Perspectivas

El tirano como personaje

por Mariano Nava Contreras

18/08/2018

Edipo y Antígona – Charles Jalabert (1819 – 1901)

Uno de los personajes que más ha intrigado a la literatura de todos los tiempos es el del tirano. El que una persona común se convierta en el ser más poderoso no ha dejado de despertar el interés de los escritores de todas las épocas. El hecho de que alguien pueda hacerse con todo el poder y las razones por las que un pueblo decide dejar su libertad a merced de los caprichos de un solo hombre, provoca una profunda curiosidad.

Cuenta la leyenda que en un célebre viaje en tren dos de los más importantes escritores latinoamericanos acordaron escribir acerca de las perversiones del poder en Latinoamérica. De este compromiso nacieron novelas icónicas como El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez y La guerra del fin del mundo de Vargas Llosa. Sin embargo, la atracción por el fenómeno del poder ha estado siempre en nuestras letras, desde El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias y mucho antes, hasta La fiesta del chivo, pasando por El general en su laberinto.

Para la literatura, el tirano más famoso de todos los tiempos es Edipo. La célebre historia del hombre que sin saberlo mata a su padre y se casa con su madre para reinar sobre la gran ciudad de Tebas, ha suscitado profundas reflexiones desde la Antigüedad hasta nuestros días. Edipo, que no sabe que el hombre a quien mató y la mujer a la que desposó son en realidad su padre y su madre, lanza una maldición contra aquel que hubiera cometido tan horrendos crímenes. Al final, cuando se conoce la verdad, se saca los ojos por vergüenza y se exilia de su patria, víctima de su propia maldición, para terminar su vida como mendigo y vagabundo. Es solo cuando enceguece que Edipo “ve” la magnitud de su condición monstruosa.

Edipo ha quedado para la literatura como el símbolo de cómo se puede pasar de la apoteosis del poder a la más miserable de las desgracias. De cómo una vida es suficiente para mostrarnos que el poder es efímero, que la condición humana es limitada y que no es lícito desafiar ciertas fuerzas que no dominamos. Edipo nos muestra cómo algunos en su soberbia no son capaces de ver las desgracias que ellos mismos se atraen, pues como dice un hermoso verso, “los dioses ciegan a quienes quieren perder”.

La caída es, pues, un elemento fundamental del personaje del tirano. Representa la idea de cómo al final el hombre más poderoso no es capaz de escapar a las miserias propias de su condición humana: la desgracia, la enfermedad, la muerte. Se trata de un espectáculo que al parecer nunca nos cansaremos de contemplar. El tirano encarna los dos extremos en que se mueve la vida del hombre: la apoteosis y la miseria. Ya algunos como Leo Strauss han notado que la tiranía nace en la sociedad a partir de perversos desequilibrios. Extremas circunstancias que generan extremas respuestas. Sólo una descomposición desmedida del tejido social e institucional puede propiciar una aberración política del tamaño de la tiranía, y mientras más alta es la gloria, más profunda la caída.

Por lo demás, ya muchos han hablado de las complejas relaciones que existen entre la realidad y la ficción. De cómo muchas veces la literatura se parece demasiado a la vida y viceversa, la vida a la literatura. No debe extrañarnos, puesto que en realidad la vida, muchas veces, se inspira en la literatura, y la literatura siempre, siempre, se nutre de la vida.


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