Perspectivas

Historia de la sinrazón

por Mariano Nava Contreras

02/02/2019

Detalle de la escultura Laocoonte y sus hijos, también conocida como el Grupo del Laocoonte.

Era el año 2008 y los venezolanos vivíamos el dulce embeleso de la difunta Cadivi. Es verdad, se nos dejó derrochar y se nos hizo creer en el espejismo de una economía ficticia que creímos duradera, aunque algunos ya pudieron advertir de la mentira. Nadie quiso escuchar. También es cierto que unos pocos sensatos supieron aprovechar la efímera bonanza. Sé incluso de quienes viajaron, se ilustraron y cultivaron, lo cual, se ha dicho, es una de las inversiones más provechosas. Recuerdo que por aquel año fue a un congreso de psiquiatría en Washington mi amigo, y entonces colega universitario, Alirio Pérez Lo Presti y yo le encargué un libro recién editado el año anterior, pues por aquel entonces podíamos darnos tan excéntrico lujo.

El libro era un estudio acerca de las emociones en los antiguos griegos, The Emotions of the Ancient Greeks. Studies in Aristotle and Classical Literature, del helenista norteamericano David Konstan, que me trajo mi amigo aún oloroso a tinta de las prensas de la Universidad de Toronto. A Konstan, autor de estudios imprescindibles para entender el pensamiento y la literatura de la Grecia antigua, lo conocemos muy bien los helenistas hispanoamericanos, e incluso lo llegamos a tener a mediados de los noventa en la Universidad de Los Andes, en aquellos tiempos en que nos podíamos dar el hoy también impensable lujo de invitar a profesores importantes.

El libro trata del papel de las emociones en la literatura y el pensamiento de los antiguos griegos. Como advierte el autor, ya en el primer verso de la Ilíada, el primer poema conservado de la literatura occidental, aparece el nombre de una emoción en torno a la que gira y se construye todo el poema: “Canta, diosa, la cólera del Pelida Aquiles…”. La cólera, mênis, es la primera emoción que nombra la literatura, al menos la que conservamos hasta nuestros días. A partir de ahí, Konstan traza un recorrido por doce emociones que podríamos clasificar como positivas o negativas: rabia, satisfacción, vergüenza, envidia, indignación, miedo, gratitud, amor, odio, lástima, celos y dolor. No sin advertirnos que estas emociones eran concebidas por los griegos bajo nombres muy diferentes a los nuestros y que no siempre coinciden como concepto, el autor muestra los principales lugares donde aparecen en el vasto y aún inagotado territorio de la literatura griega, hasta llegar a Aristóteles.

¿Por qué Aristóteles? En su Retórica, el filósofo hace un estudio de las emociones en tanto que instrumento de manipulación. Para los antiguos griegos como también para nosotros, el propósito de todo discurso es la manipulación a través del convencimiento, manipulación que ellos llamaron peithô, y que llegaron incluso a considerar una divinidad. En efecto, Peitó, para algunos poetas, es una de las irresistibles doncellas que conforman el cortejo de Afrodita. Para otros, más avisados de su poder sobre la polis, es hija de Prometeo y hermana de Eunomía, las “buenas leyes”. Lo cierto es que la Persuasión ocupa un lugar fundamental en la política, o lo que es igual decir, en la convivencia humana. Para Aristóteles, se trata del fin último de todo discurso. Toda pieza oratoria tiene como objeto final el persuadir. Y el camino más expedito para persuadir pasa por la manipulación de las emociones. En ese sentido, todo discurso bien dispuesto debe saber excitar y manipular las emociones del auditorio. De ello depende casi exclusivamente su efectividad, es decir, su éxito o su fracaso.

Las técnicas de la manipulación comprenden, pues, un saber de las emociones y por tanto un conocimiento profundo del alma humana. Esto forma parte de la práctica de todo político, y también de todo demagogo. El control, consciente o inconsciente, de estas técnicas implica el dominio de los poderes de la palabra, y por consiguiente, la posesión de un arma efectivísima para lograr el ascenso político, en una palabra, el poder sobre la polis. Por eso la retórica, el dominio de la palabra, es tan peligrosa y subversiva. Se trata de un hallazgo perfectamente endosable al original genio de Aristóteles y su extraordinaria capacidad teórica. En ningún otro momento se encuentran de manera tan íntima y coordinada la política, la literatura y la psicología. Se trata de un hito en el conocimiento de la conducta humana que marca un antes y un después. La Retórica de Aristóteles es, a la vez que un estudio que aborda una parte fundamental del arte literario, también un imprescindible manual de política y un agudo tratado de psicología.

Es una de las cosas que nos quiere decir el libro de Konstan: que la civilización y la convivencia política hunden sus raíces en la densa e imprecisa noche de lo irracional. Que, desde Homero hasta Aristóteles y más acá, la cultura griega, y por tanto la nuestra, se ha nutrido de las fuentes inciertas de lo emocional. También Epicuro dedicará parte de su obra al estudio de las pasiones, las mismas que se esforzaron en negar y combatir los estoicos. Mucho después, Espinoza supo comprender la estrecha relación que hay entre la política y las pasiones, como lo estudió Gregorio Kamninsky en un libro fundamental, Espinoza: la política de las pasiones (2009).

Claro que no se trata de un hallazgo exclusivo de Konstan. Como advierte el autor en su prefacio, el estudio de las emociones en la antigüedad se ha vuelto popular entre los clasicistas durante los últimos treinta años. Quizás su más célebre antecedente sea el clásico estudio de E. R. Dodds Los griegos y lo irracional, aparecido en 1951 bajo el sello de la Universidad de California. En su trabajo, Dodds estudia las fuerzas irracionales presentes en la cultura y en la literatura griegas, y reacciona contra el mito de una Grecia guiada absolutamente por la razón, que ya había sido criticado por Nietszche.

Hoy, cuando hipertrofia de los medios consigue que la fuerza de los acontecimientos políticos exciten tal vez desmesuradamente la emocionalidad colectiva, quizás convenga recordar lo que antes sabían muy bien aquellos viejos griegos: que política son casi siempre pasiones y no razones.


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