Literatura

Flota el tiempo (fragmentos)

Fotografía de Jim Liestman | Flickr

09/03/2022

Villasimius, jueves 5 de agosto de 2021

Hoy es el cumpleaños de Constanza y el día que, además, la iglesia católica conmemora uno de los milagros más sorprendentes (los milagros siempre son sorprendentes) de la leyenda cristiana. Se trata de la improbable nevada que, en una demostración del poder divino sobre la meteorología, cayó sobre Roma un día como este de un año impreciso de la alta Edad Media. Aquí, en Cerdeña, no se sabe de nevadas en los últimos siglos. Algo parecido a lo que ocurre en los trópicos natales. Cuando era todavía una niña, y vivíamos todos en Venezuela, le escribí a Constanza este soneto que publiqué en Tristia (2008):

NIEVE

A Constanza

 

No aspiro para Valencia la brisa

del Hudson en enero.  Ni lloviznas 

de Providence, o el viento de otoño

arrastrando hombres y hojas a su paso.

 

No envidio las tormentas a destiempo

sobre los viñedos de Borgoña,

la transparencia del mar en Normadía

o el tedio de la Navidad londinense.

 

Hemos heredado el calor que no cesa

y la humedad entre los huesos.

Envejecemos en las noches de mosquitos

y nos levantamos a la aurora sin promesas.

 

Sólo un poco de nieve quisiera, una nevada

sobre la cabellera castaña de Constanza.

 

No imaginaba, cuando lo escribí, que Constanza, cambiaría en un momento dado, sus trópicos natales por una ciudad del norte de Italia, donde las nevadas sobre su castaña cabellera no son infrecuentes.

Villasimus, viernes 6 de agosto de 2021 

Anoche celebramos el cumpleaños de Constanza frente al mar en el restaurante I ginepri, con espumante y el vibrante, mineral y marino, Vermentino, una uva blanca que en Gallura, zona al norte de la isla, produce unos blancos que pueden ser excepcionales. A sus nueve años la llevamos por primera vez a la isla de Margarita para que celebrara su próximo primer cumpleaños de dos cifras. Hoy, a esa misma edad, Alessandro festeja el de su madre, no frente al Caribe mar, sino a orillas del Mediterráneo, el mare nostrum que le corresponde como ciudadano italiano. Puede ser alucinante el tiempo, como el polvo que cae del cielo.

 

El tiempo

es polvo de estrellas,

una luz, un cristal

sobre la arena,

la música silenciosa

que cae

de la celeste esfera.

Para mí,

el tiempo pasa

y se detiene,

de Constanza

en su cabellera.

 

El tiempo de Newton

En L’ordine del tempo, Carlo Rovelli me recuerda esta cita de Newton:

“Di qui nascono i vari pregiudizi, per eliminare i quali conviene distinguere il tempo relativo, apparente e banale da  quello assoluto, vero e matemático.  Il tempo relativo, apparente e banale, è una misura sensibile ed esterna della durata per mezzo del moto, che comunemente viene impiegata al posto del vero tempo: tali sono l’ora, il giorno, il mese, l’anno. Il tempo assoluto, vero matemático, in sé e per sua natura scorre uniformemente senza relazione  ad alcunché di esterno (“De aquí surgen varios prejuicios que, para eliminarlos, tenemos que distinguir entre el tiempo relativo, aparente y banal, del tiempo absoluto, verdadero y matemático. El tiempo relativo, aparente y banal es una medida sensible y externa de la duración por medio del movimiento, como la hora, el día, el mes, el año; y que, comúnmente, viene utilizada como tiempo verdadero. El tiempo absoluto, verdadero y matemático, en sí, y por su naturaleza, transcurre de manera continua sin relación con nada exterior”).

 

25. NEWTON

 

 

Pasa el tiempo,

aunque

no pase nada,

escribió

el inglés Newton

en su Principia,

en contra

de la opinión

aceptada.

Pero la vela

que se desliza,

blanca,

sobre

la mar salada,

pasa y pasa,

con mi vida

hacia la nada.

Más allá

están las islas

de una provincia

ignorada.

El tiempo allí

es cosa olvidada,

que pase,

o no pase

no interesa

a la mirada.

 

Milan, martes 5 de octubre de 2021 

El orden del tiempo

Desde el pasado agosto no me separo de L’ordine del tempo, el “librito” de Carlo Rovelli. Se trata de una introducción, tan bien escrita como su Empédocles, a las diversas concepciones que, del tiempo, ha tenido el hombre occidental desde la Antigüedad greco-latina. Entiende Rovelli que, hasta comienzos del XX, dos fueron las grandes concepciones sobre el tiempo. La de Aristóteles, quien en su Física, afirmó que el tiempo es lo que nos sirve para medir los cambios que se producen en el universo y en nosotros. Sin cambios, afirmaba el griego, no hay tiempo porque, efectivamente, sin cambios nada pasaría, y si nada pasa el tiempo no existe. La segunda tesis es la que Newton expuso en su Principia. De acuerdo con esta intuición, el tiempo sería de dos tipos. Uno relativo, que es el de las horas, los días y semanas, y un tiempo absoluto, que es el tiempo de la matemática, que existiría aun cuando nada más existiera, e incluso cuando nada pasara. Pero otros griegos pre-aristotélicos, los griegos del mito, entendieron que el tiempo era algo absoluto, y lo concibieron como un dios al que llamaron Cronos, una divinidad primordial. Y siendo de naturaleza divina, el tiempo es omnipresente y eterno. Estuvo ya antes de que nada existiera, antes de las horas, días y semanas, y seguirá existiendo cuando todo desaparezca. Lo he dicho antes, el tiempo no pasa, el que pasa es uno.

 

ARROYO

 

El tiempo pasa

con el agua

de este arroyo blanco

que baja

de la montaña.

Y nosotros

nos quedamos,

en el puente

de tablas

agarrados

de la mano.

El tiempo,

en verdad,

no pasa,

solo nosotros

pasamos;

y ahora

nos lleva el agua

en corriente

olvidados.

 

El tiempo,

no obstante,

es un regalo,

y la vida

es este libro

cuyas páginas

ojeamos.

Cuántos son

los capítulos

es algo

que ignoramos,

solo el tiempo

lo sabe

porque lo ha

encuadernado.

El tiempo pasado

y el tiempo no pasado,

con recuerdos

y olvidos

es lo que cantamos

y amamos.

 


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