que se sienten atraídos por la fama de Jesús. Por eso suben hasta el templo. Allí se acercan a Felipe para que les sirva de intermediario y le dicen que “quieren ver a Jesús” (thélomen tòn Iêsoûn ideîn, así, textualmente). Si participan de la pascua judía significa que son griegos practicantes del judaísmo. Por esta razón no pueden entrar al templo, solo reservado a los judíos, y necesitan de la intermediación de Felipe. ¿Los recibió finalmente Jesús? ¿Pudieron ciertamente “ver” al Señor? En este punto las Escrituras son ambiguas. Dicen que entonces Jesús les respondió diciendo su célebre frase: “Ha llegado la hora de que el hijo del hombre sea glorificado”. ¿A quiénes “les” respondió Jesús?, ¿a Felipe y a Andrés?, ¿a los griegos?, ¿a todos juntos? El artículo toîs, “les”, en plural, no nos da mayor información.

Hay sin embargo quienes no solo están convencidos de que, en efecto, Jesús los recibió, sino que fue tal la importancia de esta breve entrevista, que gracias a ella Jesús pudo darse cuenta de que sus horas estaban contadas. Quizás estos exégetas fuerzan un poco la anécdota y exageran la relevancia de una breve alusión a unos griegos anónimos, pero es verdad que la importancia y el peso de la cultura griega en tiempos de Jesús es innegable. Griego era Lucas, griego hablaba y escribía perfectamente Pablo siendo judío, en griego fueron escritas las epístolas y los Evangelios, al griego hicieron traducir los alejandrinos, por primera vez, el Viejo Testamento, incluso la posterior traducción latina de la Biblia Vulgata, cuyo buen latín ha sido elogiado por siglos, está llena de helenismos. W. Jaeger, en su Cristianismo primitivo y paideia griega (Harvard, 1961) afirma que “la civilización griega ejerció una influencia profunda en la mente cristiana”. Sin duda el unánime prestigio de que gozaba la lengua y la cultura helénicas es una realidad de la que Jesús no pudo haberse sustraído.

Cristianismo y helenismo

Sin embargo, la relación de Jesús con los griegos va mucho más allá de una anécdota bíblica. Se trata de una historia que se remonta tres siglos y medio y comienza lejos de Palestina, cuando Filipo asume la corona de Macedonia en el año 359 a.C. De inmediato comienza una audaz campaña expansionista que lo lleva a dominar una vasta región al norte del Egeo, incluso hasta las costas del Mar Negro. Aprovechando la decadencia y rivalidad entre las ciudades griegas, Filipo se dirige después hacia el sur, venciendo en Queronea (338 a.C.) a una coalición de tropas tebanas y atenienses. Hábil estratega y mejor político, Filipo no humilló a los vencidos sino que los incluyó en la Liga de Corinto, que fundó al año siguiente bajo su indiscutible liderazgo.

Ese mismo año 337 Filipo fue asesinado, producto de una conjura sobre la que los historiadores, de Plutarco a Diodoro, no terminan de ponerse de acuerdo. A su muerte, Alejandro, su hijo, asumirá el trono macedón y continuará las políticas expansionistas de su padre, llevando las fronteras de su imperio hasta Egipto y la India. Alejandro murió el 13 de junio del año 323, un año antes que Aristóteles, el cual había sido su maestro durante dos años cuando aún era un adolescente. Para muchos historiadores estos hechos marcan el fin de la Grecia clásica y el comienzo del período conocido como el Helenismo.

Hasta comienzos del siglo pasado la historiografía tradicional había concebido al helenismo como un período marcado por la decadencia y el oscurantismo, en el que Grecia había perdido irrecuperablemente su antiguo esplendor. Hoy, gracias a los trabajos pioneros de Johann Gustav Droysen (Historia de Alejandro Magno, 1833; Historia del Helenismo, 1836-1846), se sabe que el helenístico fue un período de una gran riqueza y complejidad, cuyos alcances aún no terminan de valorarse. Las conquistas de Alejandro llevaron la antigua lengua de los griegos a territorios que una generación anterior hubieran sido inimaginables. Ello supuso desde luego importantes cambios, por los que la lengua griega perdió mucho de su ancestral precisión y pureza simplificándose morfosintácticamente, pero en cambio se enriqueció con nuevas palabras y expresiones provenientes del Asia y el Mediterráneo oriental. Del mismo modo, el comercio conoció un auge sin precedentes, y con él, lo más importante, los intercambios culturales entre los diferentes pueblos que componían el imperio, desde Persia hasta Alejandría, siempre bajo la indiscutible hegemonía cultural griega. Algunos historiadores como H. Liebert (“Alexander the Great and the History of Globalization”, 2011) hablan de una auténtica globalización con Alejandro y sus continuadores.

Sin embargo, el hecho que va a marcar de manera más dramática el espíritu griego será la caída de la polis. Con las conquistas de Filipo, y después Alejandro y sus continuadores, las ciudades griegas perderán ostensiblemente su autonomía y los ciudadanos dejarán de serlo para verse convertidos, de repente, en súbditos de un emperador desconocido. No pocos historiadores han reparado en el impacto psicológico y en el significado que tiene este hecho en las letras y el pensamiento griegos. Antes de Alejandro, la mayor parte de la vida pública y privada de los ciudadanos (fiestas religiosas, matrimonios, honras fúnebres) estaba canalizada a través de la institucionalidad de la polis. A su caída, el hombre se refugia en su interior y allí busca las respuestas que antes hallaba en el marco de la ciudad democrática y el ejercicio de la ciudadanía.

Este hecho tendrá sin duda repercusiones en la religión y la filosofía. Tarn y Griffith, en su imprescindible estudio acerca de La civilización helenística (Londres, 1927), señalan el hecho de que “al debilitarse el nexo de la ciudad, ocurrió un enorme crecimiento de asociaciones y grupos privados no políticos”. A este fenómeno debemos añadir el desembarco de multitud de cultos y formas religiosas provenientes del Asia y Egipto. Sin embargo, quizás el impacto más ostensible se verificó a nivel del pensamiento. Escuelas surgidas a la luz de los tiempos, como la Estoa y el Jardín de Epicuro, sitúan a la ética en el centro de sus reflexiones, y comienzan a promover un ideal de vida basado en la austeridad, la práctica de la virtud y, en el caso de los epicúreos, el rechazo de toda práctica política como vías para alcanzar la felicidad y la comunión con la divinidad. Esto constituía un abierto desafío a los valores de la tradición griega. En su tratado Acerca de los límites de lo bueno y de lo malo (Fin. V 84) Cicerón recuerda las enseñanzas de Zenón de Citio, el fundador de la escuela del Pórtico: “Si la pobreza es un mal, ningún mendigo podría ser feliz, pero Zenón se atrevió a decir que no solo es feliz, sino también rico”. Respecto de los epicúreos, es conocida la contundente sentencia que se les atribuye: mê politéuesthai, “no te metas en política”. Caída la polis, el hombre se refugia cada vez más en su propio interior, buscando en él su propio camino de salvación. El poder terrenal, que en manos de inalcanzables emperadores se aleja más y más del hombre común, se va convirtiendo en algo “mundano”.

Durante siglos, exégetas y teólogos intentaron dar a la palabra de Jesús una trascendencia que sin duda tiene, pero cuya comprensión se dificulta si se obvia el contexto que la produjo. Es así que expresiones recogidas en las Escrituras como “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Mt. 19: 24), “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22: 15-21) o “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18: 36) enriquecen su significado a la luz de las doctrinas de la filosofía helenística. Mensaje comprometido con su lugar y su momento, la palabra de Jesús se enmarca en un aquí y un ahora a través del pensamiento de aquellos antiguos griegos.


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